El ruido de las cosas al caer

Nuestro universo está hecho así: antes de algo glorioso, siempre hay quilombo

El otro día mi hijo más grande prometió fidelidad a la bandera. Cuando sonaron, infaltables, los acordes iniciales del Himno, ocurrieron dos cosas. En primer lugar tuve que asumir que esa música me emocionaba hoy como nunca lo había hecho. (¿La explicación que me di? Debe ser la edad. Estoy grande, por no decir lo otro.) Lo segundo que me sorprendió fue una frase que llevo cantando desde niño: Oíd el ruido de rotas cadenas. Fue como si la registrase por primera vez. Me pregunté: ¿por qué dirá el ruido —que entraña displacer— y no la música, que define al sonido paladeable? A oídos de quien anticipa su libertad, el escándalo de las cadenas que se rompen debería ser registrado con placer — un sonido deseado, perseguido, soñado durante mucho tiempo.

Entonces pensé otras dos cosas. (Mi mente se dispersa durante los actos escolares. No me vendan que a ustedes no les pasa.) Primero admití que don López y Planes había hecho bien: ruido funciona acorde a la métrica, ahí hace falta una palabra de dos sílabas y música tiene tres. Se puede encajar la música en vez de el ruido pero sólo a las apuradas, al precio de quebrar la cadencia además de las cadenas.

Don López y Planes, autor de los versos que usamos fragmentariamente, también tuvo razón en otro sentido. Todo aquello que tiene que ver con la realización profunda lo asociamos con la música, que entraña placer. En nuestras cabezas, cualquier logro —un orgasmo, la liberación, un triunfo deportivo— viene con banda sonora incorporada. El goce está linkeado a una música que completa el deleite porque lo interpreta, lo convierte en las vibraciones que uno necesita oír/sentir. Pero —bien por don Vicente LP— lo que antecede a esos logros casi nunca es el silencio, sino el ruido. No se coje en silencio. (A no ser que haya razones de fuerza mayor, léase niños en el cuarto de al lado.) Ni se triunfa en un match haciendo silencio, salvo que se esté jugando al ajedrez. (Las transmisiones televisivas y radiales registran a la distancia, pero si metiesen un micrófono entre lxs jugadorxs oiríamos gemidos, jadeos —el ruido de un cuerpo que se esfuerza al límite— y, por cierto, también puteadas.)

En términos generales, una liberación tampoco se da en mute. Durante un proceso así suenan, a modo de obertura, voces destempladas, estruendos al por mayor, cosas que se rompen. Nuestro universo está hecho de ese modo: antes de algo glorioso, siempre hay quilombo. Antes del llanto del recién nacido están los gritos de dolor de la madre. Antes de cuajar como la bola de fuego, piedra, polvo y agua que venimos fatigando, la Tierra debe haber pegado unos alaridos padres. Lo que precede a cualquier conquista es la onomatopeya: para que algo valioso ocurra, primero tienen que sonar crack, pop, snap, bang, screech, boom, smack. Si microfoneásemos distintos puntos del planeta y mezclásemos lo que transmiten, se oiría algo parecido a la orquesta que está a la mitad y al final de esa canción de Los Beatles que se llama Un día en la vida: así suena la humanidad abocada a sus afanes. (La vida es lo que ocurre —agregó Lennon años más tarde— mientras estás ocupado haciendo otros planes.)

 

 

(Lo del ruido que viene antes de la música es literal. Las técnicas de grabación contemporánea nos malacostumbraron, limpiando los comienzos. Pero lo que ocurre justo antes del breve silencio inicial que da paso a la música es ruido siempre, como sabe cualquiera que haya tocado o grabado: toses, ajuste de clavijas, chirriar de sillas, pasar de páginas, acoples, zumbidos, notas aisladas.)

Es inexorable. Para que pase algo memorable, primero tiene que haber bardo.

