ES LA FELICIDAD, ESTÚPIDX

¿Y si la economía del dinero, que es limitado, se subordina a la economía de la felicidad, que podría ser infinita?

 

«Al principio, las palabras sirvieron para nombrar lo que ya existía. Madre. Padre. Agua. Frío. En casi todos los idiomas, las palabras que definen estas realidades elementales se parecen o suenan con una misma música. Madre es ‘ummm en árabe, Mutter en alemán, mat en ruso… En cambio palabras que nombran experiencias igualmente humanas, como el miedo, no suenan igual en ningún lugar: miedo no es igual al inglés fear ni al francés peur«.

Así me dio por pensar en voz alta años atrás, en las páginas de la novela Kamchatka. Hoy me pregunto si esa diferencia que los lenguajes plasman derivará de nuestras dificultades para bajar a tierra lo abstracto. Porque cuando hubo que definir a la autora de nuestros días, aquellos que acuñaron las lenguas originales apelaron a sus recuerdos, y en ellos primaba el sonido de la letra eme: esa vibración con la que nuestras madres de carne y hueso nos arrullaron al comienzo de la vida, tanto en Asia, como en América, como en África. Pero debieron haber momentos en los cuales estos antepasados experimentaron emociones nuevas —algo que aceleraba sus corazones, o estrujaba sus vísceras, o los hacía sentir livianos como si tuviesen alas— y se vieron compelidos a preguntarse: ¿Cómo se llamará esto que siento, qué nombre ponerle? Por eso los lenguajes se bifurcaron una y otra vez y la Tierra se convirtió en la Torre de Babel: porque todos nos parecíamos en el recuerdo afectuoso de nuestras madres, pero nos diferenciábamos en la forma de sentir miedo, o dudas, o esperanza.

Hoy me pregunto cómo se llamará esto que vengo sintiendo desde hace días. A juzgar por el lado de la Real Academia, debería ir por el lado de lo que llamamos felicidad:

Del lat. felicĭtas, -ātis.

  1. f. Estado de grata satisfacción espiritual y física.
  2. f. Persona, situación, objeto o conjunto de ellos que contribuyen a hacer feliz. Mi familia es mi felicidad.
  3. f. Ausencia de inconvenientes o tropiezos.

Pero al levantar la cabeza y ver en derredor, percibo que aunque mucha gente experimenta lo mismo que yo, hay otros que —a pesar de vivir en el mismo lugar, en circunstancias parecidas— no sienten igual. La lógica indica que la definición sigue siendo válida para todos; lo que variaría, en todo caso, serían las condiciones que cada uno requiere para sentirse así. Cuando el superclásico lo gana River, los que acceden a la felicidad son los fanáticos de River (y el subgrupo de aquellos que entendemos que, parafraseando a Nietzsche, todo lo que amarga a Macri nos fortalece), mas no los de Boca. Pero cuando gana las elecciones una fuerza política que promete cuidar de aquellos que están más jodidos —y sin perjudicar a los que están razonablemente bien—, uno tendería a pensar que casi todo el mundo debería estar feliz. Los únicos que deberían estar inquietos son aquellos que acumularon riquezas de modo non sancto o burlaron la ley para que sus fortunas pagasen menos impuestos. Pero el resto (¡la inmensa mayoría!) debería estar chocho. Porque si casi todo el mundo está mejor, todo cambiaría para mejor: la salud, la alimentación, la educación, la seguridad, el futuro — y ni les cuento el estado de ánimo general.

 

Charlotte Bronte: «La felicidad que no se comparte no puede llamarse felicidad, porque carece de sabor alguno».

 

Uno tiende a creer que, cuanto más satisfecha esté la gente con la que se cruza o de la que se rodea, más feliz debería sentirse. Ya lo decía Charlotte Bronte: «La felicidad que no se comparte no puede llamarse felicidad, porque carece de sabor alguno». Hay algo de infeccioso en la felicidad, en el mejor de los sentidos: cuando uno ingresa a un ambiente jovial, donde todo el mundo está de buen humor y se trata gentilmente, el espíritu se eleva. (Y lo mismo vale para el caso inverso: cuando uno ingresa a un ambiente torvo, donde todo el mundo masculla por lo bajo y se desconfía y maltrata, el espíritu se desploma hasta enredarse con nuestros pies y derribarnos.)

