El trabajo y las ¿nuevas? tecnologías

Si ves al futuro, dile que no venga.

 

La pandemia nos obliga al aislamiento y, a quienes tenemos trabajo, al teletrabajo. Así, pasamos de la noche a la mañana a intentar sostener la normalidad en una situación absolutamente excepcional. Hay quienes fueron autorizados a seguir trabajando como lo hacían habitualmente, quienes comenzaron a realizar sus tareas en el domicilio y quienes perdieron la ocupación.

La continuidad en el trabajo se dio en función de realizar tareas en sectores de actividad exceptuados de guardar cuarentena, con los cuidados para evitar el contagio del virus. Ahora bien, no todos los trabajadores/as pudieron resolver los problemas derivados de la cuarentena: dificultades en el transporte, falta de elementos de protección, la caída del nivel de actividad, entre otras razones.

Entre quienes debieron iniciar tareas en el domicilio hubo:

  1. quienes no tuvieron mayores problemas: los trabajadores solos o en pareja, con medios adecuados (comunicaciones, equipamiento y espacio);
  2. quienes tuvieron dificultades pero se adaptaron: aquellos que cuentan con una computadora pero deben compartirla con otra/s persona/s o que no tienen un espacio propio para trabajar; en particular los integrantes de familias con niños y/o adolescentes que no cuentan con suficiente espacio, equipamiento y tranquilidad para realizar las tareas;
  3. quienes consiguieron un trabajo (asociado generalmente a responder a la demanda de las plataformas, al reparto a domicilio las más de las veces con tracción a sangre); y,
  4.  quienes perdieron el trabajo debido a la imposibilidad de resolver los numerosos inconvenientes propios o de la empresa.

Las firmas también afrontaron heterogéneamente la situación. Hay sectores que tienen desarrollado el teletrabajo, otros que rápidamente impulsaron la externalización de las tareas (estudios jurídicos, contables, tareas docentes, oficinistas en general), otros para los cuales es imposible una conversión tan rápida o que al dedicarse a la producción y el comercio de bienes que no son de primera necesidad se vieron sin demanda suficiente y su actividad cayó.

La administración pública ha mantenido ciertas áreas mediante el teletrabajo garantizando el pago de los salarios a todos sus ocupados.

Para las familias ha sido un aprendizaje en muchos sentidos: la convivencia durante las 24 horas; la coordinación de horarios y actividades sin demasiadas referencias externas a la vida familiar; la respuesta a las tareas de escuelas y docentes que –en muchos casos— simulan normalidad; la generación de espacios, tiempos y ambientes de trabajo donde no los hay; la realización constante de las tareas domésticas; el manejo de las angustias –asociadas a la enfermedad o a la subsistencia— que alternativamente azuzan a sus miembros.

Uno de los supuestos que imponen los hechos es que las nuevas tecnologías ayudan, resuelven, simplifican. No es raro escuchar: “Por suerte nos podemos comunicar”, “las videollamadas permiten estar en contacto”, “puedo comprar sin salir de casa”, la realización de reuniones virtuales, la difusión de audiovisuales (fundamentalmente series) y la sobredifusión de noticias (verdaderas o falsas), etc. Nótese que se trata de tecnologías que no son nuevas y que se refieren siempre a la comunicación, al consumo y la distracción, soslayando la tecnología aplicada al conocimiento, la información y la producción.

Es más difícil ver enunciados los problemas que trae aparejados el acceso desigual a la tecnología. En primer lugar, la extrema desigualdad que termina de sellar entre quienes cuentan con el saber y la capacidad de adaptación a los cambios, entre quienes tienen acceso y manejo al/del hardware, el software y la conectividad y quienes no lo poseen.

Las empresas que mejor se posicionan durante la crisis son las que desarrollan, producen, comercializan y brindan servicio posventa en las tecnologías de la información, las telecomunicaciones y la informática aplicadas al consumo y residualmente a los insumos médicos. Prácticamente todas las empresas que continuaron en actividad iniciaron una carrera por descentralizar procesos, externalizarlos, automatizarlos, digitalizarlos e informatizarlos.

¿Qué es lo que quedará después? Que muchas empresas continuarán con la modalidad que adoptaron en la crisis; que numerosos lugares de trabajo desaparecerán y los hogares absorberán los costos de las instalaciones, los servicios y las comunicaciones de los puestos de trabajo que alberguen; que la jornada laboral seguirá siendo tan laxa que será difícil ponerle fin; que la empresa continuará desligándose de las responsabilidades que le competen como empleadora y que el aislamiento de los trabajadores debilitará aún más su capacidad de organizarse sindicalmente. Otra vez disminuirán los puestos de trabajo y las personas serán conminadas a realizar tareas subidas a una bicicleta o tirar de un carro durante todo el día para acopiar y vender cartón y papel. Al fin de cuentas los puestos de trabajo habrán disminuido como cada vez que se produce o –como en este caso— se difunde un avance tecnológico.

 

 

 

¿La tecnología resuelve la falta de trabajo o agudiza la precarización?

Muchos nos acordamos en estos días del relato que Jeremy Rifkin nos contó en 1995 en El fin del trabajo. Allí el autor indicaba que el trabajo tal cual lo concebíamos habría sucumbido en un futuro próximo a manos de una nueva revolución tecnológica basada en el desarrollo de las TICs. Un mundo donde no todos tendríamos cabida y para el cual debían generarse nuevas formas de producción y reproducción. Entonces hubo quienes intentaban salir del pronóstico catastrofista indicando que los cambios ocurren muy lentamente, que si bien la tecnología destruye puestos de trabajo crea otros sectores de actividad con más y mejores puestos alcanzando una nueva autorregulación.

