Entre el cielo y Massera

La Pastoral Social rindió homenaje a Víctor Lapegna, uno de los escribas del genocida

 

Víctor Lapegna, uno de los periodistas que trabajó al servicio de Emilio Eduardo Massera, falleció el año pasado y fue despedido con un sentido homenaje de la Pastoral Social pese a los testimonios de sobrevivientes de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) que desde el retorno de la democracia lo señalaban como un colaborador cercano al Almirante Cero.

Miriam Lewin es, de quienes sobrevivieron a la ESMA, quien tuvo el contacto más cercano con Lapegna cuando accedió a un régimen de libertad vigilada por parte de sus captores. Para 1979, Massera ya llevaba un par de meses fuera de la conducción de la Armada y armando su plafón para convertirse en el Juan Domingo Perón que él soñaba ser. Para apuntalarse, había usufructuado del Centro Piloto de París —una usina de difusión de la dictadura paralela a la embajada en Francia—, había montado el diario Convicción y el periódico quincenal Cambio, trabajaba en su Partido Para la Democracia Social y hasta armado una proto-agencia de noticias que funcionaba en la calle Libertad. Todas estas iniciativas se nutrían, de alguna manera, con la mano de obra secuestrada en la ESMA y se financiaban con el expolio de los desaparecidos de ese campo de concentración.

Pasaron 40 años, pero Lewin se sienta en un bar de la avenida San Juan y Tacuarí, y recuerda todo como si hubiera sido ayer.

Lapegna sabía todo. Sabía quién era Jorge Radice, que estaba en la oficina de Cerrito 1126 donde “trabajábamos”, y sabía que yo era una desaparecida— dice la periodista, que en ese entonces tenía 20 años y oficiaba de cadeta.

 

Víctor Eduardo Lapegna. Fuente: archivo del CELS.

 

Lapegna rondaba por entonces los 30 años, ya tenía entradas pronunciadas y le gustaba tomar whisky cuando escribía. Además era parte del elenco estable de periodistas que ocupaban la oficina de la planta baja de Cerrito 1126, a solo dos puertas del edificio donde Massera tenía su propio búnker en el piso 10. Allí estaban su hijo Eduardo y Radice, un integrante del grupo de tareas de la ESMA, que era contador y que supo ganarse el aprecio del Cero y convertirse en su mano derecha. Junto a Lapegna estaba su amigo Luis María Castellanos. También pululaba por allí el cronista televisivo Guillermo Aronin, a quien Lewin le concede menos densidad ideológica que a Lapegna y Castellanos. El equipo lo completaba desde Madrid Héctor Sayago.

Héctor Agulleiro fue parte de esa misma estructura periodística, que no estaba vinculada a lo que sucedía en Convicción — donde mandaba Hugo Ezequiel Lezama. A diferencia de Lapegna y compañía, Agulleiro, que llegó a ser directivo de Canal 13, solía visitar la ESMA. “Se comentaba que entraba a Capucha (donde estaban los detenidos-desaparecidos tabicados y con grilletes)”, cuenta la sobreviviente Graciela García Romero. Su recuerdo se confirma con el testimonio que dio otra sobreviviente, Silvia Labayru, en el juicio por plan sistemático de robo de bebés.

En el esquema del trabajo esclavo, a Cristina Aldini le tocó en suerte la agencia de noticias de la calle Libertad. “Nunca terminó de funcionar del todo. Alquilaron un departamento e intentaron armar una agencia de noticias propias. Había un teléfono que recibía llamadas y había un teletipo. Se recibían cables. Yo tenía que ir todos los días a partir de mayo o junio de 1979, y eso funcionó hasta fin de año. Había dos periodistas que llamaban o iban a reuniones. Uno era Lapegna”, dice.

 

De la revolución al masserismo

Lapegna recorrió todo el arco político en los últimos 50 años. De la militancia en la Federación Juvenil Comunista, la Fede, pasó al Partido Comunista Revolucionario (PCR). En 1970, terminó preso hasta principios de 1972. Se volvió consigna en las manifestaciones al negarse a salir del país para abandonar la prisión política.

Lapegna, tu lucha nos enseña— cantaban en esos años, le contó al periodista Osvaldo Aguirre.

Cuando salió de la cárcel ya no comulgaba con ninguna vertiente del marxismo y se había acercado a Guardia de Hierro, la organización de derecha peronista. Trabajó para la Agence France-Presse (AFP) durante los años ’70 y en octubre de 1977 fue detenido mientras cubría una manifestación de familiares de desaparecidos.

A Massera lo conoció, le contó a Aguirre, cuando lo entrevistó para AFP por un viaje a Rumania. Trabajó con él desde 1979 hasta la guerra de Malvinas y lo hizo como parte de un acuerdo entre el marino y Guardia de Hierro. “Fui uno de los redactores de muchos de los discursos que pronunció Massera durante su campaña política. Adicionalmente mantenía contacto con los medios, sobre todo con los internacionales, por mi paso por France Presse y establecía un sistema de relaciones de Massera con el peronismo por mis contactos periodísticos y de militancia”, le confió a Aguirre.

Diseñó la estrategia de prensa de Massera y ofició como su vocero — aunque no controló demasiadas crisis. En 1981, Massera terminó con días de arresto porque desde Cambio, la publicación que Lapegna dirigía, criticaron al gobierno de facto. En enero de 1982, llegó a las corridas a la casa del almirante retirado en la calle Soldado de la Independencia antes de que subiera al Ford Falcon que lo iba a llevar hasta Azul para cumplir diez días de arresto por haber dicho en una entrevista con un diario marplatense que él había propiciado como miembro de la Junta que se abrieran las listas de desaparecidos.

