El superhéroe vándalo

Una reseña sobre el artista-activista urbano Banksy y la muestra de su obra en Nueva York

 

Banksy, el más famoso artista callejero del planeta, es como un superhéroe Marvel del siglo XXI. Como pasa en los cómics, su identidad es desconocida y puede materializarse en cualquier parte. En vez de un disfraz brillante que cubre músculos de acero, viste un muy común buzo negro que cubre su cabeza. Su misión es alertar sobre la codicia capitalista, los subproductos de la opresión y el veneno de la hipocresía. Banksy hace arte saltando muros imposibles y escapando de la ley en noches cerradas. Su superpoder emerge en la esquina donde la propaganda política se une al hecho artístico ineludible. Cada obra de Banksy es producto y causa de una reflexión que, aparte de ser manufacturada con excelencia, te arranca una sonrisa que dura un largo rato. De hecho, pocas veces he visto tanta gente sonreír en una muestra. Sonrisas cómplices, no complacientes, claro. La obra es, de hecho, bastante feroz. 

Podría pensarse que al encorsetar imágenes creadas para la calle en un espacio interior podrían perder su fuerza. Esto no sucede en la exposición multimedia de 80 trabajos (en su mayoría cedidos por coleccionistas) llamada “Banksy Expo: ¿Genio o Vándalo?» La sucesión de imágenes irrumpe en los sentidos con una contundencia que apabulla. La madurez de un artista consumado y la actitud irreprimible de un chico travieso forman una combinación irresistible. El recorrido incluye su obra gráfica urbana, basada en stencils y en aerosoles (los que permiten una rapidez de acción necesaria en una actividad ilegal), instalaciones en 3-D, documentación de megaproyectos como el parque de diversiones y el hotel que construyó, videos, decenas de cuadros y una inmersión en su obra a través de visores de realidad virtual.

 

 

 

¿Quién es en realidad Banksy? Unos dicen que podría ser Robin Gunningham, nacido en 1973 cerca de Bristol, ciudad donde un colectivo de grafiteros/trip hoperos llamados The Wild Bunch (La pandilla salvaje, nombre la la película de Sam Peckinpah) logró fama a final del siglo XX. Otros aseguran que se trata de Robert del Naja (líder de la banda Massive Attack), originalmente también miembro de ese grupo de artistas, para el cual Banksy diseñó una portada de disco que se muestra en esta expo. Ciertamente, Banksy es la cabeza de un batallón de creativos y realizadores, ya que la obra a esta altura es tan extensa y compleja que no sería humanamente posible realizarla de otra forma. Del chico con la furtiva mochila llena de aerosoles en 1993 hasta hoy Banksy ha recorrido un largo camino. 

El arte callejero, también llamado urbano, tiene su origen en ese movimiento tectónico cultural de la historia del siglo XX que estalló en París en 1968, cuando los jóvenes tomaron las calles y comenzaron a escribir en las paredes eslóganes como “La imaginación al poder” y “Seamos realistas, pidamos lo imposible”. Hoy existen tours de arte callejero, y hay obras protegidas de posibles vandalismos posteriores por municipalidades y dueños privados. La persecución de estos artistas continúa, pero ya ha quedado establecido, por lo menos en la mayoría de las grandes ciudades occidentales, que existe un valor en este movimiento que interpela los límites de la propiedad privada y reclama las paredes de las ciudades como lienzos democráticamente accesibles. Las paredes son capaces de hablar un lenguaje mudo que habla a gritos. “Me voy corriendo a ver qué escribe en la pared la tribu de mi calle”, decía el Indio Solari en 1987, que iba corriendo y no caminando porque el grito era urgente. El arte del graffiti es también un movimiento social, y de eso trata esta muestra. 

 

 

 

Banksy utiliza símbolos que al mezclarlos causan combustión. La niña vietnamita víctima del napalm es llevada de las manos por los sonrientes ratón Mickey y Ronald McDonald. En el tradicional felpudo la palabra “Bienvenido” ha sido bordada con restos de chalecos salvavidas usados por inmigrantes que han naufragado en el Mediterráneo. La imagen del hombre cayendo de las Torres Gemelas es reemplazado por una mujer cayendo junto con su carrito de supermercado. Una tarjeta con la frase “que tengas un buen día” muestra un tanque y una tropa de soldados con rostros de emoticón feliz que avanzan fusil en mano. La reina Isabel de Inglaterra muta a una mona vestida de seda. La Judy Garland de El Mago de Oz le muestra con temor los contenidos de su canastita a un policía. En la famosa escena de Pulp Fiction, las armas de John Travolta y Samuel Jackson se transforman en las bananas de Warhol, y es que Banksy no sólo se apropia de paredes urbanas, sino de las obras de otros artistas famosos. Podría decirse que no deja ícono con cabeza. 

