Ellos los quieren

Josefina Giglio recupera su historia personal, a través de los permisos que ofrece el género novela

 

En su primer libro de ficción, Josefina Giglio (periodista, docente, investigadora en dos universidades nacionales, San Martín y La Plata, cursa actualmente el doctorado en sociología) no solo regresa a la motivación sin igual de seguir buscando a sus padres desaparecidos durante la dictadura, sino que describe una época triste y turbulenta como pocas y explica los sentimientos y pensamientos de los que, como ella y su hermano menor, tuvieron que resolver su vida a la medida del infinito infortunio sufrido.

Su libro Yo la quise (Editorial Universidad de La Plata, también disponible en e book) es la precisa y conmovedora historia de militancia de sus padres –Virginia Isabel Vibel Cazalás y Carlos Alberto Giglio– y también la propia, porque tanto Josefina como su hermano Francisco integraron el grupo de H.I.J.O.S. y testimoniaron contra represores en el marco del juicio del Circuito ABO (por los centros clandestinos Atlético, Banco, Olimpo). Un día, leyendo un libro de Ricardo Piglia, Josefina entró casi en trance. Lo que el autor describía en uno de los volúmenes de los Diarios de Emilio Renzi –el amor setentista, tiempos de compromiso político y de erotismo intenso en ámbitos estudiantiles de la ciudad de La Plata– la llevó a pensar que la mujer descripta por Piglia podía haber sido su mamá. “Piel de un blanco isabelino”; “pelo negro partido al medio, pesado y lacio”; “callada, pero cuando hablaba la gente se daba vuelta para mirarla”, se leía en el libro de Piglia. En octubre de 2014, con el propósito de verificar su fantasía, se contactó con el escritor ya enfermo. (Piglia falleció poco después, en 2017.) Tuvo respuesta. “Me ha emocionado tu mensaje y el recuerdo de tu madre. Yo la quise, supe de su desaparición mucho después…tuvimos una amistad intensa y una relación fugaz”, señaló. Y añadió: «Recordé a una muchacha maravillosa con la que podría haber vivido muchos años y yo me fui con otra chica, por otro lado. Y pensé para mí: ¡qué tonto fuiste!”

Así es el amor. Así era también en aquel tiempo, cuando coger tenía tanto lugar como el sueño de cambiar el mundo. El amor se hacía sobre camas desvencijadas de alguna pensión estudiantil. La revolución estaba en la mente y en el corazón de cientos de jóvenes, con el compromiso a flor de piel.

 

La autora, Josefina Giglio.

 

 

 

Ella y la nena

—Vibel, ¿por qué no te volvés con nosotros? En casa hay lugar. Te podés quedar un tiempito.

—No, papá. Allá sería el primer lugar adonde me irían a buscar —respondió la militante de un grupo radicalizado de la izquierda chinoísta.

¿Qué hubiera pasado si Vibel aceptaba borrarse en Tres Arroyos, donde vivían sus padres? Difícil responderlo. Pero en un momento, la situación se agrava porque Carlos, su compañero, no está. Y está más que nunca. A partir de esa circunstancia, Vibel (apócope del principio de Virginia y el final de Isabel) y sus hijos (la nena de 5, el varón que es un bebé) empiezan a vivir a los saltos, perseguidos, con nombres supuestos, clandestinos. No hay ningún otro destino seguro, como el que el padre sugiere (Brasil).

—Vos andá. Nosotros nos quedamos con los chicos.

—No, papá. Yo no me puedo ir sin Carlos.

El calvario de los detenidos, desaparecidos, asesinados, exiliados en la década del ’70, atravesó de arriba abajo (y de ida y vuelta) el entramado social argentino. La angustiante necesidad de saber algo más sobre el ser querido llevó a algo que se volvió común: consultar al familiar, al conocido, al vecino integrantes de alguna fuerza de seguridad o con vínculos. Muy de vez en cuando esos contactos fueron salvadores, en tantas ocasiones la conclusión era que hubiera sido mejor no pedirles nada. En esta familia hay un familiar, brigadier, con posibilidad de averiguar. Pasa el parte: ‘Carlos cayó herido, pero está vivo’.

Esa niña siempre fue grande. Con 7 u 8 años se quedaba sola en su casa, cuidando de que la leche de la mamadera que tomaba su hermanito no tuviera grumos o cumpliendo con el ritual del cambio de pañales. Esa niña fue convidada precozmente con los mandatos de la adultez, y se ejercitó tempranamente en el disimulo y el silencio, obligaciones propias de toda familia de militantes. Esa niña entendió que clandestinizar sus sentimientos y movimientos era la contraseña más eficaz para sobrevivir. Hasta que lo irreparable sucede. El ajetreo y la huída terminan cuando, después de andar de un lado para el otro, una noche, de un departamento en el barrio de Belgrano R que ocupaba con otros dos compañeros, se llevan a Vibel que, después de la cena y en esa noche calurosa, ya estaba en camisón. Una vecina del mismo piso, llamada Susana, hizo entrar a los chicos: “La nena en bombacha, con el nene a upa en remera y pañales”.