Sin embargo, la perspectiva de una mejoría general no parece alegrar a ciertas franjas de nuestra sociedad. Aun cuando serían beneficiados objetivamente —a través de un salto en la capacidad de compra de sus sueldos, tarifas más accesibles y mayor seguridad, en la medida en que disminuiría la cantidad de gente desesperada que circula por las calles—, parecen inmunes a la satisfacción. Sus vidas mejorarán de modo concreto, y aun así se muestran dispuestos a seguir gruñendo.

¿Pero por qué, por qué? A primera vista, la lógica de esa actitud es desconcertante. Si casi todos vamos a estar mejor, ¿cómo es posible que haya beneficiarios de estas mejoras que se resistan a sentir alivio y sonreír?

Creo haber descubierto por qué.

Existe gente que se vincula con la felicidad —y al hacerlo así, se equivoca de acá a la China— del mismo modo en que se vincula con el dinero.

 

 

La economía de la felicidad

Lo descubrí el otro día, en los estudios de El Destape Radio, mientras charlaba con el arquitecto y humorista (o viceversa) Rinconet. Fue una epifanía. Entendí que hay gente que cree que la felicidad, como el dinero, sólo existiría en cantidad finita. En consecuencia, su vida se reduce a una puja por la distribución. Echemos mano al ejemplo más cercano: la guita que perdimos el común de los argentinos durante los cuatro años de Macri no se evaporó, fue a dar a los bolsillos del Presi, sus socios, familiares y amigos. Se puede reconstruir el trayecto de esa transferencia de manera científica (follow the money!), por lo menos hasta que sale del país y, al pasar por guaridas fiscales, se pierde en el Triángulo de las Bermudas Bancarias.

 

 

Hay gente que no objeta esta redistribución de facto, o por lo menos no patalea públicamente. Perder poder adquisitivo a manos de estos buitres no le molestaría. Pero que el dinero de los impuestos que de todos modos paga se use para que el Estado cumpla con su función esencial —nivelar el juego, para que los más poderosos no sean impunes y los más pequeños no pierdan sus derechos más elementales—, la saca de quicio. No quieren que su dinero beneficie a negros vagos y choriplaneros. Que vaya a parar en cambio a manos de rubios vagos que vivieron su vida entera de la teta del Estado no les molesta. (Aunque al lado de aquellos que percibe la morochada, los «planes» que los Macri cobran desde hace décadas son más bien Extra Extra Extra Large.) Es como si dijeran: Si me van a afanar, que me afanen los chetos, porque prefiero que me metan en el bolsillo dedos manicurados que dedos ásperos.

Podríamos probar que la cosa no es así. Demostrarles que la guita que el populismo invierte en el mercado interno crea un círculo virtuoso que beneficia a las mayorías: los pobres pueden comprar más cosas y los negocios de la clase media obtener más ganancias, a diferencia de los gobiernos neoliberales que aspiran la guita del mercado interno y se la llevan afuera, donde no beneficia más que a ellos. Pero dudo que nos creyesen. Los medios corporativos los condicionaron a desarrollar reflejos pavlovianos ante un pobre, a creer que todo poligriyo quiere quedarse con lo que no le pertenece, cuando lo único que quiere es que el Estado cumpla con las tareas que le marca la Constitución (entre otras: «El Estado otorgará los beneficios de la seguridad social, que tendrá carácter de integral e irrenunciable», artículo 14 bis) y tener un trabajo formal. Sin embargo, basta que Clarín grite: «¡Ojo, pobre a la vista!», para que cierta gente bloquée sus bolsillos con ambas manos mientras, a sus espaldas, los poderosos lo despojan de su casa, de su auto y de su jubilación — o sea, de su futuro.

Pero, en lo que concierne a mi epifanía, este es un asunto lateral. Lo que importa es que hay sectores que entienden que el dinero que hoy les falta se lo llevó otro —aunque se equivoquen de responsable—; que si no disfrutan de un bien es porque se los birló alguien más. Esta noción no es errada: la guita es limitada, y cuando se va de un bolsillo es porque va a parar a otro.

