EQUILIBRIOS

Una nueva estructura productiva impondrá una nueva distribución del ingreso

 

La pandemia les ha sustraído a los economistas del mainstream el indicador excluyente de sus diagnósticos respecto del estado de la economía, la tasa de crecimiento. Naciones centrales y periféricas registrarán en 2020 un retroceso en el tamaño de su PBI. Tampoco podrán evaluarla analizando el éxito o fracaso de los resultados fiscales consolidados. Tanto las ofertas como las demandas agregadas de todos los países quedarán sujetas a reducciones. Pero lo que permanecerá como una herida abierta en el cuerpo del mundo de la globalización financiera es la desigualdad, la miseria conviviendo en sociedades opulentas, el retroceso de las capacidades de atención sanitaria, el incumplimiento con derechos humanos elementales.

El retorno en la Argentina de un gobierno de carácter democrático, nacional y popular se topó con la pandemia a pocos meses de haber asumido. Adoptó frente a la misma una actitud preocupada, que este viernes 31 de julio volvió a usar el tono severo, dramático y atento con que se había iniciado una política que se puede identificar con el lema primero la salud. También, la circunstancia de ese drástico cambio de vida y de dinámica en la economía mundial abrió el camino para que el Presidente cuestionara el capitalismo existente e hiciera una reivindicación del valor de la igualdad, objetara el hiperconsumismo y expresara la necesidad de un cambio de la lógica con que se movía la economía global contemporánea.

Transcurridos más de cuatro meses de pandemia, mientras su extensión y gravedad se intensifica a nivel mundial –y también en nuestro país—, confrontan dos perspectivas respecto del futuro de la vida económica en la Argentina.

  • Una restauradora de las condiciones previas.
  • La otra, transformadora.

Las instituciones representativas del gran empresariado argentino son tributarias de la primera. La AEA, por ejemplo, ha señalado que es “al sector privado al que le corresponde asumir la responsabilidad de controlar, dirigir, y administrar a las empresas en la Argentina”, y se pronunció en contra de la presencia del Estado en una empresa que interviene en el comercio exterior. La UIA, menos doctrinaria, pero en sintonía con la prédica antiestatista, reclama del sector público subsidios, rebajas impositivas, moratorias tributarias, pero es siempre favorable a promover flexibilizaciones laborales que mejoren la correlación de fuerzas del capital frente al trabajo.

En términos de la economía política, el tema fundamental al que se aboca es a la distribución del ingreso. Respecto de los objetivos de la igualdad y la reducción de la pobreza ese reparto resulta sustantivo. Pero para que sea factible es indispensable la intervención del Estado en la economía. La legislación, las políticas salariales testigo del sector público, el salario mínimo vital y móvil y el funcionamiento adecuado de las convenciones colectivas de trabajo persiguen una determinada distribución del ingreso. En general se puede afirmar que en el marco de gobiernos de raigambre popular se despliegan políticas distributivas que favorecen a los trabajadores y a los sectores más carenciados. En cambio, las políticas flexibilizadoras del mercado de trabajo, el debilitamiento de las organizaciones sindicales y la ausencia de la participación del Estado en la economía persiguen aumentos de la tasa de ganancia respecto de los salarios.

 

 

La restricción externa

La Argentina afronta cíclicamente sus episodios de restricción externa. Cuando la economía crece, también lo hace la industria, que requiere de insumos importados y se expande la necesidad de divisas que demanda el aparato productivo. La exportación concentrada en el tradicional sector agropecuario, que goza de ventajas naturales, depende en precios y cantidades exportadas del mercado internacional. Si sus condiciones son las habituales, entonces el impacto de la expansión tendrá un límite. Hoy existe consenso de la necesidad de expandir las exportaciones industriales con el fin de alejar lo mayor posible la restricción externa. Pero respecto de cómo hacerlo las posiciones están enfrentadas.

Lo que no está en duda es que un mayor nivel de exportaciones depende de la competitividad de la economía y de un cambio en la estructura productiva que amplíe la canasta de bienes exportables. Respecto de la primera se abre una importante discusión distributiva. La pregunta es: ¿cómo se aumenta la competitividad?

