El triunfo de los colonizadores

El pasado nunca está muerto. Ni siquiera es pasado

“Indios de Reuque-Curá en Codihue. Campo de mujeres y criaturas”, 1883. Foto: Carlos Encina / Edgardo Moreno.

 

Hay una relación histórica muy fuerte entre la Argentina, Sudáfrica, Australia y Nueva Zelanda, aunque no son procesos idénticos. La Revolución Industrial, iniciada en Gran Bretaña, produjo algo nuevo: una economía que necesitaba materias primas en cantidades crecientes y mercados cada vez más amplios.

Entonces aparece un circuito; la industria británica genera una demanda mundial de materias primas y se produce la expansión territorial, que termina en la desposesión indígena y la incorporación de tierras al mercado mundial.

La vinculación de la economía británica con Australia y Nueva Zelanda fue particularmente directa: se convirtieron en grandes proveedores de lana para la industria británica, y la expansión pastoril implicó la ocupación de enormes extensiones de territorio indígena. En la Argentina ocurrió algo muy parecido, aunque con actores locales y un Estado nacional propio. La expansión ganadera y lanar necesitaba incorporar tierras. En Sudáfrica el proceso adquirió una dimensión todavía más brutal cuando aparecieron los diamantes, pero eso es otra cuestión del descenso a los infiernos.

Inglaterra no necesitaba conquistar todos los territorios directamente para integrarlos a su sistema económico. Podía hacerlo mediante comercio, bancos y crédito, ferrocarriles, compañías comerciales, inversiones, tecnología, navegación, mercados, demanda de materias primas y, cuando era necesario, poder militar y colonial.

La Argentina no fue una colonia británica, ni perteneció al Commonwealth Británico, como los otros países mencionados, pero quedó profundamente integrada al sistema económico británico. Esto conecta directamente con la denominada “Campaña del Desierto” de 1878, que amplio la nueva frontera ganadera y alimentó el circuito de exportación. Posteriormente, el frigorífico y el ferrocarril profundizaron esa integración.

La diferencia fundamental con Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica es que Inglaterra fue además potencia colonial y terminó ejerciendo soberanía directa. En la Argentina, en cambio, el Estado realizó la conquista territorial. La Argentina conquistaba y organizaba el territorio; Gran Bretaña aportaba capital, tecnología, transporte, crédito y mercado.

No fue una conspiración británica para eliminar indígenas. Fue un sistema económico que convertía la tierra en mercancía y a los territorios en espacios de producción para el mercado mundial. La pérdida de territorio indígena no es solamente pérdida de tierra: lo es también de memoria, lugares de producción, redes comunitarias, cementerios, agua, cultivos, paisajes, vínculos culturales y formas de relacionarse con la naturaleza.

En todos estos procesos hay un momento en que el territorio deja de ser considerado principalmente como espacio de vida de una comunidad y empieza a ser concebido como algo que puede ser administrado, dividido, apropiado, explotado o reorganizado desde un poder externo. Y entonces aparece la pregunta: ¿quién tiene derecho a permanecer? Esa pregunta estuvo detrás de la expansión sobre los territorios indígenas argentinos, australianos, neozelandeses y sudafricanos.

En estos días, la aparición de un gran libro como Un mal salvaje, de John Maxwell Coetzee y Fabián Martínez Siccardi, más la noticia de inversiones en tierras mendocinas y de Nueva Zelanda por parte de multimillonarios temerosos de una hecatombe mundial, nos acerca a reflexionar sobre el pasado para pensar el presente.

 

 

El libro describe cómo fueron las arquitecturas políticas de esos Estados productores de materia prima. Así se explica el salvajismo con que ejecutaron matanzas organizadas para avanzar en la posesión de la tierra: exterminio, esclavitud o reducción a servidumbre, más el silenciamiento eterno de esas culturas. A pesar de lo ocurrido, luego de muchos años lograron despertar y hacerse visibles. Los autores, con visión crítica, ponen en juego sus propias ascendencias familiares en esos procesos.

Parten de la idea de que el genocidio adquiere cuerpo en el mundo a partir de 1945, cuando se descubrieron los horrores de los campos de concentración del Tercer Reich. Eso abrió los ojos al mundo (pareciera que por primera vez) para que los juristas tuvieran en cuenta esta nueva tipología criminal. En 1945, las Naciones Unidas adoptaron ese concepto. A partir de allí surge un enorme debate por lo ocurrido antes de esa aceptación. El libro cuenta los procesos de apropiación de tierras y desaparición de pueblos vinculados al ordenamiento mundial en pos del progreso.

El texto es un ida y vuelta entre la historización familiar de los autores, uno en Sudáfrica y el otro en nuestra Patagonia, narrando el doloroso proceso de incorporación a la economía de los países periféricos. El punto de vista crítico de dos buenas plumas hace soportable un relato que muestra el dolor y el desprecio que podemos llegar a tener por los silencios y olvidos de la historia.

 

Los autores, John Maxwell Coetzee y Fabián Martínez Siccardi. Foto: Adrián Matías Escandar.

 

Muros culturales gigantescos fueron construidos para no recordar llantos, violaciones, asesinatos masivos y la brutalidad humana en su máxima expresión. Algo que solo podía ser tapado por el triunfo de una cultura que instaló a sangre y fuego las ideas del libre comercio, una época de la economía mundial que hoy se sacraliza fuera de contexto.

Este libro conecta los temas del pasado con los problemas del presente: discriminación, marginación, racismo y eurocentrismo, tan profundamente arraigados en nuestras sociedades. Reflexiones valiosas se abordan en este texto acerca del triunfo más diabólico de los colonizadores: hacernos querer ser como ellos, como escribió Mohamed Mbougar Sarr, citado en el libro.

Allí veremos rebeliones de malones, “campañas al desierto”, la de Rosas también, y distintos procesos de apropiación. En nuestro país veremos cómo se rompen alianzas y convivencias con pueblos que participaron de las luchas por la independencia, llegando hasta Cepeda y Pavón. Luego, con la consolidación del Estado nacional, bajo el liderazgo de Julio A. Roca, se implementó la denominada “solución final” al llamado “problema del indio”: se necesitaban esas tierras libres de indígenas, que serían recluidos en campos de concentración, entregados a la servidumbre o prostituidas sus mujeres jóvenes. Esa fue la solución final hecha en Argentina, la que ocupó “el desierto”, dejando afuera a pueblos indígenas y afroamericanos del crisol de razas conformado con la migración europea.

En momentos en que el poder económico mundial mira nuestras tierras australes como negocio inmobiliario para ricos que buscan un territorio de fuga ante conflictos bélicos, o vienen de la mano del RIGI y el súper-RIGI, esta lectura se hace imprescindible.

Hay una frase reiterada en el libro, de William Faulkner, muy sabia para entender lo que nos pasa aún hoy, aquí, en Namibia y en Australia: “El pasado nunca está muerto. Ni siquiera es pasado”. Las historias contadas en Un mal salvaje entran en la síntesis de esa frase, que bien puede atesorar a todas ellas.

 

 

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