A las once y seis de la mañana subí a un tren en Constitución que debía salir hacia La Plata a las 11:25 h. El convoy acababa de llegar desde esa ciudad, había descargado a sus pasajeros y permanecía estacionado en el andén con las puertas abiertas. El cartel electrónico anunciaba el destino y la hora de partida. Como hace todo el mundo, subí, busqué un asiento y me dispuse a esperar. Había poca gente todavía, algunas mujeres con chicos, trabajadores, personas mayores, hombres que viajaban solos. Nada fuera de lo común. El tren Roca es una especie de prolongación de la vida cotidiana de miles de habitantes del Conurbano bonaerense. En ese lugar se duerme, se come, se conversa, se mira el teléfono, se soporta el cansancio. La gente sabe que pasará una parte considerable de su existencia sentada en esos vagones. Yo también lo sabía. Por eso me acomodé y esperé.
A las 11:16 h., nueve minutos antes del horario anunciado, las puertas se cerraron de golpe y el tren arrancó. Algunos pasajeros levantaron la cabeza. Otros miraron sus relojes. Era raro. Los trenes podían salir tarde, demorarse, suspenderse, pero casi nunca partían antes de tiempo. De todos modos, nadie le dio demasiada importancia al asunto. El convoy comenzó a tomar velocidad y pronto dejamos atrás Constitución. Cuando llegamos a la estación Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, en Avellaneda, nombrada así en homenaje a los dos jóvenes asesinados por la policía durante las jornadas del 26 de junio de 2002, el tren no se detuvo. Pasó de largo. Pensé que podía tratarse de un servicio rápido o de alguna modificación del recorrido. Lo extraño fue que, después de atravesar aquella estación, continuó acelerando.
Entonces ocurrió algo insólito: el tren se desvió hacia Lomas de Zamora. Era una dirección completamente distinta de la que debíamos tomar. Para llegar a La Plata teníamos que ir hacia Quilmes, Berazategui y Hudson... Pero ahora avanzábamos por otro ramal, sin detenernos en ninguna estación. Los pasajeros empezaron a mirarse extrañados. Primero hubo comentarios aislados y después preguntas en voz alta. ¿Adónde vamos? ¿Por qué no para? ¿Se habrá equivocado el maquinista? Algunos intentaban identificar las estaciones que atravesábamos a toda velocidad. Otros consultaban sus teléfonos. El desconcierto inicial se fue convirtiendo en preocupación. Una mujer con dos chicos preguntó si alguien sabía qué estaba sucediendo. Nadie supo contestarle.
El tren siguió su marcha. Al pasar por Lomas de Zamora tampoco se detuvo. Ya no quedaban dudas de que algo andaba mal. Una parte de los pasajeros se levantó y caminó hacia el primer vagón para intentar comunicarse con el maquinista. Pero la cabina no se comunica con los vagones traseros, por lo que no había ninguna manera de acceder a ella desde el interior. Golpearon la pared. Insistieron. Gritaron. El conductor no respondía, o no los escuchaba. El convoy continuaba avanzando a toda velocidad como si estuviera vacío.
Había aproximadamente 50 personas. Muchas eran mujeres con niños, familias y trabajadores que habían salido de sus casas para cumplir alguna obligación en Buenos Aires y regresar a sus hogares en algún punto entre Constitución y La Plata. Una mujer levantó a su hijo para que pudiera mirar por la ventanilla. Otros chicos comenzaron a llorar, contagiados por el nerviosismo de los adultos. Una señora preguntó si nos estaban secuestrando, lo dijo como en risa, pero en sus palabras se traducía algo de seriedad. Alguien dijo que seguramente nos llevaban por un desvío para retomar la senda a La Plata. Pero si era así, ¿por qué nadie nos había avisado por altavoz? ¿Por qué no abrían las puertas?
Yo permanecí sentado. No sentía miedo, sí mucha incertidumbre. Había algo en aquella situación que me producía una curiosidad difícil de explicar. Quería saber adónde nos podía llevar ese tren con cambio de destino sorpresivo sin consultar a nadie. Saqué el teléfono y le pregunté a una inteligencia artificial si existía alguna novedad sobre un desvío del ramal La Plata. La respuesta fue que no había información sobre un problema que justificara semejante recorrido. El teléfono, que habitualmente sirve para localizar cualquier cosa, no podía explicarme dónde estaba ni por qué me encontraba ahí. Miré de nuevo por la ventanilla.
