Entre la táctica y la estrategia

La importancia de recuperar una visión a largo plazo

 

La asombrosa indiferencia de una parte de la dirigencia peronista ante la proscripción de Cristina Fernández es comparable al ruidoso silencio del sistema político respecto de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. Cuestiones de importancia central para la Argentina, por su importancia intrínseca y por cuanto han merecido contundentes definiciones presidenciales: según Milei, Cristina “va a seguir presa porque es una chorra”, sentencia que no expresó en una conversación de café, sino como parte de su discurso en el Congreso frente a la Asamblea Legislativa del 01 de marzo de 2026. Siempre prudente, en el más puro estilo galtieriano, el Presidente aseguró: “Vamos a ganar la guerra”, refiriéndose a la guerra contra Irán, certeza que tampoco se le escuchó en un bar sino en una conferencia a estudiantes de una universidad norteamericana, donde —tras manifestarse “orgulloso de ser el Presidente más sionista del mundo”— ratificó su alineamiento y comprometió directa y activamente al país en el conflicto.

Como en cualquier organización, en el peronismo y aledaños siempre hubo oportunistas e ingenuos; caracteriza a unos la diligencia para prestar ayuda en auxilio de los triunfos, propios o ajenos, y huir en las derrotas; a los otros la dificultad para entender lo que está pasando. Pero también hubo quienes sobresalieron por su sólida formación política, conciencia histórica y alto compromiso, condiciones que se pusieron a prueba en situaciones críticas para el país y el movimiento, como su prolongada proscripción y el exilio de Perón. Es cierto que desde entonces ha pasado mucha agua bajo el puente, pero los proscriptores y sus razones son los mismos: el imperialismo norteamericano y las oligarquías locales necesitaron y necesitan anular las oposiciones/opciones reales a sus intereses. 

Sin embargo, una cuestión decisiva hace la diferencia: la actual escasez relativa de dirigentes de aquella estirpe, militantes que definían sin tapujos qué intereses representaban y actuaban en consecuencia. Entre ellos, pueden contarse a Arturo Jauretche y a John W. Cooke, que no tenían las mismas ideas, no habían transitado el mismo camino político y ninguno de los dos tuvo una relación de romántico sometimiento a Perón: no se trata de eso, sino de reconocer la importancia clave que tiene un liderazgo para el movimiento popular en su inevitable disputa con las oligarquías. Ese déficit es causa y consecuencia del retroceso que han sufrido las posiciones del movimiento, una derrota tendencial que arrancó hace 50 años y que ha generado escasez de cuadros, lo que a su vez acentúa la tendencia al retroceso. Tal causalidad circular obedece a que cuanto más pronunciada es la regresión, mayor es la asimetría de poder entre los contendientes y, por lo tanto, la lealtad a la causa y la recuperación político-social de los sectores populares requieren mayores niveles de conciencia y compromiso. Esta es una razón para recurrir a la historia como estímulo, algo que algunos confunden con nostalgia. 

Con frecuencia se escucha que “ahora la derecha habla sin inhibiciones, ya no simula...”. Es uno de los tantos lugares comunes que no tienen fundamento: Milei ha roto los códigos de los caballeros bien educados, pero habla de libertad cuando milita el sometimiento y promete el cielo mientras nos lleva al infierno: a esta altura de la soirée hay que dejar de lado la hipótesis de que es un fanático en sus convicciones. Es un simulador que decide conscientemente en favor de sus amos y conoce las consecuencias que sus decisiones tienen para los sectores populares.

En esta línea de ocultamientos debe ubicarse un asunto crucial, ya no sólo para el peronismo, sino para la democracia argentina: si en el siglo pasado se proscribió al movimiento y a Perón recurriendo a una sucesión de golpes de Estado y gobiernos civiles de origen ilegítimo, en la actualidad alcanza con proscribir a Cristina porque una amplia fracción de la superestructura peronista ha sido domesticada. Con lo cual los sectores dominantes han concretado uno de sus históricos anhelos, como puede comprobarse considerando el comportamiento de la mayoría de los gobernadores del PJ y/o que alguna vez pertenecieron. Algunos son descendientes políticos de aquellos que en su momento presionaron para imponer las candidaturas de Scioli, Alberto Fernández y Massa. Estas candidaturas, antes y ahora, están empaquetadas en el omnipresente “dedo de Cristina”, que forma parte de la narrativa de acoso y derribo. 

Al proscribir sólo a CFK mediante el aparato judicial y el discurso de la “chorra”, se construye una ficción democrática efectiva, suficiente para ocultar la ilegitimidad del sistema. Al mismo tiempo, se excluye de la escena a la única dirigente que hoy puede exhibir probadas capacidades políticas para conducir el bloqueo del proyecto reaccionario y encausar al país y a su pueblo hacia un desarrollo emancipador. La sutileza del mecanismo es parte inescindible de la ficción mayor que nos define como semicolonia. Este estatus dificulta la percepción de dominación dado ese (pseudo)funcionamiento institucional y los contradictorios honores que el mileísmo rinde a los símbolos patrios. En una colonia, la dificultad desaparece: los soldados del dominador están en cada esquina. La efectividad del dispositivo es tal que no sólo ha hecho mella en ingenuos propios y extraños, algunos convencidos —otra vez— de que “algo de lo que dicen habrá hecho”, etc., sirve también como argumento a los vivos que imaginan ser beneficiarios de la proscripción. No es necesario hacer un esfuerzo para comprender que el aparato judicial del régimen vio luz verde para dar el golpe final, no tanto en el anuncio de la candidatura de CFK por la tercera sección electoral de la provincia de Buenos Aires en las últimas elecciones, como en el debilitamiento de su situación política cuando dirigentes peronistas cuestionaron y resistieron su postulación a la presidencia del Partido Justicialista. Se había alcanzado, ahora sí, el punto de caramelo para la embestida.   