La visión conservadora y resignada respecto de la estructura económica argentina entiende como la herramienta central de estímulo de las exportaciones, lo que habitualmente se llama competitividad espuria. La competitividad espuria radica en depreciar el tipo de cambio para bajar el salario en dólares y disminuir el costo empresario. Como se observó en la historia argentina, esas devaluaciones provocan inflación y el descenso de los ingresos en dólares se resuelve en una baja del salario real en pesos. O sea que el aumento de la competitividad de la economía se lograría bajando los salarios. Pablo Gerchunoff, un economista actualmente devenido en vocero refinado del establishment, se las ingenió para plantear un dilema de la economía argentina distinguiendo entre un tipo de cambio de equilibrio macroeconómico y otro de equilibrio social. Una forma elíptica de sostener que el nivel de vida culturalmente ganado por los asalariados argentinos era incompatible con la estabilidad macroeconómica. Su dilema le abre el camino para tratar de consensuar corporativamente un salario menor al socialmente requerido por los trabajadores, aunque buscándole la vuelta para que sea un poco más alto que el que se supondría de equilibrio macroeconómico.

Los empresarios argentinos frecuentemente se quejan de problemas de productividad del trabajo en la economía nacional. Sin mayores honduras, la productividad del trabajo resulta de la cantidad de unidades producidas por trabajador ocupado en un tiempo determinado para una planta productiva. El peor de los sentidos comunes que utiliza el empresariado local en su argumentación es que la productividad depende del esfuerzo de los trabajadores. Sin embargo, en los procesos productivos y, mucho más en los de alta complejidad de la contemporaneidad, la productividad depende de la dotación y modernidad de los equipos y máquinas con que la producción se lleva a cabo y de la potencialidad de la tecnología empleada. Estas cuestiones no son responsabilidad de los trabajadores sino de los empresarios. Depende de sus decisiones de inversión.

La gran pregunta es con cuál modelo económico-social se alcanza un progresivo, genuino y estable aumento de la productividad real de la economía. Aquélla que no facilita competitividad espuria, sino efectiva. Esa productividad es la que proviene de la Inversión.

 

 

La alternativa es entre bajar el salario y, por lo tanto, incrementar la tasa de ganancia, o aumentar el salario, ensanchando el tamaño del mercado interno y, así, con una menor tasa de ganancia, mantener un nivel de beneficios importante por la dimensión de la masa de ganancias. Es una elección de política fundamental, porque la respuesta a esta pregunta arroja claridad respecto a si la inversión empresarial se relaciona más con el nivel de demanda de la economía o con la tasa de beneficio.

 

 

Para el gran empresariado argentino esta reflexión adquiere una vuelta más de complejidad en la época de la financiarización. Las organizaciones empresariales han hecho ya su elección. Promueven salarios bajos, poca intervención estatal, flexibilización laboral, tipo de cambio alto y liberalismo económico. Sin embargo se observa que la tasa de inversión en los períodos en que ha regido este tipo de política ha sido más que modesta, la reprimarización de la economía intensa y el crecimiento del producto nulo o descendente, como ocurrió en el período de Macri.

El fenómeno que explica la relación entre el entusiasmo liberalizador y los magros resultados en diversificación productiva, crecimiento y competitividad debe encontrarse en la financiarización de ese empresariado. Sería inexplicable, si no, por qué la UIA en su último documento-powerpoint ha solicitado, en un momento más que inadecuado, la liberalización progresiva del mercado de cambios. El comportamiento del gran empresariado es la obtención de un volumen de ganancias relativamente importante en el corto plazo, para su dolarización, especulación financiera y el destino de buena parte de ellas a la fuga de capitales y constitución de activos externos. Los grandes empresarios no constituyen una burguesía nacional, con la perspectiva de mediano plazo puesta en construir un mercado interno poderoso. El tipo de cambio Gerchunoff les viene como anillo al dedo. Su presencia en la economía argentina está fuertemente atada al endeudamiento externo para la fuga.

