Entre el FMI y el 17 de octubre

Las tenazas externas e internas que aprietan al gobierno sólo serán neutralizadas por una irrupción popular

 

La acumulación de problemas irresueltos de vieja y nueva data, y el contexto pre-electoral de intensa disputa por los votos flotantes, crean un especial clima de tensión que converge sobre la Casa Rosada.

Con los días queda claro que el gobierno apostó inconscientemente, antes de las PASO, a un particular “si pasa, pasa”. El “si pasa, pasa” del oficialismo consistió en ver si, a pesar de no haber podido conseguir ninguna mejora distributiva significativa, los votantes del Frente de Todos iban a continuar acompañando con el voto, en base a consideraciones del estilo “qué importante fue el esfuerzo vacunatorio” o “todo este deterioro es por culpa de macrismo”. Es decir, si se convalidaba un viraje fiscal hacia posturas más ortodoxas, abandonando medidas de protección a los desamparados, para tranquilizar a “los mercados”. Pero una parte de lxs votantxs no dio lugar al “si pasa, pasa” y mostró su malestar, su decepción o su lejanía con lo que viene ocurriendo en el país durante 2021.

El gobierno no puede alegar inocencia, o mala suerte. Tomó opciones, desde que se inició la gestión, buscando no confrontar, no irritar y no enojar a diversas fracciones del poder, en consonancia con un discurso en el cual no existen en la sociedad intereses antagónicos, sino en todo caso individuos “miserables” que no entienden el concepto de bien común.

A cambio de este enfoque, de esta actitud concesiva, no logró que el poder corporativo lo valorara y aceptara como un gobierno potable. En las últimas semanas, el lobby empresarial boicoteó a través de su partido la Ley de Etiquetado Frontal, reclamó encendidamente por el derecho a despedir sin indemnización, comenzó a presionar sobre el dólar paralelo, “respaldó” al gobierno para que firme rápido un acuerdo con el FMI aceptando lo que sea, y de paso subió los precios 3,5%, revirtiendo la tendencia declinante que venía mostrando la tasa de inflación.

En las PASO, el gobierno se enteró que lo que sí estaba logrando era que su propio electorado comenzara a abandonarlo. Sólo entonces se dispuso a hacer cambios que refuercen sus posibilidades electorales, sin alterar por ahora su convicción fundamental que es no confrontar ni en el discurso, pero sobre todo en las cuestiones prácticas el consenso que alcanzaron entre sí los poderosos: la Argentina que dejó Macri está muy bien y debe seguir así.

 

 

Al borde de la ingobernabilidad

Son varias las cuestiones que se están negociando con el FMI. En principio el gobierno nacional cuestiona el sobrecargo en la tasa de interés que nos cobra el Fondo, por habernos “excedido” en la toma de crédito a ese organismo. Es vergonzoso que el organismo castigue a nuestro país por una decisión que no se tomó en Argentina, sino en Washington, para salvar al gobierno macrista. Parece posible que en este punto se arribe a un acuerdo.

También se está gestionando cierto margen de libertad para mantener restricciones cambiarias, que son contrarias a la filosofía del Fondo. Estas restricciones, que inauguró la gestión macrista, sirvieron para impedir que las reservas de divisas fueran arrasadas y que el tipo de cambio se ubicara en niveles astronómicos. Siempre conviene recordar que si el dólar asciende hacia el cielo, los salarios se desmoronan hacia el infierno. Este punto no está saldado, pero es de suma importancia para el actual gobierno, para no tener que afrontar complicaciones cambiarias inmanejables.

Otro punto delicadísimo es el de “cerrar la brecha cambiaria”, que en la jerga fondomonetarista significa que el dólar oficial se parezca mucho más al paralelo. Si eso se implantara en forma brusca, equivaldría a una fuerte devaluación, con el consabido salto de precios y no de salarios. El gobierno aún no le encontró la vuelta para evitar que todo movimiento en el dólar vaya a precios, cosa que técnicamente no se justifica, pero que parece una ley en el capitalismo salvaje argentino.

Y finalmente se están negociando metas macroeconómicas, que como todo ejercicio numérico puede ser muy divertido, pero que tienen muy distinto significado para cada lado del mostrador. Para la burocracia fondomonetarista, todo es cuestión de poner –o imponer— una serie de metas que confluyan en que Argentina pague todos sus compromisos externos, independientemente de lo que pase “adentro” del país. Para los funcionarios argentinos, que tienen detrás un gobierno con fuertes raíces populares, las metas no son inocuas, sino que encierran el futuro, la buena o mala vida de millones de compatriotas. Y también el destino político de la fuerza gobernante.

