Ellos y nosotros

El autor de Splinterlands y Frostland disecciona la batalla cultural que la extrema derecha está ganando

 

La extrema derecha está en racha. Hace solo unos años, los liberales y conservadores habrían considerado sus recientes victorias políticas como un escenario de pesadilla. Los extremistas de derecha han ganado elecciones en Estados Unidos, Brasil, Hungría, India y Polonia. Impulsaron el referéndum Brexit en el Reino Unido. Obtuvieron la mayor cantidad de votos en Francia, Italia, el Reino Unido y Hungría en las elecciones al Parlamento Europeo.

Claro, Trump está bajo juicio político, el Brexit es un desastre y la extrema derecha en Austria e Italia ha sufrido retrocesos. Aún así, mirando el panorama general es difícil no concluir que tales extremistas han adquirido el tipo de legitimidad en todo el planeta que no han disfrutado en casi un siglo.

 

 

Lo que es peor, esas victorias electorales ocultan un éxito aún más profundo y potencialmente mucho más influyente, en el mundo del relato. La derecha radical ha desarrollado una narrativa global que, al unir a racistas virulentos y conservadores comunes, asesinos seriales y políticos populistas, ya está inyectando ideas marginales en la cultura dominante.

No es un relato que tenga un atractivo universal o que gane ningún premio literario. Aún así, al contarlo una y otra vez en diferentes idiomas a un número creciente de oyentes, la extrema derecha está teniendo un profundo impacto en la cultura global. En muchos lugares, puede que ya esté ganando la batalla decisiva por los corazones y las mentes.

El relato de la derecha radical descansa en la trama más básica: nosotros contra ellos. Su némesis principal está determinada, según el relato, a asaltar las almenas del «mundo civilizado» y, en lo que se llama un «gran reemplazo», expulsar a sus inocentes habitantes. Como esta no es la Edad Media, el malvado adversario no está desplegando maquinarias de asedio o un ejército de saqueadores. Sus tácticas son más insidiosas: apoderarse de las instituciones desde adentro, infiltrarse en la cultura y, lo peor de todo, dar a luz a muchos bebés.

Pero, ¿quiénes son exactamente los pronombres en esta historia? La idea del «gran reemplazo» se basa en la fantasía de que «ellos» (especialmente los migrantes y los musulmanes) tienen la intención de reemplazarnos a «nosotros» (blancos, cristianos). Algunas versiones de la narrativa también tienen una inclinación antisemita, con judíos al acecho en las sombras de esta trama diabólica. Para los racistas, los Otros, por supuesto, tienen una tez más oscura. Para los islamófobos, los forasteros practican la religión equivocada.

Quien no es miembro de la extrema derecha, no se suscribe a sus canales de YouTube o sigue sus florecientes cuentas de Twitter, es posible que solo tenga poco conocimiento de esta historia. Pero una vez que lo busca, el gran reemplazo resulta omnipresente.

Entre 2012 y 2019, por ejemplo, 1,5 millones de tweets en inglés, francés y alemán lo mencionaron. Se podía escuchar un eco de la frase en la reunión Unir a la Derecha, en Charlottesville, Virginia, en agosto de 2017, cuando los neonazis, los supremacistas blancos y otros manifestantes corearon: «¡No nos reemplazarán!» Pero la frase realmente copó los titulares en marzo de 2019 cuando un tirador masivo que abrió fuego contra dos mezquitas en Christchurch, Nueva Zelanda, matando a 51 personas, tituló  «El Gran Reemplazo» el manifiesto online que preparó para la ocasión.

 

 

A estas alturas se ha vuelto alarmantemente claro que un número cada vez mayor de personas está tomando en serio este extraño relato, históricamente deficiente y completamente deformado.

 

 

Había una vez

A primera vista, el hombre al que se le ocurrió la idea del «gran reemplazo» no se ajusta al perfil del sospechoso habitual. Renaud Camus fue un manifestante estudiantil radical en París en 1968, y en 1981 votó por el socialista Francois Mitterrand para presidente de Francia. Destacado poeta y novelista, publicó libros sobre su identidad gay que atrajeron elogios de intelectuales como Roland Barthes y el poeta Allen Ginsberg. Sin embargo, a principios de la década de 2000, Camus había comenzado a esbozar una nueva filosofía que distinguía entre franceses falsos (inmigrantes o sus hijos) y verdaderos (aquellos que habían vivido en el país durante muchas generaciones). En 2010 publicó un libro titulado Le Grand Remplacement lamentando las perspectivas de una Francia y una Europa transformadas por la inmigración.

