Espejitos de colores

La oposición mediática participa del juego electoral en favor de sus intereses

 

Corren vientos electorales y llegan las encuestas. Algunas de ellas, que además de medir el voto indagan cómo la sociedad percibe los temas que más le afectan, llaman la atención sobre algunas coincidencias. Todos los grupos etarios encuentran en la inflación y/o los precios la principal preocupación. La cotidianeidad lo explica. Entre quienes tienen entre 16 y 60 años, el desempleo se agrega al tope de los problemas. Para los de mayor edad, la inquietud por el mercado laboral es desplazada por la de las vacunas. Decodificaciones etarias de la pandemia. Ninguno de ellos adjudica al endeudamiento y la desigualdad importancia suficiente sobre sus vidas y, sin embargo, son el fondo de la cuestión.

Las explicaciones que nos damos sobre la vida con otros y las repercusiones de las políticas y disputas de poder que impactan en la heladera de cada uno de nosotros hoy aparecen mediadas por empresas que no sólo representan a sectores económicos y financieros, sino que –por su constitución accionaria– son parte de ellos. Multiplicaron sus ganancias con el endeudamiento y apuestan por la financiarización de la economía.

Es entendible que una joven madre que trabaja por hora brindando servicio doméstico, que junto a su pareja arañan los 50.000 pesos sin llegar a cubrir lo básico para todo el grupo familiar que incluye a sus dos hijos, al ser consultada responda que su preocupación es llegar a fin de mes y no perder la precaria fuente laboral que, pandemia mediante, todavía sostiene. Pero sumado a esto están las explicaciones brindadas en el espacio público mediático, que banalizan las causas de que ese changuito de supermercado no alcance a llenarse con el sueldo de tantas horas de trabajo.

El crecimiento de los precios preocupa a todas y todos: oficialistas, opositores, ciudadanos de a pie. En las cercanías del cuarto oscuro, el tema se asoma a las arenas políticas. Los datos de la inflación del mes de junio señalan que el nivel general del crecimiento de precios alcanzó un 3,2 por ciento. Los alimentos, este mes, empataron el nivel general, igual que la salud. El transporte casi acusó un 3,3 por ciento. El mayor crecimiento fue el de comunicación, que empujó los precios de ese rubro en un 7 por ciento.

En las próximas semanas la pelea por el voto inundará de mensajes que buscarán comulgar con los sentimientos de época. Hoy, el tablero muestra las siguientes posiciones: vacunas y recuperación de salarios en el campo oficialista y dólar y precios en el opositor. Las cuatro piezas del juego tienen como común denominador la dependencia de una deuda que es una espada filosa sobre la ciudadanía.

Estos días, las noticias vienen creciendo alrededor de la disparada del dólar, a sabiendas del miedo que esto genera en los consumidores, acostumbrados a ver cómo el salario se les licúa cada vez que el billete verde se hace más grande en pesos. No es para menos. Quien gana pesos, pero come en dólares, no puede menos que asustarse.

El ejército mediático de comunicadores que hace de punta de lanza de la prensa opositora habla del dólar volviendo a relacionarlo con la ausencia de un plan económico, con la desesperación de quien escapa al blue por culpa del cepo que no acaba nunca o con el exceso de pesos que valen cada vez menos para el ahorrista. En definitiva, protestan por una política económica que no les gusta y que impone un mercado financiero que, cuando es regulado y controlado, achica los negocios de muchos. El mal es presentado con el mismo arsenal de costumbre, evitando hablar de la mochila llena de piedras que significa el endeudamiento. En un momento donde el Banco Central es comprador neto y aumenta sus reservas diariamente, los titulares y las pantallas pasan otra película. Juegan fichas opositoras dedicando espacio central y suficiente para hablar del aumento del blue, un mercado pequeño que sube y baja con poco y por el cual suele haber un alto desfile de valores de procedencia dudosa. Como siempre, nunca falta una puesta de alta comedia. Un profeta de ONG que dice trabajar para “la transformación social en barrios vulnerables de la provincia de Buenos Aires y CABA”, desembarcado del vidalismo –aunque hoy juega otro partido– se envalentona y pronostica un dólar post-elecciones a 400 pesos. Va a las PASO de la oposición en una boleta que encabeza un encumbrado economista que cuando ejerció de ministro bajó jubilaciones y salarios.