Pero la economía de la felicidad no funciona así. Responde a otra lógica, que no puede ser más distinta. Acá no se trata de que si otro está feliz se debe a que se quedó con la felicidad que me correspondía. Al contrario: la felicidad del otro debería ser una buena noticia porque, si en efecto es una felicidad genuina —es decir, si no la obtuvo haciéndole putadas a nadie más—, puede contribuir con la mía, potenciarla, invitarla a moverse en equipo y crear un jogo bonito cuya belleza nos haga todavía más felices. Porque la felicidad no es finita como el dinero. Al contrario, es infinita. Puede parecer que ya no queda más, y aun entonces, desde el fondo de la olla, salta y te transfigura. Cuando se le permite existir, cuando se crean las condiciones para que ocurra, irradia. La felicidad es inflacionaria, y esto, a diferencia de lo que ocurre en el sistema económico, es bueno: al revés de lo que pasa con en dólar, cuando la gente sucumbe a la fiebre de la felicidad, nos volvemos todos más ricos.

Hoy en día, aquellos que compraron la noción de que la felicidad es limitada como el dinero circulante están en crisis. Porque durante los últimos cuatro años se les concedieron muchas de las condiciones que creían indispensables para su felicidad —la compra libre de dólares, la derrota y humillación del peronismo, la proscripción de sus voces— y aun así no fueron más felices. Ni siquiera aquellos que consiguieron seguir a flote en términos económicos parecían felices. Por sus gestos descontrolados y sus facciones cada vez más demacradas, se veían más cerca de un bobazo que del satori. Ya sé, algunos dirán: Es que les faltó la frutilla de la torta, el más grande de sus sueños húmedos — meter presa a Cristina y perder la llave. Pero a esta altura hasta ellos sospechan que, aún con Cristina presa, el derrumbe del país se los habría llevado puestos igual. Es cierto que de ese modo nos privaron de nuestra Toma de la Bastilla. A cambio, reclamaron como propia la Toma de la Pastilla y consumieron ansiolíticos como nunca antes.

 

 

Digo esto a puro golpe de intuición, pero no bien googleo la realidad me lo confirma. Un artículo de La Nación de agosto último dice que, aunque este año entre enero y junio la venta de medicamentos cayó un 15%, el consumo de psicofármacos subió entre un 10 y un 20 %. Y que la demanda alcanzaría a fines de este año los 132 millones de unidades, lo cual representa un 70 % más que hace siete años.

Cuanta gente que le cambió la letra al clásico de Palito y hoy no entona La felicidad sino: El Clonazepa, pa, pa, pa, pam…

Y todo gracias al PRO.

 

Los hobbits son peronistas

No es difícil entender por qué tanta gente se resiste a ser feliz. Sentirnos contrariados, enojados, furiosos, infunde una intensidad —negra, pero intensidad al fin— que no tenemos cuando nuestra vida fluye de manera instintiva, banal. Algo de eso expresa Graham Greene en The End of the Affair a través de su protagonista, el amante despechado Maurice Bendrix: «La sensación de infelicidad es tanto más fácil de transmitir que la de felicidad. Cuando nos sentimos miserables parecemos conscientes de nuestra propia existencia, aun cuando podría ser bajo la forma de un egoísmo monstruoso: este dolor mío es individual, este nervio que se contrae me pertenece a mí y a nadie más. Pero la felicidad nos aniquila: perdemos nuestra identidad». En efecto, cuando alguien es infeliz siente con intensidad incomparable y accede a ser algo: un extremista, un fanático, un terrorista — un furibundo anti. En cambio, cuando está feliz simplemente es la versión feliz de lo que ya era. En estado de felicidad, nadie necesita ser algo más: simplemente somos.

 

Bendrix (Ralph Fiennes) en la adaptación de «The End of the Affair»: «La felicidad nos aniquila, perdemos nuestra identidad».

 

Además de las condiciones objetivas para acceder a la felicidad (la definición de la RAE especifica: «Satisfacción espiritual y física«, o sea que si no contás con alimentos y con medicamentos que curen o alivien tu dolor, ser felices sería imposible), es necesario desprenderse de la autoafirmación que ofrece el resentimiento. Y esto, para aquellos que creen que la felicidad es algo contable y limitado como el dinero, es difícil, porque no son gente a la cual desprenderse de nada —ni siquiera de lo que no necesitan— les resulte fácil. Imagino que los atenaza el temor al vacío del que hablan Greene/Bendrix: si dejasen de ser anti, ¿qué serían entonces? ¿Pasarían a ser nada, o incluso algo peor — a ser sostenedores tácitos de aquello que hasta entonces decían odiar?