El trabajo de Camus se convirtió en el texto fundamental para un movimiento en crecimiento llamado Generación Identidad, una versión modernizada del nacionalismo blanco que ha influido en la derecha alternativa en los Estados Unidos, ganó impulso en internet y se convirtió en un fenómeno global. Los «identitarios» abrazaron a Renaud Camus y difundieron sus ideas en sus propios medios que sirvieron como eco. «El campo de juego no está nivelado», señala Julia Ebner, del Instituto de Diálogo Estratégico. El extremismo ahora tiene una sorprendente «ventaja en términos de algoritmos de redes sociales favorables para difundir teorías de conspiración y contenido potencialmente dañino e incitante».

Y téngase en cuenta que no solo los racistas e islamófobos explícitos lo están impulsando. Una versión más suave, adoptada por los conservadores convencionales, traduce en clave cultural la ansiedad racial que está en el corazón del Gran Reemplazo. «Nuestra civilización», afirma, ahora está en riesgo. La cultura francesa debe ser preservada. La civilización europea está siendo socavada. El estilo de vida estadounidense está en peligro. «África quiere derribar nuestra puerta y Bruselas no nos está defendiendo», dijo el primer ministro húngaro Viktor Orbán en 2018. «Europa ya está bajo invasión».

Esta no es una historia nueva. Fue tan frecuente en la década de 1920 que F. Scott Fitzgerald se burló de la idea en su famosa novela El Gran Gatsby cuando puso tales argumentos en la boca de uno de sus personajes. «Si nos descuidamos, la raza blanca estará completamente sumergida», dice Tom Buchanan durante la cena en el primer capítulo. «Vigilar depende de nosotros, que somos la raza dominante, o estas otras razas tomarán el control».

Buchanan se hacía eco de los argumentos de libros conocidos, como The Passing of the Great Race, de Madison Grant (1916), y The Rising Tide of Color Against White World-Supremacy (1920), de Lothrop Stoddard. Tales argumentos también arraigarían  en Europa. Adolf Hitler, por ejemplo, llamó al libro de Grant «mi biblia». Los nazis, por supuesto, no solo impusieron controles de inmigración para garantizar la supremacía de la raza blanca. Llevaron a Gatsby, Grant y Stoddard a su conclusión lógica y genocida.

A raíz de la derrota del nazismo, el fascismo italiano y el racismo japonés en la Segunda Guerra Mundial, surgió un consenso global, compartido por capitalistas y comunistas, de que la versión extrema de la historia de reemplazo había sido arrojada al basurero de la historia. En Occidente, el centro político terminaría suscribiendo una variante de multiculturalismo en la que la inmigración se convertiría en una parte integral de la civilización, no en su negación.

El final de la Guerra Fría, sin embargo, acabó con este consenso. El comunismo terminó efectivamente y la afiliación sindical disminuyó. Los partidos liberales atraídos por la política de la Tercera Vía del Presidente Bill Clinton y el primer ministro británico Tony Blair abandonaron su base de clase trabajadora. En el mundo industrializado, la globalización económica creó una mayor inseguridad en la clase media y los trabajadores pobres. En este contexto, el multiculturalismo y los inmigrantes se convirtieron en blancos fáciles para un nacionalismo blanco en ascenso. En la década de 1990, la creciente popularidad de políticos anteriormente marginales como Jörg Haider en Austria, Jean-Marie Le Pen en Francia y Vladimir Zhirinovsky en Rusia allanó el camino para futuros partidos y movimientos que romperían con mucho más vigor los tabúes antifascistas del pasado.

En la década de 1920, la extrema derecha había encontrado una manera efectiva de atraer adeptos culpando de todos los males de la nación a «razas degeneradas». Esta historia de eugenesia racial unió a conservadores como el presidente Calvin Coolidge y teóricos de la conspiración como Grant y Stoddard. «El reemplazo demográfico es un marco de referencia similar, que puede unir a indudables extremistas con conservadores  preocupados por el cambio demográfico», advierte Matthew Feldman, del Centro de Análisis de la Derecha Radical. «Una vez que ambos se suman, tienes mayorías potenciales en muchos países. Han encontrado una fórmula ganadora. No hay nada que haya visto que se acerque remotamente a contrarrestar esa fórmula».