 

 

La cuestión de la igualdad

Pero hay una cuestión adicional que radica en la contradicción de esa macroeconomía y proyecto de país con el objetivo central de esta etapa histórica para una Argentina desarrollada y autónoma. Es la cuestión de la igualdad. De la cual la distribución del ingreso es fundamental. Tanto la funcional (entre propietarios de medios de producción y asalariados) como la personal (entre los deciles pobres, medios y ricos de la población). Esta etapa histórica de nuestro país, que eligió un gobierno democrático, nacional y popular, no podrá ofrecer crecimiento –por lo menos hasta que la pandemia y sus efectos posteriores se retiren—, ni de la producción, ni de las exportaciones. ¿Qué puede resolver hoy, entonces, un gobierno de ese carácter? Más igualdad. Reducir la miseria. Reestructurar el diseño productivo. ¿Se trata simplemente de redistribuir ingresos y riqueza? No sólo. Eso mejorará algunas condiciones de vida, pero para otras hay que cambiar la matriz productiva. Esta ya no habrá de tener el perfil para atender el sobreconsumo de los sectores medios altos y altos, sino que deberá ser mucho más rica en bienes públicos (aquéllos cuyo uso es para todos: plazas, transporte público, infraestructura recreativa gratuita y/o accesible, acceso a la cultura, y en general todos los servicios que atienden al respeto de los derechos humanos).

Ese cambio de estructura productiva cambiará la demanda. Ya no habrá tantos bienes y servicios novedosos con insumos importados abundantes –como los automóviles  o equipos electrónicos de alta gama— para la demanda de los sectores de altos ingresos. En cambio habrá más bienes y servicios para los masivos sectores populares. La nueva estructura productiva impondrá una nueva distribución del ingreso. Y esa estructura productiva no será un efecto de la financiarización que desnacionaliza la vida nacional. Más bien será el resultado de decisión democrática del pueblo. Para lo cual se requerirá una gran inversión en ciencia y tecnología. Esta perspectiva nos remite al espíritu más vigente que nunca de Oscar Varsavsky, respecto a sus pensamientos en tecnología quien en su texto Estilos Tecnológicos reflexionaba: “Nuestro punto de partida es que a pesar de esa base innegable y a pesar de las cosas interesantes que cada año tiene para ofrecernos, ese ‘estilo tecnológico’ de los países dominantes tiene demasiado de mito. No es el único posible ni el más adecuado para construir una sociedad nueva y mejor. No puede ser rechazado en bloque pero menos aún aceptado en bloque, tanto en sus resultados como en sus métodos y modalidades. Tampoco alcanza con la actitud del comprador inteligente, que elige lo que le conviene: cuando empezamos planteando nuestros propios objetivos, encontramos que esa tecnología no tiene respuesta para muchísimos de los problemas prácticos que esos objetivos nos obligan a resolver, y debemos entonces adoptar una decidida actitud creativa y construir nuestro propio estilo tecnológico”.

Estas miradas sobre las cuestiones distributivas, de autonomía tecnológica y de perfil productivo no imaginan que un cambio estructural para la construcción de un modelo nacional y popular haya de provenir de un decisión burocrático-estatal sino que, como afirma Martín Abeles en el número extraordinario por el 40 aniversario de la revista FIDE, dependerá de “la existencia o no de un actor social capaz de orientar en esa dirección. En ese sentido, el problema no pasa por la conformación de una agenda estatal y un equipo de gobierno esclarecido en materia de desarrollo industrial y tecnológico, sino por la demanda de un cambio estructural proveniente de los actores sociales”. Frente a la resistencia a la intervención pública que se ha expresado por parte de los sectores defensores del viejo régimen prepandemia, se evidencia la necesidad de fortalecer una creciente organización política de las mayorías populares que necesitan y desean un cambio que las favorezca y para el cual el papel del Estado resulta fundamental, como ha quedado demostrado en las circunstancias del drama actual que vivimos.

 

 

 

 

 