Para participar del circuito de la economía de la felicidad hay que, primero, renunciar a ser definidos por un sentimiento negativo; pero, ante todo, hay que revalorizar el desprendimiento. (O la capacidad de viajar liviano, para ponerlo en palabras del último Leonard Cohen — que además había sido monje zen y sabía bien de lo que hablo.) No me refiero a que haya que desprenderse necesariamente de lo que uno tiene, sino a la conveniencia de involucrarse en la dinámica del dar que es crucial en la economía de la felicidad. Porque en este aspecto, dinero y felicidad vuelven a demostrar su naturaleza antitética. Cuando uno le da un peso a otrx, objetivamente pierde ese peso, deja de poseerlo. En cambio cuando uno le obsequia a otrx lo que podríamos denominar una unidad de felicidad —algo que ayude a ese otrx a ser más feliz, sea lo que sea—, no pierde nada. Al contrario, gana. La felicidad flamante de ese particular otrx vuelve sobre nosotros, multiplicada: hacer feliz a alguien alimenta nuestra propia felicidad. (Las matemáticas de la felicidad son tan peculiares como su economía: en este caso, si uno regala una unidad de felicidad no se queda en cero, sino que de repente tiene dos, o tres, o más. Según su lógica, la sustracción —o sea, el desprendimiento— multiplica.)

 

 

 

 

No se me escapa la dificultad que entraña alentar a la gente anti a cambiar sus vidas de un modo tan raigal. Pero tampoco menosprecio el efecto de contagio social que produce una vida vivida felizmente. A este respecto, opino lo mismo que Tolkien le hace decir a uno de sus personajes: «Si más de nosotros valorásemos la comida y la alegría y las canciones por encima del oro atesorado, este mundo sería más feliz». Los famosos hobbits son un pueblo satisfecho, porque de nada disfrutan más que de morfar, chupar, reírse, cantar y pasarla bomba. Puede que Tolkien no lo haya advertido, pero sus hobbits son peronistas de acá a Mordor. Si al pueblo peroncho le das trabajo y un sueldo que permita comprar tira de asado y un par de birras, te convierten la Argentina en Hobbiton en cuestión de meses.

Si mi mente se perdió por estos meandros en los últimos días, se debe a un par de hechos simbólicos. Es verdad que Alberto y Cristina ganaron la elección holgadamente, pero como siguen siendo Presidente y Vice electos, todavía no pueden cambiar nada en el mundo real. Sin embargo, eso no les impide producir gestos que incidan sobre la realidad y ayuden a modificarla. (Por eso espero que, una vez que asuman, además de trabajar sobre lo real sigan creando contenidos simbólicos en beneficio de todos.)

El primer gesto fue el de Alberto al recibir a Braian Gallo, el pibe que fue presidente de mesa durante las elecciones y al que tanto bardearon por su aspecto y condición. Más allá de lo que Alberto dijo en la ocasión, nada importa más que la foto. En nuestro país, la expresión ponerse la gorra es inequívoca: se refiere a la gorra policial, y significa que alguien adoptó una actitud de cana, de vigilante. Para nosotros, Macri es un Presidente que no vaciló en ponerse la gorra y lo subrayó al recibir —y celebrar— a Chocobar, el policía que asesinó innecesariamente y por la espalda. (Encima a Macri le decimos gato, que en la jerga carcelaria define al sirviente del jefe del pabellón, el esclavo —de Trump, en este caso— que anhela ser esclavista. Macri el gato que engatusó, o sea estafó, timó, al pueblo argentino. Vuelvo al comienzo de este texto: qué maravilla de creatividad es la lengua humana.) Pero al ponerse la gorra de Brian y a la usanza de esos pibes menospreciados, o sea con la visera hacia atrás, Alberto resignificó la frase, le alteró el sentido. Si el pueblo la toma y la hace propia, la expresión ponerse la gorra podría dejar de ser algo negativo —hacerse el cana— para pasar a ser algo positivo: ponerse en el lugar del otro, empatizar con el otro.

