Emily, qué felicidad

Una osita encantadora

 

Hace algunas semanas te invité a escuchar una serie de versiones de Garota de Ipanema, el tema de Tom Jobim y Vinicius de Moraes que se cantó por primera vez hace medio siglo. Como suele ocurrir con esta página, un amigo me hizo llegar otra grabación. Antes de escucharla, dos cosas me llamaron la atención: la intérprete es una nena de 12 años y tiene como productor nada menos que a Quincy Jones, el indiscutido número uno desde mediados del siglo pasado, responsable de álbumes de Sarah Vaughan, Tony Bennett, Frank Sinatra, Miles Davis, Michael Jackson. Ganador de más Grammys que nadie (ya eran 28 hace dos años, y con casi 70 nominaciones). Si él puso el ojo en esa piba hay que escucharla con atención, como le pasó al público de Queen Latifah, otra cantante de primera línea, en su show de televisión.

 

 

 

 

Me impresionó como toca, sus armonías, que no hubieran disgustado a Bill Evans, y también cómo canta, cosa que esa noche hizo por primera vez en público. Fijate que nunca tiene delante suyo una partitura. Toca todo de memoria. Obama la llamaba la pequeña Mozart, cuenta Quincy, quien insistió que Emily no abandonara sus clases de música clásica con la principal solista de la sinfónica de Chicago, Mary Sauer, quien además la puso en contacto con John Williams, quien quedó fascinado. Con él, Emily empezó a escribir también para bandas sonoras de cine.

Después me puse a buscar otras grabaciones suyas y encontré el único concierto escrito por Schumann para piano, una de las grandes piezas del repertorio romántico, que está entre mis preferidos desde la primera vez que lo escuché, en la versión de Clara Haskill. Para mi viejo, Haskill era la reencarnación de Clara Schumann, la esposa del compositor, que lo estrenó en 1846 y siguió tocándolo durante 50 años.

Clara Haskill ya pasaba de los 50. En cambio Emily Bear lo grabó a sus 11 años.

 

 

 

 

Recordaba además la grabación de la insuperable Marthita Argerich, como algunos la nombran hasta hoy, y cuando la fui a buscar encontré que ella también lo interpretó a los 11 años, con la Sinfónica de Buenos Aires, dirigida por Washington Castro.

 

 

 

 

El sonido de este registro no es el ideal, pero escuchándola entendés mejor qué implica la frase niña prodigio. (Eli: ¿cómo habría que decir hoy, niña prodigia, niñe prodigie? Me encanta como le llamaban a Pau Casals en Cataluña: El Nen del Tost, por el café de Barcelona donde tocaba cuando era un purrete. De ahí surge mi preferencia por la supresión de la última vocal para el idioma inclusivo, que lo emparenta con el català antes que con el francés.)

Más allá de la palabra me impresiona el hecho de que una persona pueda obtener esos sonidos perfectos desde una edad inverosímil, trato de imaginar qué nos dice eso de nuestra especie y sus posibilidades infinitas. Cada vez más intrigado por Emily Bear, me enteré que empezó a tocar a los 2 años, cuando todavía usaba pañales y con un dispositivo especial para llegar a los pedales, distinto al que usaba Michel Petrucciani.

A Emily le gustaba escuchar las clases de piano que tomaba su hermano mayor, y al volver a casa tocaba todo lo que había oído, de pie sobre una banqueta. “Nunca sonó como una nena”, dijo su asombrada madre, Andrea. La abuela materna, la ex concertista y profesora de piano Merle Langs, no podía creer lo que hacía esa criatura de dos años. Escuchaba una melodía, se paraba frente al piano y la tocaba, cuenta Andrea, que llegó a pensar que alguien se había reencarnado en ella. Por supuesto, tiene oído absoluto, lo que le permite reproducir en forma exacta cualquier cosa que escucha, y no puede explicar su don. “Me sale así”, casi se disculpa.

 

 

 

 

Emily compone desde los 3, sin papel, directamente sobre el teclado. La madre lo graba, y alguien lo transcribe al pentagrama. Dio su primer concierto a los 5, a los 6 fue invitada a tocar en la Casa Blanca y a los 9 debutó en la sala de conciertos más famosa del mundo, el Carnegie Hall, con una pieza propia para orquesta de 100 instrumentos y coro de 200 y una versión del Vuelo del Moscardón, de Rimsky- Korsakof, que convirtió en un boogie-woogie.  Nunca una criatura había subido a ese escenario, donde fue aclamada. A los 12 podía contestar con inteligencia y sensibilidad preguntas de entrevistadores obvios. Cuándo le preguntan cuándo se dio cuenta del don especial que tenía, responde con naturalidad que sólo sabe que ama la música.

 

 

 

 

También puede componer improvisando, a dúo con otro pianista, quien se despide diciendo que las tres cosas más importantes del mundo son paz, amor y música.

 

 

 

 

 

Y paro aquí porque ya es demasiado largo. Esperen una semana y la seguimos.

 

 

 

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