En la mesa de los grandes

Lina Wertmüller: una aristócrata rebelde con anteojos kitsch

 

Está claro que lo hacía en joda, el tema es saber de dónde provenía el chiste. En un momento de su carrera a Lina Wertmüller le dio por ponerle a sus películas unos nombres kilométricos al estilo de las antiguas sagas europeas. Un ejemplo mayúsculo es la que aquí abreviamos como Amor, muerte, tarantela y vino, que era en realidad un título de 179 caracteres repartidos en 27 palabras. Todo un récord, inútil pero un récord al fin.

Como no parece tratarse de algo tan importante, y porque proponer teorías es gratis, me animo a decir que la humorada juega con el nombre completo de la directora: Arcangela Felice Assunta Wertmüller von Elgg Spanol von Braueich, tan aristocrático que no se puede decir sin detenerse a respirar, y tan kilométrico como los títulos de sus películas. Lina, como la conocimos todos, tuvo además una larga vida. Partió en diciembre de 2021 a los 93 años de edad y es una de las últimas protagonistas de una época inolvidable que nos regaló el cine italiano, parte de una generación que no fue bautizada y a la que no se le ha otorgado un prestigio como el que ostenta merecidamente el neorrealismo, pero que por la calidad y cantidad de obras magistrales me animo a decir que está en lo más alto de la historia del cine de Italia.

Como cualquiera puede ratificar, mucho del esplendor de aquel cine italiano se debe a sus grandes nombres y sobre todo a sus notables colaboraciones mutuas. Casos como los de Fellini con Massina, Scola con Mastroiani, Risi o Monicelli con Gassman. Esas prolíficas sociedades entre director y actor-actriz fueron sólidos cimientos sobre los que se edificó un cine de gran calidad y extrema popularidad, y suelen coincidir con los momentos más brillantes de sus carreras. Lina Wertmüller encontró rápidamente un socio creativo en Giancarlo Giannini, el protagonista de sus mejores cintas y con quien además se llevaba muy bien. Hasta dar con él, la breve carrera de Lina había pasado de algunos trabajos como productora de TV a ser asistente de Federico Fellini, luego a realizar un buen film debut (Les basilischi, 1963), una comedia con Rita Pavone y un spaghetti western por encargo, que ella pudorosamente se cuidó de firmar con seudónimos.

 

Directora y actor. La colaboración de Wertmüller y Giannini dio lo mejor de sus respectivas carreras.

 

 

La era Wertmüller–Giannini (y la de las películas con título kilométrico) se inicia con Mimi Metalúrgico en 1972 y consta de otros tantos films inolvidables como Pasqualino Settebellezze (gracias a la cual será la primer mujer directora nominada a un Oscar), Insólito destino… y aquella del título con 179 caracteres. Será su consagración como uno de los nombres fuertes del cine europeo y mundial, aunque acaso la proeza más impensada fue la de lograr junto a su colega Liliana Cavani que las mujeres comenzaran a sentarse en la mesa de los grandes realizadores italianos.

Film d’amore e d’anarchia, ovvero: stamattina alle 10, in via dei Fiori, nella nota casa di tolleranza…, o sea Película de amor y anarquía, o mejor dicho: esta mañana a las 10, en via dei Fiori, en el conocido burdel…, o bien Amor y anarquía a secas, es la segunda cinta del binomio. Una maravilla esperpéntica sobre el heroísmo, el poder, la sexualidad, la militancia política y el deseo, y que por tanto me obliga a elegirla como la primera cinta del relicario Wertmüller.

 

 

Un prostíbulo italiano de los años ’30. Santuario de los poderosos.

 

 

La historia transcurre iniciando los años 30 y tenemos a Antonio (Giannini), un joven campesino que llega a un prostíbulo de alta gama para consumo de las élites romanas. Allí pregunta por una tal Salomé para que aparezca la increíble Mariángela Melato, exuberante de maquillaje y personalidad, avasalladora en gestos y palabras. Ella lo recibe y lo aloja en el burdel diciendo que es su sobrino, cuando en realidad está ocultando que este muchacho tímido, de escasa cultura y con su rostro carcomido por la viruela ha llegado ni más ni menos que para ejecutar un atentado contra Benito Mussolini.