 

Welcome to America

Justo en esos días había empezado a ver, por fin, la serie El cuento de la criada (The Handmaid’s Tale). Me angustió mucho. Basada en la novela que Margaret Atwood publicó en 1985, cuenta de un futuro distópico en que parte de los Estados Unidos se rebautiza República de Gilead. Esta nueva nación es teocrática y por ende autoritaria. Allí las mujeres carecen casi por completo de derechos (no pueden leer, siquiera) y cualquiera al que se le descubran tendencias homosexuales puede ser colgado por «traición al género». Como la mayor parte del género femenino está aquejado por infertilidad, aquellas mujeres que aún pueden concebir son reclutadas como criadas entre cuyos deberes está el de abrir las piernas ante el patrón, con el objetivo de darle descendencia. A estas mujeres se las despoja hasta de su identidad: pasan a ser «de» su amo, un apéndice en toda la regla; por eso se las llama directamente Offred, Ofglen u Ofwarren — o sea, de Fred, de Glen, de Warren.

 

 

(Cabe recordar, aquí, que esta línea particular del relato le fue inspirada a Atwood por el robo de bebés perpetado durante la dictadura cívico-eclesiástico-militar de Argentina, a la que el diputado Massot gusta llamar, como el mosquito del proverbio, nosotros. Para enturbiar más las aguas que antaño separaban el continente de lo real de la isla de la ficción, la orden de Trump de meter en jaulas a los niños de los inmigrantes ilegales y separarlos de sus familias inspiró el siguiente Twitt de —nada menos que— Stephen King: La detención de niños en la frontera, y la consecuente separación de sus padres, es cruel más allá de lo imaginable. ¿Es esto América, todavía, o estamos en los meses previos a la Gilead de El cuento de la criada?)

 

 

 

Yo estaba preparado para lo que iba a ver: una historia que potenciaba ad absurdum las indignidades a que se ha sometido a las mujeres desde que nuestra especie se organizó en comunidades. Mientras la serie apilaba humillaciones y terrores, me cuestionaba qué clase de criaturas somos: ¿cómo es posible que, desde que marchamos sobre dos pies, hayamos dedicado tanto tiempo y esfuerzo a encontrar nuevas y mejores formas de sojuzgar a los demás? Peor aún: ¿qué clase de impulso nos lleva a pervertir nuestras mejores herramientas —la inteligencia, el lenguaje, la capacidad de organizarnos, la política, la industria— para usarlas como armas en contra de otrxs? ¿Por qué todo bondi nos deja bien a la hora de discriminar y deshumanizar a otra gente: el color de la piel, la creencia religiosa, la inclinación sexual, el sitio de nacimiento, la clase social, el pensamiento político, su idioma, su estilo, el equipo de que es hincha, su altura, su peso, su nariz, su aliento? ¿Dónde figura que no había Plan B, que la única forma de prosperar sobre este planeta pasaba por la explotación violenta de nuestros congéneres? Porque no existe nada igual en la naturaleza: hay especies que se alimentan de otras y especies que colaboran con otras, pero ninguna que abuse sistemáticamente de criaturas a las que nunca deja de envilecer y a las que exprime hasta que dejan de servirle y entonces las mata o abandona.

 

Hacemos lo que se nos dice

Me pregunto si todo lo que habría que saber lo respondió Stanley Milgram, el psicólogo social que en los ’60 condujo un experimento legendario: aquel que le pedía a cada voluntario que, con la excusa de enseñar a asociar ciertas palabras, aplicase electricidad a conejillos de Indias humanos cada vez que se equivocaban. El 65% de los voluntarios siguió adelante, apretando el botoncito a pesar de que, en teoría —la descarga no era tal, obviamente—, cada shock era más fuerte que el anterior.

De 100 personas, 65 siguieron haciendo daño a conciencia porque era lo que se les pedía. ¿Simple obediencia al principio de autoridad? ¿El fin de actuar en beneficio de la ciencia justificaba para ellos la apelación a un medio cuestionable? ¿O habría que concluir, más bien, que la libertad está sobrevaluada y la mayoría de nosotros no la considera un valor de verdad? ¿Corresponde ese 65% a la proporción de nosotros que la cree un peso, y que entregaría la responsabilidad sobre sus actos al primero que se ofrezca a hacerse cargo? En cualquier caso, los números no nos favorecen. Peter Gabriel le dedicó una canción al experimento, Hacemos lo que se nos dice (We Do What We’re Told), a la que puso por subtítulo Los 37 de Milgram, apelando a aquellos que se habían resistido a picanear a sus congéneres. Pero Gabriel pecó por optimista: como se desprende de los números que mencioné, no fueron 37 los rebeldes sino 35.