Pensé en los trenes de la Segunda Guerra Mundial, en aquellos vagones cerrados donde miles de personas eran trasladadas hacia un destino desconocido. La asociación era desmesurada, lo sabía, pero surgió de pronto, quizá porque viajábamos encerrados sin que nadie nos dijera adónde íbamos. Después recordé “El sur”, el cuento de Borges, en el que Juan Dahlmann toma un tren que va alejándolo de Buenos Aires y se interna en una geografía cada vez más extraña, como si el viaje fuera llevándolo hacia un destino que ya estaba escrito. No sabía muy bien por qué hacía esas asociaciones y aparecían esas imágenes. Tal vez porque el tren, cuando deja de obedecer el recorrido previsto, se convierte en algo distinto de un medio de transporte.
Habían pasado unos 20 minutos desde que empezamos a sospechar que algo estaba mal. El paisaje urbano comenzó a desaparecer. Detrás de las ventanillas se extendían terrenos abiertos, construcciones aisladas, galpones y vías antiguas que se bifurcaban hacia lugares desconocidos. Finalmente el tren redujo la velocidad y entró en una zona donde había otros convoyes estacionados, vagones abandonados, oxidados y formaciones aparentemente en reparación. Nos detuvimos en una especie de descampado ferroviario. A lo lejos se veía un cartel que decía “Lavallol”.
—Son los talleres —dijo un hombre que miraba por la ventana y parecía reconocer el lugar.
Pero las puertas seguían cerradas. Las ventanillas superiores tampoco podían abrirse del todo. De pronto, para muchos el encierro se volvió insoportable. La gente empezó a gritar. Los niños lloraban. Algunos hombres golpeaban las puertas y otros exigían que apareciera el maquinista. Nadie entendía cómo habíamos terminado en aquel lugar. Habíamos comprado el boleto para viajar a La Plata y ahora estábamos encerrados en un tren detenido en medio de un taller ferroviario.
Entonces vimos pasar al conductor. Caminaba por las vías, a unos metros del convoy, con una tranquilidad que contrastaba con el estado de los pasajeros. Al verlo, todos comenzaron a golpear los vidrios y las puertas. El hombre levantó la cabeza, sorprendido. Parecía no comprender qué hacían tantas personas adentro de aquel tren. Nos hizo una seña con la mano para que esperáramos. Siguió caminando unos metros y regresó a la cabina. Un momento después las puertas se abrieron.
Fue como si hubieran devuelto el aire de repente. La gente descendió apresurada y comenzó a reunirse junto a los vagones. Algunas mujeres abrazaban a sus hijos. Otras seguían insultando. Los hombres fueron a buscar al conductor. Había gente furiosa. El maquinista se acercó con cautela.
—Yo no tengo la culpa —dijo, gesticulando con las manos—. A mí me tocaba llevar el tren al taller. Tenía que dejar a la gente en Constitución que venía de La Plata y salir rápido para acá, porque tenían que repararlo. No debió subir nadie en ese breve tiempo. Pero eso era responsabilidad de los guardias de la estación. Ellos tenían que impedirlo.
Alguien le preguntó si acaso no había visto que el tren iba lleno de pasajeros.
—Mi trabajo es mirar para adelante, no revisar si quedó alguien adentro. Me dieron la orden de llevarlo al taller y eso hice. No se la agarren conmigo.
Lo escuché con atención. Había algo extraordinario en su explicación. Nadie se hacía cargo porque cada uno había cumplido con una parte de su trabajo. Los guardias debían controlar que nadie subiera, pero no lo habían hecho. El maquinista debía conducir un tren vacío hasta el taller, y eso había hecho. Los pasajeros debíamos confiar en el cartel del andén, y habíamos confiado. Todas las partes parecían haber actuado de acuerdo con alguna lógica individual. El resultado era que cincuenta personas habían terminado abandonadas en un descampado de Lavallol.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó una mujer.
El conductor señaló hacia un extremo de las vías.
—Tienen que caminar un kilómetro hasta la estación de Lavallol. Ahí se toman el tren que vuelve a Constitución. Y en Constitución se toman el que va para La Plata.
Hubo protestas, por supuesto. Pero fueron breves. Nadie pidió el nombre del maquinista. Nadie preguntó por el responsable de la estación. Nadie reclamó una solución alternativa. O quizá lo hicieron y no llegué a escucharlos. Lo cierto es que, después de unos minutos, aquella pequeña multitud empezó a caminar sumisa en la dirección indicada.
