El único héroe

A la hora de votar, parafraseando a Oesterheld, el único héroe válido es el héroe colectivo

 

Mi nona Ruth tenía, además del inmenso living comedor, un comedor de diario que era el centro de la vida familiar, donde en general estábamos todos, algo apretados, pero todos. En ese comedor había una mesa redonda y una alfombra comodísima, y la tele a color. En casa recién hubo una tele a color en los primeros años ’90. Tuve que esperar más de dos décadas para ver V, Invasión Extraterrestre en colores. Fue como verla de nuevo, porque la primera vez la había visto en blanco y negro.

Mis hermanos y yo nos sentábamos en esa alfombra mientras los grandes estaban en las sillas y desde ahí veíamos los eventos trascendentes con los grandes, sin entender demasiado qué pasaba y por qué era tan apasionante. Para mis hermanos y yo esas ocasiones eran motivo de festejo. Mi nona se encargaba de llenar la mesa de cosas ricas y corría Coca-Cola a piacere, como en las fiestas. Y había más de un canal para ver dibujitos.

Uno de mis primeros recuerdos es estar sentada en la alfombra, con la mesa como techo, y burlarnos de un señor por las orejas y que los adultos se rieran a carcajadas de lo que decíamos. Mucho años después comprendí que el señor de las orejas exóticas era Martínez de Hoz y que los adultos se reían de nuestra insolencia infantil.

Desde entonces, los días de elecciones eran una fiesta. No sólo por la familia reunida en la mesa redonda de mi nona Ruth, discutiendo con afecto y pasión. (La mitad de la familia era apasionadamente radical y la otra mitad, visceralmente peronista.) Mi tío Chiche, economista, hacia cálculos en las servilletas de papel, mis papas discutían y mi abuela se dedicaba a consentir ese universo de niños que vivíamos en la alfombra, debajo de la mesa. Yo amaba cuando los adultos volvían de votar y nos mostraban esas largas boletas llenas de nombres.

Cuando mi nona Ruth murió, a fines de los ’90, parte de esa felicidad se acabó para siempre o mutó en la felicidad de volver a San Juan para votar. La política había entrado en mi vida y las elecciones eran sinónimo de volver a casa desde Córdoba y de estar con mis viejos, en familia. Mantuve esa tradición de regresar a San Juan para votar hasta hace cuatro años, cuando con algo de dolor y nostalgia hice finalmente el cambio de domicilio a la Ciudad Autónoma. Y de algún modo agradezco que las elecciones a partir del 2017 me hayan encontrado trabajando, de otro modo el peso de estar lejos de mi casa se haría insoportable. Han pasado mas de 40 años desde que los adultos se reían de nuestras insolencias desde la alfombra y sé que hoy, en algún momento del día, voy a añorar mucho a mis tíos, a mi abuela, a mis padres y a mis hermanos y también estar ahí, sentada en esa alfombra.

Y esta vez ni siquiera tendré el encuentro final con los compañeros. Hace pocos días fui a darme la segunda dosis de la vacuna y en el lugar no había posta alérgica, así que no pudieron aplicármela. Aunque el representante de la Ciudad juró y perjuró que iban a asignarme otro turno en los siguientes días, no sucedió hasta ahora. Lo único bueno es que ahora tengo una empática y fluida relación con el “bot” de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Me animaría a decir que somos amigos y nos estamos conociendo.

Pero de mi segunda dosis ni novedades, y eso hará que no me anime a ir la reunión del final de día del Frente de Todos. A las personas les encanta estar ahí, sacarse fotos con los dirigentes. La verdad es que la parte de estar con los dirigentes me resulta incómoda, siempre tengo la horrible sensación de que no pertenezco ahí, que estoy de más y que sólo molesto. Siempre puse distancia con los escenarios de lo efímero.

Pero afuera… Afuera de los escenarios esta la gente con la que compartí charlas en las unidades básicas o en los centros culturales, con la que milité y trabaé codo a codo. Personas con las que te abrazás y festejás sin saber su nombre y sin que eso importe realmente. Ahí sí pertenezco, ahí no estoy de más. Ahí soy feliz., como lo era en la alfombra de mi abuela, aunque con mucha mas gente. Pero no será esta vez. Quiero llegar viva a las elecciones generales y para eso tengo que cuidarme.

Son extrañas estas elecciones. En parte importante porque no esta Jorge Landau. Y cómo se lo extraña. Extraño sus modos de caballero. Sus historias del peronismo para llenar los ratos muertos y sus conclusiones formuladas como preguntas.