Para los altos empresarios que almorzaron esta semana con el Presidente en la Casa Rosada, lo importante es arreglar como sea. No tienen un proyecto de país alternativo al de los países centrales representados por el Fondo Monetario, y un eventual acuerdo, por más ruinoso que sea, mejoraría las posibilidades de acceder al crédito internacional a tasas más convenientes para sus negocios. Desde ya descuentan que si hubiera descontento social y se incrementara la protesta fruto de un acuerdo ruinoso, la función del gobierno del Frente de Todos sería clara: reprimirla, y/o usar su ascendiente popular para enfriar los reclamos.

La absurda pregunta sobre si la oposición va a acompañar parlamentariamente el eventual acuerdo se contesta sola: la oposición cambiemita está de acuerdo a priori con el FMI y con toda decisión sobre la Argentina que provenga del norte.

En el debate de candidatos porteños ocurrido esta semana, la candidata Vidal repitió algo que es un lugar común en su espacio político: si Macri se hubiera continuado a sí mismo en la presidencia de la Nación en 2019 no hubiera habido ningún problema de deuda externa, porque debido a la “confianza” que Cambiemos despierta en los inversores (financieros) internacionales, el país hubiera podido recurrir sin inconvenientes a nuevos créditos para pagar los vencimientos.

Vidal pasa por alto un dato histórico: que el despeñamiento del gobierno de Macri se inició cuando el propio ministro Caputo volvió del exterior anunciando a principios de 2018 que ya no les prestaban más sus amigos de las finanzas internacionales. Pero además, lo que la derecha neoliberal llama confianza no se refiere a que ellos sí saben manejar eficientemente la economía argentina, sino a que los prestamistas tienen confianza en que la derecha local está dispuesta a hacer lo que sea necesario con el patrimonio nacional para resolver los problemas externos.

No es confianza externa en la sapiencia, sino en el carácter entreguista de la dirigencia de ese sector.

 

Feletti y los precios congelados

Roberto Feletti, un valioso economista y funcionario público, fue puesto a cargo de una responsabilidad enorme en el momento actual. Entrar en la trinchera de combate de la Secretaría de Comercio Interior, en la que se juegan algunos de los precios relativos más importantes de la economía: los precios de bienes de consumo fundamentales, e indirectamente los salarios reales.

Lo que el nuevo funcionario explicó, desde que se inició su gestión, tiene que ver con cuestiones de sentido común que han dejado de serlo en el país carcomido por el pensamiento conservador: que los precios de los productos deberían tener relación con los costos que afrontan las empresas y con tasas de ganancias satisfactorias, pero no desmesuradas.

Ya decir eso generó “malestar” en círculos empresariales. Compatibilizar la actividad de ganar plata con algún objetivo social les parece completamente fuera de lugar y los que así piensan reciben inmediatamente su rechazo.

Desde diversos lugares de gobierno se viene insistiendo en la necesidad de un Pacto Social, para sacar a la economía nacional adelante. La propia Cristina Kirchner lo ha señalado en diversas oportunidades. Se recuerda el pacto social establecido durante la gestión de José Gelbard, en 1973, entre la CGT y la CGE. Las diferencias son tan enormes entre aquel país y el actual, que cuesta encontrar los paralelismos. Vale recordar que el gran empresariado de aquel momento tampoco quiso participar del pacto, y contribuyó activamente a su boicot, como denunció veladamente Perón en uno de sus últimos discursos.

La gran pregunta es por qué los grandes sectores corporativos tendrían que negociar algo con un gobierno que no representa ninguna amenaza, y adherir a valores –como el equilibrio social— que rechazan abiertamente, debido a su deterioro ideológico. La demostración teórica que una sociedad integrada es mucho mejor para ganar plata que una sociedad fracturada y conflictiva, no les mueve un pelo.

Ojalá Feletti reciba el respaldo político necesario para defender a la sociedad, y a la suerte del propio gobierno, de las aspiraciones de rentabilidad de los monopolios y oligopolios.

 

 

Una etiqueta para el capitalismo argentino

A las clases medias argentinas les gusta pensar que si no fuera por “los negros”, por su voto al populismo, a esos “monos drogados” como dice Espert, esto sería Europa, y todos tendríamos estándares de vida fabulosos, casi ahogándonos en la prosperidad.