Sabemos por la experiencia histórica que semejante herida a la legitimidad del sistema no es una entelequia, tampoco una disquisición académica y menos un problema moral; es un serio problema político, una fuente de insatisfacciones e inestabilidades. Algo que parece haber pasado desapercibido para compañeras/os apuradísimos por encontrar “un candidato competitivo” para 2027. 

A la luz de los hechos, el desdoblamiento de las últimas elecciones en la provincia de Buenos Aires resultó ser un grave error, en el mejor de los casos atribuible a falta de experiencia política: el contundente triunfo del peronismo el 7 de septiembre de 2025 encendió las alarmas del trumpismo/mileismo, que puso toda la carne en la parrilla y dio vuelta el resultado en la elección para legisladores nacionales del 26 de octubre de 2025. Así, en lugar de hacer de los comicios un freno al avance reaccionario, el triunfo de Milei dio impulso a la profundización del ataque a los trabajadores y a la entrega y saqueo del país. Fue una derrota trascendente, teniendo en cuenta las importantes dificultades que tendrán los sectores populares para revertir los severos daños infligidos a la nación y al pueblo argentino, más que para alcanzar el gobierno. El tacticismo, basado en el manejo del calendario o en el marco de alianzas, inspirado o no en proyectos personales, puede conducir al triunfo en una elección. Pero también y simultáneamente puede llevar a una derrota estratégica. Por esta razón, es central no perder de vista los objetivos principales del proyecto político del que se forma parte. 

La aparente paradoja encierra un alto riesgo para las representaciones populares, no para los representantes del poder real que exhiben una consolidada conciencia de clase y, con o sin la conducción del Estado, cuentan con resortes para alcanzar sus objetivos o vetar las principales iniciativas de su antagonista social. En cambio, en países dependientes, es altamente probable que los gobiernos populares paridos en un triunfo electoral con fundamentos meramente tácticos sean débiles por definición. Para afrontar sus disputas con el poder, contarán con una endeble estructura condicionada por las conveniencias de corto plazo de los aparatos que lo integran. Así, los acuerdos que hicieron posible el triunfo serán inestables. En tales condiciones el gobierno se paraliza, desconoce los compromisos con sus votantes y queda a expensas de los sectores dominantes, que no encuentran mayores dificultades en cooptar sectores del oficialismo. La película termina en una frustración popular.

El tacticismo no es nuevo. Lo que llama la atención es que en la actualidad el sistema político se (des)ordena con fuerte preponderancia de su versión pura y dura. A tal punto que se han borroneado las fronteras de las identidades políticas y, por lo tanto, del mismísimo campo popular. El peronismo no ha sido ajeno a este proceso, por eso corre el riesgo de completar el tránsito por el camino que va desde el kirchnerismo, que le devolvió su extraviada razón de ser en la historia, a convertirse en un nombre vacío, pasando por la estación de “gigante invertebrado y ciego”. Se entiende entonces la importancia de recuperar una visión estratégica, a partir de la cual pueden ganarse o perderse elecciones. Pero perder se considera un episodio más en la dinámica del proceso político, no una caída dramática e irremediable. Cuando se gana, el gobierno tiene bases sólidas para encarar las transformaciones siempre resistidas por los poderosos.

Cabe señalar que en nada contribuye la dinámica del sistema político ampliado: la agenda mediática y las preocupaciones de unos cuantos protagonistas estaban agotándose en el análisis que buscaba descubrir por qué Cristina se reunió con Pichetto y por qué Kicillof le dio la mano a Macri cuando, para completar, el jefe de gabinete, Manuel con la tuya Adorni, acaparó la atención con sus incursiones en Estados Unidos y Punta del Este: no sorprende que un importante funcionario de un gobierno corrupto sea corrupto. Tampoco sorprende que estos asuntos se juzguen más importantes que los compromisos asumidos por Milei en el viaje que hizo con Adorni, como la adhesión al “Escudo de las Américas”, una iniciativa de Trump que militariza la seguridad interna en nombre de la “lucha contra el narcotráfico”, y el peligroso involucramiento del país en la guerra contra Irán señalado más arriba.

Dos cosas están quedando claras en Medio Oriente: 1) esta guerra no será un paseo para los amigos de Milei, no habrá un escenario como el de Venezuela, y 2) en el devenir de la guerra, Trump ha abandonado a su suerte a los aliados de Washington en el golfo, ignorando los publicitados intereses de seguridad y estabilidad que sentaron las bases de esa alianza. La guerra israelí-estadounidense contra Irán se lanzó sin consultar a los países del golfo, a pesar de que también se libra en sus territorios: ni más ni menos que el tradicional trato del imperio a los aliados. Teléfono para Milei.   

 

 

 

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