 

 

La misma vieja historia

Cuando estalló la guerra en Yugoslavia a principios de la década de 1990, era la primera  sangría a esa escala en Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial. La posterior fragmentación del país también sería un gran paso atrás para el proyecto de integración europea. Aquí había un estado multicultural, el primero entre las antiguas naciones comunistas de Europa del Este en fila para ser miembro de la Comunidad Europea (más tarde, la Unión Europea o la UE), que un grupo de políticos balcánicos destruiría con oportunismo político, ideología nacionalista y arrogancia económica.

En ese momento, la limpieza étnica generalizada que tuvo lugar durante las guerras yugoslavas fue vista como un retroceso a una era anterior de genocidio (odios antiguos) o un ataque final de violencia que acompañaba el final de la Guerra Fría (antagonismos temporales). En cualquiera de estas alternativas, se miraba hacia el pasado.

Los estados post yugoslavos ya han dejado atrás esas guerras, y Eslovenia y Croacia incluso se han unido a la UE. Pero el deseo de pureza étnica no ha desaparecido, ni en los Balcanes ni en Europa en general. Hace muy poco, por ejemplo, han aparecido nuevos muros en los Balcanes (entre Macedonia del Norte y Grecia, Eslovenia y Croacia, Hungría y Serbia), esta vez para mantener una mayor homogeneidad al evitar la entrada de migrantes y refugiados de Medio Oriente y el Norte de África. Mientras tanto, la UE le paga a Turquía miles de millones de dólares para evitar que refugiados sirios desesperados se dirijan a Europa, al tiempo que invierte recursos en Libia para impedir que migrantes y refugiados crucen el Mediterráneo. Huyendo de la guerra y la pobreza, esos inmigrantes y refugiados solo han crecido en número a medida que el sentimiento europeo en contra de ellos ha alcanzado nuevas alturas.

La extrema derecha europea se ha elevado en la corriente de tal xenofobia. Animada por su éxito electoral, la extrema derecha ahora quiere dar un paso gigantesco que de hecho pueda devolver a Europa a los días de la limpieza étnica, no solo para excluir a los inmigrantes sino para expulsar a los que ya están allí. Esta política de «remigración» es el corolario activo del gran reemplazo.

Durante décadas, la derecha europea rechazó el multiculturalismo e insistió en la asimilación total de todos los inmigrantes. Ahora ha renunciado por completo a la asimilación. La plataforma del partido de extrema derecha alemán, Alternative für Deutschland (AfD), por ejemplo, dice: «Alemania y Europa deben establecer programas de remigración en la mayor escala posible». La AfD ya era el mayor partido de oposición en el Bundestag alemán, y aumentó de manera similar su representación en el Parlamento Europeo en 2019 y en los estados de la antigua Alemania Oriental en las recientes elecciones locales. La posición de la AfD sobre los inmigrantes es particularmente inquietante dado que los nazis, antes de embarcarse en la Solución Final, promovieron su propia versión de la remigración al proponer enviar a los judíos en masa a Madagascar.

Ideas como el gran reemplazo y la remigración, que se han infiltrado en el movimiento identitario durante casi dos décadas, ahora han vuelto a instalarse en los estados de la ex Yugoslavia. La extrema derecha ha encontrado un terreno fértil en Serbia y en las regiones serbias de Bosnia. Asesinos en masa como Anders Breivik en Noruega y el tirador de Christchurch en Nueva Zelanda han trazado una línea recta entre sus actos brutales y la limpieza étnica apoyada por criminales de guerra como el político serbio Radovan Karadžić durante el desmembramiento de Yugoslavia. De esta manera, los partidarios del gran reemplazo mantienen vivo el espíritu de la peor guerra que Europa ha experimentado en su territorio desde la Segunda Guerra Mundial.

 

 

Dime algo más

La respuesta obvia al relato del gran reemplazo de la extrema derecha, en Estados Unidos y en Europa, es promover políticas de inmigración y refugio más humanas y una visión más inclusiva de la sociedad. Pero esa historia, junto con las celebraciones del multiculturalismo, reverencias a la Estatua de la Libertad («Dame a tus cansados, tus pobres, tus masas que anhelan respirar libremente…»), y la repetición sin fin del lema oficial de la UE de «Unidad en la diversidad», no ha demostrado ser tan convincente para quienes en todo el mundo están ansiosos por su propio estado de deslizamiento hacia abajo en la sociedad.

Se necesita un mejor relato, que de alguna manera capture la misma dinámica de «nosotros» versus «ellos».

Créase o no, el gran reemplazo ya está sucediendo, pero no de la manera que la extrema derecha se imagina. Estamos a punto de ser reemplazados por un grupo salvaje de adversarios. Este enemigo es astuto y capaz de superar casi todas nuestras cuidadosas defensas democráticas.