8 Comentarios
  1. Luis Juan dice

    Estimado Guillermo:
    Excelente análisis y totalmente compartido.
    Si me permite, transcribo algunas líneas del trabajo realizado por Mateo Aguado, Diana Calvo, Candela Dessal, Jorge Reichmann, José A, González y Carlos Montes, bajo el título: La necesidad de repensar el bienestar humano en un mundo cambiante” (fuhem.es).
    “ El bienestar humano es un concepto ambiguo y confuso cuya consecución ha preocupado al ser humano durante toda su existencia y que exige una revisión profunda. El auge galopante de la concepción occidental del bienestar humano, entendido como nivel de consumo, amenaza con precipitarnos hacia un colapso civilizatorio. Hablemos de rescatar y transversalizar una concepción de bienestar humano más holística e integradora que esté sustentada en las necesidades humanas básicas y enfocada hacia aquellos valores intangibles que dan sentido a la vida, como las buenas relaciones sociales y unos ecosistemas bien conservados. Lograr un mundo feliz, justo y sostenible dependerá en gran medida de ello”.
    “…Con la revolución industrial y la publicación de La riqueza de las naciones, de Adam Smith (1776), se producen algunos de los cambios más influyentes en el campo de la economía a través de la paulatina incorporación de la sociedad y la naturaleza en el mercado como factores de producción.14 Estos factores comenzaron a ser manejados por las leyes del mercado, donde la oferta y la demanda marcaban el nivel más eficiente de uso de cada uno de ellos. Estos “eficientes” mercados, sin embargo, y como nos recuerda Dávalos, son «eficientes porque no son éticos»,15 pues bajo la lógica del coste/beneficio los recursos escasos, la distribución y las consideraciones con la naturaleza son aspectos de nula importancia.
    …Al fin y al cabo, el Estado de bienestar fue un acuerdo entre el capital y el Estado -conocido como pacto keynesiano- donde, además de otros rasgos, se concedió un importante papel al sector público en la economía (modelo intervencionista). De esta forma, además de su función económica, el Estado de bienestar cumplía una función social primaria: lo que los menos favorecidos no podían adquirir en el mercado (como educación, sanidad, ayuda al desempleo o pensiones), podían recibirlo por la vía democrática.
    …Todo esto, sin embargo, no enmascara la que es una de las funciones principales del Estado de bienestar: la defensa del mercado. El modelo keynesiano nunca rompió con el capitalismo ni con la economía neoclásica, sino que propuso una salida a la onda recesiva a través del Estado con el objetivo de que los mercados volvieran a estar en condiciones de regularse en buena medida por sí mismos. En palabras de Mishra, «el bienestar sólo se toleraba mientras no interfiriera con la lógica de la producción capitalista», es decir, mientras no entorpeciera el crecimiento económico.
    Por lo tanto, el Estado de bienestar nunca se opuso al capitalismo (dependía de éste para sobrevivir), preocupándose más del control social que del cambio social. Fue, pues, incapaz de mantener su doble finalidad de acumulación de capital y legitimación democrática.
    La crisis del Estado de bienestar que la actual coyuntura económica ha puesto de manifiesto empezó realmente muchos años atrás, a mediados de los setenta, con el auge del capitalismo financiero. Fue a partir de la crisis del petróleo de 1973 cuando el capital rompió con el pacto keynesiano. Se pasó entonces -y sobre todo a partir de los años ochenta- de un modelo capitalista (fordista y productivo) más o menos keynesiano a un modelo capitalista financiarizado, deslocalizado y crecientemente globalizado que perdura hasta nuestros días. Bajo este último modelo, basado en la especulación como objetivo para
    aumentar los beneficios sin la necesidad de una demanda efectiva, crecimiento económico y un mayor empleo ya no presentaban demasiada correlación (pues el beneficio no se invertía en más industria, sino en la bolsa).
    Junto a la especulación, la gestión del Estado de bienestar bajo las normas del mercado, orientadas a sacar beneficios de sectores como la educación, la sanidad o las pensiones, terminaron de degradar la idea keynesiana de un Estado capaz de cubrir aquellas necesidades básicas que los menos adinerados no podían adquirir a través del mercado.
    Estos beneficios, obtenidos a costa de mercantilizar los servicios básicos del Estado de bienestar, en lugar de invertirse en producción, se transformaron en capital financiero (que ofrecía préstamos al Estado, los bancos o las empresas, a cambio de un interés). Los préstamos se materializaron en acciones, bonos, divisas y deuda pública, al mismo tiempo que entraron al mercado como una mercancía más (tráfico de dinero) que se compraba y se vendía (y cuyo valor podía fluctuar en función de las operaciones de compra-venta del mercado desregulado). Y es que estos mercados financieros parecían, a priori, mucho más rentables que la inversión productiva (pues se ahorraban el coste salarial, entre otros).
    Este sistema financiero tiene, sin embargo, una peculiaridad que lo vuelve especialmente peligroso e insostenible: al estar escasamente regulado, es capaz de crecer muy por encima de la economía real.29 De esta forma, la triste realidad es que la economía mundial se sostiene hoy sobre una inmensa pirámide de deuda que ha sido ingeniosamente trasladada del ámbito privado al público, de manera que la ciudadanía es la responsable de avalar y después pagar los agujeros financieros que el sistema va abriendo.
    Esta injusta situación, que cada vez amenaza más con someter y condicionar el bienestar humano de toda la humanidad a los codiciosos intereses de la esfera financiera, ha adulterado de tal forma el ideario bienestarista de las sociedades (occidentales sobre todo) que apremia más que nunca antes en la historia de la humanidad hacer un alto en el camino para repensar nuestro rumbo. Y para la nueva ruta que deberíamos tomar será sumamente conveniente rescatar muchas de las sabias ideas del pensamiento grecorromano que en buena medida venimos erradamente ignorando desde hace ya más de dos mil años.
