EL TIEMPO DEL AMOR ES AHORA

¿Será posible que el peor momento para el amor sea el mejor momento para el amor?

 

Top Five de Canciones sobre Recuerdos Dorados

  1. The Greatest, Lana del Rey
  2. Village Green, The Kinks
  3. Jack & Diane, John Mellencamp
  4. Teenage Talk, Saint Vincent
  5. Silver and Gold, Noah and the Whale

 

Pocos géneros son más jodidos (de hacer bien) y disfrutables (de ver) que la comedia romántica. Y ni les cuento ahora, en tiempos posapocalípticos. Va a haber un montón de directorxs / escritorxs que optarán por la fácil y ubicarán sus historias de amor en algún momento calendario de la Historia B. C. (Before Coronavirus, o sea Antes de la Pandemia.) Es que el género hace pie sobre dos piedras que este tiempo ha comprometido: el romance y el humor. ¿Cómo llevar a buen puerto una comedia romántica, cuando tantos de los elementos esenciales del género—el encuentro, la primera cita, el beso, las idas y vueltas con les amigues y les ex, la ruptura pública, la corrida rumbo al aeropuerto— parecen reliquias de un pasado irrecuperable?

 

 

«¿Qué fue primero en mi vida: la música o sentirme miserable?»

 

 

Hace pocos días —el 31 de marzo— se cumplieron 20 años del estreno mundial de una de mis favoritas: High Fidelity, de Stephen Frears, basada en la novela de Nick Hornby y protagonizada por John Cusack, Iben Hjejle y Jack Black. Para mí se trataba de una apuesta segura desde antes de verla, porque todos los ingredientes que la película horneaba estaban bien. Empezando por John Cusack, uno de los grandes actores subvalorados de este tiempo. Más allá de los grandes como Cary Grant, muy pocos pueden tener en su haber tres joyas del género como Say Anything (1989), Grosse Pointe Blank (1997) y High Fidelity. (A Serendipity, que es de 2001, no le da el cuero para hacer de este Top 3 un Top 4, pero se deja ver.) A simple vista puede sorprender, porque Cusack no es carilindo, simpático ni carismático y por eso suena mal cortado para el papel del leading man romántico. Pero sus características lo tornan ideal para cierta clase de enamorado: el Tipo Como Uno, Neurótico Pero Abnegado, Que Termina Quedándose Con la Chica.

Lo bordó como Lloyd Dobler, el pibe de la clase trabajadora que en Say Anything conquista a la muchacha de clase acomodada. (Esa escena en la que se planta bajo su ventana con un grabadorazo y le pone a todo lo que da In Your Eyes, de Peter Gabriel, es uno de los íconos del cine romántico de todos los tiempos.) Se salió con la suya en Grosse Pointe Blank, cuya premisa ya era arriesgada de por sí: ahí interpretó a Martin Blank, un asesino a sueldo profesional con crisis de conciencia que regresa a su pueblo para el décimo aniversario de su egreso de la secundaria y termina reconquistando a su novia de entonces. Y cada vez que reveo otra de las grandes comedias de estos tiempos, Jerry Maguire (1996, una obra del mismo director y guionista de Say Anything, Cameron Crowe), pienso que lo que hace allí Tom Cruise —que lo hace muy bien, por cierto— es trabajar dentro de lo que podríamos llamar El Registro John Cusack. No conseguí confirmarlo, pero apostaría un Jack Daniels a que Crowe concibió el personaje de Maguire con Cusack en mente y después optó por Cruise porque era más popular. (No le erró al respecto, Maguire fue un exitazo.)

 

 

La escena más romántica de «Say Anything».

 

 

En High Fidelity, Cusack interpreta a Rob Gordon, el dueño de una disquería llamada Championship Vinyl. El tipo es un obsesivo de la música y un fetichista de los discos, que como tal piensa que nadie sabe más ni tiene mejor gusto en el planeta. ¿Cómo podía no identificarme con un alma gemela? Gordon es una proyección del mismo Nick Hornby, que además de escritor de relatos adorables es un melómano de aquellos. (Y autor de muchas críticas musicales para el New Yorker, del libro de non fiction Songbook y de letras para el pianista y cantante Ben Folds.) La novela está plagada de citas de canciones reales —toda la sabiduría que cree poseer Rob Gordon, que en el libro se apellida Fleming, deriva de las letras de la música que ama—, y por eso Cusack y sus amigos y guionistas D. V. DeVincentis y Steve Pink consideraron dos mil canciones antes de optar por las setenta que suenan durante el film. (Armaron una gran banda sonora, en efecto, con temas de Velvet Underground, Stereolab, Elvis Costello, The Beta Band y la inoxidable Most of the Time de Bob Dylan.)

