EL SUEÑO DE SAN MARTÍN

Tasa de migración neta negativa, primera vez en la historia de la Argentina moderna

 

Los librecambistas argentinos son los principales  opositores —aunque no los únicos— al proceso de sustitución de importaciones y a los inmigrantes. Esa coalición está lejos de haber alcanzado un grado de coherencia ideológica que vaya más allá de dos o tres ideas genéricas, ineptas para fijar un rumbo definido a la Argentina aunque suficientes para estropear a los trabajadores capitalizando las cortedades del movimiento nacional, Entre los miembros connotados de ese colectivo es destacable por su franqueza el actual Auditor General de la Nación, Miguel Ángel Pichetto.

Pichetto ignora que posee el secreto. Mejor dicho, desconoce el valor de lo que ha descubierto: la Asignación Universal por Hijo (AUH) alienta el crecimiento de la población. Su ecuación es simple: las chicas pobres se embarazan adrede para cobrar el estipendio pagado por el Estado y vivir la vie en rose sin tener que preocuparse de trabajar. Ergo: el desborde demográfico torpedea el crecimiento. En aras de que la pasión romántica no se extravíe, debe convenirse que por el monto en juego la situación evoca a los mal entrazados gorriones de los barrios carenciados argentinos antes que a los elegantes de Paris. Grosso modo, una mamá inscripta en la AUH con dos criaturas de menos de 6 años con Tarjeta Alimentar cobra con el aumento de marzo (el beneficio para su actualización está alcanzado por el índice de movilidad jubilatoria) unos 17.000 pesos mensuales en tanto el costo de la canasta básica alimentaria para ese tipo de familia y mismo lapso anda por los 50.000 pesos.

La AUH se puso en marcha en 2009. La tasa anual de crecimiento de población argentina era del 1%. Doce años después, se estima que en 2021 baje a 0,84%. En 2009 la tasa bruta de natalidad (TBN) era de 18,6 y la tasa bruta de mortalidad (TBM) de 7,6 (nacimientos y muertes anuales cada mil habitantes) resultando una tasa bruta de crecimiento vegetativo (TCV) (diferencia entre las dos anteriores) de 11. Para 2021 se estima que la TBN será de 15,8 y la TBM de 7,4, siendo la TCV de 8,4. En 2009 el índice de fecundidad (cantidad promedio de hijos por mujer) fue de 2,4 y se proyecta que en 2021 será de 2,2. Con algún cuidado se puede decir que debajo de 2,1 hijos por mujer, en general, la población declina (puede haber casos, los menos, en que no). Por ahora, en la Argentina venimos con el aumento de la población en franco declive pero orillando la zona donde comienza la disminución, aquella que desde hace unos lustros es una realidad en los países desarrollados.

 

 

Tendencias de fondo

Creer que con tan poco como la AUH se puede cambiar una tendencia demográfica de fondo de la acumulación a escala mundial es propia de brutos iridiscentes, tales como los conservadores argentinos de hoy en día. Viven cacareando estar en el ajo de la globalización y son los últimos en enterarse. La tasa mundial de fecundidad (el número de nacimientos por mujer) ha caído de 5,06 en 1964 a 2,4 en 2018. Hoy, aproximadamente la mitad de los países del mundo tienen tasas de natalidad por debajo del nivel de reemplazo (un nacido reemplaza un óbito) de la población de 2,1 nacimientos. El advenimiento del control de la natalidad, el avance de la urbanización global, el sesgo cultural hacia familias menos y menos numerosas, el primer embarazo a una edad más avanzada y los costos más altos de crianza de los hijos juegan un papel en la mayoría de los seres humanos de esos territorios para inclinar la balanza en dirección a tener menos hijos.

Incluso, no faltan hipótesis del impacto de la contaminación en la demografía. La epidemióloga de la Escuela de Medicina Monte Sinaí de Nueva York, Shanna Swan, ha escrito un ensayo salido en estas semanas cuyo título en traducción aproximada sería: «Cuenta regresiva: cómo nuestro mundo moderno está amenazando el conteo de espermatozoides, alterando el desarrollo reproductivo masculino y femenino y poniendo en peligro el futuro de la raza humana». Esto haría que encima se tengan menos hijos de los pocos que se buscan. Shanna, se hizo conocida por ser  factótum de la investigación publicada en 2017 que encontró que el recuento total de espermatozoides en el mundo occidental había caído un 59% entre 1973 y 2011.

Este conjunto de tendencias erige obstáculos muy serios o inmanejables  a los países que impulsan políticas de población que procuran frenar y revertir la debacle en el número de sus ciudadanos. El envejecimiento demográfico es motivo de preocupación en todo el mundo desarrollado. La mayor esperanza de vida y las bajas tasas de fecundidad están elevando la edad media de la población en todo el planeta. A medida que más y más jubilados suponen una carga para un número relativo menor de personas en edad de trabajar, se van desplegando dificultades más que nada de orden político para el crecimiento económico.

Por lo pronto, el columnista Henry Olsen del Washington Post inscribe la retranca demográfica en la conflictividad geopolítica y carga las tintas desde el mismo título de su nota del 05/03/2021: “La acechante caída de la población china podría convertirla en una amenaza global aún más peligrosa”. Olson da cuenta de que “Durante largo tiempo la nación más poblada del mundo, China está al borde de un declive demográfico sin precedentes. El gobierno comunista instituyó una infame política de «un hijo» en 1979, que prohibía a la mayoría de las mujeres tener más de un hijo vivo durante su vida. La política redujo las tasas de natalidad en China muy por debajo del nivel necesario para garantizar una población estable, y los esfuerzos recientes para relajar lentamente la regla no han aumentado significativamente la tasa de natalidad. Como resultado, los demógrafos estiman que la población de China comenzará a reducirse en 2027 […] El declive, una vez que comience a afianzarse, reducirá drásticamente la capacidad del gobierno comunista para proyectar el poder global”.