No es novedad que, en su mayoría, los ciudadanos reciben de los medios de comunicación las explicaciones sobre lo que sucede en el complejo mundo que habitamos. Son estas empresas del mercado simbólico las que definen, en gran medida, aquello que debemos pensar y sentir, qué debemos consumir y cómo debemos votar. Incluso, van ganando su presencia en nuestras emociones y deseos.

En la Argentina, los oligopolios mediáticos se robustecieron con el proceso de convergencia tecnológica. Se reestructuró la producción, circulación y comercialización de comunicación y cultura. Hoy, son pocas las empresas que definen el espacio público y los temas de los que se hablará cada día. Además, tienen intereses concretos que trascienden la esfera mediática. Según un estudio de 2019 de Reporteros Sin Fronteras, cuatro grupos concentraban el 46,25% de la audiencia argentina en medios tradicionales de prensa, radio y televisión. Entre los cuatro principales grupos, Clarín, América, Viacom e Indalo, captaban el 56,7% del encendido en TV abierta, el 75% de las ventas de diarios y el 53% del encendido de radio. Sin embargo, mientras Clarín capturaba el 25,28% de las audiencias agregadas, muy lejos, América y Viacom contaban con el 7% cada una, e Indalo, el 6,6. A esto deberíamos agregar las modificaciones actuales en el mapa con la flamante señal de TV LN+, en la cual en 2020 el ex Presidente Mauricio Macri decidió ser accionario.

El comportamiento de los grupos mediáticos locales sigue los patrones de diversificación de negocios que rige las lógicas de los grandes jugadores. Degustan principalmente el agro y las finanzas, pero también se aventuran en la especulación inmobiliaria mientras avanzan a galope largo hacia el entretenimiento. Telecomunicaciones, energía, petróleo, servicios de salud, nada que permita acumular les provoca repulsión.

La concentración de la comunicación viene creciendo a buen ritmo durante las últimas tres décadas a nivel global. Sin embargo, en los países de la región supera a otros del planeta que tienen normativas menos laxas e intentan algún tipo de control. Para principios del milenio, el capital financiero había logrado un altísimo control de las transnacionales de la información, estrategia en la cual se venía embarcando desde los tempranos ’80. Desde este lugar controla la palabra pública induciendo a las audiencias al apoyo de estrategias de financiarización que le son propias, ya que los propietarios de los dispositivos comunicacionales son actores relevantes en el campo de la especulación financiera. En el orden regional y local, donde el encadenamiento de las industrias de la información con otras actividades –productivas y financieras– es muy alto, la cuestión va por senderos similares. Para empezar, en sus composiciones accionarias hay presencias nada desdeñables de firmas offshore radicadas en los llamados “paraísos fiscales”, oscuros espacios donde se anudan los intereses de las fuerzas que empujan hacia la financiarización de las economías. No extraña, entonces, que los proyectos populares regionales que buscan caminos propios para un mayor bienestar de sus pueblos, contrariando intereses financieros, choquen de frente contra los medios que fuerzan interpretaciones y subjetividades afines a minorías.

Las dos caras de la moneda de la deuda son: la ganancia para el acreedor y el endeudamiento permanente del deudor. Al ser materia casi exclusiva de debate económico, la deuda esconde su segunda cara, la más política, que al desnudar al poder no es, precisamente, la menos importante. El gran negocio para el acreedor es que el deudor vaya cancelando deuda con más deuda, pateando para adelante. Entonces aparecen las tecnologías políticas de sometimiento y control, a las cuales la poética del endeudamiento denomina condicionalidades: la famosa reforma previsional, la laboral y la eliminación del déficit, que siempre saca de los bolsillos el Fondo Monetario Internacional (FMI). La historia viene demostrando que las condicionalidades están preparadas para que el endeudado nunca deje de serlo.

