Entre el desdén y la guerra

Moscú eligió la guerra luego de un año de provocaciones y maltratos de la OTAN y Estados Unidos

 

Joseph Biden asumió la presidencia el 20 de enero de 2021. Se presentó como un mandatario pacífico y razonable. Algo así como la contrafigura de su energúmeno antecesor Donald Trump. Rápidamente buscó corroborar en los hechos ese perfil, para lo cual dispuso el fin de las “guerras interminables” que conducía su país en Oriente Medio y alrededores. En este sentido colocó un hito fundamental en Afganistán, teatro bélico que duraba ya 20 años, al disponer el retiro de la totalidad de las fuerzas norteamericanas apostadas allí, que comenzó en mayo y culminó el 30 de agosto de 2021.

La decisión de Biden fue el reconocimiento de un fracaso: el de Estados Unidos y el de sus numerosos aliados asociados a la OTAN, que acompañaron a la gran potencia del norte en esa aventura: Alemania, Bulgaria, Canadá, Dinamarca, España, Estonia, Finlandia, Francia, Hungría, Italia, Letonia, Noruega, Países Bajos, Polonia, Portugal, Reino Unido, República Checa, Rumania y Turquía, entre otros. Ninguno de los dos objetivos mayores de ese conglomerado –destruir a Al Qaeda y derrotar a los talibanes– fue alcanzado.

Respecto de estos últimos, ocurrió al revés: fueron avanzando en distintas zonas del país y tomaron Kabul el 15 de agosto de 2021, es decir antes de que se consumara el retiro de las fuerzas norteamericanas y de la OTAN. La conquista de la capital fue el golpe de gracia que selló el fracaso militar norteamericano y otanista en Afganistán.

 

 

Estados Unidos cambia de escenario

En 2021 se inició un sistemático despliegue de naves y aeronaves norteamericanas y/o de la OTAN hacia el Mar Negro, ya con Biden en la presidencia. El 2 de febrero de ese año dos poderosos cruceros norteamericanos, el USS Donald Cook y el USS Porter ingresaron a ese mar. Ambos son poseedores de un arsenal misilístico que se compone de los Tomahawk BGM 109, capaces de alcanzar entre 1.250 y 1600 kilómetros; los RIM 66, de alcance medio y los RUM-139VL, de lanzamiento vertical y de alcance corto, entre otros sistemas de armas. Ambos pertenecientes a la VI Flota norteamericana, con sede en Rota, Cádiz, España.

Lo anterior sucedió bastante antes de que se materializara la evacuación de Afganistán y sin mayores aspavientos. Poco después, en abril –antes también de que se formalizara la salida de Kabul– Biden aprobó la realización de vuelos de aeronaves norteamericanas sobre el Mar Negro para monitorear la actividad naval rusa, con la anuencia de Turquía.

Entre fines de junio y comienzos de julio se desarrollaron las ejercitaciones Sea Breeze, que se efectúan anualmente desde 1997 en el Mar Negro. Las de 2021 fueron las más importantes en ese cuarto de siglo. Participaron 20 países: Bulgaria, Canadá, Dinamarca, Estados Unidos, Francia, Georgia, Italia, Noruega, Polonia, Reino Unido, Rumania y Turquía, entre otros integrantes de la OTAN, más Moldavia, Suecia y Ucrania, que no forman parte de esa organización. Se desplegaron 5.000 efectivos, 32 buques y 40 aviones.

Durante su desarrollo se registraron no pocos incidentes. El 23 de junio el destructor británico Defender recibió disparos de advertencia de aviones y barcos rusos, en una zona cercana a Crimea. Y el 29 de junio sucedió lo mismo con una fragata holandesa que navegaba en una zona reclamada como propia por Rusia.

Terminadas las ejercitaciones, Vladimir Putin criticó ácidamente el comportamiento de la entente que las operó. En tanto que María Zakharova, portavoz del ministerio de Relaciones Exteriores, las caracterizó como “una muestra de poder provocativa… El Mar Negro está siendo convertido por Washington y sus aliados en una zona de enfrentamiento militar… Esto se está haciendo intencionalmente”. Más claro que el agua aunque se refiera a un negro mar. Se trató efectivamente de una provocación intencional. Los países ribereños del Mar Negro son sólo seis: Bulgaria, Georgia, Rumania y Turquía, que integran la OTAN, más Rusia y Ucrania. Dado que esta última participó de las maniobras militares Sea Breeze, ¿es muy difícil comprender cuál era el enemigo que tenían en mente sus participantes y comandantes cuando desarrollaron esas maniobras?