Olson subraya que “solo hay dos formas de salir de esta trampa. Una es aumentar significativamente el número de niños, algo que el gobierno se esfuerza por lograr. El otro es ominoso: asegurar los recursos y el poder en el extranjero ahora, para apoyar a la población china más tarde”. Las nuevas medidas tomadas por el gobierno chino para apoyar el aumento de la natalidad a fines de febrero dispararon el análisis de Olson y su implícita desconfianza a que sean efectivas, puesto que sino pierde pie el acento colocado en el conflicto geopolítico de la alternativa. Así “este último curso permitiría a los gobernantes comunistas de China cosechar los beneficios del comercio por sí mismos, ya sea mediante el control directo de las regiones o, más probablemente, haciendo que los países dependan económicamente de las empresas chinas. En el escenario de la dependencia, los trabajadores del mundo subdesarrollado proporcionarían la mano de obra a las empresas chinas, cuyas ganancias luego serían gravadas o compartidas con el gobierno para mantener su gasto interno y su expansión externa”. La situación lleva a Olson a concluir que “la demografía no es la fatalidad de un destino ineluctable, pero crea presiones ineludibles. En el caso de China, la disminución de la población la obligará a reducir o intensificar rápidamente su expansión en el ámbito del poder mundial. Los Estados Unidos deberían apostar por esto último y prepararse en consecuencia”.

El andarivel poblacional lo coloca Joseph S. Nye entre los factores que podrían causar una poco probable guerra China-Estados Unidos (PS 02/03/2021). Entre los elementos estratégicos favorables a su país, Nye contabiliza que los Estados Unidos «es el único país desarrollado importante que, según se proyecta, conservará su posición global (tercero) en términos de población. Si bien la tasa de crecimiento de la población de Estados Unidos se ha desacelerado en los últimos años, no se volverá negativa, como en Rusia, Europa y Japón. China, mientras tanto, teme y con razón “volverse vieja antes de volverse rica”, y su fuerza laboral alcanzó un pico en 2015. India pronto la superará como el país más poblado”. Nye pone paños fríos en la disputa geopolítica al señalar que “quienes proclaman la Pax Sinica y la decadencia de los Estados Unidos no tienen en cuenta el rango total de los recursos de poder. La soberbia norteamericana siempre es un peligro, pero también lo es el miedo exagerado, que puede conducir a una reacción desmesurada. Igual de peligroso es el creciente nacionalismo chino que, combinado con una creencia en la decadencia norteamericana, lleva a China a asumir riesgos mayores. Ambas partes deben tener cuidado de no cometer errores de cálculo. Después de todo, en la mayoría de los casos, el mayor riesgo que enfrentamos es nuestra propia capacidad de error».

 

 

Clásicos enojados

David Ricardo y Robert Malthus, los economistas clásicos ingleses contemporáneos entre si y de gran intercambio epistolar, le hubieran reprochado al Auditor de la Nación su falta de realismo. Los súbditos de su Majestad sostenían que la población aumentaba si los salarios se alzaban por encima del nivel de subsistencia (único que concebían para las remuneraciones al trabajo) arruinando las posibilidades de crecer, y volverían a su nivel de equilibrio incrementando de una u otra forma la mortandad. Cuando bajaban los salarios la población caía y ocurría el proceso inverso. La AUH está muy por debajo de la subsistencia, apenas la repara, mal podría entonces incentivar los nacimientos. En el modelo de Ricardo la instauración del libre cambio ajusta fuerte hacia abajo la población, pues hace más barato lo que antes era más caro. Más barato es menos salario, menos salario es menos gente. Posiblemente eso sea lo que alimente la paranoia anti-demográfica del Auditor de la Nación en el plano estrictamente intuitivo. Los librecambistas convencidos quieren menos gente, los aterra cualquier acción en contrario por mínima o inefectiva que sea.

Los antecesores de Ricardo y Malthus cuando la economía no era una ciencia, los llamados mercantilistas, estaba divididos sobre cantidad de habitantes, aunque la opinión predominante era que más producción nacional y menos importación inducen a tener más población. Sus herederos actuales, Trump y Biden, por ejemplo, no lo dudan. Pero a Trump lo ganó el racismo y fue un mercantilista inconsecuente en el plano demográfico al tratar de dificultar la inmigración. Biden, en cambio, firmó nueve decretos que  revierten algunas de las órdenes más hostiles de Donald Trump sobre migración y se la jugó enviando un proyecto de ley que difícilmente pase, que de sancionarse legalizaría la situación de once millones de indocumentados. Biden parece consciente de que debe disputar por los inmigrantes. Sabe que los reyes son los padres y la única política poblacional efectiva la impulsa la inmigración. El resto son utopías de los nacionalistas de opereta.

¿Y nosotros? Según datos coincidentes de distintas fuentes, por primera vez desde que desembarcamos y de unos años a esta parte venimos registrando tasas de migración negativas; anualmente se van 50.000 entran 46.000. En la medida que nos desarrollemos necesitamos más gente. En la medida que abracemos el libre cambio y repudiemos la sustitución de importaciones, no. Para esa Argentina grande con la que soñó San Martín, menos gente, menos diversidad, resulta en el más serio desleimiento de su personalidad histórica.

 

 

 

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