 

 

Se hace difícil encontrar argumentos para defender la causa de la humanidad. Porque, por sí solos, nuestros actos individuales de generosidad y la belleza que concebimos mediante el arte no contrarrestan la hijoputez del sistema en que nacimos.

Vivir como vivimos, ay, me hace ruido.

 

El silencio, ¿es salud?

Hubo algo para lo cual no estaba preparado. Sabía que la Gilead de Atwood era un gobierno autocrático con rasgos tomados de nuestra historia, sí. Sin embargo no imaginé que la atmósfera que allí se respira iba a perturbarme tanto. El cuento de la criada transcurre en una dictadura e hizo que reviviera mis sensaciones de aquel momento, atormentadamente. Y eso que Gilead y la Argentina de los ’70 no pueden parecerse menos. Allí no hay militares a la vista (paramilitares y gracias), acá no abundaban las criadas vestidas de rojo y tocadas con cofias almidonadas.

En lo que se asemejan es en el clima asfixiante. En la convicción de que la fachada de normalidad esconde una violencia monstruosa. En el temor según el cual se mide cada palabra que habrá de pronunciarse o callarse. ¿Se acuerdan de aquel slogan de nuestros führers de cabotaje? Ese que rezaba: El silencio es salud. Verbitsky dice que el slogan es más viejo aún, que lo acuñó el general Embrioni durante los gobiernos peronistas previos al golpe, pero mi cabeza lo registra actuante durante la dictadura. En cualquier caso, imagino que coincidimos en esto: a las dictaduras no les gustan los ruidos que resuenan en las calles.

Me pregunté por qué me alteraba tanto esa pintura de un régimen semejante. No era la primera serie o peli que veía que hablase de dictaduras. (He escrito alguna, incluso.) Recordé que la última que me había sacudido era Children of Men (2008), de Alfonso Cuarón. Que, dicho sea de paso, también está basada en la novela de una mujer —P. D. James, en este caso— y gira en torno de una plaga de infertilidad que aqueja a la raza humana. El otro elemento que refuerza su actualidad es el de un Estado que deviene autoritario a partir del argumento de la inmigración descontrolada. Vivimos un presente en el cual el Presidente de los Estados Unidos, bastión de Occidente y paladín de la democracia, encierra niños inmigrantes en jaulas. Esa es la joda con la distopía. Como género es una maravilla, pero tiene la puta manía de tornarse real.

Lo que me sacudió de El cuento de la criada es, presumo, el contexto en que hoy la veo. Quiero decir: la estoy viendo ahora, desde la situación enrarecida que vivimos, que nos lleva a preguntarnos a diario cómo definirla, qué clase de bestia es. Porque, si bien está claro que no se trata de una dictadura al estilo de los ’70 —el modelo que se aplica hoy en Latinoamérica es distinto, quizás menos cruento a simple vista pero sí más perverso—, tampoco es una democracia como las que vinieron después. Apuesto a que existe al menos un(x) funcionarix que, en la antesala de una nueva protesta popular, presiona a su superior de este modo: ¿Puedo tirar unos tiritos sobre la turba desarmada? Dejame dejame dejame. ¿Qué te cuesta? Para recibir una negativa a la demanda… aunque sólo de momento, porque todavía no la consideran necesaria. Si De la Rúa y sus nenes de pecho se animaron a disparar a los descontentos, ¿qué no estarán dispuestos a hacer estos, que valoran más las chinchillas que a la gente?

Me acuerdo del slogan de unas papas fritas de los ’60, que se llamaban Bun y fabricaba PepsiCo: Si hace crack, es Bun.

Espero que el gobierno entienda que, si hace bang, sobrevendrá el crack.

Lo que no cabe duda es que estamos cerca de un ruido grande.

