El terrible árabe antisemita de la Rue Cherubini

Los riesgos que hay que correr para comer un cous-cous como algún Dios manda

 

Corria la húmeda y fria primavera del ’96 en Paris cuando le manifesté a mi querido amigo Rodolfo de Souza, residente en esa ciudad de hacia un par de décadas, mi irresistible deseo de comer un cous-cous marroqui pero de esos en serio.

De inmediato me dijo: «Tu hombre es Fanfan, el dueño de Le Caprice, en la Rue Cherubini 1.  Pero te advierto dos cosas: una, que la semana pasada estaba cerrado, de modo que tengo que averiguar si abrió; la segunda, que disimules tu judaismo, porque Fanfan es un árabe irredento y es capaz de envenenarte si descubre que sos judio».

Dos noches más tarde, con una kefiyah envolviéndome el cuello, nos dirigimos hacia allá.

Apenas cuatro mesas, una de las cuales estaba ocupada por el director de Le Figaro con su última amante.

Fanfan, bajito, canoso y con unos lentecitos en la punta de su nariz apenas si nos espetó un ‘salaam aleikum» e inmediatamente se dedico a servirnos el cous-cous más espectacular que probé en mi vida.

No era el instantáneo, sino ese cous-cous que lleva horas de amasar entre las manos e hidratar hasta que se arman los minúsculos corpúsculos que lo conforman.

Primero los deliciosos vegetales —zanahorias, nabos, salsifies, garbanzos y otros— con los que había vaporizado amorosamente el cous-cous y el caldo necesario para que el cereal se hinche y crezca, junto con una harissa endiablada pero irresistible.

Luego las brochettes de pré-salé, más que rosadas y excepcionales, de las que nos mandamos dos cada uno.

Al finalizar nuestra segunda botella de un menos que mediocre tintillo de los Montes Atlas, y en mitad del trámite de comernos unas maravillosas mandarinas que flotaban enteras en contra de la ley de la gravedad en un almíbar perfumado con agua de geranios y servidas con hojitas de menta escarchadas, Fanfan me encaró torva e inesperadamente y me preguntó de qué país era yo.

Al decirle que de la Argentina, su segunda pregunta fue: «Est-ce qu’il existe une comunnaute juive marrocaine lá?»

Me quedé helado: Fanfan me habia descubierto y ahora sólo quedaba esperar la muerte por explosión.

Rodolfo me miró y —tirándome un salvavidas— le contestó que yo no entendía ni una palabra en francés. Y dandole un rapidísimo giro a la conversación, le preguntó a su vez por qué el restaurante había estado cerrado la semana anterior, a lo que Fanfan le dijo: «Parce que c’etait Pesach, naturellment!».

Moraleja: cuando veas a un árabe terrible usando anteojitos en la punta de la nariz, come tranquilo. Lo que tiene bajo el delantal no es una bomba sino el boij.