Para Israel, la Shoah (término hebreo para el Holocausto) no es solo un hecho histórico, sino el pilar fundacional de su identidad nacional, su justificación existencial y su doctrina de seguridad. El Estado de Israel se concibe a sí mismo como el refugio definitivo del pueblo judío y el garante de que un genocidio de esa magnitud nunca volverá a repetirse. De allí que el sionismo reivindique la necesidad de un Estado judío soberano, en el que solo los judíos puedan ejercer el derecho de la autodeterminación. También refuerza la convicción de que el pueblo judío debe ser capaz de defenderse por sí mismo y que las Fuerzas Armadas de Israel son las encargadas de garantizar el “nunca más” mediante el poder militar.
El recuerdo de un hecho tan dramático como el Holocausto funciona como un nexo de unión que conecta a todos los ciudadanos israelíes y explica la existencia de una política institucional dirigida a mantener el recuerdo global. Pero, en opinión de Eva Illouz en La vida emocional del populismo (Katz), ese recuerdo, que está anclado en la historia traumática del pueblo judío, opera también en el centro de la psique de los ciudadanos de Israel fortaleciendo una política de seguridad basada en la idea de que una amenaza existencial se cierne permanentemente sobre el país. Según la autora, “Netanyahu comprendió intuitivamente que el miedo es el núcleo del alma israelí y perfeccionó la fórmula inventada por sus predecesores laboristas: árabes=Shoah”. En el discurso que Netanyahu pronunció en 2015 ante el Congreso de Estados Unidos, estableció una comparación entre el régimen de Irán y la Alemania nazi para expresar a continuación que “los días en que el pueblo judío permaneció pasivo frente a enemigos genocidas, esos días han terminado”. En la medida que se asimila a los palestinos con los nazis, esa narrativa se constituye en un obstáculo insalvable para cualquier solución diplomática del conflicto y debe ser abordada sin complejos.
La diplomacia de la memoria
El gobierno de Israel ejecuta una estrategia activa de diplomacia de la memoria a través de diversas herramientas oficiales. Yad Vashem es la “Autoridad para el Recuerdo de los Mártires y Héroes”. Establecido por ley en 1953, en Jerusalén, es el centro mundial de documentación, investigación y educación sobre el Holocausto, en el que archiva millones de páginas de documentos, fotos y testimonios accesibles de forma global. Todo mandatario, diplomático o jefe de Estado extranjero en visita oficial a Israel es conducido protocolariamente a Yad Vashem para rendir homenaje. Israel impulsa y conmemora activamente el “Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto” (27 de enero) ante la ONU y brinda apoyo económico a un programa anual que lleva a jóvenes de todo el mundo a los campos de concentración en Polonia. Capacita a miles de educadores de todo el mundo cada año en su Escuela Internacional para el Estudio del Holocausto. El Ministerio de Asuntos Exteriores de Israel también utiliza la memoria de la Shoah como eje central para combatir el antisemitismo contemporáneo y la negación del Holocausto en plataformas internacionales.
Monumentos y centros internacionales
Fuera de Israel, se han erigido monumentos y centros de homenaje al Holocausto en más de 40 países de prácticamente todos los continentes, sumando miles de memoriales tanto en los lugares donde ocurrieron los crímenes como en naciones de acogida de refugiados y supervivientes. Por ejemplo, Alemania alberga el célebre “Monumento a los judíos de Europa asesinados” en el centro de Berlín, diseñado por Peter Eisenman. Polonia conserva el “Museo y Memorial de Auschwitz-Birkenau”. Austria cuenta con el “Memorial de la Shoah” en la Judenplatz de Viena. En Países Bajos destacan la Casa de Ana Frank y el Monumento Nacional de los Nombres del Holocausto en Ámsterdam, que lleva grabados los nombres de más de 102.000 víctimas. En Francia el Mémorial de la Shoah en París funciona como el gran centro de documentación y homenaje del país. En Estados Unidos el más prominente Museo Conmemorativo del Holocausto de los Estados Unidos (USHMM) está en Washington D. C., además de importantes centros en Nueva York, Illinois, Florida y Los Ángeles. En el continente americano hay centros conmemorativos en Otawa, Montreal, Montevideo, Buenos Aires, México DF, San Pablo y Curitiba.
