La Argentina atraviesa una transición inquietante. El relato libertario, que hace apenas un tiempo parecía condensar novedad, ruptura y promesa de transformación, empezó a mostrar sus límites frente al peso persistente de la vida cotidiana. El deterioro salarial, la caída del consumo, el endeudamiento de las familias y la pérdida creciente de calidad de vida ya no aparecen como fenómenos aislados. Forman parte de una experiencia social extendida de cansancio, incertidumbre y pérdida de horizonte.
Pero el problema de fondo excede el fracaso material de un modelo económico. Lo que empieza a entrar en crisis es una forma de organizar sentido sobre la sociedad, sobre la democracia y sobre la propia idea de futuro.
La novedad libertaria nunca implicó una ruptura con los poderes económicos concentrados ni con las formas históricas de subordinación de la Argentina. Expresó una actualización de viejos proyectos de transferencia regresiva, debilitamiento de la soberanía popular y mercantilización de la vida social, envueltos esta vez en una estética antisistema y pretendidamente disruptiva. La rebeldía se dirigió contra el Estado, las políticas públicas y las formas de organización colectiva. La subordinación apareció frente a los grandes centros globales de poder económico y financiero.
El discurso libertario logró construir una narrativa emocional eficaz. Supo interpretar frustraciones reales acumuladas especialmente a partir del cambio de rumbo político producido en 2015. El macrismo no sólo destruyó buena parte de las conquistas sociales construidas durante los años anteriores, sino que además dejó a la Argentina profundamente endeudada y condicionada. Frente a ese escenario, una parte importante de la sociedad volvió a depositar expectativas en el peronismo y en una experiencia política que todavía conservaba viva la memoria reciente de una etapa de ampliación de derechos y mejora concreta de las condiciones de vida.
Sin embargo, el gobierno posterior, aun atravesado por condicionamientos extraordinarios como la pandemia y sus enormes consecuencias económicas, sociales y emocionales, no logró ejercer el coraje político, la capacidad de escucha ni la firmeza histórica que ese momento exigía. La distancia creciente entre las expectativas sociales y la capacidad de respuesta política terminó configurando un clima de desgaste y desencanto que la derecha capitalizó rápidamente.
Existe allí una paradoja reveladora del tiempo político actual. Javier Milei logró canalizar gran parte del malestar acumulado durante aquellos años, presentándose como ruptura frente al sistema político tradicional. Pero, una vez en el gobierno, terminó articulando rápidamente con buena parte de los mismos sectores políticos, económicos y técnicos que habían protagonizado el ciclo macrista y participado activamente del proceso de endeudamiento y deterioro social que alimentó ese mismo malestar.
Las nuevas derechas reciclan viejos proyectos de subordinación económica bajo nuevas estéticas culturales y emocionales. Cambian los lenguajes, las plataformas y las sensibilidades convocadas. Persisten las mismas estructuras de dependencia y concentración. Y para hacer que esos procesos sean socialmente viables, necesitan producir determinadas formas de disciplinamiento y adaptación cultural que debiliten la resistencia colectiva frente al deterioro de las condiciones de vida de las mayorías.
El neoliberalismo contemporáneo ya no opera solamente sobre la economía. Opera sobre los vínculos humanos y sobre la percepción misma de lo posible. Familias que dejaron de imaginar que el trabajo garantiza estabilidad. Jóvenes que crecieron sin experiencias concretas de movilidad social ascendente. Trabajadores que sienten que el esfuerzo cotidiano ya no alcanza para construir futuro. La precarización empieza a transformarse en un clima existencial.
Ahí aparece uno de los grandes dilemas del presente argentino: qué ocurre con un movimiento popular cuando empieza a tensionarse la relación entre memoria histórica, liderazgo y representación en un tiempo de desgaste neoliberal y crisis de horizonte colectivo.
A lo largo de su historia, el peronismo enfrentó distintas formas de persecución, proscripción y disputa sobre el sentido mismo de su identidad histórica. El golpe de 1955 inauguró la proscripción explícita del movimiento y también de su líder y conductor, el entonces Presidente Juan Domingo Perón, obligado al exilio mientras el peronismo era prohibido, sus símbolos perseguidos y sus militantes criminalizados. Aquella violencia buscó erradicar una identidad política completa y borrar de la vida argentina toda experiencia asociada a la justicia social, la organización popular y la ampliación de derechos.