 

Nunca al Nunca Más

La llegada de la democracia le trajo problemas a Lapegna. En noviembre de 1984, enfureció cuando leyó su nombre en la nómina de represores que la revista El Periodista había publicado en formato de suplemento especial. El 6 de noviembre le mandó una carta documento a Antonio Tróccoli, ministro del Interior de Raúl Alfonsín, preguntándole si su nombre también figuraba en el listado de perpetradores que la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep) había entregado al presidente.

“Es totalmente falsa la condición de represor y torturador que se me atribuye, ya que no se corresponde con la realidad, ni con una trayectoria pública y notoria de carácter intachable; y que esas falsas y temerarias imputaciones afectan mi buen nombre, honor y mi seguridad personal, la de mi familia y mis posibilidades laborales actuales y futuras”,  se descargó.

 

Carta a documento enviada por Lapegna a Tróccoli contra la inclusión de su nombre como represor,

 

En diciembre de ese año recibió una respuesta del Ministerio del Interior, en la que le confirmaban que sí aparecía mencionado: lo estaba en el legajo 2365.

La que lo había denunciado entonces era Miriam Lewin. Volvió a hacerlo ante la Cámara Federal en el Juicio a las Juntas en la audiencia del 18 de julio de 1985. La mención de los nombres de los periodistas de Massera arrancó un aplauso entre los cronistas que estaban en la sala del Palacio de Talcahuano.

También contó que Lapegna estaba ahí cuando Radice dijo en la oficina de Cerrito: “Pobre Elenita, le pasó lo mismo que a las monjitas voladoras”, en alusión a la diplomática Elena Holmberg y las monjas francesas, todas víctimas de la patota de la ESMA.

 

Peronismos

Graciela García Romero se cruzó a Radice en una calle cerca de Congreso. Eran los primeros tiempos del gobierno constitucional. Hacía tiempo que secuestrador y secuestrada no se veían las caras. La saludó y le dijo que estaba militando en Guardia de Hierro. La mujer se sorprendió que el alfil de Massera estuviera dentro de las filas del peronismo.

Quien probablemente fue el nexo entre la derecha peronista y el marino fue Lapegna. Después del fallido intento del partido de Massera, los dos habían pasado a trabajar como asesores del diputado Mario Gurioli, un viejo cuadro “guardián”, relatan los periodistas Marcelo Larraquy y Roberto Caballero en la biografía de Galimberti. Para los 80, Lapegna escribía en Hechos e Ideas, la publicación de Guardia de Hierro, y en El Informador Público, un medio donde se difundían las internas militares y de los servicios de inteligencia.

Lewin se lo volvió a encontrar para 1989, cuando Carlos Menem hacía un acto de campaña en el Hotel Provincial de Mar del Plata. Para su espanto y el de su colega Olga Wornat vio que estaba con Castellanos y Radice, cantando la marcha peronista con los dedos en “V”. Lapegna abrazó con fuerza la causa menemista, e incluso llegó a publicar con Luis Calviño el libro La inevitable vigencia del “incorregible” peronismo. Del menemismo utópico al menemismo científico, que salió con prólogo del mismísimo Menem. La publicación fue parte de la campaña para apuntalar el retorno del riojano a la Rosada.

 

Un hombre de fe

Lapegna fue uno de los elegidos por Massera para concurrir el 18 de noviembre de 1982 a un encuentro en la calle Paraguay al 1800 con el Episcopado, que acaba de lanzar su llamado a la reconciliación. Los masseristas, encabezados por el vicealmirante retirado Eduardo Fracassi, llegaron a la reunión con un documento en el que decía que la reconciliación era “una difícil pero impostergable e imprescindible necesidad para restañar las heridas que nos dejó nuestro frustrante pasado reciente”.

A medida que pasaban los años, su fe y sus contactos con la Iglesia escalaban directo al cielo. En 2007, fue él mismo quien le sugirió a Jorge Bergoglio, por entonces arzobispo de Buenos Aires, que abriera la Catedral Metropolitana para hacer una misa en recuerdo del sindicalista José Rucci, asesinado 34 años antes. Aunque Bergoglio pegó el faltazo, sirvió para mostrar la unidad de la grey peronista anti-kirchnerista que se quejaba por la presencia de montoneros en el gobierno, como relató en ese momento Ámbito Financiero.

Un año antes, Lapegna había organizado una Corriente de Católicos Argentinos y Peronistas, junto a Calviño y a Pascual Albanese. El director de este medio, Horacio Verbitsky, publicó entonces que la agrupación de Lapegna era la pata peronista que el entonces arzobispo introdujo en el Primer Congreso de Evangelización de la Cultura, organizado por la UCA. También resaltó que Bergoglio había sido parte de los acuerdos entre Guardia de Hierro y Massera, que incluyeron un honoris causa al marino en 1977 en la Universidad del Salvador.

 

Misa por Lapegna oficiada por el padre Carlos Accaputo. Fuente: Pastoral Social.

 

En los últimos años Lapegna se dedicó a escribir sobre el Papa Francisco. Según Aguirre publicó en Socompa, preparaba una biografía del pontífice. El debate por el aborto, que emergió con fuerza el año pasado, lo encontró organizado en un grupo llamado Peronistas X la Vida. Murió el 15 de octubre del año pasado. Antes de cumplirse el mes de su fallecimiento, el 14 de noviembre, la Pastoral Social de la arquidiócesis de Buenos Aires le rindió un homenaje.

“Siendo un hombre tan firme y fuerte en su carácter, al mismo tiempo uno veía que disfrutaba aquello que hacía y testimoniaba; tenía siempre una perspectiva esperanzadora de la vida. Por eso supo ser buen amigo y por eso ésta acción de gracias”, lo despidió el padre Carlos Accaputo, a quien La Nación definió en 2013 como el operador de Bergoglio.

 

 

 

 

 

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