La diferencia con la narrativa de la extrema derecha se reduce a pronombres. El «nosotros» en la contra-historia que imagino no es un grupo marginal. Nosotros somos todos nosotros, en un planeta que se calienta rápidamente.

En cuanto a «ellos», es tentador seguir el ejemplo de ese otro Camus, el escritor ganador del Premio Nobel Albert Camus, cuando comparó a los fascistas con las ratas en su novela La peste. La extrema derecha y sus colaboradores principales, junto con la industria extractiva de hidrocarburos, el sector financiero y los oligarcas corruptos, son ciertamente una forma de pestilencia, un «ellos» que debe ser contrarrestado. Desde 1965, solo 20 de las principales compañías de combustibles fósiles han producido un tercio de las emisiones de gases de efecto invernadero enviadas a la atmósfera. Y ahora son ayudados por Donald Trump y sus principales funcionarios ambientales y de energía, decididos como están a calentar el planeta hasta el punto de ebullición para su propio beneficio, y otras figuras similares en todo el mundo.

 

Renaud Camus
Albert Camus

 

Pero aquí está la cosa, no tenemos que trabajar duro para deshumanizar a los adversarios que se están liberando de nosotros, porque no son humanos en absoluto.

La lista de «ellos», por ejemplo, comenzaría con un zumbido de mosquito. Después de todo, como resultado del aumento de las temperaturas globales, los mosquitos portadores de enfermedades ahora se están extendiendo mucho más allá de su rango normal. Eso incluiría a los mosquitos responsables de transmitir los virus Zika, dengue y chikungunya. La fiebre del dengue, presente en solo 10 países en la década de 1970, ahora se puede encontrar en 120. Y no hay duda de que, a medida que el planeta se calienta, los mosquitos portadores de malaria regresarán a los Estados Unidos después de haber sido erradicados hace casi 70 años. El cambio climático también puede producir nuevos tipos de mosquitos que podrían ser aún más efectivos en la transmisión de enfermedades.

Para que no pienses que no vale la pena perder el sueño a menos que el mosquito esté zumbando alrededor de tu tienda de campaña por la noche, recuerda que esta pequeña criatura puede ser el peor adversario letal que la humanidad haya enfrentado. En su nuevo libro El mosquito: una historia humana de nuestro depredador más mortal, Timothy Winegard argumenta que, como resultado de las enfermedades que transmitieron, los mosquitos han matado a 52.000 millones de personas, aproximadamente la mitad de todas las que han vivido en el planeta. Esta pequeña criatura, en otras palabras, ha demostrado ser una fuerza verdaderamente genocida.

No son solo mosquitos, por supuesto. Los «ellos» a los que nos enfrentaremos incluirán garrapatas portadoras de enfermedades, ratas y una variedad de insectos devoradores de cultivos. Tales criaturas están detrás del escenario y alentando el cambio climático. Su ganancia, es nuestra pérdida: no es más complicado que eso.

No necesitamos un malvado invasor espacial para unir al planeta en una lucha común. El adversario está justo encima de nuestras cabezas y justo debajo de nuestros pies. Al combatir una peste que afecta a todos, podemos contar una historia inclusiva que puede atraer incluso a ex partidarios de Donald Trump, del gobernante húngaro Viktor Orbán y otros. La extrema derecha traza fronteras y excluye «indeseables». Siempre ganarán en ese juego.

Es hora de cambiar el guión. De hecho, estamos en la gran batalla de nuestras vidas. Cuando se trata de la crisis climática, un gran reemplazo se vislumbra en el horizonte. Resulta que los humanos y la civilización que nos acompaña pueden ser demasiado reemplazables. Es hora de que todos, y me refiero a todos, se unan, olviden nuestras diferencias superficiales y ganen esta batalla épica de nosotros contra ellos.

 

 

 

* Publicada en Tom Dispatch. John Feffer es el autor de las novelas distópicas Splinterlands y Frostlands,  y dirige Foreign Policy In Focus en el Instituto de Estudios de Política.

 

 

 

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2 Comentarios
  1. Marcela dice

    Ellos y nosotros tal cual!!! Macri lo hizo y lo hace.

  2. Carlos Reig dice

    Cuidado con las ideas supuestamente progresistas de estos intelectuales yanquis. Este, por ejemplo, no dice una sola palabra sobre el capitalismo, que está produciendo todos los desastres que describe. Además, une «asesinos seriales» con «políticos populistas». ¿Tendrá el mismo concepto de «populismo» que tiene Macri?

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