Me quedé observándolos. Eran hombres y mujeres con bolsos, mochilas, chicos de la mano, algunas bolsas de supermercado. Una señora cargaba a un niño pequeño mientras otro caminaba junto a ella. Había personas mayores que avanzaban con dificultad por las piedras que rodeaban las vías. Nadie parecía tener fuerzas para discutir. Se habían resignado a perder buena parte del día.
Pensé que esa resignación no había nacido allí. En el robo sistemático del tiempo a la gente humilde. Algo que era el resultado de años de viajar en trenes que se demoraban, se suspendían o cambiaban de horario, de esperar colectivos que no llegaban, de soportar largas filas, de faltar al trabajo por problemas de transporte, de perder horas y horas de una vida que para otros parecía no tener valor. En aquel descampado, el tiempo de cincuenta personas acababa de ser sustraído por un error del que nadie se hacía responsable. Y la única respuesta que recibían era que debían caminar un kilómetro, tomar un tren de regreso y empezar otra vez.
Eran cerca de las 13 h. Calculé que, entre la caminata, la espera en Lavallol, el regreso a Constitución y el nuevo viaje hacia La Plata, algunos llegarían a destino alrededor de las cinco de la tarde. Seis horas después de haber entrado a la estación para realizar un viaje que normalmente demandaba poco más de una hora. Quizá perderían un turno médico, una jornada de trabajo, una entrevista, una reunión familiar. Nadie les devolvería ese tiempo y ni se haría cargo de los perjuicios.
Los miré alejarse por las vías. Parecían los Sísifos del Conurbano. Habían sido llevados hacia un lugar equivocado y ahora debían realizar el esfuerzo de regresar al punto de partida para intentar otra vez llegar a destino. Una condena absurda que aceptaban sin demasiadas preguntas. Pero también pensé que esa mansedumbre podía ser una forma de supervivencia. No se trataba de personas que desconocieran sus derechos. Eran personas que sabían, por experiencia, cuánto podía costarles reclamar y cuán poco podían obtener a cambio.
Entonces hice algo que todavía me avergüenza. En lugar de seguirlos, me acerqué al maquinista y le pregunté si había alguna calle cercana por donde pudieran pasar automóviles. El hombre me señaló la dirección contraria a la que había tomado el resto de los pasajeros.
—Camine un kilómetro para aquel lado. Va a salir a una calle. Ahí puede pedir un auto.
Le agradecí y empecé a caminar.
No había nadie conmigo. Detrás quedaban el tren inmóvil, los talleres, las vías y aquella pequeña multitud que avanzaba hacia la estación Lavallol. Yo iba en dirección opuesta. Caminaba solo, mirando el teléfono, buscando señal, tratando de precisar la ubicación para pedir un Uber. Al cabo de un rato llegué a una calle y conseguí solicitarlo. El automóvil tardó bastante en aparecer, cuando lo hizo me subí y nos dirigimos hacia la zona de City Bell.
Era un Nissan negro. El conductor tendría unos 60 años, era calvo y llevaba tatuajes. Apenas nos pusimos en marcha me pidió permiso para detenerse a cargar GNC. Lo hizo con una delicadeza especial, como si temiera que yo después pudiera ponerle una mala calificación por eso. Le dije que no había problema. La aplicación de Uber anunciaba aproximadamente una hora de viaje: teníamos que salir desde el tercer cordón, atravesar el conurbano por adentro, tomar el Camino de Cintura y después la avenida Calchaquí, hasta el parque Pereyra Iraola, y de allí por Camino Belgrano, hasta City Bell.
En algún momento después de cargar gas, el conductor se me puso a hablar. Terminé contándole lo que acababa de ocurrir. Le expliqué que había subido a un tren en Constitución para viajar a La Plata y que, sin ningún aviso, nos habían llevado a cincuenta pasajeros hasta los talleres de Lavallol, en el medio del descampado. Le hablé de los chicos llorando, de las puertas cerradas, del maquinista y de la gente obligada a caminar un kilómetro para volver a empezar su viaje. No se sorprendió.
—A la gente que va y viene en tren la tratan como ganado —me dijo—. La Argentina de hoy es la destrucción del pueblo.
Entonces pensé que su comentario era acertado. Esa frase la había escuchado muchísimas veces. En la Argentina los pobres viajan como ganado. Era una frase dura y gastada, quizá demasiado general, pero lo que acababa de ver parecía confirmarla. Los habían encerrado y trasladado por error, y después los habían soltado en medio de unas vías, como si bastara con indicarles por dónde debían caminar para que el incidente estuviera resuelto.
