Esos ojos negros

La hija mayor de Gastón Riva recuerda a su padre, asesinado el 20 de diciembre de 2001

 

Tenía ocho años cuando asesinaron a su papá. Estaba en su casa con su madre. De repente, Camila Riva recuerda que sus ojos negros miraban a su mamá desesperada, buscando algo por todos lados. No entendía qué le pasaba. “Me preguntaba si había visto la riñonera de mi papá, una negra que siempre se ponía. No la había visto. Casi no veía a papá porque él trabajaba muchísimo”, recuerda la mayor de los tres hijos de Gastón Riva y María Arena para El Cohete a la Luna. No encontrar la riñonera era para María –que daba vueltas el departamento de Carabobo y Asamblea del barrio porteño de Flores, donde vivían–, confirmar en parte que el de aquella imagen difusa que había visto hacía instantes en la televisión –que mostraba a un hombre tendido en el suelo al que cargaban entre cuatro o cinco personas–, podía ser su marido.

“Al rato la vi hablando por teléfono. Llamaba a sus conocidos, compañeros de laburo, para saber de él”. Camila hace memoria sobre ese día. Cree haber estado en la escuela por la tarde. “No me acuerdo qué hice”, expresa. Su memoria se aclara respecto a esa noche. “Mamá me dejó a dormir en la casa de un vecino. Yo chocha, sin saber la situación. Un vecino de mi edad, con quien jugaba siempre. Nos vimos como cinco películas, me acuerdo”. Cuando su madre volvió de buscar a su papá, le contó a Camila que estaba internado porque había tenido un accidente. “En verdad ya estaba muerto, pero no supo encarar la situación. Seguí feliz en lo de mi amiguito”. Era muy chica para recibir la información de que su padre, Gastón Riva, tomó la decisión de dirigirse esa tarde a Plaza de Mayo en su moto CG 125 Honda Titán para hacer rugir su enfado contra el gobierno y que había sido mortalmente baleado por la policía cuando transitaba por Avenida de Mayo, entre Bernardo de Irigoyen y Tacuarí.

“Al día siguiente noté que venían familiares de Ramallo. Entonces pensé: ‘O es grave o se murió’”. Preguntó qué había pasado porque no era ingenua. Su madre la encerró en una habitación, donde actualmente duerme cuando visita a su abuela materna. Fue ahí cuando María le dijo que había fallecido. “Estuve encerrada un rato, me acuerdo que no entendía nada. Y a partir de ahí mi mente tiene flashes muy pequeños”, dice Camila. Sabe que esa pérdida la hizo fuerte a corta edad. “Demasiado para una nena de 8 años. No lloraba. Yo sentía que tenía que estar bien para mi mamá y mis hermanitos. Lloraba sola muchas veces. Y sigo haciéndolo”. Camila tiene dos hermanos. Agustina, que tenía 3 años, y Matías, de tan solo 2 años cumplidos el 17 de diciembre de 2001.

 

Gastón Riva y sus hijos.

 

Sobre aquellos días de dolor adentro –sin espacio para lágrimas públicas–, recuerda que su madre estudiaba y trabajaba para parar la olla. Los abuelos maternos se ocupaban de llevar al jardín a los más chiquitos y a Camila al Instituto Vocacional de Arte (IVA) por la mañana. A la tarde al colegio, y así su mente se mantuvo ocupada. “Por ahí descargaba peleando con mis hermanos, los tres lo hacíamos”, cree. Sobre su padre dice: “Era mensajero, salía a la mañana temprano, volvía un rato y se iba a la pizzería a repartir, también con la moto”. Era su mamá la que estaba todo el día con ellos. Su padre con doble trabajo, su madre con triple labor, cuidando de los tres pequeños.

“Mi viejo siempre puteaba a (Carlos) Menem y después a (Fernando) De la Rúa. No era muy político, pero tenía conciencia de lo que estaba pasando”. Le cuesta recordar qué cosas compartía con su papá a esa corta edad. “No teníamos la mejor relación de padre e hija. Él era medio seco. Pero tengo flashes, algunas risas, pocas”.

Los padres de Camila se conocieron en Villa Ramallo, ahí comenzó el romance. Una tía de Gastón terminó siendo el vínculo con María, que vino con ella a esa localidad. Enseguida conectaron. Fue en el verano de 1992. Vivieron juntos desde febrero del ’93, esperando el nacimiento de Camila. Gastón, sabiendo que iba a ser papá, se mudó a Buenos Aires. Convivieron en principio en la casa de los padres de María y luego se mudaron a un departamento de los padres de ella. Camila nació el 10 de abril de 1993. Gastón Riva y María Arena se casaron en julio de 1996. Estuvieron juntos ocho años. Ese trágico 2001, María tenía 29 años. Gastón, cuando fue asesinado por la policía, 30.

