Enfermos de política

Una política sin pasiones de los muchos es el mejor regalo para las derechas

 

Quienes vivimos de niños el fin de la dictadura padecemos la política como enfermedad. Sabemos por experiencia que ella raramente produce transformaciones y cuando lo hace es siempre en base a apasionados movimientos multitudinarios. Pero sobre todo sabemos que la democracia de la derrota, obsesiva por ajustar la relación entre representantes y representados, es incapaz de afrontar dilemas fundamentales de orden económico y social.

Estos dilemas se plantean hoy a la vista de todos como urgencia de la recomposición de ingresos de las mayorías populares. Es evidente que, dada la historia reciente y el dramático contexto actual, todo esto es más fácil de decir que de hacer. Pero también lo es que, al menos desde el punto de vista de un materialismo democrático, postergar esta recomposición social equivale a poner en cuestión el potencial mínimo transformador de la política.

Esta semana el gobierno nacional ha estrenado un nuevo sistema de alianzas. La mayoría parlamentaria que aprobó el acuerdo de refinanciación con el FMI abre la posibilidad de un nuevo apoyo legislativo en sustitución del desgastado bloque del Frente de Todos. La eventual fractura de esta coalición de origen antimacrista, se comprende mejor a la luz de la dificultad que el Poder Ejecutivo presenta a la hora de afrontar el problema de fondo de la recomposición de lo social.

La argumentación de quienes apoyan la unidad en base al acuerdo, sostiene que la moderación es el mejor camino hacia la transformación, sin aclarar si lo que se quiere decir es que la actual moderación táctica responde a una defensiva coyuntural ante una derecha agresiva o si más bien se considera que esa derecha ya triunfó en el mundo y que sólo queda la épica de la moderación, como última opción concebible. Da la impresión que dicen lo primero y piensan lo segundo. Si una eficacia tiene esta posición, es la conciencia de la inminencia: su modo de razonar se apoya en los términos inmodificable de una disyuntiva: pactar con el FMI el pago de la deuda en las condiciones presentadas por el ministro Guzman (el “mejor acuerdo posible”), o bien caer en cesación de pagos, lo que implicaría un cambio de gobierno (dado que el programa del Frente de Todos fue siempre negociar del mejor modo posible y pagar).

Por su parte, la fracción kirchnerista de la política ha denunciado que el gobierno de Fernández viene realizando un ajuste que llevó a la derrota electora del 2021, y que la negociación con el FMI supone un plan que —en el mejor de los casos— postergaría la urgente recomposición de ingresos por décadas. ¿Se deduce de esto que el Frente de Todos ha agotado su sentido en la coyuntura actual?

La política es transformadora cuando sectores vinculados a clases sociales subordinadas se descubren en condiciones de constituir mayorías en los distintos escenarios: de la calle al palacio, en los cuerpos y las ideas. La voluntad militante y el carisma de lxs líderes encuentran su justificación histórica como instancias de esta activación de lo popular. Pero deja de serlo, cuando se impone un cierto tipo de realismo, una creencia única —por más que se expresen con matices— según la cual se trata de pactar una adecuación (yo creo que imposible) de la reproducción social a las regulaciones del hoy resquebrajado mando financiero global.

¿Por qué no caer entonces en un escepticismo lúcido? Porque los momentos de entusiasmo multitudinario son excepcionales sólo desde el punto de vista de la visibilidad, pero no desde el de su larga preparación en el reverso de lo político; y porque toda tentativa de imponer en la practica políticas que aplacen demandas populares encontrará muy probablemente fuertes conflictos y resistencias, que son otras tantas situaciones privilegiadas para reorientar militancias y lenguajes; y porque toda apuesta al turbulento orden global no hace sino fracasar en un contexto de colapso acentuado (pandemia, incobrabilidad de deudas, guerra) que no hace sino devolver una y otra vez la pelota a quienes presienten que el actual formato de una política sin pasiones de los muchos es el mejor regalo para las derechas.

 

 

 

 

 

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