    …Si bien es cierto que a través del consumo podemos obtener los bienes y servicios necesarios para satisfacer algunas de nuestras necesidades, el modelo capitalista se ha especializado en distorsionar nuestra concepción de necesidad, haciéndonos creer que necesitamos de un consumo continuado y desproporcionado para alcanzar la felicidad. Y no es así.
    …La cantidad consumida de bienes y servicios (lo que es frecuentemente medido a través del PIB) no nos informa sobre qué es lo que la gente hace con estos bienes y servicios para enriquecerse interiormente como seres humanos. Las posesiones no determinan pues la calidad de vida de las personas, sino que definen su nivel de vida. Es la capacidad de las personas para transformar estos bienes y servicios en realizaciones lo que al fin y al cabo determina una vida buena. Como defiende Sempere, las necesidades que van más allá de las puramente fisiológicas son construcciones humanas, por lo que debería ser posible deconstruirlas y reconstruirlas sobre un nuevo cimiento ético en donde primen los comportamientos no adquisitivos y donde se ejercite el ser y el hacer por delante del tener.
    …De esta desmesura humana se aprovecha el capitalismo, pues como nos recuerda González Faus, el sistema económico -tal y como es concebido hoy en Occidente- no funcionaría sin un bienestar conceptualmente asociado a los comportamientos consumistas.
    Por ello, para el capitalismo, la producción más importante es la producción de insatisfacción, que nos alienta a consumir como un fin en sí mismo, proponiéndonos poseer todas las cosas a cambio de estar solos; lo que convierte al capitalismo en un enemigo declarado del bienestar humano.
    Romper con esta hybris a través de la educación y la concienciación social y el fortalecimiento de los vínculos comunitarios se vislumbra crucial para afrontar los retos del nuevo milenio. Avanzar hacia sociedades sostenibles, justas y felices significa salir del anonimato del individualismo materialista en pro de mejorar el vínculo y la solidaridad social.
    … ¿Qué sentido puede tener entonces defender el crecimiento económico y el consumo creciente de bienes y servicios cuando dicho comportamiento no se traduce en mayores niveles de satisfacción y bienestar? Probablemente ninguno. Como lo expresa J. Riechmann, el consumismo y el crecimiento económico no son ni síntomas de felicidad ni actividades que puedan asegurarnos su conquista.
    La asunción por parte del actual modelo hegemónico de que el crecimiento en el consumo es la clave para mejorar nuestro bienestar (entendido, en este caso, como nivel de vida) constituye uno de los mayores obstáculos para alcanzar un bienestar humano sostenible, pues -sin lograr incrementar la calidad de vida- es el principal responsable de la crisis ecológica y de las penurias sociales que nos envuelven. Así, a medida que determinadas naciones se hacen más y más ricas, no solo se produce un aumento en la privación de recursos para el resto del mundo -bajo un escenario planetario de recursos finitos e inequidad- sino que la satisfacción con la vida de dichos países no mejora y encima las tasas de desigualdad, depresión, desconfianza y problemas sociales comienzan a aumentar de forma espectacular.
    Un crecimiento económico continuado y un planeta con sostenibilidad ecológica y social son elementos difícilmente conciliables, al menos en el medio-largo plazo. Es necesario recordar que el crecimiento continuo de la economía no puede sostenerse indefinidamente, al ser esta un subsistema de la ecosfera, que es un sistema finito.107 Bajo esta máxima -que
    constituye el postulado principal de la economía ecológica- resulta lógico afirmar que el modelo de desarrollo hegemónico actual no es universalizable en un planeta de biocapacidad finita. En palabras de Acosta, «el desarrollo, en tanto reedición de los estilos de vida de los países centrales, resulta irrepetible a nivel global». Por lo tanto, el famoso mito de la Modernidad -que sostiene que el único camino para alcanzar el desarrollo es el marcado por las naciones del Norte, camino que todos los países deberían seguir sin vacilar- no es más que una falacia. Entre otras cosas, este mito nos vendía la cínica idea de poder lograr la distribución global de la riqueza y la sostenibilidad medioambiental de la mano del crecimiento económico. El crecimiento económico como panacea y la idea de un bienestar monetarizado y conceptualmente ligado a las conductas consumistas han sido pues los dos grandes axiomas de este engañoso mito.
    El “incuestionable” modelo de desarrollo del sistema hegemónico occidental bajo el cual se enmarca hoy el tan idolatrado nivel de vida ha fracasado, pues está demostrando ser inviable e insostenible. Esto, como sostiene J. Morales, «pone en crisis no solamente un modelo de desarrollo, sino fundamentalmente al proyecto civilizatorio que lo ha generado, expandido e impuesto en el mundo».
    Las principales consecuencias de este fracaso se visibilizan fundamentalmente en la esfera medioambiental y en la esfera social, a través, respectivamente, de una crisis ecológica cada vez más alarmante y de unas desigualdades sociales cada vez más acusadas. Y la causa esencial de todo esto la encontramos, al fin y al cabo, en el desajuste global existente entre el ser humano y la naturaleza; un desajuste provocado en su inmensa medida por el despilfarrador comportamiento que caracteriza a los habitantes de ciertos sectores sociales de las naciones más ricas del planeta. Estas naciones, movidas por unos modelos económicos depredadores y unos estilos de vida insaciables, han originado -a conciencia y con los años- una inmoral deuda ecológica hacia los países del Sur (poseedores de un mayor capital natural) que les permite mantener el insostenible e ilícito comportamiento que articula y da sentido al hegemónico sistema capitalista bajo el cual se encuentran…”.

