Los cambios imprescindibles

Es la economía neoliberal, estúpido

“La redistribución deberá volver a la agenda pública; los privilegios de los ricos deberán ser cuestionados. Las políticas que hasta ahora se consideraron excéntricas, tales como el ingreso ciudadano básico e impuestos a la riqueza, deberán ser tenidas en cuenta».
Editorial Financial Times – edición digital del 4/4/20 (traducción propia).

 

Cuando el equipo de campaña de Bill Clinton en 1992 tuvo que enfrentarse electoralmente al republicano George W. Bush, quien salía triunfante de la guerra del Golfo Pérsico con el 90% de popularidad, el slogan “Es la economía, estúpido” redirigió la mirada de los votantes a la recesión provocada por la guerra, permitiéndole ganar las elecciones. James Carville, estratega del equipo de Clinton, remarcó otra idea que, sin embargo, no alcanzó el cenit de la fama: “No olviden el sistema sanitario”. El fin de esta historia es conocida: Clinton fue finalmente Presidente, la economía neoliberal siguió su curso y el sistema de salud continuó en manos del mercado. Una paradoja profética en vista de que hoy Estados Unidos camina hacia un oscuro destino que dejará más víctimas fatales que una guerra, justamente a costa de abandonar la salud al lucro de empresas privadas.

Es claro que la Covid-19 nos ha destinado a entrar en los libros de historia del futuro. La pregunta es cómo queremos o podremos vernos allí reflejados, y qué avance (si alguno) produciremos a partir de lo que hagamos. El coronavirus no discrimina, como sostiene Judith Butler, llegando a todes, sin diferenciación de clase, etnia, capital simbólico u orientación sexo-genérica. Lo que sí discrimina y distribuye inequitativamente las oportunidades de sobrevivir –y no sólo a esta plaga– es, en cambio, el comportamiento de las sociedades y los Estados.

El verdadero peligro de aniquilarnos como humanidad no es ni será un logro privativo del SARS-CoV-2 u otra enfermedad que aparezca, sino de una pandemia que tiene larga data y diversas características: nuestra cosmovisión capitalista-patriarcal en clave de darwinismo social, la delimitación de centros y periferias para la producción, el acceso y distribución de los recursos, el sentido común que denigra a nivel global la participación política y la construcción colectiva y comunitaria, privilegiando la meritocracia y las explicaciones individualistas.

Hoy queda en evidencia la barbarie que ofrece la sociedad patriarcal-capitalista como presente y futuro para la humanidad; podemos decir con el danés Hans Christian Andersen: “El rey está desnudo”.

 

 

Enfermos y moribundos, un negocio rentable

En la cosmovisión neoliberal y patriarcal, lxs enfermxs representan un flujo planificable de ingresos/egresos del que se puede obtener enormes rentas. Esto provoca algunas de las flagrantes contradicciones que la Covid-19 revela sobre los sistemas de salud privatizados. Estados Unidos, país que rankea primero en inversión en sanidad (mayoritariamente privada) a nivel mundial (14,32% de su PBI en el 2018), es al presente incapaz de asegurar la provisión de elementos de barrera para proteger a sus médicxs y enfermerxs, o de respiradores para atender los casos críticos.

La explicación de este sinsentido es simple: el dinero no está invertido en asegurar la mejor cobertura sanitaria para el conjunto de la población, sino para que unos pocos se hagan multimillonarios monetizando una demanda predecible y constante: las personas siempre se seguirán enfermando.

Resulta fácil observar esta irresponsabilidad neoliberal en efectores como el New York Presbyterian Hospital. Esta institución, que repartió 1.600 millones de dólares entre sus accionistas tras cerrar su último ejercicio, se encuentra en estos momentos solicitando donaciones a ciudadanos de a pie para proveer de mascarillas y otros elementos de protección a su personal, ya que están a punto de agotárseles.

