El síndrome de Weimar recargado

La irrupción de un nuevo oscurantismo pre-moderno

 

Abusar de los paralelismos y de las similitudes podría contribuir a una comprensión muy limitada de los acontecimientos históricos y a consagrar los maniqueísmos reduccionistas o las caracterizaciones apresuradas. Lo que acaba por imponerse es la extrema simplificación de una complejidad no redimida, privándonos de abordar el entramado de una singularidad histórica que permanecerá ininteligible. Se ha vuelto un lugar común equiparar todas las manifestaciones pretendidamente autoritarias con el fascismo. Y no debería extrañarnos que dicha comparación haya afectado más a los movimientos populares de Nuestra América que a las derechas negacionistas y apologistas del genocidio.

El caso del peronismo en la Argentina resulta paradigmático ya que, habiendo sido la experiencia de justicia social, ampliación de derechos y democratización plebeya más profunda de toda la región, fue acusado, sistemáticamente, de fascista (en especial, por la tradición liberal-conservadora, aunque también, por la izquierda dogmática). La teoría psicoanalítica suele ocuparse de analizar este síndrome consistente en adjudicar al otro las atribuciones propias que resultan insoportables, ofenden, avergüenzan o generan culpa.

Tanto el análisis sociológico como la práctica teórica en general suelen enriquecerse cuando la postulación de cotejos y afinidades se torna rigurosa y atenta a los condicionamientos temporales. A más de un lector atento le resultará inapropiada o exagerada la comparación (decididamente anacrónica) que estamos proponiendo. El fascismo fue un fenómeno histórico único y excepcional que emergió en el período de entreguerras (muy especialmente en Italia, Alemania y España) alentado por la crisis burguesa, la inestabilidad política y la inoperancia del sistema parlamentario. Sin embargo, resulta pertinente rastrear ciertos rasgos de dicha irrupción que retornan en la actualidad, aunque de un modo inédito, impredecible, diferente. Desde ya, no es novedosa la sugerencia de un vínculo entre la República de Weimar (caldo de cultivo del nazismo) y algunas coordenadas socioculturales de la Argentina actual; no obstante, es necesario aclarar que estamos muy lejos de pensar dicho parentesco en los términos de alguna causalidad mecánica, teleología o destino ineludible. Recientemente, el filósofo José Pablo Feinmann (a quien ya estamos extrañando) expuso la misma preocupación. Muy poco tiempo después, el escritor Noé Jitrik volvió sobre las afinidades entre dos sociedades en descomposición atravesadas por la brutalidad policial, la especulación desenfrenada, la inflación y los espionajes a la orden del día. Algunos años atrás, el académico Ezequiel Adamovsky había recuperado la categoría deleuziana de “microfascismo” para aludir al renovado clima de discriminación, punitivismo y fobia frente a todos los grupos vulnerables/vulnerados. Por su parte, el investigador Daniel Feierstein también ha venido analizando la persistencia de las prácticas fascistas en nuestro país signadas por un odio militante y proselitista. En tanto, notables intelectuales de otras comarcas han preferido caracterizar al actual momento de acumulación capitalista como neofascismo.

Tras la derrota alemana en la primera gran guerra europea, la ciudad de Weimar fue testigo de una Asamblea Nacional que proclamó una nueva Constitución, el 31 de julio de 1918. Desde entonces, Alemania vivió un período de gran conmoción política en virtud de sucesivos intentos separatistas, golpistas o revolucionarios. Los costos de las reparaciones acordadas en Versalles eran altísimos, la moneda sufrió constantes devaluaciones y la inflación se disparó a niveles incontrolables. La crisis del ’29 terminó de agravar este panorama desolador, y el incendio del Reichstag en 1933 habilitó una persecución feroz contra comunistas y socialdemócratas, acusados por el episodio. La democracia liberal parlamentaria de Weimar que nació como un impulso para la reconstrucción democrática de la nación alemana, acabó en el horror nazi. Aquellos tiempos de oscuridad constituyeron un ámbito propicio para el florecimiento de las artes, la literatura, la teoría política y la filosofía. Nos basta con citar unos pocos nombres para corroborar las dimensiones de dicha creatividad: Thomas Mann, Paul Klee, Bertolt Brecht, Fritz Lang, Carl Schmitt, Oswald Spengler, Martín Heidegger, Walter Benjamin, Theodor Adorno.

