Escenas de un mundo incierto

La incertidumbre, el factor común del contexto nacional e internacional

 

En un lapso de siete a ocho años el orbe ha avanzado hacia la incertidumbre. La otrora pomposa globalización se descalabró. La amplia interdependencia económica que se había alcanzado se restringió por diversas razones. Entre otras, la declinación del crecimiento económico, una obstinada inflación, la interrupción de las cadenas de suministros y el impacto de la pandemia. Como bien ha planteado en notas recientes el destacado economista Nouriel Roubini: “La época de la hiperglobalización, del libre comercio, de la externalización y de los suministros justo a tiempo ha pasado a una nueva era de desglobalización, proteccionismo y relocalización”. Concomitantemente, han surgido nuevas situaciones geopolíticas e incluso bélicas que, tal como la guerra ruso-ucraniana hoy, se avizoran ya con claridad.

Como se recordará, un primer paso en la desglobalización fue dado por Donald Trump, quien desarrolló una política que se reflejó en el slogan America first (vale aclarar que, en “gringo”, “América” significa “Estados Unidos”). Y puso también en marcha una inesperada contienda comercial con China. Llegó luego Joseph Biden a la presidencia y aquellos impulsos iniciales de su antecesor se incentivaron y ampliaron.

Por su parte, nuestra Sudamérica muestra actualmente una más bien escasa interrelación entre sus países, a diferencia de lo ocurrido hace algunos años atrás. Y en particular sus dos naciones más grandes en el plano estrictamente político mantienen un comportamiento electoral muy diferente.

Puede decirse, en fin, que el mundo ha comenzado un ya perceptible proceso de cambio que ha avanzado con cierta rapidez, pero con un norte aún incierto. Repasemos algunos acontecimientos.

 

 

La guerra ruso-ucraniana

Este enfrentamiento bélico acaba de cumplir un año. Ha habido en este lapso avances y retrocesos de ambos contendientes, que han cambiado poco los límites de lo que se podría llamar la zona de guerra: básicamente la región del Donbas. Hubo como se recordará una larga y dura batalla en la ciudad portuaria de Mariupol y su entorno geográfico inmediato, que comenzó el 24 de febrero de 2022 y duró casi tres meses.

En la actualidad se combate intensamente en la ciudad de Bájmut, ubicada en la región oriental de Donetsk, que forma parte de la antedicha Donbas. El círculo que procuran establecer las fuerzas rusas en torno a esa ciudad avanza lenta pero persistentemente, al menos hasta ahora. La asombrosa capacidad de resistencia de las tropas ucranianas se asienta sobre dos condiciones principales: por un lado, el extraordinario empeño de sus soldados y su firme decisión de defender su suelo; y por el otro, el incesante abastecimiento de sistemas de armas que les proveen Estados Unidos y la OTAN. Washington debe andar, hasta la fecha de hoy, en por lo menos diez envíos de material bélico a Varsovia. Casi uno por mes. Los restantes países de la OTAN le siguen en este rubro pero con una capacidad de apoyo mucho menor.

Se trata de una contienda que pudo ser calificada en sus comienzos como una guerra por delegación, en alusión a los suministros y aliento que estaban dispuestos a darle a Ucrania tanto Estados Unidos per se como la OTAN. Pero la guerra se extendió en el tiempo. Y en la medida en que los respectivos apoyos de quienes se acaba de mencionar se sucedían con rapidez, más se comprometían esos países frente a las pérdidas humanas y materiales que padecía Kiev. Al punto que hoy en día es difícil discernir si en los hechos continúa la antedicha guerra por delegación o si se ha dado ya, por lo recurrente profundo del apoyo, algo más que unos pocos pasos en dirección a una intervención militar directa de Washington y la OTAN.

La situación se ha tornado sumamente delicada. Tanto que en varios medios del mundo se ha mencionado ya la posibilidad de que se desencadene una Tercera Guerra Mundial.

 

 

Estados Unidos versus China

Biden decidió dar unas cuantas vueltas de tuerca más que las que inició Trump, en lo que respecta a China. En septiembre de 2021, a poco de iniciar su presidencia, decidió interrumpir la venta de submarinos convencionales de Francia a Australia para imponer la compra a Canberra de submarinos de propulsión nuclear de fabricación propia, sin acceso al armamento atómico. Y poco después formalizó una asociación tripartita con Australia y Reino Unido que fue bautizada como AUKUS —acrónimo en inglés formado por las iniciales de los dos países recién citados y Estados Unidos— destinada a marcar presencia en la región de Asia Pacífico. Con no poco retraso Washington comenzaba a medirse con China, que había avanzado sobre el mar de la China del sur con bastante anticipación y había iniciado la toma de diversas islas e islotes —incluso, había construido algunos artificialmente— en ese espacio marítimo. Y continuó.