  2. Lujan dice

    Buen análisis Guillermo. El sujeto Gerchunoff es el establishment local, enemigo explotador del pueblo de trabajo. Los autovaciamientos de sus propias empresas en el período infame de 1961/1962 con un indeseable sentado en Economía entonces, que hasta «indemnizaron» con los espurios bonos del «Emprestito Nacional de Recuparación 9 de julio», al valor nominal del 100% para, luego, recomprarlos ellos mismos a la cuarta parte de su valor. Tremendos estafadores de ayer y de siempre: UIA. Salvando los tiempos, el replanteo es sobre un modelo de industrialización a lo que Aldo Ferrer llamó a «Vivir con lo nuestro» … Nadie de estos especuladores pondrán las inversiones necesarias para semejantes proyectos en la producción y consumo. Están bien salvaguardadas sus fortunas logradas en el saqueo al Estado Nacional. Sólo el criterio de potenciar en profundidad nuestro mercado interno permitirá, aun en la persistencia de este maldito virus, comenzar lento pero sin pausa, una recuperación en el tejido social.

  3. Alcides Acevedo dice

    Por favor, qué caradura, leamos:

    «Ese cambio de estructura productiva cambiará la demanda. Ya no habrá tantos bienes y servicios novedosos con insumos importados abundantes –como los automóviles o equipos electrónicos de alta gama— para la demanda de los sectores de altos ingresos. En cambio habrá más bienes y servicios para los masivos sectores populares.»

    ¿Creerá este señor que los sectores populares no aspiran a consumir autos, motos, televisores Y celulares? ¿en qué consistiría una nueva estructura productiva? Lo cierto es que la canasta de consumos de los «más humildes» tiende a crecer en contenido foráneo muy rapidamente ni bien aumentan sus ingresos, piensen un poco ¿a un pobre le conviene más ponerle azulkejos a su baño o comprar una play staion? creo que es un buen ejemplo para reflexionar.

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