 

 

Lana del Rey, «The Greatest»

 

 

En High Fidelity confluían pues Cusack, la música que amo, la novela de Hornby, el director Stephen Frears (que ya había filmado con Cusack otra maravilla en 1990, The Grifters, que nada tiene de comedia y menos de romántica) y uno de mis géneros predilectos. Pero además incluía un atractivo extra para el espectador que yo era hace veinte años.

La historia tiene la particularidad de que empieza donde la mayoría de los clásicos despega su tercer acto. En general la pareja central se cruza, procede a seducirse, sella la relación y recién entonces emerge el inconveniente que los separará hasta la reconciliación final. En cambio High Fidelity arranca cuando la relación de Rob Gordon con su compañera Laura, con quien ya atravesó las fases iniciales del enamoramiento y convive desde hace rato, vuela por los aires. Y esto determina una fase donde se mezcla la investigación cuasi detectivesca con la introspección, durante la cual Gordon trata de dilucidar cuál es el problema que le impide tener una relación amorosa con la que comprometerse a fondo. (La parte introspectiva está plasmada en numerosos pasajes en los que «dialoga» con nosotros, hablándole a la cámara. Por suerte los guionistas y Frears se salieron con la suya. A Cusack no le gustaba el recurso porque temía que de ese modo en la película hubiese «demasiado de mí». ¿No les digo que es el anti Tom Cruise?)

En esa época se publicó un libro llamado En qué momento se jodió Colombia. Fue parte del material que leí antes de escribir el guión de una película situada en Medellín: Rosario Tijeras, basada en la novela de Jorge Franco. El título, que quedó orbitando mi cabeza, se ajustaba bien al dilema del protagonista de High Fidelity. Lo que Gordon trataba de averiguar era, precisamente, en qué momento se había jodido Rob Gordon

Y hace veinte años, quien esto escribe sufría de día y se desvelaba de noche tratando de dirimir cuándo me había jodido yo.

 

 

 

 

 

Top Five de Canciones sobre Rupturas Amorosas

  1. Love Will Tear Us Apart, Joy Division
  2. I Don’t Want to Get Over You, The Magnetic Fields
  3. Hey, That’s No Way to Say Goodbye, Leonard Cohen
  4. I Just Don’t Know What to Do With Myself, The White Stripes
  5. Green Light, Lorde

 

Cuando vi por primera vez High Fidelity pegué un salto en la butaca, porque Rob Gordon hacía lo mismo que yo había acometido poco tiempo atrás: un tour de conversaciones con algunas de mis ex, para tratar de entender lo que seguía escapando a mi comprensión — la parte que me correspondía en la imposibilidad de construir una relación amorosa satisfactoria. Todos mis intentos de armar algo después de un vínculo tan largo como traumático habían naufragado, pero ya no podía seguir depositando la culpa en ese fracaso. Por supuesto, lo mío no había sido tan glamoroso como lo de Rob Gordon —yo no cuento con Catherine Zeta-Jones entre mis ex—, pero la búsqueda era en esencia la misma.

Tratándose de una película, el turro de Rob resuelve el asunto en una hora y media, deleitándonos en el proceso. La música, ya lo dije, es buenísima. Las actuaciones son memorables: ahí descubrimos a Jack Black y a Iben Hjejle, que hace de Laura. (Yo pensé que iba a convertirse en una estrella de Hollywood pero eligió seguir su carrera en Dinamarca; ya había rechazado el papel de Eowyn en El señor de los anillos, para no estar tanto tiempo lejos de casa.) La comedia es de primera: el trío de snobs musicales que componen Rob, Dick (Todd Louiso) y Barry (Jack Black) es una joya (el snobismo machirulo es una constante, aunque acá suele darse más entre futboleros que entre melómanos) y hay escenas que vería mil veces sin cansarme. (Por ejemplo, la de la disquería en que Rob imagina que le vuelan los dientes de un telefonazo al nuevo amante de Laura, interpretado por Tim Robbins como un cretino new age al que es un placer detestar — «¡Sacá tu apestosa baranda a pachuli de mi negocio!»)

