Espacios sensibles

Zuhair Jury y Carlos Alonso, retratistas de la memoria y la ternura

 

El último recuerdo que Zuhair Jury compartió en Facebook fue el del vientre de cada haz de luz que se cuelga de “toda ventana de pobre”, un cosmos de partículas orbitando entre sí dentro de un jirón ámbar de sol. No muy lejos de esa imagen habitaría el mantel de hule en el que sintetizó la infancia mendocina su hermano Leonardo Favio, con quien construyó un universo narrativo único en nuestra identidad cultural. El también cuyano Andrés Casciani leyó el testimonio después de la noticia y, conmovido, le puso formas y colores para que todos podamos verlo.

 

 

La evocación de Zuhair fue el jueves 17 y el “Negrito” partió el domingo 20. Tenía 92 años y no 89, como teclearon algunos portales, pero la confusión puede ser buen corolario para la biografía de quien no asignaba mayor significado a los cumpleaños.

Así lo dejó escrito en su muro, desde donde en 2022 surgió su libro Yo vengo de ahí, una selección de lo publicado hasta entonces. Militaba diariamente contra lo cloacal de las “redes antisociales”, como las llama el director del Cohete. Lo suyo era postear para decir algo, una respuesta que respete mejor el término que Facebook frivoliza cada vez que te pregunta qué estás pensando. Como diría su Florentino Nahuel Pan, el dios que nos concedió la palabra lo hizo para que digamos cosas grandes. Varias de las que cosechó en nueve décadas podrán saborearse el jueves 8, cuando a las 18 se estrene en Asconapé 95 de Moreno el Manifiesto de Zuhair Jury preservado por Aldo Getino. El documentalista registró lo que describió a El Cohete como una pasión vital que transcurrió “amando a los sencillos y odiando a los criminales”.

 

 

La caracterización luce certera, repasando las interacciones de los últimos meses. Dentro del mar de cínicos y efectistas que inunda las redes, Zuhair Jury proponía pensar metáforas y rebeldías, buscar “el otro lado de las cosas”. Donde debajo de la frente de un perrito late un niño, uno halla la infinita cadena de caricias que determinaron su existencia o se nos invita con una amorosa recomendación de la música de su hija, Luciana Jury. Hermosa, la colección de posteos no carece de broncas y asombros, por el genocidio en Gaza, los once años locales de desgobiernos o el experimento cruel al que en 2023 decidió entregarse el electorado. Con la perpleja angustia de quien observa un recurrente salvajismo, pocas semanas atrás recordó que de pequeño robó por necesidad y apeló a la inexistente coherencia de los hombres mediocres que conforman esa porción de la sociedad que se asusta por los pibes chorros y opta por los asesinos adultos.

Eran distintas formas de desafiar la superficialidad utilitaria que había denunciado en sus películas, esquinas perfectas entre la acusación y la ternura. La última no es una palabra más. Las pantallitas no nos han quitado la capacidad de buscar y exponer datos o argumentos, pero el prisma narrativo está desenfocado y rara vez logramos llegar al corazón como lo hacen El fantástico mundo de la María Montiel (1978) y El largo viaje de Nahuel Pan (1995), dos de la media docena de entrañables gemas que Jury dirigió tras poner guiones a la mayoría de las películas de Favio.

Con las singularidades propias de cada uno, las filmografías de los hermanos ―y otras formas de expresión, como la literatura o la música― condensan nuestra identidad, pintando luces y grises según se trate de sabios callados, rebeldes, locos propios del realismo mágico, livings de tevé “al servicio de la pelotudez” o burócratas mayordomos de los que acaparan tortas y morlacos. En eso se diferencia de la segunda trilogía dirigida por Favio, porque en las películas de Zuhair el Mal tomaba contornos más cercanos, se corporizaba en mediocres personajes humanos de superficie, sujetos privados de la fría altivez de la Muerte de Juan Moreira o el resignado cansancio del Diablo de Nazareno. Los hermanos nos mostraron ambos lados de la hoja en la que escribimos nuestra lucha entre el libre albedrío y lo fatal. Como el Aniceto que fue cuento, mediometraje y remake en danza, siempre con la amputación que se siente en alma propia cuando él claudica y vende su gallo. Humana historia, para ver en horario de protección al hombre mediocre.