La inmensa mayoría de los estatutos fundacionales, declaraciones de misión y mandatos educativos de estos centros establecen explícitamente que la memoria del Holocausto no debe ser un mero ejercicio de recuerdo pasivo, sino una herramienta activa para identificar señales de alerta, confrontar el odio y prevenir futuros genocidios y crímenes de lesa humanidad. Esta filosofía se articula bajo la consigna universal de “Nunca más” (Never Again / Nie Wieder), traduciéndose en directrices muy concretas dentro de sus normativas. Por ejemplo, el Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos (USHMM) declara en su estatuto que su misión oficial consiste en “promover el conocimiento sobre esta tragedia sin precedentes… inspirar a ciudadanos y líderes mundiales a confrontar el odio, prevenir el genocidio y promover la dignidad humana”. Los monumentos estatales creados a partir del año 2005 se rigen a menudo bajo la Resolución 60/7 de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Esta resolución, que estableció el Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto, mandata textualmente el desarrollo de programas educativos que transmitan las lecciones de la Shoah con el fin de “ayudar a prevenir futuros actos de genocidio”.

El excepcionalismo moral de Israel
Varios destacados intelectuales, historiadores o escritores, algunos de origen judío, han argumentado que la instrumentalización del trauma de la Shoah ha dado lugar a una suerte de “excepcionalismo moral” en el Estado de Israel, que actúa como un escudo psicológico e institucional que insensibiliza a parte de su sociedad frente al sufrimiento que se inflige al pueblo palestino. Autores como Peter Baldwin, Jacobo Nusner, Natan Glazer, Boas Ebron y Norman Finkelstein han abordado el tema en Estados Unidos. Finkelstein, hijo de supervivientes de los campos de concentración de Auschwitz y Majdanek y profesor en la Universidad DePaul en Chicago, escribió en el año 2000 el ensayo titulado La industria del Holocausto, reflexiones sobre la explotación del sufrimiento judío (Ed. Akal). Considera que “afirmar la singularidad del Holocausto es como declarar que los judíos son especiales” y que la singularidad del Holocausto se presta a ser la mejor coartada de Israel. Citando un párrafo de Peter Balswin, añade que “la singularidad del sufrimiento judío refuerza las exigencias morales y emocionales que Israel pueda hacer a otras naciones”. Al considerarse especialmente amenazados, los ciudadanos de Israel han terminado justificado, por ejemplo, la decisión de su gobierno de hacerse con armas nucleares.
Raz Segal, israelí residente en Estados Unidos y reconocido historiador del Holocausto, es otro de los académicos que ha abordado este concepto de forma más directa en la esfera pública tras la escalada del conflicto en Gaza.
Segal considera que existe un “uso vergonzoso” de la memoria del Holocausto y sostiene que el Estado de Israel se rodea de un marco de “excepcionalismo” bajo la premisa de que, al haber sido los judíos las víctimas definitivas de la historia, el Estado judío es inherentemente incapaz de cometer atrocidades similares. Según Segal, esta narrativa deshumaniza a los palestinos (a quienes se llega a comparar retóricamente con los nazis) y sirve para racionalizar e insensibilizar a la población ante la violencia ejercida en Gaza.
Licencia para matar
Omer Bartov, en Israel: What went wrong (Israel ¿Qué ha salido mal?) (Ed. Vintage) considera que a partir del juicio a Adolf Eichmann, a comienzos de la década de 1960, y especialmente desde los años ‘80, cuando la política israelí se desplazó cada vez más hacia la derecha, el Holocausto se convirtió en el aglutinante que unía a sectores diversos y a veces enfrentados de la población judía. “Con el tiempo, a medida que el genocidio de los judíos fue adquiriendo un papel cada vez mayor en la vida pública y la retórica israelíes, dejó de percibirse meramente como un suceso del pasado para convertirse también en una amenaza futura e incluso potencialmente inminente. Esto dio lugar a la creación de una mentalidad colectiva a la vez frágil y agresiva”.
