Esperar sin esperanza

Macri señaló al futuro en una planta de efluvios cloacales

 

La espera y la confianza

Escucho decir que hay que votar a Macri porque el cambio va a llevar tiempo. No sé cuántas personas pensarán como la que escucho. Pero la cuestión de la espera, y muy fugazmente al principio, de la esperanza, acompañada del pedido de confianza en el futuro, se repite en el discurso oficial desde el inicio. En su asunción Macri dijo: “Hoy más que nunca les quiero decir que tenemos que ser optimistas respecto de nuestra esperanza y de nuestro futuro”. Seis meses después y frente a los malos indicadores económicos, la vicepresidenta Gabriela Michetti decía que “el segundo semestre es el momento en el cual aparece la luz en el túnel allá lejos”, como «un alivio o una reactivación, porque para el crecimiento de la economía sí tenemos que esperar hasta el año que viene».

Cuando llegó el segundo semestre de 2016, Macri y sus ministros comenzaron a hablar de “brotes verdes” de la economía, un término introducido por el insensible ministro de Hacienda inglés Norman Lamont, que lo acuñó en 1992 para señalar un repunte en la economía del gobierno neoliberal de Thatcher. En mayo de 2017, el ministro Dujovne elevó la potencia de aquel optimismo y afirmó que «los brotes verdes que veíamos en enero se robustecieron, y ya vemos un pequeño bosque de brotes verdes”. En esa línea, el 1° de marzo de 2018 Macri le dijo al Congreso: “Lo peor ya pasó y ahora vienen los años en que vamos a crecer (…) ¡Imaginemos la cosas que vamos a poder en el futuro! ¡Sí! ¡Animémonos a imaginarlo!”

Acompañando a esa prodicea, en agosto de aquel año el presidente de la Cámara Argentina de Comercio y Servicios, Jorge Luis Di Fiori, pedía a los argentinos en el Consejo de las Américas «esperar y confiar» en el gobierno para atravesar la crisis económica. Y a mediados de diciembre, la ministra Carolina Stanley aseguraba: “Hay una encuesta que nos dice que si solo seguimos a este ritmo vamos a tener que esperar 217 años para lograr la verdadera igualdad. ¿Y saben quién es el primero que no está dispuesto a esperar esos 217 años? Mauricio Macri, nuestro Presidente”.

Hace un mes, cuando en medio de una economía y una situación social de desastre, Macri recorría una planta de tratamiento de efluvios cloacales en Ushuaia, y cuando todo discurso debería haber evitado asociaciones inevitables, insistió: “Les digo a todos, comenzando el año y más convencido que nunca: es por acá que vamos al progreso, al futuro, al trabajo digno y de calidad para todos los argentinos”.

La teología católica sostuvo a fe, esperanza y caridad como virtudes teologales frente a la miseria medieval; y en su pequeña escala, el partido de Macri exalta hoy a la espera y la confianza como virtudes prologales ante la pobreza. Ya decía el cantautor José Larralde: “Para el que no quiere ver/ no hay más que cerrar los ojos”. Pero esa disociación entre realidad e interpretación, aunque no es nueva, hoy muestra nuevas formas después de una metamorfosis histórica a gran escala.

 

Todo está bien

 

El terremoto de 1755, pintura hecha por estudiantes de Lisboa, 2018.

 

El 1° de noviembre de 1755, día de Todos los Santos, un terremoto, seguido de un tsunami y de un incendio generalizado, destruyó totalmente a Lisboa, una de las ciudades más ricas de Europa, dando muerte a decenas de miles de personas. La catástrofe tuvo un enorme impacto en la filosofía y la cultura europeas y la cambió radicalmente. Ante el horror de los hechos, y en contra de los filósofos del todo está bien como Leibniz y Alexander Pope, que defendían la teodicea cristiana de la Providencia divina y la intervención de un Dios justo y benevolente en el desastre, Voltaire respondió escribiendo el Cándido y el Poema sobre el desastre de Lisboa.

Contra el optimismo de creer que la humanidad estaba en “el mejor de los mundos posibles”, y que todo era para bien porque incluso las mayores desgracias como la de Lisboa contribuían al bien colectivo, Voltaire afirmó que esa era una estupidez de fatalistas ignorantes y supersticiosos: “Todo está bien, dicen ustedes, y todo es necesario”, pero “hay que reconocerlo: el mal está sobre la Tierra”. Y siguió con su conocida: “Un día todo estará bien, esa es nuestra esperanza; todo está bien hoy, esa es nuestra ilusión”.

