Grietas y unidad nacional

La grieta política arranca con nuestra vida nacional independiente

 

Según el diccionario de la Real Academia Española, el vocablo grieta significa —conforme a su tercera acepción— “dificultad o desacuerdo que amenaza la solidez o unidad de algo”. Entre nosotros se ha convertido en un cuasi-concepto –pues su definición explícita no parece haber llegado aún a la opinión pública— usado para denominar el profundo antagonismo, más que desacuerdo, que se viene expresando en la pugna entre el kirchnerismo y la oposición, galvanizada luego por Cambiemos. Su inicio puede datarse en 2008, cuando la Resolución 125 procuró establecer un sistema de retenciones móviles a las exportaciones de soja, maíz y trigo, que desató un pesado conflicto entre los productores rurales y sus apoyos políticos y el gobierno de Cristina Kirchner.

Con el retorno a la democracia en 1983, hubo situaciones conflictivas y duros enfrentamientos. Entre otros, por ejemplo, las luchas por la normalización de las relaciones civiles-militares, el juzgamiento de los delitos atroces y aberrantes cometidos por los uniformados y el restablecimiento pleno del estado de derecho. A esas confrontaciones, que como se recordará parieron cuatro levantamientos carapintada y una tenaz brega dirigida a derogar las leyes exculpatorias que intentaban proteger a los militares, no les cupo el mote de grieta. En rigor, en estos casos se dieron enfrentamientos entre civiles y militares (aunque como bien ha conceptualizado Horacio Verbitsky, hubo civiles que apoyaron a las dictaduras y siguieron en esa órbita aun después de la llegada de Raúl Alfonsín a la presidencia) y no entre colectividades políticas consolidadas. Si bien en las dos más importantes de aquel entonces –el radicalismo y el peronismo— había disidencias, hubo también una evidente coincidencia en el objetivo de cuidar la democracia y un amplio margen de convergencia entre ambos, que dio a luz las leyes de defensa y de seguridad interior aún vigentes, uno de los consensos más sólidos conseguidos desde el regreso al orden republicano.

Este tenor sociopolítico se mantuvo con matices, diferencias y turbulencias también durante la presidencia de Carlos Menem y hasta el interinato de Eduardo Duhalde. Pero no hubo tampoco en este lapso propiamente “grieta”.

Nuestra historia nacional abunda en enfrentamientos políticos que rayan en lo antagónico y en lo irreconciliable. En grietas políticas que han llegado a generar crueles guerras, asiduos golpes de Estado, numerosos enfrentamientos armados a lo largo y a lo ancho del país y bravísimos y gravísimos choques y colapsos políticos. Es posible incluso decir que en el momento mismo en que arranca nuestra inicial pretensión de independencia se materializó un episodio de esta clase. Ocurrió en 1811, cuando el siempre esforzado Manuel Belgrano fue despachado con un pequeño ejército a resolver el entuerto con Paraguay (que era una capitanía que dependía del Virreinato recientemente derrocado). No hubo acuerdo, pues el puerto de Buenos Aires se negó a aliviar la carga impositiva de los productos que se importaban/exportaban desde Asunción. Y sobrevino una lamentable y corta guerra, que los pobladores de Concepción del Yaguareté Corá –casi en el centro de Corrientes y al borde del gran estero refulgente— recuerdan hasta el día de hoy. Allí había nacido Pedro Ríos, el tambor de Tacuarí, muerto en combate a los doce años de edad.

Vinieron después, entre otros acontecimientos, las guerras entre unitarios y federales, las libradas entre provincias enemistadas, el íntimo cuchillo en la garganta del antepasado de Jorge Luis Borges, el asesinato del Tigre de los Llanos, la guerra de federales contra federales que terminó con la derrota de Juan Manuel de Rosas, la Revolución del ’90 y los levantamientos radicales, la larga antinomia peronismo-antiperonismo, el bombardeo a la Plaza de Mayo en junio de 1955 y los imperdonables y absurdos fusilamientos de 1956. Y a partir de allí un país teñido de verde-oliva conducido en etapas sucesivas hacia el horror del terrorismo de Estado.

No es nueva, pues, la grieta política. Empieza en los comienzos de nuestra vida nacional independiente. Y se manifiesta de manera persistente como una enorme dificultad para construir la unidad política de la Nación. Esto, me parece, es lo que está en su base y es lo que habría que indagar a fondo para intentar comprender su naturaleza y desarrollo.