Bartov considera también que el recuerdo del Holocausto está detrás de los comportamientos tan violentos e inhumanos con el pueblo palestino. “Creado como refugio para los judíos que los protegería de la violencia antisemita, Israel empezó a percibirse a sí mismo como constantemente amenazado de extinción, incluso cuando su superioridad militar regional se volvía cada vez más incontestable. Este miedo a un nuevo Auschwitz acechando siempre a la vuelta de la esquina proporcionó también una licencia para ejercer una violencia desproporcionada contra cualquiera percibido como amenaza a la existencia del Estado. Al mismo tiempo, el argumento de que durante el Holocausto las naciones del mundo habían permanecido impasibles en lugar de acudir en auxilio de los judíos fue utilizado para sostener que, cuando se sintiese amenazado, Israel no tenía ninguna obligación de acatar normas internacionales —incluidas las establecidas como gran lección del Holocausto—, ya que su prioridad debía ser siempre la preservación de su pura existencia a cualquier precio”.
Además, afirma Bartov, como Israel cultiva una autoimagen según la cual su creación ha sido una respuesta justa al Holocausto, no puede aceptar su responsabilidad por la injusticia de la Nakba, es decir la limpieza étnica en Palestina que se produjo en 1948. “Considera cualquier crítica sustancial a sus políticas, y mucho menos a la forma en que se creó, como un menoscabo a su derecho a existir y como un servicio a la motivación central del antisemitismo moderno: la expulsión de los judíos”.

Después de Gaza
Peter Beinart, en su ensayo Ser judío después de la destrucción de Gaza: un ajuste de cuentas (Ed. Capitán Swing) argumenta que en las instituciones y escuelas judías se enseña una narrativa única basada exclusivamente en la “persecución y el victimismo constante”. De este modo, al situar al Estado de Israel como un ente con impunidad moral incuestionable, se deforma la tradición ética del judaísmo. Considera que este enfoque bloquea la empatía y permite que una sociedad justifique matanzas masivas bajo la premisa de que “solo nos estamos defendiendo” de una amenaza existencial perenne. Añade que, tras el Holocausto, una sensación de falsa inocencia impregnó la vida judía contemporánea de tal manera que “camufla el dominio como autodefensa”. Una vez que se consideró a los militantes de Hamás como los nazis de nuestros días, se pudo imaginar a Israel como un ángel vengador que erradica a sus enemigos con fuego y espada… Es este sentimiento de “nunca más” lo que permitió a la mayoría de los ciudadanos judíos israelíes considerarse moralmente superiores, incluso mientras ellos, su ejército, sus hijos e hijas y sus nietos arrasaban cada centímetro de la Franja de Gaza. El recuerdo del Holocausto se ha utilizado, perversamente, para justificar tanto la erradicación de Gaza como el extraordinario silencio con el que se ha respondido a esa violencia.
También Enzo Traverso, historiador especializado en las políticas de la memoria y autor de Gaza ante la historia (Akal), detalla cómo Occidente e Israel han creado una “religión de la memoria” en torno al Holocausto. En su opinión, Israel fue una creación de la ONU en compensación por el Holocausto. Señala que, al transformar el Holocausto en un evento sagrado y único en la historia humana, se le otorgó a Israel una suerte de cheque en blanco moral. Esto ha terminado empañando la propia memoria de la Shoah, utilizándola de forma defensiva para bloquear las críticas internacionales y eclipsar la empatía colectiva hacia el trauma palestino. “Los comentaristas que interpretan esta advertencia (contra el genocidio) como una forma de antisemitismo dirigida a minimizar el Holocausto o a cuestionar su carácter único solo demuestran lo miope, insensible y dañina que puede llegar a ser una memoria ensimismada convertida en un culto exclusivo y autorreferencial”.
Peter Beinart, emocionalmente muy ligado a Israel, cuenta que tiene la esperanza de que algún día los judíos israelíes vean la destrucción de Gaza como un punto de inflexión en la historia judía. “Desde la destrucción del Segundo Templo hasta el Holocausto, pasando por la expulsión de España, los judíos nos hemos ido contando cuentos a fin de responder a los horrores que soportábamos. Ahora tenemos que contarnos un cuento nuevo que responda al horror que ha perpetrado un Estado judío. Su elemento central debería ser este: no somos víctimas virtuosas permanentes de la historia. No estamos programados para padecer siempre el mal y nunca cometerlo. Esa falsa inocencia, que impregna la vida judía contemporánea, disfraza de autodefensa la dominación”.
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