 

 

 

 

Pero, tratándose del género que se trata, la clave pasa por el romance. Y la de High Fidelity es una historia de amor más interesante que el promedio, porque no trata del tramo más banal del asunto —el encuentro, la idealización, las primeras veces de todo— sino de uno de los más sustanciosos: lo que ocurre con el amor que has concretado y desarrollado y por el que lo apostaste (casi) todo, cuando empieza a chocar con el techo de tus limitaciones. Porque, y más con la experiencia, todos conseguimos armar un enamorado más o menos convincente con el que tirotear durante algún tiempo. Pero cuando se extinguen los fuegos artificiales, cuando la excepcionalidad del idilio se convierte en norma cotidiana, cuando se queda sin pilas el personaje construido para enamorar y aparece la persona que somos en verdad, ahí es donde el verdadero romance debería empezar… o donde, ay, se pudre todo.

En el caso de Rob Gordon, se trata del Complejo de Peter Pan: el miedo a crecer. Su actividad está estructurada de modo que le permite perpetuar su adolescencia. Se pasa el día encerrado en su bunker —la disquería—, charloteando con sus amigotes —Dick y Barry son otros teenagers eternos— y comparando el largo de sus penes simbólicos en el terreno seguro de su sapiencia y buen gusto musicales, limitados a un género que, como los discos de vinilo, ya es vintage por definición. Como suele pasar, nadie percibe esta resistencia a crecer mejor que su compañera, Laura. Y como pasa de cajón, no hay consejo que nos caiga peor que el de la persona que, por mucho que amemos, conoce como nadie nuestros puntos flacos. Hay veces en que actuamos como si el orgulloso lema que corona nuestra divisa heráldica fuese: Equivocados, sí… ¡pero independientes!

 

 

Aimee Mann: «Esto no va a parar / hasta que te despabiles».

 

 

Ciertas vocaciones nos tornan más inasibles que otras. Los que vivimos consagrados a un mundo de abstracciones y fantasías detestamos que nos bajen a una realidad que no parece a la altura de nuestras idealizaciones. ¿Yo estoy acá creando belleza, o reflexionando sobre temas de hondo interés humano, y vos me arrastrás a un mundo de horarios, contadores y compromisos familiares? Para colmo, algunos nos dedicamos a cosas que nos apasionan tanto que se convierten en una burbuja donde somos casi autónomos; un mundo que confeccionamos a la medida de nuestras necesidades y que jamás nos traiciona pero que, claro, puede llegar a cobrarse un alto precio: ¿quién se expondría naturalmente al compromiso a fondo con Otrx —la columna vertebral de una relación amorosa verdadera—, cuando cuenta ya con un mundo propio que lo nutre a diario y que nunca lo lastimará?

Por suerte Rob Gordon es más listo que uno y se da cuenta en una hora y media. Vuelve con Laura porque entendió que representa una realidad más fascinante que la mayor parte de sus fantasías (le dice que nunca se cansa de ella; no sé dónde leí algo parecido), pero ante todo decidido a hacer lo que hace falta para probar y probarse que el compromiso con Laura, y con su propia vida, es de verdad. Entre otras cosas, deja de ser un sommelier de obras ajenas para poner el cuerpo y producir lo propio.

Poco tiempo después de ver High Fidelity por primera vez terminé dando con mi propia Laura. (Que no se llama Laura, ojo.) Pero llegar al punto al que Rob arriba al final de la película me costó diecisiete años, mes más o menos.

Ya asumí que no figuraré en el Libro Guinness en materia de récords de velocidad. Pero al menos estoy cerca de la meta. Como dice la canción de Noah and the Whale Silver and Gold, ténganme un poco de fe:

Acá estoy, parado delante de vos
Mostrá que tenés un poquito de fe en mí
Y en el paso del tiempo
Estamos aferrados como podemos
A un destello de esperanza
En un mundo que es tan inseguro
Y vos estás aferrada como podés
A un destello de esperanza
Respecto de la vida que antes tenías
Pero es demasiado tarde
Así que mostrá que me tenés un poquito de fe
Estoy parado delante de vos.