 

 

Horas después de conocerse la partida de Zuhair Jury, se informó la del artista plástico Carlos Alonso, con quien compartían el origen mendocino y un destino, si el objetivo era hacerse un camino: dejar la cuna cuyana para buscar mayores urbes. Pintor, dibujante y grabadista, Alonso falleció a los 97 años en Córdoba, provincia en la que se había instalado a su retorno del exilio, cuando buscaba “el silencio, las sierras, un poco de distancia”. De ese modo pintaba su aldea adoptiva hace casi 41 años, en la entrevista que Oscar Taffetani le hizo para la edición de La Razón del 29 de septiembre de 1985, doble página dominical:

 

 

Al recuperar ese trabajo esta semana, Taffetani reconstruyó el singular contexto en que se publicó: el Juicio a las Juntas estaba en pleno desarrollo, acababa de pronunciar su alegato el fiscal Julio César Strassera y se temía que la reivindicación de las militancias de las víctimas fuese utilizada por las defensas, una chicana falaz pero entonces posiblemente efectiva. Alonso había abrazado muy joven su militancia comunista y un cuarto de siglo más tarde su hija Paloma sería alfabetizadora en villas y fábricas. Permanece desaparecida desde el 30 de julio de 1977, cuando acababa de cumplir 21 años. “Heredamos de Paloma y de su generación esa pasión cargada de ideales y valor para enfrentar la dura realidad del país”, escribió su familia en un recordatorio, dos décadas después. Para demostrar su madera, los secuestradores se llevaron también de su departamento una obra de Alonso, que aparecería a la venta en una galería de arte. Las pinturas e instalaciones alusivas a la dictadura estarían luego marcadas por la crudeza de lo que ya en 1985 él definía como un genocidio que lo había “ferozmente castigado”.

 

Manos Anónimas I, 1986.

 

Para cuando ocurrió el rapto de su hija, Alonso ya se había visto empujado a salir del país, perseguido tras su exposición El ganado y lo perdido. Exhibida en meses de incipiente restauración del modelo agroexportador, ligado ahora a la fiebre especulativa y la represión clandestina, es sencillo interpretar el título escogido. Fue otro intento de unir sus búsquedas en la pintura, con una “especial debilidad por el arte figurativo”, y los elementos proveídos por una realidad circundante y doliente. Años antes lo había hecho al retratar el asesinato del Che Guevara en Bolivia, recreando la lección de anatomía que pintó el holandés Rembrandt, o golpeando la visual de la porteña calle Florida con postales colectivas de la represión a una protesta popular en la tucumana Villa Quinteros. Ambos trabajos datan de los meses finales de la década del ‘60, cuando llevaba más de tres lustros de carrera y había elaborado ilustraciones del Quijote, el Martín Fierro y la Divina Comedia. Su posterior paso por el exilio, entre Roma y Madrid, motivaría registros conmovedores. Como los grabados con los que ilustró en 2009 la reedición de Bajo la lluvia ajena, de Juan Gelman. O la canción que al propio Alonso dedicaron Hamlet Lima Quintana y Enrique Llopis.

 

 

Hace más de cuatro décadas, cuando despuntaba la primavera de un 1985 que se volvería película, Alonso definió a La Razón que “la razón más importante de la cultura es extender el espacio sensible de las personas a todos los aspectos de su vida”. No se trataba de una mera ampliación de un cultivo individual, porque esa conquista ―agregaba― tornaría “más difícil doblegar las conciencias” y que se consientan intolerancias y atropellos.

 

Manos Anónimas (estudio), 1989.

 

 

Zuhair Jury y Carlos Alonso retratados por Andrés Casciani.

 

 

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