Sabedor de ello, Néstor Kirchner canceló la deuda con el FMI. Porque el fenómeno político detrás del endeudamiento es la dominación del endeudado, quitándole la capacidad de diseñar su propio futuro. Cancelar la autodeterminación de los pueblos es intención del capital financiero. Lo contrario forma parte del ideario de los gobiernos que defienden los intereses populares y de mayorías. Los montos de endeudamiento con el FMI permiten visualizar claramente los ciclos y la representación de intereses de los gobiernos que transitamos desde 1983 a la fecha.

 

Fuente: Elaboración propia sobre datos del FMI.
Los desembolsos de los 57.000 millones que pretendía el gobierno de Juntos por el Cambio no llegaron 
a completarse porque el actual gobierno canceló la recepción de la última parte prevista. La deuda 
sometida a negociación es de unos 45.000 millones.

 

El endeudamiento suele seguir un patrón. Primero viene una oleada de endeudamiento del Estado, luego viene un endeudamiento de las familias. Nada es casual. Los orígenes del alto endeudamiento que hoy tienen las familias hay que buscarlos en los desbarajustes que el último ciclo de endeudamiento público (2015-2019) produjo en las economías domésticas. Hoy, siete de cada diez familias reconocen estar endeudadas. Con amigos y familiares, con bancos, con las tarjetas de crédito. Lo más dramático es que cuatro de cada diez tomadores de deuda lo hace para cancelar deudas precedentes, muchas de ellas contraídas para pagar los irracionales aumentos de los servicios públicos durante “el sinceramiento”. O para sostener niveles de vida que se habían alcanzado. Mucha de la deuda actual de los grupos familiares viene convalidando una tendencia previa al actual gobierno y que al día de hoy no pudo ser resuelta y que seguramente la pandemia agravó. El cuadro en el cual se dibujan estos microdramas de alto impacto personal hay que buscarlos en la desigualdad que surge desde las coordenadas de una sociedad endeudada. La irracional deuda en dólares tomada con los bonistas –hoy restructurada, que no se ve en las calles, ni en la infraestructura, y cuyo destino está pendiente de explicación– aquella pendiente de cancelación con el Club de París, y la recientemente contraída con el FMI, son el salvavidas de plomo al cual se agarró el gobierno precedente y que adelgaza nuestras billeteras.

A pesar de la centralidad que hoy reviste la deuda en la vida de las familias argentinas, las encuestas reflejan que el endeudamiento no aparece percibido como un problema. Sucede que eso de la voz pública, plural y libre que garantiza la existencia de un sistema democrático hoy es un romántico slogan ficcional.

Sin profundizar en los orígenes de la libertad de expresión, a la hora de pensar la información como ejercicio del derecho que alcance al gran público, los oligopolios comunicacionales trabajan como lobbistas para la maximización de las ganancias de sus diversificados negocios.

Así y todo, hay voces que dicen que la pluralidad y multiplicidad hoy se garantiza en las redes. Lo que pocos dicen es que las redes están altamente acopladas a la circulación de los sentidos que se enuncian desde los oligopolios mediáticos y que someten las subjetividades al imperativo del “algoritmo capitalista”. El sueño de una sociedad transparente colapsó a pesar de los buenos deseos.

En las democracias de audiencias que transitamos, los medios cimientan los debates públicos a favor de sus propios intereses económicos y políticos, interviniendo sobre los segundos a favor de la reproducción de los primeros. Para lograrlo no tiemblan, y corroen y destrozan todo aquello que se les interpone con tal de ejercer el control de la palabra pública. No quedan dudas que la necesidad de soberanía económica hoy pide a gritos la regulación de las empresas traficantes de mercancías simbólicas.

 

 

 

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