El relato imaginario

El discurso tóxico de autopercibidos liberales saltó de la pantalla a la realidad

 

El 18 de octubre de 1884, el Presidente Julio A. Roca expulsó al nuncio apostólico Luigi Mattera por operar abiertamente en contra de la ley 1.420, que unos meses antes había establecido la enseñanza laica, gratuita y obligatoria. El canciller Francisco J. Ortiz le envió una breve e impaciente misiva: “En vista de la actitud asumida por vuestra excelencia en sus relaciones con el Gobierno de la República, el señor Presidente me ordena enviar a vuestra excelencia sus pasaportes, fijándole el término de veinticuatro horas para dejar el territorio de la Nación”.

Aunque no era ese el objetivo, la expulsión del nuncio apostólico provocó la ruptura de relaciones con el Vaticano, reanudadas dieciséis años más tarde, durante la segunda presidencia de Roca. El enfrentamiento con la Iglesia no estuvo exento de costos, como lo señaló el propio Presidente en una carta a Juárez Celman: “Comer carne de cura es indigesto”. Empachado, el Estado argentino no volvería a probar proteínas eclesiásticas hasta 1954, cuando bajo la segunda Presidencia de Juan D. Perón fue aprobada la ley que permitía el divorcio vincular. Duró poco, eso sí: fue derogada luego del golpe de 1955 por la autodenominada Revolución Libertadora. También en aquella época los entusiastas de la libertad la ejercían restringiendo derechos.

El miércoles pasado, en el cierre de campaña de La Libertad Avanza, Alberto Benegas Lynch (h), economista de consulta de Javier Milei y uno de los tantos reaccionarios que se autoperciben liberales, advirtió: “Creo que habría que iniciar lo que hizo Roca, que es suspender las relaciones diplomáticas con el Vaticano mientras en la cabeza del Vaticano prime el espíritu totalitario”. Así, luego de la promesa de Milei de romper relaciones con la República Popular China porque no haría “pactos con comunistas”, desde el mismo espacio proponen romper relaciones con la Santa Sede por razones similares. Se trata de una idea asombrosa, aún para el generoso estándar de nuestros liberales imaginarios, que coronó una semana de frenesí en la que los diferentes candidatos de La Libertad Avanza rivalizaron en propuestas lisérgicas. Milei propuso eliminar el aborto legal –aún en caso de violación– y establecer un mercado desregulado de compra-venta de bebés, para que las víctimas pudieran venderlos y, de esa forma, “recuperar algo”. Por su lado, la candidata a diputada nacional Lilia Lemoine, influencer y asesora de imagen de Milei, adelantó que propondría un proyecto de ley para que los padres varones puedan “renunciar a la paternidad”, una iniciativa inspirada por su abuela quien, según explicó Lemoine, le contó que muchas mujeres “pinchan los forros para enganchar a los hombres”.

La Libertad Avanza es un generoso conglomerado de terraplanistas apoyado por el sector financiero trasnacional, en el que cohabitan nostálgicos de la última dictadura cívico-militar, lunáticos que escuchan voces, marginales con redes sociales y reaccionarios que parecen personajes de Diego Capusotto, como el propio Benegas Lynch (h), un meritócrata que tomó la precaución de nacer rico heredero para poder combatir a la casta desde adentro. Los miembros de ese espacio utilizan un fraseo con resonancias economicistas que busca transformar sus supersticiones en datos científicos. La idealización de un mercado tan perfecto como inexistente oculta, en realidad, un rechazo frontal al Estado, descripto por Milei como “un pedófilo en el jardín de infantes, con los nenes encadenados y bañados en vaselina” y, en el fondo, una tenaz alergia a lo colectivo.

En realidad, la denuncia de una Santa Sede controlada por los comunistas no es una alucinación personal de Benegas Lynch (h) sino una creencia compartida por el propio Milei, quien afirmó que el Papa “tiene afinidad con los comunistas asesinos”. Ocurre que el mundo al que suele referirse La Libertad Avanza, tanto en sus rechazos como en sus afinidades, es un mundo imaginario.

Durante el último debate presidencial, el líder de La Libertad Avanza aseguró que, con su programa económico, en quince años la Argentina “podría estar alcanzando niveles de vida similares a los que tiene Italia o Francia”. Y “si me dan veinte (seríamos) Alemania”. Para conseguir ese salto virtuoso propone reducir impuestos, ajustar el gasto público y desregular la economía. Es decir, hacer exactamente lo contrario de lo que hicieron esos países de la Unión Europea, cuyas economías tienen muchas más regulaciones estatales que las que existen en nuestro país y cuya presión fiscal y gasto público son infinitamente mayores. El primer paso para llegar a ser Alemania consistiría en transformarnos en El Salvador. Es un tema complejo.

Ese mismo pensamiento mágico es aplicado a la historia, como en el caso de la mención a Roca. A diferencia de los delirios proferidos por Benegas Lynch (h) para justificar la ruptura de relaciones con el Vaticano, el enfrentamiento de Roca con la Iglesia respondió a causas objetivas. El lema “paz y administración”, expresado en su primer discurso ante el Congreso, ilustraba la voluntad de construir un Estado nacional autónomo y poderoso, lo que colisionaba inevitablemente con el poder eclesiástico. La punta de lanza de ese proyecto modernizador fue su amigo Eduardo Wilde, un liberal algo escéptico sobre la existencia de los ángeles y la posibilidad de un reino celestial, quien desde el Ministerio de Instrucción Pública y Culto impulsó tres iniciativas fundamentales: la antes mencionada ley 1.420de enseñanza laica, gratuita y obligatoria, el Registro Civil y el Matrimonio Civil.

Es difícil encontrar un ejemplo más ajeno al ideario, por llamarlo de alguna manera, de La Libertad Avanza. Roca impuso la obligatoriedad de la educación pública, una prerrogativa que Milei compara con ponerle “una pistola en la cabeza” a la gente. En su primer gobierno impulsó la obra pública, financiada con un alto déficit fiscal: ferrocarriles, puertos y edificios públicos, acompañados del otorgamiento de créditos subsidiados.

Roca construyó el Estado que hoy Milei y Benegas Lynch (h) proponen demoler para ser reemplazado por BlackRock, Templeton o cualquier otro fondo de inversión global, ya que, a diferencia de lo que ocurre en España con Vox o en Francia con Marine Le Pen, la Argentina cuenta con el extraño privilegio de una extrema derecha no nacionalista e incluso francamente cipaya.

Las escenas apocalípticas de edificios demolidos, incluyendo una explosión nuclear, presentadas en el acto de cierre de campaña –con reminiscencias a Joker, la película de Todd Phillips interpretada por Joaquin Phoenix– fueron aplaudidas como si se tratara de un programa político. Pensándolo bien, tal vez se trate de eso. La destrucción y el desborde emocional vendrían a apuntalar un modelo económico que en sí mismo no constituye novedad alguna: es el mismo modelo de valorización financiera defendido por la última dictadura cívico-militar, por Carlos Menem y la Alianza, y también por Cambiemos. Luego de años de prédica mediática, ese discurso tóxico, violento, más relacionado con el fanatismo religioso que con la complejidad de la política, que requiere articular con quienes estén en la vereda de enfrente, pasó de las pantallas a nuestra realidad cotidiana, con chances serias de llegar a gobernar el país.

Hoy tendremos una idea más clara del éxito de esa prédica violenta y de la construcción de un relato imaginario.

 

 

 

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