Pero también son extrañas por la ausencia de debate que presentó la oposición. Creo que pocas veces estuvo tan claro cómo se disputan dos modelos de país. Uno que propone erradicar las indemnizaciones por despido y otro modelo que propone crear más y mejor empleo formal. Uno que exhibe con orgullo a las Abuelas de Plaza de Mayo y al premio Nobel por la Paz y otro que muestra culos y tetas. Un modelo que le habla a todos y explica que salir de esta situación es con todos y otro cuya única propuesta es acabar con el peronismo/kirchnerismo. Un modelo que habla de república y cuenta entre sus filas a un prófugo y múltiples investigaciones por manipulación judicial, versus otro modelo de dirigentes que acataron y acatan las decisiones del Poder Judicial. Un modelo que espió a propios y ajenos versus otro modelo que decreto la prohibición de actuación de los servicios de inteligencia en el ámbito judicial. Un modelo que señaló en la pandemia “que mueran todos los que tengan que morir”, que llamó a las medidas de prevención “infectadura” y que lo único que cuido fueron piedras en la Plaza de Mayo. Y otro modelo que, con aciertos y errores, ha dedicado el último año y medio a cuidar vidas.

Un capítulo propio merece la actuación de los medios de comunicación en estas internas abiertas y obligatorias. Tuve la oportunidad de ver cómo Pablo Duggan, incluso en desacuerdo con lo que decía Lopez Murphy, lo entrevistó respetuosamente y, cómo otros periodistas hostigaron a los candidatos del Frente de Todos. Le admiro la paciencia a Leandro y a Victoria, que resistieron férreamente entrevistas que eran verdaderos pelotones de fusilamiento.

Ni qué hablar de las operaciones mediáticas. Hace poco leí una que hablaba de dólares termosellados en el sur, pero todo resultó un bluff.

Y hace 24 horas leí una nueva intentona con otro tema que les apasiona. Un diario centenario publicó que personas que habían sido sujetas a procesos judiciales no podían votar, por estar inhabilitadas, y que sin embargo en el padrón figuraban como habilitadas. Se ve que ciertos periodistas no han perdido el hábito de escribir, pero sí han perdido el hábito de leer. Porque si lo conservasen podrían haber chequeado un fallo del año 2016, de la Cámara Nacional Electoral, que específicamente ordenó “declarar la inconstitucionalidad de los incisos “e”, “f” y “g” del artículo 3º del Código Electoral Nacional y de los artículos 12 y 19 inciso 2° del Código Penal.” (“Procuración Penitenciaria de la Nación y otro c/Estado Nacional – Ministerio del Interior y Transporte s/amparo – Acción de Amparo Colectivo (Inconstitucionalidad arts. 12 y 19 inc. 2° C.P. y 3° inc. ‘e’, ‘f’ y ‘g’ C.E.N.”- Expte. Nº CNE 3451/2014/CA1 – CAPITAL FEDERAL. Sentencia del 24 de mayo de 2016.)

Me preocupa además el tema de los discursos de odio que arrecian, especialmente en estos tiempos electorales.

Es comprensible que los candidatos y los dirigentes se apasionen y digan cosas que en otro momento no dirían. Pero ese apasionamiento no es razón suficiente para emitir irresponsablemente discursos de odio o discursos con contenidos discriminatorios.  En particular me preocupan los movimientos políticos radicalizados hacia la derecha de la derecha. Estoy convencida que como sociedad tenemos pendiente una reflexión profunda sobre qué tipo de contenidos vamos a admitir en los discursos públicos. Porque sean de derecha o de izquierda, los discursos de odio y los discursos discriminatorios generan un daño cierto en el entramado social. Siembra vientos y cosecharás tempestades. Deberían recordar eso quienes no reflexionan sobre las consecuencias de las palabras.

Hoy domingo terminará la etapa de elecciones primarias y el lunes comenzará el debate por las elecciones generales, previstas para noviembre.

Será entonces donde la discusión ya no será la situación interna de los partidos políticos, sino el proyecto de país que propone cada uno de los que se postula para representar a la ciudadanía. Porque en definitiva es entre proyectos de país que tenemos que elegir. No entre escotes o panfletos blancos y celestes. Tenemos que elegir entre ideas políticas, no entre estrategias de marketing.

Como les dije al principio, me emocionan las elecciones. Desde siempre, desde que miraba la TV en la alfombra de mi abuela hasta el día de hoy. Pero además de emocionar, también son oportunidad de participar en ellas de modo responsable. No sólo en el acto electoral sino en el diseño y construcción del modelo de país que elegimos. Que lo elegimos en un día, pero desarrollamos y trabajamos cada día. Recordemos siempre aquello que supo poner en palabras Héctor G. Oesterheld: “El único héroe válido es el héroe colectivo”. De eso se trata la democracia, después de todo.

 

 

 

 

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