Y ahí, confabulación de casualidad y destino, empieza el milagro por el que Josefina y Francisco no tuvieron que sumar a sus desgracias el de ser también apropiados.

 

 

El abuelo Polo

Con sabiduría de persona grande, con unas fotos familiares en la mano, la nena le explicó a un policía: “Mi abuelo se llama Polo, vive en Tres Arroyos y tiene una sodería”. Allí fueron a vivir los hijos de Vibel y Carlos. Allí –y ese es otro tramo esencial de la novela de Giglio– la nena creció, se aburrió hasta el malhumor, fue a la iglesia sin convicción alguna, se calló la boca tantas veces como necesitó para expresarse, descubrió todos los habeas corpus que Polo había presentado procurando recuperar a su hija y a su yerno y, fundamentalmente, la nena leyó, leyó y leyó e hizo de los libros, y para siempre, una compañía imprescindible. Antes de la caída de Vibel, ni el viejo fabricante de sifones ni otros familiares pasaron una vida de burbujas. También fue difícil y peligroso para ellos.

En el desarrollo literario, el Yo la quise del título va haciendo un sutil desplazamiento, de aquel muchacho intelectual, que tenía en su cabeza más a Faulkner que a Mao, a los sentimientos de la nena que, aunque deja de serlo, nunca deja de evocar y extrañar a su mamá ausente. Ella se apropia del “Yo la quise”, aunque deba reconocer que no la tiene y que no está con ella. Lo proclama con la forma de un grito ahogado de niña primero y después de adolescente. Y esa voz también puede escucharse (y leerse) en plural: “Yo los quise”, a los dos. ¿Dónde está papá?, llegó a preguntar la nena, también en nombre de su hermano. A lo largo del libro, el claro estandarte inicial del “Yo la quise” se convierte, porque el tiempo pasa y los chicos crecen con conciencia y amor, en “los dos los quisimos”.

 

 

Adenda y colofón

El libro, aunque constituya también un documento valioso sobre la represión, es, antes que nada, un acontecimiento literario que Giglio resolvió y escribió con maestría. Para ella y para su hermano (nacido en julio de 1976, hoy músico y docente de la especialidad en colegios secundarios; su padre, secuestrado en mayo de 1976 en el barrio de Constitución, no llegó a conocerlo), la vida continuó y sigue su marcha. “Todas las noches pienso en el cuerpo de mi madre violado y torturado”, dijo Josefina. “Tengo 40 años y aún los espero”, expresó Francisco en 2016.

En septiembre de ese año (el CELS encabezó la querella con el equipo jurídico KAOS) se inició el juicio oral y público que culminó en diciembre de 2017, cuando el Tribunal Oral Federal Nº 2 condenó a dos militares a prisión perpetua, a cuatro de ellos a 25 años, a uno a 15 con dos absoluciones. Ese Tribunal investigó secuestros y torturas infringidas sobre 352 personas, 19 de ellas asesinadas. Testigos del juicio declararon haber visto a Vibel en el centro clandestino El Banco, mientras que otro testigo afirmó haber visto a Carlos Giglio en el centro clandestino El Vesubio. En varias ocasiones, durante el procedimiento, los hermanos Giglio Cazalás se quejaron por la ausencia de los imputados. Después del secuestro de su mamá, a la niña le permitieron regresar al departamento. Allí ella juntó alguna ropa suya y de su hermano, una bolsa con fotografías familiares y un collar de perlas que usaba su mamá. Durante su declaración colocó a ese adorno sobre el estrado judicial. Una reproducción dibujada ilustra ahora la tapa del libro. Asi como el caso de su mamá llegó a juicio oral, los hermanos aguardan que ocurra lo mismo con el caso de su padre.

Respondiendo a una pregunta de El Cohete A La Luna, Josefina Giglio dice que fue una tutela dichosa por un rato haber contado con Susana Martínez, la vecina de piso que esa noche terrible aceptó hacerse cargo de los dos chicos y los hizo dormir en su cama. “Esa noche, por ella y por su marido, pasamos de la clandestinidad a la legalidad. Nosotros estábamos con nombres falsos (María José y Francisco Roldán). Todo empieza a arreglarse cuando llaman a la policía y comienza a activarse la maquinaria burocrática. Entramos a la comisaría con un nombre y, gracias a que ubicaron a nuestros abuelos, salimos con nuestros nombres verdaderos. Ellos nos vinieron a buscar”. También agrega: “Susana es una mujer muy dulce. Ella fue providencial para que mi hermano y yo no termináramos apropiados. Hablamos cada dos o tres meses. La volví a ubicar llamando a todos los de su apellido de casada que figuraban en la guía telefónica. Cuando nos reencontramos, lo primero que me dijo fue: ‘Toda la vida pensé qué habría sido de ustedes’. Susana también testimonió en el juicio.

Josefina compartió también con El Cohete A La Luna un tema musical titulado Desvelo, compuesto por su hermano, inspirado en el camisón floreado que su mamá tenía puesto cuando la patota militar se la llevó.

 

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1 comentario
  1. Graciela Gigli dice

    Que agujero, que tristeza dejaron estos malditos….., yo no creo que hubiera perdonado lo que hicieron.

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