 

 

Antonio (Giancarlo Giannini) un tímido campesino destinado a convertirse en héroe.

 

 

Dicho esto, lo esperable es que todo conduzca a un enamoramiento de Antonio por Salomé, a la previsible fascinación del muchacho rural por la gran ciudad y las putas o en el peor de los casos a una alternativa consumación de su heroísmo anarquista. Pero nada de esto sucede, porque Lina Wertmüller no cuenta con un as en la manga sino con todo un mazo de naipes, y sabe cuándo lucirlos y cómo combinarlos. Sus intenciones van más allá, y es una delicia de ver cómo las va desplegando.

Para sorpresa de Salomé, Antonio rápidamente se revela como un tipo decidido y lo suficientemente metódico como para cumplir una misión tan trascendental y que seguramente pague con su vida. Y aún así, Antonio no podrá evitar que pasen cosas que lo desvíen de su objetivo. A medida que el atentado al Duce se dilata, comienza a dudar sobre su capacidad y sus ganas de jugarse por una causa que –esto es lo que explora Wertmüller en profundidad– no tiene para él el mismo significado ni las mismas motivaciones que para los militantes más formados y más cercanos a las cúpulas de mando, como el caso de Salomé. En la causa anarquista hay un beneficiario llamado pueblo, un colectivo del que él se sabe parte, pero que tal vez no merezca tamaño sacrificio, y sobre todo cuando se está perdidamente enamorado de una joven prostituta napolitana con quien puede imaginar otro proyecto de vida.

En Amor y anarquía podemos apreciar una vez más el talento de la directora para desarrollar en un espacio limitado múltiples tramas y representaciones. Hay muchas escenas en otras locaciones, pero el burdel en donde vive y trabaja Salomé y Antonio se esconde es el punto de confluencia. Su distinguida clientela de millonarios y poderosos que pavonean su virilidad apenas percibe que para las putas lo único interesante que tienen es su dinero. Discreto por fuera y estridente por dentro, por más que funcione totalmente de espaldas al resto del mundo como un santuario del poderoso, puede ser el lugar en donde se planifiquen los mayores actos de rebeldía. Y además, en un absurdo delicioso, es donde el mismísimo jefe de guardia del Duce (el notable Eros Pagni) se encame con una meretriz anarquista que le sonsaca plata, suspiros e información, esto último es lo más sencillo.

 

La prostituta anarquista y el jefe de seguridad de Mussolini.

 

 

Lina nos entrega una versión pesimista, o más bien un poco más sensata del periplo del héroe. Porque en las grandes causas, las que buscan dar un golpe de timón de verdad, no existen esos héroes que se bancan solitos el peso de los hechos. Su determinación individual no siempre es tal y tampoco es tan sencillo eso de pasar de ser un sujeto común a ocupar un sitial en la historia. Tal vez el planteo más osado de Wertmüller en Amor y anarquía (que bien podría re titularse Amor versus anarquía), es que los ideales políticos y sus necesarias acciones temerarias en muchos casos van a contramano de los deseos más profundos de quien las ejecuta. Y que conste que ésta es sólo una parte mínima de la artillería que disparó Lina Wertmüller durante su carrera de cineasta, con la mirada lúcida de una aristócrata que se amotinó detrás de sus anteojos kitsch, dentro de esa sana revisión de la historia política italiana que realizaron cineastas como Bertolucci, Scola, Bellocchio, Cavani o Francesco Rosi, aquella generación sin nombre de la que hablé en el inicio y que nos va dejando de a poco, dejando tras de sí una estela kilométrica de películas inolvidables.

 

 

 

FICHA TECNICA

Título original: Film d’amore e d’anarchia, ovvero: stamattina alle 10, in via dei Fiori, nella nota casa di tolleranza… / Año: 1973 / Duración: 122 minutos. / País: Italia / Guión y dirección: Lina Wertmüller / Música: Nino Rota, Carlo Savina / Fotografía: Giuseppe Rotunno / Reparto: Giancarlo Giannini, Mariangela Melato, Eros Pagni.

 

 

 

 

 

 

 

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