Al decir “un día todo estará bien, esa es nuestra esperanza”, Voltaire se sumó al pensamiento secularizado de la Ilustración que no creía en una esperanza providencial sino en la idea de progreso como conocimiento racional –científico— de las leyes de la Naturaleza, para conocer, entre otras,  las causas de los terremotos. Una idea de progreso que el desarrollo capitalista de las técnicas industriales asociadas a la ciencia llevaría en el siglo XIX, con el progresismo de los Estados Unidos a la cabeza, a la ilusión de un progreso indefinido. La fe y la esperanza cristiana mudaron entonces a confianza y espera del progreso futuro. Hasta que los horrores de la Segunda Guerra Mundial mostraron que ese paradigma del progreso había culminado en una maquinaria de exterminio masivo como jamás se había visto.

 

Las flores del mal

Theodor Adorno escribió entonces: “El terremoto de Lisboa bastó para curar a Voltaire de la teodicea leibniziana; pero la abarcable catástrofe de la primera naturaleza fue insignificante comparada con la segunda, social, cuyo infierno real a base de maldad humana sobrepasa nuestra imaginación” (Dialéctica negativa, III, 1). La primera naturaleza es Lisboa, la segunda Auschwitz. Si en la primera catástrofe sucumbe la ilusión del “mejor de los mundos posibles”, en la segunda implosiona la idea de progreso indiscutible ligado al conocimiento racional de las leyes de la Naturaleza (la ciencia también comete pecados). Si la primera anticipa el fin del Antiguo Régimen y del Estado absolutista, y su reemplazo por la democracia liberal, la segunda obliga a reformular esta en modo de democracia de derechos humanos, ampliando los derechos civiles y políticos del liberalismo con los derechos económicos, sociales y culturales de tradición socialista.

 

Raúl Moreira, Las flores del mal, 2014.

 

En esta perspectiva, las democracias liberales reemplazaron la fe y la esperanza cristiana en un futuro trascendente de salvación eterna, por la confianza y la espera seculares de un futuro inmanente de progreso ilimitado en el desarrollo tecno-científico de una economía capitalista. Las democracias de derechos humanos, por su parte, donde había habido fe y confianza, hablaron de derechos inalienables, y donde había habido esperanza y espera, hablaron de proyecto de vida. Pero la etapa actual del capitalismo financiero global vino a proponer la reconversión de las democracias de derechos humanos en democracias (?) neoliberales, y con ello el giro y transformación de los derechos en incertidumbre y de los proyectos de vida en meritocracia de mercado.

 

Teoría de las catástrofes

El matemático francés René Thom fue fundador de la teoría de las catástrofes, pero no sabemos si  hoy tendría respuestas para nuestras inquietudes. Pero la pregunta que cabe hacer ante la catástrofe neoliberal es: ¿debemos proponernos restaurar la democracia de derechos humanos reconocida por nuestra Constitución? ¿O debemos realizar una negación de la democracia neoliberal, aspirando a la construcción constitucional de un nuevo modelo de democracia?

 

René Thom, parábolas y catástrofes.

 

Si bien es posible postular una reforma que restaure y consolide la democracia de derechos humanos –lo cual no es “una vuelta al pasado”, a “lo anterior”, o “al kirchnerismo”, planteo engañoso del oficialismo y de otros sectores que atrapa a muchos—, no parece cercana la construcción fácticamente viable de un sistema político que supere ética y jurídicamente al sistema internacional de los derechos humanos.

Todo lo que se vislumbra son alternativas regresivas. Lo mejor imaginable hoy resulta ser el estado de bienestar mejorado. Porque no hay indicios, siquiera, de una revolución política, social y cultural que hoy conduzca al mundo, la región o el país a una situación mejor que la que postuló y consolidó hasta lo posible el sistema de derechos humanos. Por eso es tiempo de restauración democrática, y eso significa volver a todo momento de la historia política argentina, sin exclusión alguna, en la que el ideario y la letra de los derechos humanos fueron reconocidos, difundidos y protegidos.

Pero se trata de un volver atrás para poner en oposición dialéctica esa tesis con la antítesis del gobierno actual y así proyectar la trabajosa y disputada síntesis que ha de proponerse un nuevo gobierno. Esto significa creer en derechos y proyectos de vida individual y comunitaria; sin esperar ni confiar en todo lo que se le ha opuesto y opone, aún en formas engañosas. El optimismo no es malo en sí. Gramsci acuñó su conocida idea de “el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad” en su artículo “Contra el pesimismo” (1923). Pero con una salvedad: lo hizo para combatir a todo escepticismo político y pesimismo de la voluntad en la lucha contra el fascismo.

 

 

 

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