Situaciones vergonzosas como esa demuestran la necesidad de recuperar la soberanía popular sobre sectores esenciales, asegurándonos el autoabastecimiento de ciertos bienes y servicios de carácter social y público. Sin embargo, resulta prácticamente imposible contar con los recursos materiales y/o humanos necesarios para lograrlo de manera desvinculada de otras naciones y territorios. Algo similar a lo que verificamos con los ciudadanos tomados individualmente ocurre a nivel de los Estados nacionales: de poco sirven los esfuerzos, méritos y/o riquezas acumuladas por cada país de forma aislada.

Valga resaltar en esa dirección la enorme generosidad del pueblo cubano, cuyos médicxs y científicxs hoy se encuentran asistiendo a los mismos países que han votado a favor del bloqueo soportado por la isla durante más de medio siglo.

 

 

 

Lo esencial, lo superfluo, lo obsceno 

La falsa oposición salud versus economía que buscan instalar quienes no están dispuestos a ganar un poco menos es una muestra más de cómo se han trastocado, en brevísimo tiempo, las formas de entender y otorgar valor a las distintas actividades, bienes y formas de organización de la vida cotidiana.

Sabemos que para garantizar lo esencial y avanzar en derechos habrá que revertir las desigualdades obscenas que produce un orden económico capaz de concentrar en 26 personas el mismo capital que el 50% más pobre de la población mundial, esto es, al menos 3.800 millones de seres humanos. En otras palabras: cada una de las 26 personas más ricas del planeta acumula los mismos recursos que disponen 150 millones de sus semejantes más pobres.

Avanzar en la construcción de modelos socio-económicos alternativos implica una disputa cultural que en nuestro país ya hemos visto surgir con manifestaciones de fobia a los pobres de algunos sectores, escandalizados ante la posibilidad de tener que compartir el acceso a las exclusivas clínicas privadas que cubren sus prepagas con personas provenientes de los barrios más humildes.

En contraposición, se acrecientan cada vez más las muestras y acciones de solidaridad, de cooperación popular y de sororidad que acompañan las nuevas reivindicaciones del rol del Estado.

El capitalismo no morirá por el golpe a lo Kill Bill asestado por la Covid-19, como imagina Slavoj Zizek, y en eso coincidimos con Byung-Chul Han. Pero sabemos que las crisis, aunque dramáticas, habilitan cambios de fondo. A diferencia del planteo del filósofo coreano, no vemos que la salida de la pandemia nos conduzca indefectiblemente hacia una sociedad más autoritaria. De hecho, es importante impedir que esta crisis sea capitalizada por grupos reaccionarios que califican de autoritario a un Estado habilitado a impedir la especulación y a hacer cumplir, por ejemplo, el mantenimiento de precios máximos a los fines de garantizar el derecho a la subsistencia.

A lo largo y ancho del mundo se suman las voces que señalan que para asegurar lo esencial, avanzar sobre lo necesario e impedir desigualdades obscenas, será imprescindible reformular el contrato social y conquistar mayores niveles de solidaridad comunitaria, más Estado ampliado en el sentido gramsciano, con integración social y equidad distributiva.

Tal vez el saldo de esta catástrofe sanitaria a la que nos enfrentamos nos deje, además del dolor por las numerosas pérdidas de vidas humanas, la oportunidad de transitar el camino hacia una sociedad post-capitalista, basada en la cooperación, la solidaridad y la sororidad. Una sociedad que consiga desmercantilizar aspectos centrales de la condición humana y que, al no estar basada en la competencia, logre erradicar las violencias y desigualdades propias del neoliberalismo patriarcal. Tal vez aquello que era una utopía hace apenas unos meses, se convierta para el mundo en una realidad urgente, políticamente inevitable.

 

 

 

(*) Manuela CARTOLARI es psicóloga, Dra. en Educación, docente e integrante de Asoc. Hamartires por la Cultura
(**) José Cruz CAMPAGNOLI es politólogo, docente y ex Diputado. Integrante de PUEBLA – Fuerza Colectiva.
(***) Gerardo TORRES VILAR es psicólogo y psicoanalista. Integrante de PUEBLA – Fuerza Colectiva.

 

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