EN LA TIMBA DE LA VIDA

Entre la ludopatía y lo patético, los bingos, la ruina económica y el cerebro quemado

 

En todo el país se estima que florecen unas 70.500 salas de tragamonedas (en rigor, hoy en día tragan también billetes además de fichas) conocidas como bingos, aunque el tradicional juego de los cartones con números y una voz cantora ha dejado de ser la timba preferida. El podio lo ocupan ahora las maquinitas y a continuación, donde hay, la ruleta y otros juegos de casino. Artefactos tecnológicos automáticos que reinan en la provincia de Buenos Aires con unas 22.000 unidades, de las cuales casi la mitad pertenece a una sola empresa, la multinacional Codere que, en el primer trimestre de este año, sólo en España embolsó 357 millones de euros. Sin mayores datos locales, en 2012, los “juegos de ocio” –como los llaman sus empresarios— generaban en territorio bonaerense 60.000 millones de pesos. Una cifra, si se la compara con lo que dejaba YPF antes de su nacionalización: 58.000 millones. En tiempos de bonanza, como la década ganada, aumenta el monto y el número de jugadores dado que hay un excedente, que merma en momentos como los actuales. También porque el público de los bingos más frecuentados, los barriales, cercanos a las estaciones de tren, provienen de sectores medios y bajos. Enclavados en los rincones suburbanos, la mayoría de los bingos sólo permanecen cerrados entre las siete y las diez de la mañana.

Cifras contundentes que brinda Andrés Fuentes (Ramos Mejía, 1984) en La Cueva de los Sueños, Precariedad,  bingos y política. Información dura y aislada, la que encabeza estas líneas, y la más próxima al breve estilo sociológico, ya que la investigación anunciada por el autor se desplaza por otros andariveles. Se propone como “el resultado de alguien que se tomó el trabajo de pensar seriamente la joda”, sistematizado mediante categorías surtidas: lo anímico, los saberes, el lenguaje, la ética (moral, más bien), lo político. Incluidos en el sitial que la geografía urbana reserva a las instituciones, el bingo se instala en el mismo plano que la municipalidad, la comisaría, la escuela, la plaza y el banco. Espacio policlasista, convoca a las masas en forma inclusiva: “Los amos y los eslavos, los que se salvaron, los que la zafan o los que están tirados: todos ahí dentro”.

 

Andrés Fuentes.

 

Poca asepsia en el lenguaje hace que La Cueva… vaya incorporando en forma paulatina esa pasión propia de los juegos de azar… para quienes gustan de los juegos de azar. En segunda persona, el autor se dirige a “ustedes los jugadores” en el afán de mostrarles lo que hacen, pero no lo saben, como diría el filósofo materialista del siglo XIX. Sin embargo, en lugar de desbrozar el modo de producción material, Fuentes se aboca a la economía libidinal a partir de un par de ejes: la operatoria de “una máquina terapéutica sumamente eficaz” en una “dimensión política” capaz de “producir y gestionar vidas, en su mecánica para hacer existencia social”. En tales aspectos, los bingos en general y el fervor por escolaso en particular, quedan equiparados a “Tinelli, el porno, el fútbol, el evangelismo”.

Tesis audaces, por momentos de seguimiento farragoso, demanda al lector su neurona más flexible para saltar esquizofrénicamente como esa bolilla argentina cuando cae entre los números de la rula. Más que explorar sistemáticamente el azar como proclamaban los surrealistas hace un siglo, el libro ata ese azar al destino individual en su contingencia, “como pudo no haber sido. El problema es considerarlo absoluto y necesario”. De lo que colige una función social para los bingos: “Negar el rol del azar como fundamento radical de la vida”. Para esquivar una demostración por el absurdo, ensaya líneas argumentativas que oscilan entre el relato vivencial y el elogio a través del encuadre terapéutico. Mientras habla de juego, el autor describe la mayor de las veces la ludopatía, a la que le quita lo que le sobra y le agrega lo que le falta. Incorpora una función reparadora de “fuerzas anímicas” contra el daño causado por “la precariedad urbana”, constituyendo “una intensidad que motoriza seguir con las obligaciones de siempre”.

Con un lenguaje canyengue dotado de chispazos deleuzianos, Fuentes desenvuelve una argumentación hedónica: “La conciencia se abstrae de lo general y se transforma en un rígido radar donde la atención y la memoria se anclan en el presente continuo del juego, dilatando cualquier otro rincón de la conciencia que se ocupe de dar informaciones sobre el estado del cuerpo en la rutina reciente”. Poética acorde a la descripción de la subjetividad del jugador, se extiende a la clasificación de la fauna asidua mediante categorías pintorescas, capaces de tornar la peripecia adictiva en una caricatura simpática. ¿Hacer de la necesidad, virtud? Puede ser. En palabras del autor: “¿Cómo entender las corrientes del deseo combatiendo las corrientes ortibas y las fuerzas viciosas?” Y se responde: “La pregunta es si el deseo de timbear fortalece o debilita la fuerza de los cuerpos. Mientras que el ortibismo lo reprime y aplasta, el vicio es un catalizador que lo acelera”. La confección de categorías propias resulta entonces un arma de doble filo al definir un objeto con las características morfológicas de otro. Sucede cuando los sentidos muestran escasa distancia entre uno y otro, como entre deseo y goce (para resumir: el primero erótico, el segundo tanático), que el autor –de pasada— reconoce: “Un envión que en su inercia se disfruta pero también se sufre; un deleite que también es náusea”.

 

FICHA TÉCNICA

La Cueva de los Sueños –

Precaridad, bingos y política

 

 

 

 

Andrés Fuentes

Buenos Aires, 2019

142 págs.

 

 

 

 

 

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