Pasados los años, y mirando los efectos en nuestro país de varias oleadas que expulsaron trabajadores al desempleo (en los años ’90 la reconversión productiva obligada por la privatización de las empresas del Estado, la flexibilización laboral, el auge de sectores poco demandantes de mano de obra en la posconvertibilidad y el vigor del emprendedorismo durante el macrismo) podemos decir que el futuro nos vino a buscar y no de la mano de la producción y aplicación de los avances tecnológicos a la producción o de su difusión; sino de la exclusión lisa y llana del mercado de trabajo formal, debido al empobrecimiento de la estructura productiva.

En la Argentina el mundo del trabajo –más allá de ciertas fluctuaciones en ciclos de auge— se caracteriza estructuralmente por un desempleo abierto del 10% de la población económicamente activa, un 10% de los ocupados que busca otro trabajo; y el trabajo precario, que se mantiene en torno al 35% del empleo (donde una parte importante de esos sujetos nunca tuvo un empleo formal); en tanto la pobreza ronda el 30% de los hogares y la indigencia el 9%.

Estos indicadores señalan, en primer lugar, que no se generan los puestos de trabajo suficientes (ni en las actividades automatizadas mediante la creación de más empresas, ni en las que siguen utilizando mano de obra); que una porción significativa de los trabajadores no subsiste con un empleo y debe tener dos o tres trabajos; que las condiciones contractuales son malas y los ingresos insuficientes, y que, por ende, una parte importante de la población subsiste a partir trabajar muchas horas y en actividades insalubres y/o indignas. También indican que la inversión es insuficiente, que los empresarios pagan bajos salarios y peores impuestos y, por lo tanto, la desigualdad se mantiene o profundiza.

 

 

Un proyecto tecnológico

El cambio de esta deriva surge de problematizar, en este difícil contexto, cómo evitamos la segmentación excluyente a partir de la incorporación de todos los ciudadanos en el amplio mundo del trabajo y el ingreso dignos. Es necesario volver a esbozar un camino al desarrollo económico y social, de lo contrario ni siquiera sabremos si nos estamos equivocando de sendero. Necesitamos consensuar un proyecto que enfatice la inclusión social, el crecimiento económico desconcentrado, la complejidad de la estructura productiva y el carácter nacional de las riquezas. Hay procesos que deben revertirse o, al menos interrumpirse, como el endeudamiento externo, la fuga de capitales, la extrema financiarización, la evasión y elusión fiscal, la subfacturación de exportaciones y sobrefacturación de importaciones y la regresividad de la estructura tributaria. En nuestro país existen numerosas propuestas para encarar estos problemas. De lo contrario, no habrá política pública capaz de sanar los daños que produce constantemente una estructura económica desquiciada en función de favorecer a las grandes corporaciones (locales y globales).

Los actores imprescindibles para el desarrollo son los trabajadores (ocupados, desocupados, la economía social y autogestionada) con sus representantes (sindicatos, las organizaciones sociales, entidades), los empresarios comprometidos con el proyecto y la presencia de un Estado activo con capacidad no sólo de administrar, sino de regular, producir, fijar precios de referencia y fiscalizar la producción, la circulación y el consumo. En este marco, la tecnología debe repensarse en función de las necesidades productivas y sociales del país y luego del consumo y, por último, del consumo suntuario. Deberá definirse un patrón de producción de ciencia y tecnología (salir del carácter adoptante), con obligación de patentar localmente (que evita la constante salida de capitales por este concepto) y mecanismos de difusión de las aplicaciones de la ciencia y la tecnología. Debemos recuperar la noción de responsabilidad social de la propiedad privada.

A priori, los sectores que necesitan respuestas urgentes y que pueden generar actividad económica en los territorios son: construcción y refacción de viviendas, extensión de las redes de servicios públicos; infraestructura civil, escolar, sanitaria, carcelaria; avances en el transporte de pasajeros y cargas. La producción y distribución de alimentos debe institucionalizarse en manos de los productores a los fines de disminuir los intermediarios y el consecuente encarecimiento de los precios. La tecnología satelital terrestre con desarrollo avanzado en el país tiene numerosas aplicaciones que no se han realizado y que permitiría subsanar el déficit de conectividad de vastas zonas del país.

El trasfondo de este proceso es garantizar la educación inicial, primaria, secundaria, técnica y universitaria de la mayor cantidad de personas y generar sus vínculos con el mercado. No son posibles los grandes saltos tecnológicos repentinamente. El desarrollo propio de tecnología es un proceso más largo y trabajoso. Es más probable que se produzcan como resultado de la complementariedad del sector privado y el Estado; y luego de varias generaciones formadas para ello.

La continuidad del modelo de desarrollo extractivista termina en un agotamiento de los recursos por parte de las grandes corporaciones extranjeras que pasan de la explotación del país a la indiferencia.

Si no procesamos estos debates equivocamos el diagnóstico y trabajamos problemas que no tenemos, como por ejemplo el impacto de las nuevas tecnologías en el empleo. Ese impacto ya ocurrió en los ámbitos de acumulación donde los actores económicos estaban interesados en que ocurriera (donde la rentabilidad aumentó exponencialmente). En los ámbitos menos rentables no llegó ni llegará esa tecnología, si no es a través de un modelo de desarrollo con el Estado como motor.

No es Rifkin el guionista de nuestros días, tal vez nos acerquemos más a Norbert Weiner, el padre de la cibernética. Weiner dijo, en 1949, que la máquina automática es el equivalente económico al trabajo con esclavos. ¿Estamos dispuestos a aceptar el trabajo esclavo y sus consecuencias?

 

 

 

* Presidenta del IADE, directora de Realidad Económica 

 

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