Su mamá le había dicho que su papá había fallecido en un accidente, pero cuando a un familiar se le escapó que fue la policía la responsable de su muerte, Camila descubrió la verdad, esa que su madre trató de no contarle por ser tan chica. “Cuando vio que me enteré de casualidad, me expresó que ella venía guardando material periodístico para dármelo cuando yo fuera grande y así pudiera saber lo que pasó”.

La espera de la Navidad de ese 2001 –cuatro días después del asesinato de su papá–, fue en lo de sus abuelos paternos, en Ramallo. “Creo que noté algo distinto. Mi mamá no estaba bien. Nadie estaba bien, pero ella peor que nadie. Recuerdo haber jugado con mis hermanos. Pero nada fue igual. Pasar de ver fuegos artificiales y comer un asado riquísimo hecho por él a estar apagados y ser tan pocos”. Todos era llanto. Su tía y su abuelo lloraban abrazados. “Mi tía medio que nos iba abrazando a todos. Yo en un momento me encerré y también lloré. Esto sucedió en el brindis, a las doce. No caía todavía, habían pasado cuatro días. Mi hermana preguntó por mi papá varias veces. Mis hermanos no lo supieron enseguida. Mi mamá me dijo que no les diga hasta que ellos preguntaran, que recién ahí les iba a explicar”.

En 2002, Camila comenzó cuarto grado en la escuela pública República Oriental del Uruguay del barrio de Flores. Emilia Daer era su nueva maestra. “Le teníamos miedo porque nos decían que era mala. Pero el primer día de clases, en la presentación formal con los papás y mis compañeros, dijo: ‘Quiero recalcar que tuvimos un suceso muy trágico a fin del año pasado, a una persona le sacaron a su papá a la fuerza, a Camila Riva. Pido a todos que seamos comprensivos y la acompañemos este año a ella’”. La maestra le expresó lo mismo a su mamá, que iba a estar para lo que necesitara.

Si bien su cuarto grado fue muy duro, el amor fue más fuerte. La contención escolar y el arte en el IVA fueron indispensables para mitigar el dolor y mantener su cabecita y cuerpo ocupados. Mientras tanto, su madre emprendía el largo camino –que continúa sin descanso, aún hoy– de la búsqueda de verdad y justicia “para comenzar a sanar”, como sostiene María.

Camila recuerda que, a pesar de que su madre cargaba en la espalda con todo el periplo judicial, llegaba a su casa “con el cansancio del trabajo, pero con alegría y siempre con una sonrisa de vernos y jugar. Hemos tenido muchas risas. Ella es muy compañera”, sostiene en pasado-presente.

Desde chica siente desprecio hacia la fuerza policial. “Siempre que les pasaba por al lado –aún hoy–, los miro y pienso que son ¡unos hijos de puta! Cuando era chica también. Me daban ganas de decirles que yo era hija de Gastón, alguien a quien sus compañeros habían matado”. Difícil que esa sensación se vaya cuando aún deben batallar por justicia.

No recuerda cómo fue su cumpleaños de 9, pero sí el de sus diez. “Fue feo porque tocó Semana Santa y no vino nadie. Desde lo de mi papá, en ningún cumpleaños lo dejé de recordar en el momento de la torta. No me gusta que me canten el feliz cumpleaños”. El dolor más crudo de esa infancia que todavía habita en ella es el de “sentirse vacía. No es lo mismo ver que todos tienen a su papá, que no tenerlo y verla a tu mamá romperse toda. Más cuando fue algo inesperado. No es que él estaba enfermo y más o menos sabíamos lo que iba a ocurrir”.

Camila, siendo la hermana mayor, siempre quiso ayudar desde su lugar. “Mi vieja me confió muchas cosas. Hasta cuidé de mis hermanos muchas veces. Me hizo sentir que podía apoyar a todo el mundo y tuve que crecer de mente”. Entiende que su infancia no fue tan infancia. “Siento que nunca tuve la edad que tenía. Siempre mi cuerpo fue de mi edad, pero mi mente no”.

Esa ausencia que la hizo crecer de golpe hizo que se aburriera de ciertos juegos siendo pequeña. En otros momentos, “sí podía disfrutarlos. Esto me pasaba no porque me sintiera superior, sino porque mi realidad, me parece, era otra”, sostiene, poniendo en duda sus recuerdos. “No sé por qué a veces pensaba que no tener a mi papá me hacía más grande. Aunque a pesar de eso me sentía una niña –tenía reacciones de nena– y no tuve una mala niñez. Pero tengo que aclarar que antes de mi papá fue mejor. O sea, antes de que lo mataran”.

Con el tiempo, Camila aprendió a vivir con el dolor por no tener a su padre. “Entendí que una familia puede estar conformada por mamá y hermanos sin problemas. Pero me queda el dolor de la injusticia porque si hay algo que siempre fui, es ser justa. Odio las injusticias y siempre las odié. Mi papá no estaba por una brutal injusticia. Por esa violencia institucional policial, no porque no tuviera que estar protestando”.

 

 

 

 

 

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