EL REY AMARILLO

¿Qué significa lo bestial en tiempos contemporáneos?

 

Camilla: Señor, deberíais quitaros la máscara.

Forastero: ¿De veras?

Cassilda: En verdad, ya es hora. Todos nos hemos despojado de los disfraces, salvo vos.

Forastero: No llevo máscara.

Camilla: (Aterrada, a Cassilda) ¿No lleva máscara? ¿No la lleva?

The King in Yellow, Acto 1. Escena 2

 

 

Algunos dirigentes políticos, periodistas, y otras personas han comenzado a utilizar adjetivos que no eran de uso frecuente en orden a calificar las medidas del gobierno. Así se habla, por ejemplo, de “un ajuste bestial”, “un bestial endeudamiento”, “un compromiso brutal” (con el FMI), “un brutal ajuste”, “la brutal censura”, etc. Paradójicamente, algunos economistas neoliberales opinan que las medidas que así son calificadas deberían haberse tomado al principio de la gestión en lugar de haber cedido al “gradualismo” que habría llevado a la actual crisis económica. Se desprende de esa opinión que el gobierno debía haber sido, desde su asunción, bestialmente brutal o brutalmente bestial. Todo lo cual llama a perplejidad: unos rechazan la bestialidad, otros la reclaman.

 

La marca de la Bestia

Podemos preguntarnos: ¿qué percepción está pujando por expresarse al nombrar “lo bestial”? Sabemos que se define a lo bestial como aquello que es más propio de las bestias que del ser humano, especialmente por su brutalidad, crueldad o irracionalidad. Y aunque todos entendemos ese significado de uso común de lo que decimos, también es cierto que el lenguaje en cuya superficie transitamos cada día con el habla, es a la vez un terreno de capas de significado que se han ido depositando a lo largo de los siglos y presionan sobre el paisaje habitual de los discursos. Y no hablo de la presión significante del estrato de “lo inconsciente” individual psicoanalítico, sino de la acentuación intuitiva y consciente de un significado colectivo acumulado en el lenguaje.

Una de esas capas es la de la extensa tradición cristiana que habla de la Bestia (Satanás, el Anticristo) y su marca (el número 666 o 616) en el libro del Apocalipsis. Algunos autores han sostenido que los números mencionados, en realidad hacen referencia al número del nombre de la bestia, y estudios recientes sobre los papiros de Oxirrinco, ya descubiertos en 1897, demostrarían que el número 616 se corresponde con el acrónimo DCXVI formado con las letras capitales romanas de Domitius (por el emperador Nerón –en su origen llamado Domicio—, o por DomicianoCaesar Xti Violenter Interfecit (Domicio César Mató Vilmente a Cristo). O sea: la marca de la Bestia estaría señalando a la brutalidad de los perseguidores y ejecutores crueles de Cristo y los cristianos. Persecución y crueldad.

La literatura, el arte y el cine han abundado en ese motivo religioso de la marca de la Bestia, hasta alcanzar a las creencias populares (se dice, por ejemplo, que Nancy Reagan hizo cambiar el número de una casa que habían adquirido en Los Angeles porque era el 666). Pero Rudyard Kipling lo usó en cambio como título de una novela corta sobre un hombre lobo (The Mark of the Beast, 1890), en la cual, si bien se mantiene la idea de lo sobrenatural y maligno, se abandona la connotación religiosa. Téngase en cuenta, aquí, la sentencia anticipada de Hobbes: “El hombre es lobo para el hombre”.

 

El poder bestial del Estado

El significado más potente que la alusión a “la Bestia” adquirió en la modernidad fue el que recogió la obra de filosofía política Leviathan (1651), del mencionado Thomas Hobbes, que dio fundamentos al Estado absolutista. En este caso, la referencia también es bíblica en el nombre del poderoso monstruo marino que se menciona en el Libro de Job: “Su corazón está fundido como piedra… Nadie es tan audaz como para excitarlo… No hay sobre la tierra poder que se le compare… él es el Rey de todos los soberbios”.

 

William Blake, “Red Dragon Woman Clothed Sun”, 1805

 

Leviatán propone el contrato social para evitar la guerra de todos contra todos y con ese contrato se le otorga al soberano un poder absoluto, renunciando los súbditos incluso al antiguo derecho de rebelión contra los tiranos. Se propone a la vez una renuncia a la división de poderes, y se defiende la restricción de la libertad de expresión en orden a la protección del orden público por el gobernante.