 

Escúchame entre el ruido

Entendí, finalmente, que la emoción que el himno me produce tenía que ver con otra resignificación. La letra no cambió, pero —al igual que lo que me pasa con El cuento de la criada— lo que importa es lo que me dice ahora. Los versos de don Vicente LP se arman a partir de una idea excluyente: la libertad. Ese es el grito sagrado; la voluntad que hace que nos reconozcan como pares los libres del mundo entero. Sin ella no hay gloria posible y sin gloria vivir carece de sentido… a no ser que formes parte de los 65 de Milgram, claro. O que seas Sergio Bergman, y por ende estés ansioso de resignar libertad a cambio de seguridad.

Durante la dictadura el himno no me decía mucho, porque los milicos, como nacionalistas de derecha, lo habían vampirizado para vaciarlo de sentido. Durante los gobiernos democráticos tampoco me movía un pelo, porque ya habíamos llegado a ser libres… ¿o no? Pero ahora la libertad es lo que está en juego: cada decisión que enajena nuestra economía en beneficio del capital internacional, cada medida que jibariza sueldos y agosta posibilidades de trabajo, cada juez o fiscal al que se persigue por no complacer al gobierno, cada medio al que se ahoga por medio de la pauta oficial, cada preso político, cada minoría acusada de terrorismo, está comprometiendo nuestra libertad, nuestra condición de ciudadanxs mas no de criadxs, nuestra voluntad de refundar la democracia antes de que nos refundan.

En los meses por venir —que, según el Ministro de Producción Dante Sica, verán al país internado «en una sala de guardia»—, el ruido crecerá en decibeles hasta tornarse insoportable. Las protestas rechinarán, se gritará en los debates, los represores rajarán cabezas, sonarán sirenas. Habrá tanto snap, screech, smack que nos preguntaremos si amanecimos en un capítulo de la vieja serie Batman. (Gatúbelo, el Guasón Larreta y Poison Ivydal ya forman parte de nuestra galería de villanos.) Pero será un ruido inevitable, porque lo que está en juego es algo de importancia atronadora.

Hace dos siglos un diplomático de Estados Unidos, Henry M. Brackenridge, se sorprendió cuando, durante el viaje en barco entre Montevideo y Buenos Aires, sus compañeros de travesía rompieron a cantar. Cantaron con entusiasmo —escribió Brackenridge—, como nosotros entonaríamos nuestro «Hail, Columbia!» Esa canción era lo que hoy llamamos himno; y los viajeros que la entonaron al divisar la costa argentina tenían claro a qué lucha aludían. Todo el país se conturba por gritos / de venganza, de guerra y furor, decía la letra original. Mas los bravos que unidos juraron / su feliz libertad sostener / a estos tigres sedientos de sangre / fuertes pechos sabrán oponer. Si Milgram hubiese hecho su experimento entonces, probablemente el resultado habría sido otro.

Aquellos argentinos parecían entender que lo que se dirimía era su libertad más esencial. (Contaban en su favor, claro, con la ventaja de que aún no existiesen Clarín ni La Nación.) Lo que habían obtenido a alto costo no debía ser enajenado. La opción no podía ser más tajante: Coronados de gloria vivamos / o juremos con gloria morir. A veces pienso que en El tesoro de los inocentes el Indio Solari escribió una paráfrasis del cierre del himno, bajándola a términos que la calle comprende: Si no hay amor, que no haya nada / No vas a regatear.

Mi viejo, que era dentista, solía decir cuando agarraba la pinza: Va a haber ruido, pero no te asustes. Nunca imaginé que este contexto también resignificaría su frase. Porque existen estrépitos que contienen música, una melodía —la más maravillosa— que hay que saber oír, entre el ruido que hacen ciertas cosas al caer.

 

 

18 Comentarios
  1. Ignacio dice

    Milgran en contexto…en I como Ícaro…cualquier otra representación banaliza el experimento social
    sobre todo Netflix ,buena para nada

  2. Lucila dice

    Somos s-om-os ti-en-po
    si no hay amor que no haya nada

  3. Graciela Pallares dice

    Y en la serie queda claro que la persecución periodística-judicial a Milgram no fue por haber engañado a los conejitos de Indias, sino por el «ruido» que provocaron los resultados categóricos a los que el experimento arriba, que develan el sostén de nuestras «democracias» contemporáneas.

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