ENFRENTAMIENTOS NECESARIOS

Sólo ganan las batallas los que participan en ellas

 

La paciencia tiene un límite

El Frente de Todos se propuso en 2019 el objetivo electoral de desplazar al macrismo de la conducción estatal, y metas enunciadas en términos generales orientadas a recuperar posiciones alcanzadas por la mayoría social durante los 12 años de Néstor y Cristina, en un contexto caracterizado por serias dificultades entre las que sobresalía una impresionante e impagable deuda en dólares, componente central del dispositivo de entrega del macrismo, acerca de la cual se han conocido opiniones bien informadas pero insuficientemente difundidas.

No iba a ser fácil la tarea de gobernar con un proyecto político nacional-popular después de 4 años de políticas antinacionales, situación que se agravó con la pandemia, y ahora ante una guerra con fuertes connotaciones geopolíticas e incidencia directa en la economía del país. Tal vez consciente de tan compleja realidad, el pueblo que la padece ha sido prudente al plantear sus reivindicaciones. Sin embargo, el tono de la protesta podría acentuarse si se percibiera que, por encima del gobierno visible, hay un gobierno en las sombras que no sólo tiene poder de veto sobre cualquier política progresiva sino que obtiene para los suyos beneficios exorbitantes en medio de un momento dramático. Existe una especie de mito según el cual con el peronismo en el gobierno no hay desbordes populares, “el peronismo los contiene” dicen. Esta infundada creencia tiene un amplio arraigo, en particular, en el ámbito del poder económico más concentrado, que ante un gobierno peronista vacilante atropella con más fuerza; total, “el peronismo contiene”.

La insistencia en apelar exclusivamente al diálogo persuasivo para buscar consensos que no se han encontrado —y que evidentemente no se encontrarán— ha culminado en un fracaso político que se tradujo en mayores pérdidas, fundamentalmente para los sectores populares —como muestran los principales indicadores sociales—, y pone en riesgo la mal llamada paz social, esa que hasta ahora se mantiene al alto costo de la violencia ejercida contra la sociedad en su conjunto. Si con esa modalidad, que habilita ciertas decisiones y no otras, no se obtuvieron los resultados esperados en términos de distribución del ingreso en 2021, cuando se verificó una expansión económica relativamente importante que permitía márgenes de mejoramiento en el nivel de vida de les más vulnerables sin alterar sustancialmente las estructuras de explotación, menos se los obtendrá a partir de ahora, cuando se ha comprometido ante el FMI un límite al crecimiento del producto nacional. Si frente a resistencias previsibles dejan de usarse herramientas que ofrece el Estado —no obstante haber sido diezmado por la derecha— que permitirían recuperar capacidades de decisión, y no se sostienen políticas orientadas a restituir el ejercicio efectivo de derechos, no puede pretenderse que el pueblo perciba el compromiso del gobierno con sus necesidades.

 

 

 

Sobre la mentada unidad

Ese cuadro revela además que la cuestión de las modalidades en el ejercicio del poder ha dejado de ser un factor táctico favorable para convertirse en un problema estratégico: a esta altura de los acontecimientos, no es razonable negar que la forma elegida por el Poder Ejecutivo en las pulseadas con el poder real es una de las causas que han impedido avanzar hacia ciertos objetivos irrenunciables del gobierno popular. Así, este elemento está poniendo en crisis la necesaria unidad en la superestructura del Frente de Todos: se supone que Cristina, su inspiradora, no pensó este instrumento para ensayar una variante amable del régimen neoliberal, sino para que se constituyera en su antagonista. Se sabe además que la jefa política del kirchnerismo conocía a los convocados y es lógico presumir que se alcanzaron entre todes acuerdos mínimos, descartando la fantasía de creer que la indeterminación ideológica y el vacío programático sirven para mantener una “unidad” basada en la suma de integrantes irremediablemente heterogéneos.

Cuando se tiene una línea estratégica clara, se pueden y se deben hacer todas las concesiones tácticas necesarias: en nuestro caso no hay más remedio que reencontrar la convergencia en torno a acciones dirigidas a retomar un rumbo que conduzca, con alguna certeza, a las metas de la oferta electoral de 2019 y permita avanzar en nuevas conquistas de los sectores populares. En otras palabras, acuerdos sobre decisiones que impidan que, en lo inmediato, el crecimiento sea apropiado por 3 ó 4 vivos —CFK dixit— tal como está pasando y, en el mediano y largo plazo, que el crecimiento se materialice en una especie de progreso pastoril planificado por eslabones imperiales como las multinacionales cerealeras, con el único derrame que conocemos: los beneficios compartidos con sus socios o apéndices locales, como los grandes propietarios de la tierra.

 

 

 

Historia y buenos modales

Entre las enseñanzas que pueden extraerse de la cantera histórica hay una que quedó rotundamente confirmada: la teoría de influir sobre los factores de poder fáctico es infructuosa, equivale a decir retardataria: si no hay avance hay retroceso, si el gobierno es popular se debilita y las condiciones de vida de su pueblo se deterioran. A los realistas que ponen todo su empeño en el cálculo electoral y apuestan a persuadir al poder real —aunque más de una vez terminan siendo persuadidos—, “porque la gente no quiere más peleas”, es oportuno recordarles que venimos de una categórica derrota electoral que podría implicar el alejamiento irreversible de una parte decisiva de la base social y política del Frente de Todos.