 

 

 

 

 

 

Top Five de Canciones Que Detonarían Una Reconciliación

  1. Wise Up, Aimee Mann
  2. All Apologies, Nirvana
  3. No Matter What, Badfinger
  4. I Wish I Didn’t Miss You, Feist
  5. Somebody Else, The 1975

 

A simple vista, no hemos sido testigos de un tiempo más complicado para el amor romántico que el presente. Aquelles que andaban en su busca, se vieron obligades a dejarla suspendida —con la única excepción del shopping amoroso virtual— y a encerrarse en casa. Quienes ya estaban en pareja pero no convivían se han visto forzados a tomar decisiones: separación momentánea o convivencia precipitada. Quienes ya convivían pero se las arreglaban para mantener la flama viva, se ven condenados a rozarse durante las 24 horas de cada día de la semana. (Cuando mi viejo criticaba que viese tanto a mi primer novia, citaba lo que imagino sería el slogan de un perfume persistente: La fragancia de todas las horas.) Habrá quienes encaren el desafío a la cuarentena como un gesto romántico y se aparezcan en el umbral ajeno, pretendiendo ya no tolerar la distancia ni un minuto más. El problema es que uno no tiene cómo saber si está infectado o no, hasta que los síntomas se manifiestan; en cuyo caso, le estarías regalando a tu Otre Significative un bouquet de rosas, besos y virus — y joder al Otre a causa de un deseo propio no es amor, es lo contrario del amor.

La paradoja es que la situación detonada por la cuarentena obligatoria complica el día a día de la evolución romántica, pero al mismo tiempo coloca nuestra entera existencia en los dominios del amor. Las relaciones amorosas que podríamos asociar a la propiedad privada y sus condiciones esenciales —mi pareja, mi historia, mi privacidad— pasan inevitablemente a un segundo plano, para que ocupe el primero esa forma del amor sublimado, sí, pero a la vez más sublime, que es el amor social — lo que llamamos solidaridad. Porque una vez encarrilada, la relación amorosa personal se vuelve una ocupación part time: sólo hay una fracción del día que dedicamos a pensar en el Otre Significative, a hacer algo por ese Otre, a invertir tiempo en ese Otre. En cambio, durante la cuarentena obligatoria todo lo que hacemos, absolutamente todo, es un gesto de amor… o de desamor, sin términos medios.

 

 

 

 

Cada minuto que evitás acercarte de más o tocar superficies que contaminarían a otres (en caso de que estés infectado sin saberlo, lo cual constituye una posibilidad), es un gesto de amor aunque no te dés cuenta. Hablo de un amor tan genial, tan inclusivo, que se permite hacerle lugar a algunas de las personas más egoístas que existen: esa gente que sólo vive para sí misma y obsesivamente cuida de su bienestar, esta vez no puede evitar que su autopreservación suponga también la preservación de otros; es una ocasión excepcional, en la que aquellos que siempre cultivan el distanciamiento selectivo lo practican hoy de un modo positivo en términos sociales. A pesar de las desgracias que supone esta circunstancia, es un aspecto que deberíamos saborear: ¡hasta los más hijos de puta se ven compelidos por la cuarentena a hacer algo, conscientes o no, en beneficio de alguien más que ellos mismos!

Por supuesto, también hay otros que producen gestos de un desamor sin atenuantes. Los que piensan la pandemia en términos de oportunidad de ganancias excepcionales y aumentan precios a piacere, por ejemplo. Y los que despiden gente desde el timón de empresas que les dieron márgenes de ganancias inéditos en el resto del mundo. A esos los definió Alberto, despejando la ambigüedad de la palabra inmortalizada por Victor Hugo (ese sí que cultivó el poliamor avant la lettre: como escritor, como militante social, como amante) al titular su novela más popular como Los miserables. Porque uno tiende a pensar que miserable es, en primer término, aquel/la que vive en la miseria. Y hay que hacer un esfuerzo para recordar que hay algo peor que la miseria material. Quien vive en pobreza escandalosa —o sea, quien es víctima de una injusticia social que debería ser reparada— puede conducirse con dignidad a pesar de su situación. Sin embargo, aquel que es dueño de un alma miserable no puede comprar dignidad en ninguna parte del mundo, aunque su fortuna ascienda a 9.000 millones.