 

 

 

 

 

El otro gesto fue de Estanislao, el hijo de Alberto. En cuestión de horas recibió dos agresiones despreciables, una de parte de un tal Agustín Laje y otra retweeteada por uno de los hijos de Jair Bolsonaro, Eduardo. Bolsonaro junior se montó sobre el tweet de otro, que juntaba las fotos de los dos hijos presidenciales. En una de ellas está Estanislao disfrazado de Pokemon a la usanza de ese arte llamado cosplay. (Palabra que contrae el término costume play, o sea juego de disfraces, con la que los participantes expresan una idea o interpretan a un personaje.) En la otra está Eduardo con cara de malo y un fusil automático sobre las rodillas, enmarcado por otra media docena de armas de guerra. (Háblenme de sobrecompensación…) El tweetero original se limitó a poner este epígrafe: El hijo del Presidente de Argentina / El hijo del Presidente de Brasil. Y Bolso junior lo retweeteó, agregando: Esto no es un meme.

No hacía falta que Estanislao dijese nada, porque las fotos hablan por sí solas. Una habla de un futuro donde seremos más libres, porque los géneros ya no serán cárceles sino líquidos y por ende podrán ser resignificados como formas expresivas. La otra sobreactúa un estereotipo del macho que atrasa treinta siglos y nos remite a la expresión más primitiva, bestial, violenta del ala masculina de nuestra especie. Pero Estanislao respondió de todos modos, y lo hizo con altura. Primero tweeteó: Irmãos brasileiros, estamos juntos nessa luta. Os amo. Y después agregó: Me empezó a seguir mucha gente de Brasil y quiero decirle a la comunidad LGBTTTIQQA+ y aliades de Brasil que estamos juntes en esta lucha. Recuerden que el amor siempre vence al odio y entre nosotres nos tenemos que cuidar siempre. #AMARLXS

Dos gestos que toman una realidad de mierda e invierten su sentido. Señales que preanuncian un cambio de paradigma a partir de diciembre, y por eso un nuevo aire, otro estado de ánimo; la promesa de subordinar la economía real a los criterios de la economía de la felicidad, para la cual el dinero empleado en viabilizar los derechos de las mayorías no es dinero gastado, sino invertido, y de la mejor manera.

 

 

 

Henry de Montherlant dijo que «la felicidad escribe con tinta blanca en una página blanca», subrayando que el drama y la tragedia se prestan mejor a ser usadas para narrar historias. Espero haber probado con este texto que eso no siempre es así.

Si lo que siento en estos días no es un brote de felicidad, les juro que se le parece bastante.

 

 

 

 

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28 Comentarios
  1. ErnestO dice

    Gracias Marcelo.

  2. gauchosa dice

    Se me ocurre pensar que la felicidad no es aquello que suponemos frente a nosotros que anhelamos alcanzar, sería como intentar capturar el arco iris. Tendríamos que considerarla como la estela que deja en el agua una embarcación cuando navega, la marca de la gacela posada en un lugar, la marca del amor de un hombre y una mujer. Es decir, aparece como una consecuencia de nuestras acciones, los actos de nuestra vida son los que determinan quienes somos. El agua es la vida, la embarcación es nuestra decisión orientarla, la estela es la felicidad. No hay huella si no hay navegación, y ninguna embarcación navega por una estela prefijada. La produce al pasar. Si hubiera alguna fórmula para la felicidad, seguramente no estaría en las estadísticas ni en las encuestas. Nadie puede prometerla. Quizá ni siquiera pueda afirmarse que la felicidad sea un derecho o un deber. Es siempre una consecuencia. La consecuencia de una manera de vivir. Responsabilizarnos por nuestra vida, sin esperar que otros nos diseñen el camino, saber reconocer e implicarnos en lo que elegimos es comprometernos con nosotros mismos.
    Es un trabajo de búsqueda y construcción constante, de tejido, donde la lazada pasa por los otros, por que es junto a mi próximo, mi prójimo donde voy a dar forma a mi propio tejido existencial. El ser humano no vive solo, es un ser gregario por naturaleza, citando una frase de Freud :” hay que amar para no enfermar” dirá en su articulo Introducción al Narcisismo.