Después el hombre empezó a contarme sus propias desgracias, como si las suyas estuvieran conectadas con las otras. Trabajaba, según dijo, dieciocho horas por día arriba del auto haciendo Uber. Había tenido problemas de salud y durante un tiempo distintos médicos no habían sabido diagnosticarlo. Tenían que operarlo de la vesícula, pero no lo habían hecho a tiempo. Finalmente lo intervino otro médico, que le dijo que la demora le había provocado el inicio de una pancreatitis. Estaba convencido de que aquellos errores casi le habían costado la vida.
—Yo me vengué —dijo.
Le pregunté a qué se refería. Me contó que, después de recuperarse, había decidido buscar a los médicos que consideraba responsables de la mala praxis. Había averiguado dónde trabajaban, cuáles eran sus horarios y cómo se movían. “Les hice inteligencia”, explicó. Los siguió durante un tiempo hasta encontrar el momento de abordarlos. Había sido boxeador y todavía sabía pelear. Según su relato, encontró a cada uno por separado y los golpeó muy feo. A uno lo había dejado desmayado en la calle “ensangrentado”, lo dijo así con mucha normalidad y sin mostrar arrepentimiento. Como si se tratara de la reparación de un daño.
—Si nadie hace nada... Yo soy mi propio vengador —dijo sonriendo, esperando que aprobaste su accionar.
Me quedé callado. Entonces volvió a hablar del tren. Dijo que lo que me habían hecho aquella mañana también merecía una venganza y me preguntó si había anotado el nombre del maquinista.
—No —le respondí—. Era un pobre hombre. No creo que toda la responsabilidad fuera suya.
El conductor no estuvo de acuerdo. Insistió en que esas cosas no podían dejarse pasar, que alguien tenía que pagar por lo que había pasado. Traté de no discutir. Miré por la ventanilla y guardé silencio. No sabía cuánto había de cierto en aquella historia y tampoco tenía ganas de averiguarlo. Había salido de un tren que me llevaba hacia un destino desconocido y ahora estaba en un automóvil con un hombre violento que decía haber perseguido y golpeado a dos médicos. A esa altura, lo del Uber tampoco resultaba demasiado agradable. Era, de algún modo, una prolongación inesperada de la misma mañana.
Mientras avanzábamos por las avenidas del Conurbano recordé a los pasajeros que se habían alejado caminando por las vías de Lavallol. Ellos habían aceptado la explicación del maquinista y regresaban hacia la estación. Este hombre del Uber, en cambio, aseguraba haber dedicado tiempo a perseguir a quienes culpaba de su desgracia. Dos maneras de responder al agravio: la resignación de unos y la venganza del otro. Yo seguía sentado atrás, procurando que el viaje terminara sin otro incidente.
Pero de repente comencé a sentirme mal. Tenía cierta sensación de remordimiento o culpa. Vinieron a mi mente los pasajeros que todavía debían estar caminando hacia la estación Lavallol. Imaginé a las madres con sus hijos, a los trabajadores que habían salido temprano de sus casas, a las personas que quizá no tenían dinero para pagar otro transporte. Yo, en cambio, sí podía hacerlo. Esa era toda la diferencia. Tomaba el tren, porque me resultaba placentero ir leyendo o mirar por la ventanilla hasta llegar a City Bell, y además porque no me gustaba manejar con mi auto hasta Buenos Aires ida y vuelta.
Entonces me pregunté por qué no me había quedado con ellos. Podría haberlos acompañado, ayudado a los mayores, compartido la indignación, organizado algún reclamo. En cambio, había utilizado mi posibilidad de escapar en Uber.
A pocas cuadras de llegar a mi destino se me vinieron las imágenes de los pasajeros del tren de las once y veinticinco todavía tratando de llegar a La Plata. Algunos quizá ya habían alcanzado Constitución. Otros estarían esperando una formación. El maquinista, por su parte, seguramente habría terminado su jornada convencido de que no había hecho nada malo. Los guardias de Constitución tal vez ni siquiera se enteraron de lo sucedido. El conductor del Uber seguramente le habría contado mi anécdota a otro pasajero, para después hablar de sus venganzas. Por mi parte, cuando entré en mi casa, me sentí el ser más miserable del mundo. Fui directo a mi cama y me quedé dormido.
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