Las ciencias sociales saben que los mitos no necesitan de fundamentos empíricos para sostenerse, y hasta pueden tener efectos performativos, como viene ocurriendo en nuestro país con las preferencias políticas de vastas capas urbanas.

Según el mito citado, estamos en el Tercer Mundo por culpa de los pobres y sus pésimos comportamientos, y no por los ricos, que son eficientes y hacen todo bien, por lo cual son ricos.

Pero recientemente ocurrió un hecho muy significativo, en términos del tipo de capitalismo en el que vivimos, que ilumina extraordinariamente cómo son realmente las cosas.

Se propuso una muy necesaria Ley de Etiquetado Frontal, destinada a informar a los consumidores sobre los eventuales efectos negativos sobre su salud de determinados alimentos.

Esta ley, que se aplica en varios países de Sudamérica, no tiene por supuesto ningún sentido anticapitalista, sino que ayuda a que el consumidor tome decisiones con más elementos, y hasta lo sensibiliza sobre cuestiones de cuidado personal y de su familia que son valiosas socialmente.

Se logró consenso en el Senado de la Nación para avanzar con la misma, pero en la Cámara de Diputados, Juntos por el Cambio, boicoteó su aprobación, en coordinación con diversos lobbies de las empresas interesadas en que nada cambie.

No se trataba de una ley que prohibiera directamente la producción de alimentos que dañan la salud —cosa que tampoco estaría mal—, sino sólo que advirtieran en su envase, en un lugar visible, sobre el carácter dañino para la salud de su consumo.

El caso es muy ilustrativo de las características del capitalismo en nuestro país, y de la mentalidad retrógrada de cierto empresariado. Para los que sueñan con ser Europa, proponemos un escenario hipotético: si a nuestro país le ofrecieran ingresar a la Unión Europea, ¿qué posición tomaría este tipo de empresarios? Es evidente: rechazarían esa opción debido al conjunto de normas y requisitos, ¡y controles! que tiene ese espacio económico para protección de los consumidores.

A pesar de toda la cháchara que despliegan sobre un capitalismo moderno, y sus pretensiones de representar la modernidad en un país bárbaro, mostraron desprecio por sus clientes y defendieron formas inaceptables y anticuadas de producción y consumo.

Preguntamos entonces: ¿quiénes son los que realmente nos mantienen en el Tercer Mundo?

 

 

17, 18; sé’gual

El Frente político que gobierna viene de recibir una fuerte advertencia electoral, que extiende su sombra sobra la segunda parte de su mandato. Al sacudón de las PASO le siguió una crisis interna, que develó una puja sobre el rumbo y los métodos de gobierno. La crisis abrió camino a una serie de cambios de funcionarios, desde el Jefe de Gabinete hasta la vocera presidencial, que muestran voluntad de realizar modificaciones pero no hay claridad sobre la dirección estratégica. Se reaccionó con una serie de medidas de alivio al bolsillo popular, que no arrojan luz sobre una nueva orientación en el tratamiento de las grandes cuestiones nacionales.

En este contexto, el 17 de Octubre vuelve a aparecer, por mero efecto calendario, como una fecha que incomoda. Son tantos los juegos políticos que se cruzan en este momento, que la profunda carga histórica de la jornada no puede ser eludida.

El “¡Únanse!” de Perón no se refería a que se unieran los políticos peronistas –que aún no existían— para ganar elecciones, sino a las bases peronistas, a los trabajadores, para tener poder político para cambiar el país semicolonial y profundamente injusto en que vivían.

El peronismo conservador no quiere saber de nada con ese legado, y se esfuerza por encontrar su lugar en el proyecto de mini nación que diseña la elite argentina basado en sus negocios particulares.

Otras fuerzas, trayendo al presente la rebeldía original de esa fecha, insisten en una convocatoria vigorosa y con un mensaje muy definido para el 17.

Las tenazas externas e internas que se ciernen sobre el gobierno nacional para que tuerza definitivamente su rumbo, sólo podrán ser neutralizadas por una gran irrupción popular, que vuelva a poner sobre la mesa las aspiraciones y los sueños mayoritarios.

Y tiene que ser de una forma tan ineludible que no pueda ser ignorada, ni siquiera por las activas fuerzas del atraso.

 

 

 

 

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