Hobbes al hablar del Estado dice: “El fin del Estado es, particularmente, la seguridad”; “Los pactos que no descansan en la espada no son más que palabras”; “El único camino para erigir semejante poder común, (…) es conferir todo su poder y fortaleza a un hombre o a una asamblea de hombres, todos los cuales, por pluralidad de votos, puedan reducir sus voluntades a una voluntad”; “Hecho esto, la multitud así unida en una persona se denomina Estado, en latín, Civitas. Esta es la generación de aquel gran Leviatán”.

Y sobre el soberano afirma: “Nada que haga un soberano puede ser castigado por el súbdito”; “La libertad del súbdito se compagina con el poder ilimitado del soberano”; “…el soberano no está sujeto a leyes formuladas por él mismo, es decir, por el Estado, porque estar sujeto a las leyes es estar sujeto al Estado, es decir, al representante soberano, que es él mismo”; “…dividir el poder de un Estado no es otra cosa que disolverlo”; “Debe enseñarse a los súbditos a no apetecer el cambio de gobierno”.

 

¿Has encontrado el cartel Amarillo?

El estrato de la forma republicana de gobierno de las democracias liberales cubrió el terreno del Estado absolutista y “lo bestial” dejó de ser parte de la nueva terminología política (aquel arcaísmo, sin embargo, volvería a aparecer multiplicado en los totalitarismos del siglo XX). La bestia se mudó entonces a la literatura de Mary Shelley (Frankestein o el moderno Prometeo, 1818), de Kipling (La marca de la bestia), o de Bram Stoker (Drácula, 1898).

En el curso de esa metamorfosis, The King in Yellow (1895) es una obra de teatro (ficticia) inaccesible por haber sido prohibida, que se incluye parcialmente dentro del libro de cuentos fantásticos y de terror de Robert Chambers, al que da el título. En los cuatro primeros cuentos se reproducen fragmentos del primer acto de la obra, ingenuo y cándido, ilusorio y crédulo. Pero el segundo acto apenas se insinúa porque su lectura completa lleva a la locura y la desesperación a quien lo lee. Y los cuatro cuentos van hilvanados por un interrogante común: “¿Has encontrado el cartel amarillo?”

El Rey de amarillo, en Chambers, es una entidad sobrenatural, misteriosa, cuyo poder oculto, como en Frankestein, Drácula o el hombre-lobo –y como en el absolutismo enterrado— es maligno y descomunal. H.P. Lovecraft continuó el motivo del personaje siniestro en el poema El anciano Pharos de la colección de sonetos Hongos de Yuggoth (1930), cuando escribe: “La cosa, susurran, lleva una máscara de seda amarilla, cuyos pliegues raros aparecen para ocultar una cara que no es de esta tierra”. Una vez más lo sobrenatural, poderoso, cósmico y maligno. La bestialidad antigua ahora transfigurada.

 

La maldición del Rey amarillo.

 

 

Las políticas “bestiales”

¿Qué es lo que tienen de bestial el ajuste, el endeudamiento y el control de la expresión, entre otras políticas del actual gobierno? A la luz de los significados anteriores, el conjunto semántico incluye persecución, crueldad, poder totalitario, monstruoso, maligno. Todos ellos son contrarios a una forma republicana y democrática de gobierno. Como hemos visto, sólo en un estado absoluto hobbesiano los votos entregan todo el poder al soberano y legitiman cualquiera de sus acciones.

Un significado más puede agregarse. Todas esas políticas de un gobierno que no hace más que hablar del futuro venturoso que se abriría a partir de los actuales sufrimientos de la población, analizan ese futuro con la perspectiva de un análisis costo-beneficio basado en una tasa social de descuento que restringe el consumo actual para mejorar el consumo futuro. El presupuesto de este enfoque económico sobre pérdidas y beneficios es que la extensión en el tiempo va diluyendo los daños y va aumentando los beneficios. Así fue emitido el bono a cien años: para las generaciones futuras el daño se habrá disuelto porque la economía argentina se habrá consolidado.

El filósofo Derek Parfit (Razones y Personas, 1992) ha abordado el aspecto ético de esta cuestión considerando que la tasa de descuento social siempre supone un aspecto moral en juego. Entre otras objeciones críticas sostiene que la tasa de descuento no es meramente “temporal” sino a la vez “probabilística”, la “oportunidad de costos” debe compararse con escenarios alternativos, la noción de “futuro bienestar” debe ser correlacionada con el enfoque de justicia distributiva aplicable, etc.

Dijimos en otra nota que el actual gobierno liberal-conservador tiene una pulsión regresiva. Hoy podemos pensar que la “bestialidad” de sus políticas tiene en 1651 otra estación en su regreso. Pero las palabras de oposición a esas políticas van despejando los significados del viaje.

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