Una sala entera de la muestra está dedicada a su obsesión con el aparato policial y la hipervigilancia, e incluye instalaciones tridimensionales y una pantalla por la que te podés ver mirando las obras de la sala anterior. Las obras arquitectónicas de Bansky son presentadas a través de fotos y videos. Se trata de “atracciones turísticas” que, por supuesto, requieren de turistas que deseen sentirse incómodos. En su versión de Disneylandia llamada Dismaland (juego de palabras con la palabra dismay: consternación) pueden observarse, por ejemplo, cuerpos flotando en el agua y princesas de Disney cuyas carrozas se han estrellado. En el hotel “con la peor vista del mundo” llamado “The Walled Off Hotel” (el hotel cercado), los huéspedes pueden admirar —a 3 metros de su ventana— el muro coronado de alambre de púa que separa Cisjordania de Israel. El tema palestino no es ajeno a Banksy que, por supuesto, no se ha privado de intervenir repetidas veces la superficie divisoria. 

 

 

 

La exhibición presenta también frases del artista que terminan de evidenciarlo como un agente político: “No podemos hacer nada para cambiar el mundo hasta que el capitalismo se resquebraje, mientras tanto, todos debemos salir a comprar cosas para consolarnos”; “Los grandes crímenes del mundo no los cometen los que desobedecen  las reglas, sino los que las obedecen”; “Necesito alguien que me proteja de todas las medidas que están tomando para protegerme”. La ideología de Banksy, de corte juvenil y anarquista, no ha cambiado a través de los años y se mantiene vigente. Lo que cambió, sin duda, es el balance de su cuenta de banco, cosa que muchos le critican.  

En el documental de Netflix Supongamos que Nueva York es un ciudad, la escritora Fran Lebowitz dice, refiriéndose a la obra Las damas de Argel de Picasso (que al ser vendida por 160 millones de dólares provocó un atronador aplauso): “Vivimos en un mundo donde se aplaude el precio de un Picasso, no a Picasso”. Banksy les arruinó este aplauso a los elegantes concurrentes a la subasta en Sotheby’s en 2018, cuando su icónica obra Niña con globo se autodestruyó al segundo de venderse a través de un dispositivo dentro del marco que trituró la obra, provocando sorpresa y horror. Banksy filmó este momento único, como también la realización del dispositivo, y subió el video a su canal de YouTube.

Muchos pueden criticar al mundo del arte y su actual estado de decadencia, pero pocos pueden hacerlo con el impacto de Banksy, y hacerse, de paso, con un botín de 1.4 millones de dólares. 

 

 

 

Ciertamente puede verse una contradicción entre la imagen del activista y el dinero que su obra produce. Es evidente que para sus despliegues se necesita un gran presupuesto, pero aun así, el simple hecho que su Niña con globo triturada se haya vendido por 25 millones de dólares poco después de haberle reportado a él los 1.4 millones mencionados causa bastante ruido. Podría decirse que al igual que el merchandising de remeras del Che Guevara, Banksy cumple al mismo tiempo la función de concientización “soft” del público y la de sobar las sensibilidades de la gente de izquierdas acomodada. Su obra puede verse como un commodity rápidamente asimilado por el mismo sistema que critica. La aparición de obras de Banksy en los Pandora Papers muestra que el artista no es nunca inmune a terminar siendo una herramienta de la codicia. 

La rata, uno de los motivos recurrentes en su obra, (tomada del artista francés Blek Le Rat, considerado el padre del graffiti hecho con stencil) indica la salida de la exhibición a través un gift shop, como usualmente sucede en  los museos, solo que en este caso el gift shop no existe. Se trata de una humorada, pero también una referencia al documental realizado por Banksy Exit Through The Gift Shop, con el que ganó una merecida nominación al Oscar. Tan misterioso como la identidad del artista, nadie sabe si el documental es verdadero o falso (probablemente esto último, o sea, un mockumentary), pero sin duda es una obra fundamental para todo el que quiera comprender los orígenes y la operativa del arte callejero y de su comercialización a través de una crítica al absurdo e irracional mercado del arte. Lo pueden ver subtitulado aquí:

 

 

 

Una investigación de la organización Culture Track indica que la definición de cultura se ha democratizado para las audiencias de hoy. Ya no se trata de arte alto o bajo, se trata de relevancia o de irrelevancia, una idea que esta muestra afirma. Banksy ha logrado mantenerse vigente provocando y sorprendiendo a una escala cada vez más grandilocuente. ¿Era mejor la obra de Banksy antes de que él se transformara en un artista transaccional, cuando aún su ambición no preveía semejantes proyectos y ganancias? ¿Ha perdido su candor en el camino? Si nos remitimos a sus deliciosas intervenciones de este verano en las costas británicas, la respuesta es un rotundo no. Pueden verlas en este video que él subió a las redes. Que lo disfruten y sonrían. El mundo fue y será una porquería —lo dijo Discépolo, lo reafirma Banksy— pero ¡que lindo es disfrutar de la belleza artística!  

 

 

 

 

 

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