Hoy Macri y sus aliados manipulan el enfrentamiento antinómico, en una búsqueda casi frenética de oxígeno electoral. Podría decirse que militan esta grieta política. Como andan flojísimos de resultados positivos para mostrar, baten predominantemente dos parches:

a) La demonización del kirchnerismo con la intención de:

–  espantar votantes que podrían reorientar su sufragio hacia Juntos por el Cambio;

– refidelizar el voto propio, que han ido perdiendo con el transcurrir del desmadre económico-financiero y social resultante de su pésima gestión gubernamental. Para lo cual cuentan con un fuerte apoyo mediático y un amplio accionar en redes sociales; y

b) La polarización de las opciones con el objeto de “secar” la plaza y menguar las posibilidades de terceras alternativas distintas de su propio frente y del Frente de Tod☼s, con el propósito de recoger una parte de ese voto fugitivo.

El Presidente cuenta además, con un aliado de lujo: el FMI, que le prodiga una asistencia completamente inusual en la historia de este organismo y contraria a sus prácticas regulares. Y procura vender presuntas realizaciones ya alcanzadas y futuros venturosos, en los que ni él ni sus cuadros creen ya. Ni qué decir de gurúes como Guillermo Calvo, que directamente lo descartan.

Macri intenta –pese a las evidentes dificultades que se le presentan— fogonear así sus posibilidades de acceder a una nueva presidencia.

Pero hay una segunda grieta a la que quizá no se le ha prestado suficiente atención: la social. Su difuso comienzo tiene que ver con las consecuencias de los intentos de implantación de un modelo económico neoliberal en nuestro país. Como se sabe, esta vía, entre otros resultados perniciosos, genera desempleo y promueve cierto nivel de exclusión social. La aparición de organizaciones como la Corriente de Trabajadores de la Economía Popular o Barrios de Pie, por mencionar un par de ejemplos, que procuraban –y procuran— hacer frente a esos efectos deletéreos, dan testimonio de este acontecer. Con la severísima crisis económica de 2001 y la que se halla en curso ahora, lo que despuntaba años atrás como una nueva y dura realidad social se ha convertido también en una grieta que diferencia dos campos: el que agrupa desde los pudientes hasta los que mantienen un mínimo nivel de integración, por un lado, y a los que han quedado afuera, por el otro. En una especie de limbo quedan, muy afectados, los dueños de pymes y los pequeños y medianos productores para el mercado interno, entre otros.

Hoy esto es dramáticamente palpable, por ejemplo pero no exclusivamente, en las ciudades o localidades grandes o intermedias. La indigencia, la situación de calle, la falta de oportunidades laborales, la dependencia de una asistencia social no suficiente, la inestabilidad o la carencia de acceso a la escolaridad y una pobreza tan cruel como devastadora son, en fin, algunas de las lacras que nos están dejando las malas opciones económicas del macrismo y sus fracasos.

Las dos grietas esbozadas gravitan sobre las elecciones en ciernes. Si la política puede dar lugar a manipulaciones en algunos casos quizá exitosas la social, me parece, es prácticamente impenetrable. (Aunque siempre hay que darle algún crédito a los punteros, incluso a los de Cambiemos.) Así las cosas, presumo que quienes privilegiaron las LELIQs –letras de liquidez ofrecidas por el Banco Central a 7 días, a altísimas tasas de interés, sólo a los bancos— en lugar de cuidar a la gente van a pagar un costo en los comicios. Da toda la impresión de que a Macri y a Juntos por el Cambio el tiempo electoral se les ha puesto muy nublado, casi tormentoso.

Permítaseme una reflexión final. La unidad política de una Nación no se alcanza por la mera vía de anotarla en una constitución o de pronunciarla en algún discurso. Debe ser construida y mantenida, y puede ser afectada por diversas circunstancias. Un buen ejemplo de ellos son, hoy, las tribulaciones de España y las graves dificultades del Reino Unido.

La reconstrucción de una Nación afectada por dos grietas es un desafío mayúsculo. Probablemente no le tocará a Macri, que las ha alimentado con fruición. Y sí a los Fernández, que deberán poner empeño, sensatez, firmeza y convicción, así como una cuidadosa atención y templanza para lidiar con las correlaciones de fuerzas locales e internacionales, en la dificilísima coyuntura poselectoral que se avecina. En la que –no puede descartarse— aquellas grietas continuarán existiendo y funcionando, por lo menos por un tiempo.

 

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