Sin embargo, incluso en aquella etapa de persecución brutal existía una claridad social respecto de la proscripción y del vínculo indisociable entre el movimiento y su conductor. La resistencia peronista logró construir una épica colectiva alrededor de la idea del retorno de Perón y del regreso de un proyecto político asociado, para millones, a dignidad, ascenso social y ampliación de derechos.
Las formas contemporáneas de disciplinamiento político operan muchas veces de manera más difusa. Judicialización, captura cultural, fragmentación social. Mecanismos orientados a debilitar las capacidades colectivas de resistencia.
Las categorías suelen llegar después de los procesos históricos. América Latina conoció distintas experiencias donde proyectos profundamente antipopulares avanzaron no sólo enfrentando frontalmente a los movimientos nacionales, sino también disputando desde adentro sus símbolos, sus lenguajes y parte de su legitimidad histórica.
Durante los '90, el neoliberalismo ingresó en la Argentina utilizando gran parte de la épica y la legitimidad histórica del propio peronismo para introducir un programa asociado al Consenso de Washington profundamente contrario a buena parte de sus tradiciones doctrinarias. Aquella experiencia mostró hasta qué punto las disputas sobre el sentido histórico de los movimientos populares nunca son solamente electorales. Son culturales, éticas y profundamente políticas.
En ese marco, la situación de Cristina Fernández de Kirchner no puede quedar reducida a una cuestión individual o judicial. Cristina permanece detenida y proscripta, habiendo sido dos veces Presidenta de la Nación, presidenta del Partido Justicialista y una de las principales dirigentes políticas de la historia democrática reciente. Pero además representa una experiencia histórica concreta para millones de argentinos y argentinas que durante esos años accedieron a empleo, universidades, jubilaciones, consumo, derechos y perspectivas reales de ascenso social.
Separar liderazgo, memoria y representación
Allí aparece una de las operaciones políticas y culturales más profundas del presente. Encapsular la proscripción como si se tratara exclusivamente de la situación individual de una dirigente y no también de una discusión mucho más amplia sobre el sentido histórico de un ciclo político que permitió que amplios sectores de nuestro pueblo volvieran a imaginar que una vida mejor era posible.
Porque la memoria política no es nostalgia. Es experiencia acumulada. Una sociedad que pierde la conexión con sus propias experiencias de ampliación de derechos queda más expuesta a aceptar como inevitables formas de desigualdad y subordinación que responden a decisiones políticas concretas.
Y esa tensión atraviesa también al propio peronismo. Existen sectores que sostienen activamente la defensa de Cristina libre al mismo tiempo que acompañan las luchas en defensa de la universidad pública, los jubilados, las personas con discapacidad, la salud y el empleo. Existen también sectores que priorizan otras estrategias, otros lenguajes o distintas centralidades políticas. El peronismo siempre fue una construcción amplia, dinámica y contradictoria.
Pero justamente por eso resulta inevitable una pregunta incómoda: ¿qué tipo de subjetividad política produce un movimiento que empieza a habituarse a convivir con la proscripción de una parte constitutiva de sí mismo?
Los movimientos populares también se transforman a partir de aquello que naturalizan. De los silencios que incorporan. De los límites que aceptan en nombre de la adaptación al presente.
Mientras tanto, el gobierno profundiza un modelo de concentración económica, destrucción de políticas públicas y vaciamiento del contenido social de la democracia. El relato anticasta empieza a tensionarse frente a prácticas cada vez más difíciles de explicar para una sociedad que vive cotidianamente el deterioro de sus condiciones materiales de existencia.
Pero la crisis argentina ya no es solamente económica. Hay algo más profundo fracturándose en el vínculo entre experiencia cotidiana, representación política y horizonte colectivo.
Por eso la discusión actual excede ampliamente cualquier coyuntura electoral. Empieza a ponerse en juego la capacidad misma de reconstruir comunidad política en una sociedad atravesada por el desgaste, el individualismo defensivo y la fragmentación.
Y esa tarea exige mucho más que administrar diferencias internas o disputar espacios de representación. Exige una densidad humana, histórica y política capaz de sostener convicciones aun cuando el clima de época empuja exactamente en sentido contrario.
La historia argentina demuestra que cada vez que las mayorías lograron construir más igualdad, más derechos y mejores condiciones de vida, aparecieron también enormes fuerzas orientadas a fragmentar, disciplinar o vaciar de contenido esas experiencias. La persistencia histórica del peronismo tiene mucho que ver con su capacidad de reinterpretar cada época sin romper el hilo profundo de esa memoria colectiva.
Incluso en las épocas donde todo parece arrasado, siempre persisten memorias y experiencias humanas capaces de volver a abrir horizonte.
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