Por si lo anterior no hubiera alcanzado, a aquella ejercitación se le sumó luego una nueva visita norteamericana: a comienzos de noviembre navegaron el Mar Negro el destructor misilístico USS Porter, otra vez; el buque cisterna John Lenthall y el buque Mount Whitney, nave insignia de la VI Flota norteamericana. Poco después, en diciembre, el propio Putin informó sobre un drástico aumento de vuelos de reconocimiento de la OTAN en el antedicho mar. Todo este entramado de ejercitaciones, maniobras y vuelos ocurrido entre febrero y diciembre de 2021, ¿cómo debe ser calificado? ¿Como asedio, provocación, desafío o simplemente como paseos amistosos de la OTAN por ese magnífico mar?

 

 

Las conversaciones de enero

Visto el cariz que iban tomando las cosas y entre otros contactos y aproximaciones, en enero de 2022 se acordaron dos reuniones significativas entre Washington y Moscú. Una tuvo lugar en Ginebra, el 10 de enero, entre Putin y Biden. La otra se realizó en Bruselas al día siguiente, a la que concurrieron Rusia y la OTAN. En ninguna de las dos hubo aproximaciones; más bien predominaron las discrepancias.

En apretada síntesis y a estar por lo informado a través de los medios, Rusia expuso en ambos ámbitos que:

  • se limitaran las maniobras occidentales en Europa del Este y en el Mar Negro;
  • no se desplegara armamento ofensivo en las cercanías de su territorio; y
  • se mantuviera el statu quo ya existente respecto de la no incorporación de Ucrania a la OTAN.

 

Por su parte, el tándem Estados Unidos/OTAN:

  1. sostuvo el derecho a mantener la integridad y la soberanía de los Estados;
  2. llamó a respetar la libertad de los países para definir su política exterior y de seguridad; y
  3. planteó la necesidad de respetar las fronteras de cada país.

Al final de la segunda reunión, Wendy Sherman, subsecretaria de Estado de Estados Unidos y Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, expresaron que nadie podía interferir la decisión ucraniana de incorporarse a aquella. Como se diría en los medios taurino mexicanos, le aplicaron directamente a Rusia –en este caso el toro– el pase llamado “del desdén”.

 

 

Y Rusia fue a la guerra

Luego de prácticamente un año de sobrellevar las provocaciones y los maltratos de la OTAN y Estados Unidos, Rusia eligió el camino de la guerra. Sus opciones eran escasas. O aceptaba el ir y venir –poco menos que a piacere– de la OTAN por el Mar Negro y la cronificación del maltrato que aquel dúo le había venido propinando durante prácticamente todo el año 2021 o se disponía a ir a la guerra. Eligió, claro, lo segundo. Descartó el conflicto directo contra Estados Unidos, que contiene la alta posibilidad una mutua destrucción asegurada. Y eligió Ucrania, que estuvo en el centro de sus solicitudes y preocupaciones desde el comienzo.

Tomada esa decisión podría haber optado por circunscribir sus operaciones a la región del Donbas, cuyo territorio contiene una alta mayoría poblacional que es lingüística y culturalmente rusa, que está además sometida a una guerra civil desde 2014. O ir a una guerra mayor. Escogió esto último, que implica mayores riesgos, mayores sacrificios, mayores pérdidas y mayores desgracias para las sociedades civiles. Habrá que ver cómo se va desarrollando.

Desde luego resulta muy fácil cargarle las cuentas a Rusia, que obviamente deberá hacerse cargo de lo que ocurra en la desigual guerra en curso. Pero hay también una alta responsabilidad de Biden, que puso en marcha prácticamente desde el comienzo de su mandato una abusiva y torpe política contra Moscú, que ha desbaratado una razonable convivencia previa y atizado el conflicto entre dos grandes potencias nucleares.

Y aunque parezca un exabrupto convendría también examinar en profundidad y más allá de la chapucería mediática que acompaña a este conflicto, quién en el fondo agredió a quién en esta compleja circunstancia.

 

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