El escudo rajado del Capitán América

Si Trump decide proteger sus industrias de acero y aluminio, lo pagaremos aquí

 

El viernes 16 de febrero de 2018, el secretario de Comercio norteamericano, Wilbur Ross, anunció que concluyeron las investigaciones sobre las importaciones de acero y aluminio . Ross entiende que las importaciones de los dos materiales afectan la “seguridad nacional” y recomendó al presidente, Donald Trump, alternativas para proteger a las dos industrias. La investigación fue recibida con un aumento de las acciones de las empresas metaleras y una caída de las de los demandantes de sus insumos. Trump tiene plazo legal hasta mediados de abril para decidir.

La potencial protección a estos dos materiales clave del complejo militar industrial, reaviva las ya encendidas contradicciones internas norteamericanas y exacerba el conflicto geopolítico global. Las repercusiones directas e indirectas que probablemente tenga sobre los actores de reparto, como nosotros y Brasil, devienen nada edificantes. Habrá que ver en las tendencias que se insinúan cuál es el espacio de la Argentina para hacer control de daños. Es que por los volúmenes en juego, resulta previsible que si las medidas entran en vigencia, el precio mundial de ambos materiales se vaya a pique y con él las perspectivas de las empresas que los producen en el resto del mundo. Ese se configura como el objetivo final buscado por los norteamericanos, puesto que en las investigaciones se hace hincapié en que ambas industrias, a nivel mundial, están funcionando con sobrecapacidad, en tanto su pares norteamericanas vieron cerrarse plantas, disminuir empleo y beneficios y se encuentran funcionando por debajo del umbral de rentabilidad.

Según la investigación de Ross, China, de tres lustros a esta parte, es la principal responsable de que en el mundo haya sobrecapacidad en las dos industrias. Como exportadores de acero a los Estados Unidos está undécima en ranking, en tanto los diez primeros exportadores explican casi el 80 por ciento de las importaciones de acero a Norteamérica. Es más importante en aluminio, igual que Rusia. Canadá, que es el principal exportador de acero e importante de aluminio, queda fuera del alcance de las medidas proteccionistas en ciernes.

Las razones de tal contraste se pueden hallar en la presentación hecha por el director Nacional de Inteligencia, Daniel R. Coats, ante el Congreso norteamericano el 13 de febrero pasado, de la evaluación de la comunidad de inteligencia sobre las amenazas globales . Coats puntualiza que “China y Rusia buscarán esferas de influencia y controlarán el atractivo y la influencia de los EE. UU. en sus regiones. Mientras tanto, la incertidumbre de los aliados y socios de los EE. UU. acerca de la disposición y la capacidad de los Estados Unidos para mantener sus compromisos internacionales puede llevarlos a reorientar sus políticas, particularmente con respecto al comercio, lejos de Washington”. Por fuera del documento presentado, Coats les confió a los congresistas que él creía que la principal amenaza era la deuda pública norteamericana.

 

Síndrome de China

Se está discutiendo poder y no comercio, en todo caso el segundo como vector del primero. El punto importante es observar el verdadero status de China en esta disputa. No es que los rusos coticen menos, pero su dificultad está más que nada imbricada con la geopolítica de Eurasia —ahora temiendo que los norteamericanos abandonen la política del dólar fuerte— y dista de los tires y aflojes comerciales; hackers incluidos.

Es verdad que China es un artefacto raro, mezcla de planificación y libre mercado. No obstante su singularidad, para crecer tanto necesitó una enorme masa de capital. ¿De dónde la obtuvo? De ahí, en consecuencia, que ese diagnóstico tan extendido de ver una voluntad china en pos del cetro del poder mundial principia opinable cuando, precisamente, se interroga con qué capital China saltó de significar el 5,6 por ciento del producto mundial en 1990, con el quinto de la población del globo, a representar el 17 por ciento del producto mundial en 2017. El alcance de la pregunta se redondea cuando se observa que en el mismo lapso, el producto mundial se multiplicó por 2,5 veces, en tanto el de Japón avanzó 1,5 veces y el de los EE.UU. se duplicó, por lo que el peso del Sol Naciente en el producto mundial bajó de 7 por ciento a 4 por ciento y el de los EE.UU., del 18 al 16 por ciento. Y no sólo capital: ¿con qué mercado contaban para vender semejante avance de la producción en vista de la estrechez de su mercado interno? Mucha, muchísima gente y nada de plata no cuenta.

Ningún misterio. Fue con el capital aportado por las multinacionales norteamericanas, como antes lo habían hecho con Japón, y también como antes le abrieron su mercado. ¿O alguien supone que el déficit comercial que tienen los norteamericanos con los chinos no es producto de una decisión política impulsada por los lobbies correspondientes? Se puede ver de distintas maneras la caricatura de sí mismo que escorza el comportamiento de Trump pero, devaneos aparte, este expresa un conflicto muy denso al interior de los Estados Unidos. Los problemas del creciente déficit fiscal, alivio impositivo de Trump mediante, que augura un importante déficit comercial poniendo a prueba la fortaleza del dólar, agregan leña al fuego. En esta ecuación, a los chinos no se los ve con capacidad ni interés de desafiar nada. Al contrario, los comunistas chinos tienen mucho que ganar dando sostén a las corporaciones que quieren seguir con la alta rentabilidad producto de los bajos salarios.

 

La careta

En la superficie la disputa luce como el enfrentamiento de los sensatos librecambistas contra el desbarro proteccionista que representa Trump. Lo cuestionable de esta imagen es que los norteamericanos siempre fueron proteccionistas; el país más proteccionista del orbe. Al ser el dólar la moneda mundial, pagan sus importaciones con la moneda que imprimen, la que al resto del planeta le sigue costando tanto como le costaba el oro antes. ¿Contradictorio con el crónico déficit comercial que sostienen? No. Así dotan de dólares al mundo y disfrutan de su “privilegio exorbitante”. Dan papeles a cambio de bienes reales.

Todo lo que en estos asuntos está detrás de Trump, sugiere que con China se vieron venir aceleradamente el espectro de unos Estados Unidos habitados por gatos gordos “roedores de cupones”, que enviaron al extranjero todos los sectores productivos (excepto aquellos cuyos productos no son transportables), importando todos los bienes de consumo que necesitan y pagándolos con esos cupones. Las cuentas externas de la Nación se equilibrarán, el presupuesto también. El dólar va a ser fuerte. En cuanto a los trabajadores, de cualquier forma serán marginados. A continuación, serán libres de seguir a las corporaciones al extranjero uniéndose a otros «trabajadores emigrantes», o de emplearse como personal doméstico de los capitalistas-rentistas en cuestión, actividad que se incrementará en proporción a la disminución del precio de sus servicios. American last, not first. Es la deseabilidad o no de revertir ese proceso lo que verdaderamente se está discutiendo.

En lo que hace a las consecuencias entre nosotros de esta pelea de elefantes, los pasos dados en materia de política exterior de alinearse con los Estados Unidos sin otro requisito que aceptar lo que desde el norte se le “sugiere” y le es “sugerido” al norte en pos de ser los mejores intérpretes de sus supuestos deseos, prefigura un gobierno atado de pies y manos para ensayar una respuesta defensiva que contemple el interés nacional bien entendido. En el mundo tal cual es, las ilusiones se pagan caro, y las enfermizas mucho más todavía.

 

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