Gente como esa lo llena a uno de desesperanza respecto de la humanidad. Te empujan a un estado oscuro, como el del personaje del tema de Magnetic Fields que se llama I Don’t Want to Get Over You (No quiero sobreponerme a vos). Pero aún con el corazón roto este tipo encuentra una forma de permanecer de pie:

Podría hacerle caso a mi terapeuta
Pretender que no existís
Y no verme obligado a soñar con lo que sueño
Podría hacerle caso a mis amigos
Y volver a salir
Y hacer de cuenta que con eso alcanza
O podría convertir mi tristeza en una carrera profesional
Podría vestirme de negro y leer a Camus
Fumar cigarrillos exóticos y tomar vermouth
Como si tuviera diecisiete
Sería un cago de risa
Pero no quiero sobreponerme a vos

Porque no quiero sobreponerme al amor.

 

 

 

 

Ya estaba en plena escritura de este texto cuando la amiga Rosana Cortez me mandó el tema nuevo de un tipo que sabe que admiro: Michael Stipe, el cantante de R.E.M. La canción se llama No Time For Love Like Now y podríamos traducir ese título así: No hay mejor tiempo para el amor que ahora. La canción venía con mensaje, Rosana me decía: «Creo que es la canción que más dice love en la historia, ¿no?» No estoy seguro de eso —los récords, ya se ha visto, no son mi fuerte—, pero la canción no pudo llegar en mejor momento. El video es una ternura, un gran artista operando dentro de los límites impuestos por la pandemia: Stipe se graba a sí mismo con un teléfono o una tablet, cantando en crudo —sin efecto alguno, pura desnudez— encima de una pista pregrabada. La letra sobrevuela dilemas dignos de Rob Gordon («¿Cuándo fue que todo esto empezó a cambiar?»), para finalmente detenerse en lo esencial de la hora: Whatever waiting means in this new place / I am waiting for you, dice, lo que me atreveré a traducir de este modo: «Sea lo que sea que signifique ‘esperar’ en este lugar nuevo / Yo te estoy esperando a vos». A lo que hay que hacerle esta maravillosa salvedad: en inglés you es vos, pero también es ustedes. Lo cual le permite a esta declaración de amor ser individual y colectiva a la vez. Como cada uno de nuestros gestos, por modestos que parezcan, durante la rutina a que nos compele esta emergencia. Eso producimos aun sin darnos cuenta, cada minuto de estos días: hechos amorosos que son personales y colectivos en simultáneo.

Cómo vamos a abrazarnos, cuando toda esta mierda quede atrás.

 

 

 

 

 

 

 

* Los Top Fives que jalonan este texto no deben ser tomados del todo en serio. Son tan caprichosos como los que improvisan los personajes de «High Fidelity». Pero me ilusionó la idea de difundir canciones que quizás no conozcan, en este momento tan propicio para disfrutar de ese arte tan amoroso que es la música.

 

 

 

 

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24 Comentarios
  1. Irinafm dice

    Lloré con ese final maravilloso.

  2. Maria José dice

    Bueno, vos escribiste una gran novela de amor que lleva el engañoso título de El negro corazón del crimen. Obvio: es mucho más que una novela de amor. Pero también lo es. Es esa historia de amor de la que hablas, con sus curvas, sus momentos de intensidad, su destino ¿inevitable?
    Me produjo el efecto shakespereano «Romeo y Julieta» de pensar que va a terminar distinto, a pesar de saber y recontrasaber el final.

  3. Abi dice

    Leer a Figueras es casi tan lindo como leer a Forn. Y viceversa.

  4. Guillermina dice

    Tengo que ver esa peli! gracias por las sugerencias cada nota que publicas me remite a tu programa de radio porque siempre me queda algo nuevo para incorporar o debatir…mucho de esto me interpela también. Esos top five son dignos del dj martini. ah y con respecto a que tus ex no eran la zeta jones, no era necesario escribirlo compa. abrazo.

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