Luego de cuatro años de huracán macrista, nos hundimos en la tierra arrasada de un país devastado, mucho más pobre y desigual; con salarios diezmados, persianas cerradas, fábricas abandonadas, inflación descontrolada. Pero además, y como contracara del espanto organizado, sufrimos la subsunción de los tres poderes republicanos a las exigencias de mercaderes, gerentes, financistas, banqueros y especuladores. En síntesis: una democracia de bajísima intensidad, un endeudamiento insostenible, grandes dificultades para acceder a los artículos de primera necesidad y, para colmo, una pandemia de dimensiones inéditas. En tanto, los medios dominantes agitando, al unísono, el fantasma del comunismo para descalificar cualquier medida tendiente a morigerar la injusta distribución de la riqueza. El broche de oro de esta trama macabra fue la creación de un enemigo interno (populista) con los consecuentes reclamos de persecución, hostigamiento, mano dura e incluso (por parte de algunos espíritus más desinhibidos), de aniquilamiento. Las coincidencias entre este desasosiego y el clima reinante en aquellas geografías germanas donde se incubaba el huevo de la serpiente, debieran, como mínimo, provocarnos cierta inquietud.

Cuando perdió la conducción política en 2019, y no conforme con haber convertido al país en un paraíso de la deuda, la especulación y la fuga, la derecha se dedicó, de un modo explícito y desenfadado, a defender los intereses de las grandes fortunas. Absolutamente todas las votaciones del Congreso que han tenido lugar desde entonces, dan cuenta de esa firme determinación que despeja cualquier duda respecto de sus intenciones cada vez más desembozadas. Y con este mismo entusiasmo corporativo, reivindican los excesos policiales, proclaman la necesidad de bajar la edad de imputabilidad, celebran los asesinatos de jóvenes de los barrios humildes, niegan o justifican el genocidio. Por otra parte, han convertido los medios privados y las redes sociales en una burbuja cognitiva hedionda que inunda todo el espectro comunicacional, de odios, racismo, resentimiento y falsas noticias.

Las afinidades con el partido español Vox y con el Tea Party norteamericano resultan harto evidentes; y también con el bolsonarismo que hoy gobierna Brasil y con el pinochetismo que estuvo cerca de volver a alzarse con el poder en Chile, aunque esta vez, por la vía electoral: abuso de las muletillas despolitizadoras; encendida defensa de los negocios privados; persistente prédica contra cualquier modalidad tributaria; ciega hostilidad hacia el Estado, el gasto público y las asignaciones sociales; radical liberalización y desregulación de las transacciones mercantiles; glorificación de las armas y de las violencias institucionales; apuesta por el caos, la irracionalidad, el oscurantismo y la agresividad. He aquí una de las grandes diferencias entre el conservadurismo culto y erudito de Weimar que coqueteó con el nazismo y el patético oscurantismo premoderno de las nuevas derechas. La otra distinción, sin duda, puede advertirse en el reemplazo de la retórica nacionalista y prometeica –verdadera obsesión del fascismo clásico– por un léxico ultraliberal que demoniza toda intervención estatal y endiosa la mano invisible del mercado.

Como entonces, hoy estamos atravesando una encrucijada sumamente peligrosa ya que la coyuntura podría habilitar una experiencia aún más nefasta (a juzgar por su obsceno exhibicionismo clasista y racista) que la del perverso gobierno de los CEOs. Desde ya, el desenlace es incierto, pero lo indudable es que estamos perdiendo la batalla. Quizá –tal como proponía un filósofo alemán que vivió con mucha intensidad aquellos avatares de posguerra–, más que acelerar la marcha alocada de la locomotora de la historia, debamos pulsar el freno de emergencia.

 

 

 

El autor es sociólogo, docente e investigador (UBA-UNDAV) / [email protected]

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