  3. gorilagorila dice

    Desde un principio me he preguntado si «El Cohete…» tiene foros de discusión o páginas de agradecimiento.
    Con todo mi aprecio por los compañeros que hacen ese tipo de comentarios.
    Te estoy haciendo las cosas más fáciles porque ada vez que bprrás un comentario te vas acostumbrando y te jode menos.
    Bueno, listo, ya no pierdo más el tiempo.

  4. Ricardo José García dice

    Si , la patria es el otro aunque todavía nos agredan porque les dimos jubilación a millones que podían vivir dignamente y ahora sufren la más miserable pobreza. Tenemos mucho trabajo por delante.

  5. Hector H. Thompson dice

    ¿Y SI COMPLEMENTAMOS CON DINERO DE MEJOR CALIDAD…KWH?
    La herramienta del neoliberalismo financiero es el dinero. No son ricos, son adinerados (la riqueza está en los territorios). El dinero es un traductor de la riqueza nacional, si se traduce a dólares se fuga esa riqueza, si se traduce a pesos, los pesos van perdiendo poder adquisitivo.
    Dólares y Pesos favorecen a la especulación y al neoliberalismo financiero. Para este momento de SurAmérica es conveniente introducir el dinero KILOWATTHORA, complementando al principio el dinero vigente que se va a seguir usando. Los que reciban esa moneda se verán favorecido con un dinero de valor fijo (para pagar la cuenta de luz, para ahorrar por su valor invariable, o pagar una cuenta en pesos haciendo la conversión que aparece en la factura de las distribuidoras)

  6. don Singulario dice

    De niño fui feliz siendo uno de “los únicos privilegiados” Sentí dolor con el bombardeo a Plaza de Mayo y fusilamientos del ’56 pero… enamoramiento, casorio, llegada de hijas mientras, con muchos compañeros esperábamos la vuelta del Hombre, transcurrí una juventud cercana a una zona de felicidad… cómo decirla, de algo natural como el hambre o la sed, fácil de calmar cuando hay con qué, pero sabiendo que ese «conqué» era efímero, no permanente y se podía perder en cualquier instante.

    Así me pasó cuando por fin el Viejo llegó y se fue enseguida, cuando el Tío ganó y en la Plaza nos cuidaban los cumpas de la JP. En Ezeiza llegamos cantando y nos fuimos llorando, esa felicidad que siempre era transitoria, estaba… pero no. La guita entre tanto vino, se fue, volvió, desaparecía y regresaba… y nosotros seguíamos viviendo.
    Lloré cuando desde la columna del sindicato de Gas del Estado escuché “llevo en mis oídos la más maravillosa música…”, y continué llorando cuando pocos días después se fue para siempre. No era feliz como no lo éramos mucho. Vino la noche negra y el terror…

    Y un día, mi compañera me trajo a la realidad, estábamos de nuevo en la Plaza rodeados de compañeros cantando y me dijo: ahora te entiendo lo que me decías sobre la felicidad de tu niñez y adolescencia, yo creía que fantaseabas cuando me contabas tu vida de estudiante, del bienestar del pueblo peronista, de los juegos Evita, la UES, la Fundación y sus regalos para chicos, que fuiste al Industrial sin gastar un solo mango. Me lo decía emocionada en la Plaza acompañando a Néstor y Cristina y la felicidad parecía eterna, ya éramos viejos y hacía mucho tiempo que no padecíamos miedos al futuro porque ahora TODOS éramos respetados.

    Volví a llorar cuando Néstor se fue y cuando ganó el Gato, aunque me sentí feliz despidiendo a Cristina y cantando vamos a volver. Y Volvimos y vuelvo a estar feliz porque me siento parte de este maravilloso pueblo que sabe y siente que la felicidad no es de uno individualmente, puede parecerla, pero sólo es real cuando es compartida.

    Disculpá la perorata, con mi mujer llevamos 58 eneros casados, dos hijas abogadas y tres nietos universitarios, y sentimos la felicidad del futuro cercano porque vuelve a formar parte de nuestro pueblo radiante. Espero que a mi edad, sea eterna

    Un abrazo
    Eduardo

    1. ErnestO dice

      Hola, Don Singulario. Me gustó tu película. Yo también la viví. Y también llevo bien casado 58 años. Y sobre música recordable hay dos que no se van de mi cabeza. Una los discursos a medianoche del Caballo por onda corta desde La Habana en 1962 y el discurso de Néstor ante el Congreso Nacional al asumir el gobierno en 2003. Y claro, la voz de La Negra. Un abrazo.