En julio de 2022, el destructor misilístico USS Benfold navegó más de una vez el estrecho de Taiwán. A principios de agosto de 2022, Nancy Pelosi, en ese momento presidenta de la Cámara de Representantes estadounidense, realizó una visita inesperada a Taipéi, por fuera de lo pactado, de hecho, entre Washington y Pekín. Para colmo de males se despachó a piacere. Declaró ante medios locales: “La solidaridad de Estados Unidos con los 23 millones de taiwaneses es más importante hoy que nunca, ya que el mundo se enfrenta a una elección entre la autocracia y la democracia”. Como era de esperar, Pekín montó en cólera y durante una semana desarrolló ex profeso densos ejercicios militares prácticamente en las barbas de Taipéi. No obstante estos conatos, a fines de agosto, los cruceros misilísticos USS Atientam y USS Chancellorville transitaron también el antedicho estrecho. Y en septiembre, el destructor misilístico USS Higgins (norteamericano) y la fragata canadiense HMCS Vancouver hicieron lo mismo. En total fueron nueve buques de guerra norteamericanos los que navegaron por esa vía en el año 2022. No es poco, por cierto.

En la actualidad se ha incrementado, como se sabe, el desencuentro entre Pekín y Washington.

 

 

Y por casa, ¿cómo andamos?

América del Sur ha perdido la cohesión que supo alimentar años atrás. En la actualidad, de los diez países clásicamente sudamericanos, seis podrían caracterizarse como gobernados por partidos y/o alianzas progresistas: Argentina, Brasil, Bolivia, Colombia, Chile y Venezuela. No así Ecuador, Perú, Paraguay y Uruguay. Como se sabe, Perú, que estaba cercano al grupo de los seis, perdió a su Presidente, Pedro Castillo, por un golpe de Estado hace casi un año.

Sin embargo, aquel grupo de los seis no sostiene hoy una efectiva voluntad común de asociarse. Algo no termina de fraguarse en ese ámbito, asunto este que convendría fuera abordado para su comprensión sine ira et studio por analistas competentes.

Incluso las diferencias de manejo que presentan hoy Argentina y Brasil, ambos gobernadas por coaliciones populares, son significativas. Lula da Silva viene de ganar una elección general en la que se impuso como Presidente por apenas un 1,8 % de diferencia, en segunda vuelta. Con enorme perspicacia política estructuró un frente en el que se alinearon partidos de izquierda tanto como de centro y de centro derecha; esto le abrió la victoria. El peronismo, en cambio, está muy lejos de eso. Basta sencillamente señalar que el Presidente y la Vicepresidenta de la Nación no se llevan bien y que la asociación del justicialismo con terceros partidos es poco relevante. Lo que lo coloca hasta ahora  en las antípodas de Lula. Y, eventualmente, ante la posibilidad de no alcanzar una performance satisfactoria en las próximas elecciones generales de octubre. Se me dirá, quizá, que falta mucho para eso. Pero no es así; son solo siete meses. Y si el peronismo no recupera la cohesión y trabaja en la construcción de un frente electoral que incluya a sectores diversos, sus posibilidades de triunfo serán inciertas.

 

 

Final

Hay, sí, una amplia incertidumbre en el mundo. Y peligrosa, como se ha bosquejado precedentemente. Hay una guerra en curso que enfrenta a Rusia con Ucrania pero también, por carácter transitivo, a Estados Unidos y a una enorme porción de Europa, que apoyan a Kiev. Y ha aparecido, también, una inesperada tensión entre Washington y Pekín, como se ha visto arriba. En ambos escenarios, está presente la gran potencia del norte en confrontación con las otras dos grandes superpotencias atómicas del mundo: dato/comportamiento este que merece ser atendido y examinado muy rigurosamente, como corresponde.

En este contexto cabe, además, el pago chico. Como se viene de decir, el peronismo no da aún muestras de cohesión y parece desentenderse de las alianzas, lo cual nubla su porvenir político inmediato.

Cosas vederes Sancho, que non crederes”, le apunta el Quijote a su ayudante, en un célebre texto de comienzos del siglo XVII. ¿Valdrá también esa enigmática frase para la coyuntura actual, tanto internacional como local?

 

 

 

 

 

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