Al recorrer el camino de la historia también puede observarse que un país con el desarrollo y la configuración económica de Argentina que aspire a reencontrar un camino de desarrollo autónomo con justicia social, requiere una fuerte conducción del Estado, coherencia y firmeza en la autoridad presidencial y mucha política entendida como diálogo con el pueblo, en el que debe involucrarse activamente la militancia —ni más ni menos que lo que la reacción llama despectivamente populismo—: el agravamiento de los problemas crea condiciones para dar un gran salto adelante en el esclarecimiento de las raíces de los males que aquejan al país y de las formas de terminar con ellos; si el avance político-cultural de la derecha tiene como pieza clave la despolitización social, la reparación de daños y el progreso nacional exigen la repolitización.

En esta línea, hay una constante histórica que ha podido verse con claridad en los días que corren: en países dependientes, la cuestión nacional y la cuestión social están indisolublemente unidas, una no puede resolverse sin la otra; no mejorará la situación de indigentes, pobres y capas medias si no se ganan grados de autonomía política y económica, y viceversa. Un gobierno popular podrá obtener alguna coincidencia parcial y circunstancial con la entente imperialismo-alta burguesía autóctona pero no un consenso pleno y permanente, salvo que arríe las banderas que había enarbolado. Recurrir a la historia no implica suponer que lo que era ayer es hoy y será mañana, sino todo lo contrario: desde una concepción dialéctica entiendo que ningún acierto es definitivo, que la verdad descubierta ayer no es invariable y, por lo tanto, que los aciertos del pasado pueden ser desaciertos hoy. Pero cuando las condiciones estructurales no han cambiado en lo esencial, es altamente probable que no cambien los fenómenos derivados de ellas.

En nuestros países, el resultado de la puja entre la nación y el maridaje antinacional que la acosa no es y nunca ha sido un problema cuya solución dependa de las buenos modales, la historia personal o los caracteres de quienes encarnan ocasionalmente esa disputa. Las responsabilidades personales, aunque importantes, son lo episódico. Lo fundamental es que hay enfrente un sistema basado en una ética de rapiña, que viste con el ropaje de las formas legales los instrumentos del despojo, con fiscales y jueces que le pertenecen. Se podrá camuflar con fórmulas como “ética de la responsabilidad” o “seguridad jurídica”, pero se trata de un conflicto de intereses cuya solución política en resguardo de los sectores populares impone como condición necesaria protagonizar momentos de enfrentamiento. La política no es calificación o descalificación ad hominem, y no se agota en el diálogo y la argumentación.

 

 

 

Voluntarismo

En una primera aproximación puede aceptarse que, en su acepción más conocida, el voluntarismo consiste en practicar o promover acciones basadas más en el deseo que en las probabilidades reales de que los objetivos buscados sean alcanzados. Por eso es razonable el cuestionamiento a los voluntaristas.

En política, actividad en la que priman los resultados, las connotaciones negativas del concepto no necesitan explicaciones; sí hay que decir que se observa cierta tendencia a adjudicar voluntarismo sin justificación a quienes asumen la actitud de encarar un conflicto de intereses en términos de confrontación, que es cuando aparece en escena la tan importante como escurridiza noción de relaciones de fuerza.

No es este el lugar para ahondar en el asunto, basta con señalar que con frecuencia los gobiernos populares —que suelen tener por horizonte subvertir el statu quo— deben iniciar acciones en condiciones de relaciones de fuerza desfavorables, razón por la cual una de las aptitudes políticas más valoradas de sus conducciones es la capacidad de revertir tal situación. Si esta posibilidad no existiera, la justicia social y las decisiones políticas soberanas serían una mera ilusión, algo que nadie que conozca la historia nacional puede admitir. Más aún, no se conoce ningún caso en el que transformaciones de ese tipo se hayan concretado tras la espera pasiva de que las relaciones de fuerza se volcaran en favor de sus impulsores. La ecuación que aquí y ahora favorece a los sectores reaccionarios no es argumento válido para permanecer en la inmovilidad, sólo ganan las batallas los que participan en ellas y sólo caen las correlaciones de fuerzas desfavorables si, como punto de partida, existió el propósito inquebrantable de vencer.

Ahora bien, a la luz de lo expuesto hasta aquí, entiendo que en la disputa con la derecha macrista y sus amos, son voluntaristas quienes suponen que los ataques de destrucción masiva contra las condiciones de vida de la mayoría, perpetrados con misiles como las corridas cambiarias o las desproporcionadas remarcaciones de precios cuya única explicación es la codicia, pueden ser neutralizados en caballerescas tertulias con los perpetradores que se conmueven con la condición de los pobres desde hace 200 años, y no quienes proponen enfrentarlos con el pueblo movilizado.

 

 

 

 

 

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