    2. Carlos dice

      Compañero Don Singulario, anduvimos siempre entreverados en los mismos acontecimientos, riendo, disfrutando y llorando por las mismas razones. Seré breve, con mis 78 años estoy esperando el 10 de diciembre para volver a abrazar, cantar aplaudir, en una jornada que me resultará tan feliz como aquél 25 de mayo de 1973, en que con mi compañera de 50 años de convivencia y mis hijos y mis nietos celebremos al pleno peronismo que amamos. No puedo ser más feliz, sé que no podré evitar lagrimones cuando vea a Cristina, a Alberto, al pueblo unido, que jamás fué ni será vencido. Seguramente pisaremos las mismas veredas. Allí estaremos.

  7. Mal escritor dice

    «Pero debieron haber momentos…» está mal redactado. Debería ser «pero debió haber momentos».
    De nada.

  8. lilian bernard dice

    Brillante!!! Yo también estoy feliz!!!!

  9. Manso dice

    Dice la milonga surera: «El camino es mas pesado pa’l que va cargao demás». Brillante Marcelo.

  10. Marisa dice

    Excelente.

  11. Rosa Dobry dice

    Gracias Marcelo, impecable tu nota ,emocionante tu sentir

  12. María Costa dice

    Gracias!
    Se me cae un lagrimon. Mis clases eran construcciones muy parecidas a tu estilo, sin querer comparar, por favor, que se entienda.
    Tanto para descubrir y aprehender.
    Mágica nota. Es la felicidad, estupidx!!!
    Saludos desde Tartagal

  13. Laura Viacava dice

    Yo también estoy feliz.

    1. Manso dice

      Dice la milonga surera: «El camino es mas pesado pa’l que va cargao demás». Brillante Marcelo.

  14. Daniel Santoni. dice

    Maravillosa tu nota Marcelo. Gracias.

  15. Diego dice

    «Los medios corporativos los condicionaron a desarrollar reflejos pavlovianos ante un pobre». Hay frases que merecen ser aplaudidas de pie. Esta es una. A la altura de «El hombre era parecido a la voz.»

  16. Luciana dice

    Yo me venía preguntando por qué no estuve tan eufórica en la victoria como angustiada estuve en la derrota. Y tu texto me dio herramientas para entenderlo. Es verdad, es cómodo y trágicamente estable saber que se sufre, en cambio avanzar, cambiar y mejorar da miedo, mucho miedo. Ese miedo me hizo moderar la expresión de alegría. Y a los pocos días nos juntamos por mí cumple con los amigos de este tiempo con mis compañeros y sentí esa paz insondable de sólo ser, en compañía. Esa felicidad que compartida adquiere entidad sino es solo una abstracción. Otra vez gracias por poner palabras en el éter y que yo me las tope y me ayuden a pensarme y a pensarnos.
    Y como broche de oro las referencias a Tolkien que es todo lo que está bien (aunque ahora cada vez más feminista y cada vez más lejos de los dogmas, lo veo distinto, pero amo y siento profundamente su prosa.
    Abrazo compañero!

  17. Juan Manuel Gorostegui dice

    Tiene razón las fotos tienen el poder simbólico.

  18. Pato Notaristefano dice

    El viejo SOMA de UN MUNDO FELIZ…

  19. Pablo Danei dice

    Gracias Figueras!

  20. Juan Carlos Agulla dice

    Alta belleza descriptiva del futuro que deseamos….

  21. Gabriela Sisco dice

    Pura belleza y felicidad está nota!!!! Siento lo mismo y me llena de alegría y me encanta!!!! Gracias Figueras!!!!

  22. Cuca Rapoport dice

    Soy Cuca Rapoport, cómo me reencuentro con mi comentario que por apresuramiento lo envié sin mis daros. Aquí van.

  23. Marta E Cba dice

    Gracias, Figueras.

  24. myriam dice

    Maravilloso. Mi mama me mostró que ayudar le hacia sentirse bien. Yo la veía feliz. Con el tiempo, sentí, en carne propia esa sensación. Hoy, que tengo hija y nietes, y sienten lo mismo, se que somos una Familia peronista.

  25. Carmen dice

    Sí Marcelo, LA PATRIA ES EL OTRO.

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