Todo empezó con un chiste.
El posteo de Twitter reproducía un diálogo. Uno de los dialogantes anuncia: "Estoy viendo una película". El otro le pregunta de qué se trata.
"Habla de un pobre tipo cuya esposa es brutalmente asesinada por un asesino serial. Para colmo su hijo, que le sobrevive, tiene una incapacidad, está disminuido físicamente. Pero además, en un perverso giro de la suerte, el crío resulta secuestrado y al padre no le queda otra que perseguir al secuestrador, con la ayuda de una mujer con limitaciones mentales".
Ante semejante drama, el interlocutor expresa su shock: Oh, wow. Y entonces el cinéfilo sincera el nombre del film.
—Se llama Buscando a Nemo.
No sé ustedes, pero yo me reí. Porque tengo presente la película de Pixar a que hace referencia: la historia del pececito llamado Nemo, de cómo va a parar a la pecera de un dentista hasta que se libera y vuelve al mar, a reencontrarse con su padre y la desmemoriada Dory, un pez azul que se ofreció a ayudarlos. Me causó gracia que su argumento pudiese ser refritado de forma a la vez tan fiel y truculenta.

El efecto de la broma fue revelador. Me aclaró que, aunque la película animada transcurra como una comedia que apunta a público infantil, su trasfondo no tiene nada de gracioso: la muerte de la madre de Nemo, la deformidad de la aleta del pececito, su caída en las redes de un humano, el traslado a una pecera por lo que amenaza ser el resto de su vida. De no ser porque termina bien, se trataría de una tragedia lisa y llana.
Me pregunté cuántas otras películas podrían ser referidas en una clave que, sin faltar a la verdad, las tornase irreconocibles. Sería fácil, por ejemplo, contar El pibe (The Kid, 1921), de Charlie Chaplin, como un desgarrador drama al estilo de la neorrealista Ladrón de bicicletas. O describir Una Eva y dos Adanes (Some Like It Hot, 1959) como la historia de una interna mafiosa, situación límite que ayuda a un artista a salir del closet.

Pronto comprendí que el juego se volvía más interesante si me concentraba en la realidad. Si yo refiriese lo que está pasando en la Argentina de hoy como si fuese el argumento de una película, ¿se la reconocería a primera vista? ¿O, por el contrario, muchos creerían que estoy hablando de otra cosa, producto de una imaginación desbordante y desbordada?
La única forma de demostrarlo es haciendo la prueba.
Podríamos decir que se trata de una historia que transcurre en un país o un planeta exótico. Porque siempre lo hemos sido y hoy lo somos más que nunca, ¿o no? Quedamos a trasmano de todo. La variedad de nuestros paisajes impide que nos asocien a escenarios definidos. (Todavía recuerdo la película X-Men: First Class, que ubicaba Villa Gessell al pie de un lago y una montaña.) Además somos bichos raros: latinoamericanos por geografía, pero con ínfulas transatlánticas. Acá no hacemos música alegre, de ritmos frenéticos. Ante todo, somos contreras — nos gusta ir a contramano.
A continuación habría que embocarle el género adecuado. La tentación sería apegarse a los más realistas: thriller político, drama testimonial a lo Costa-Gavras — el legendario autor de películas como Z, Estado de sitio y Missing. Pero nuestra situación tiene ribetes tan delirantes, que habría que animarse a ir más allá.
Fíjense lo que ocurre en los Estados Unidos. Como personaje, Trump está más cerca de parecerse a un villano de la serie Batman de los '60 que a Roosevelt o Kennedy. Ese pelo, esas muecas, esas manos jibarizadas: en materia estética Trump podría formar parte de lo que solíamos llamar camp, un estilo que se caracteriza por lo artificial, frívolo y exagerado, que ya incluye la caricatura de sí mismo. El discurso que dio el martes como apertura del ciclo legislativo 2026 —lo que se llama State of the Union— fue el más largo de la historia y a la vez el más fácil de sintetizar, porque todo lo que expresó fue lo siguiente: "Soy el más grande Presidente que haya existido, y los Estados Unidos nunca han estado mejor". Una frase como esa sólo podría formar parte de una película de superhéroes tan infantil como pop —en la película de Batman que data del '66, los villanos copaban el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas—, o de una sátira a lo Dr. Insólito (1964), de Stanley Kubrick.

Uno de los momentos más increíbles del discurso ocurrió cuando Trump dijo cuán importante le parecía la Medalla de Honor que concede el Congreso, para rematar confesando que había consultado si podía conferírsela a sí mismo. (Pocas cosas le gustan más a Trump que colocarse medallas ajenas. Esta semana lo hizo con la de oro que la selección de hockey estadounidense ganó en las Olimpíadas.) Una confesión como esa no podría formar parte de un drama o un thriller que se pretendan realistas. Pertenece a la clase de cosas que, hasta hace muy poco, un dignatario podía pensar pero nunca decir, a no ser que pretendiese autoinmolarse. Pero Trump no respeta la lógica de los Presidentes históricos, y ni siquiera la del común de los mandatarios de films de Hollywood, que podrán ser mejores o peores pero nunca indignos. Su constante sobreactuación, la compulsión a bautizarlo todo con su nombre y su debilidad por la ornamentación dorada sugieren que aspira a la majestuosidad de un emperador romano. (Nerón, sin ir más lejos, revistió las paredes de su palacio con placas de oro y encargó una estatua de sí mismo que medía 30 metros.) Pero en la práctica, la lógica de Trump es la de un archivillano de cómic.
Tal vez no exista personaje de ficción más parecido a Trump que el Pingüino de Danny De Vito en Batman Returns (1992), de Tim Burton: un estafador profesional —inseguro, calenturiento, vulgar y despiadado—, que decide ingresar en el mundo de la política. Esta es una de las peores cosas que podemos reprocharle a Trump: que haya convertido a Occidente en una película de Batman dirigida por Joel Schumacher — uno de los reyes del camp, el mismo que agregó pezones al traje del Hombre Murciélago .

¿Y qué queda para nosotros, que vivimos en un país gobernado por el hermano estúpido e incontinente de Zoolander? (Por las dudas, aclaro: me refiero al protagonista de dos películas dirigidas y protagonizadas por Ben Stiller, en el papel de un modelo masculino con menos luces que un verano en Buenos Aires.)
Nuestra historia actual incluye elementos tan disímiles que sólo podría ser descripta por un idiota pomposo como el Polonio de Hamlet, que en el Acto Segundo, escena segunda intenta demostrar que se las sabe todas y lista como géneros a "la tragedia, la comedia, la historia, el pastoral, el pastoral-cómico, el histórico-pastoral, el trágico-histórico" y "el trágico-cómico-histórico-pastoral". Acá esa definición nos queda chica de sisa. Habría que agregarle, como mínimo, el esperpento, el absurdo, el porno en sus variantes sádica y masoquista, el horror y la (incons)ciencia-ficción
Por eso sería un engorro empezar por aquí, tratando de definir el bosque que nos contiene. Lo más práctico sería referir la historia del modo más simple posible, para que esa sucesión de miguitas nos conduzca a casa.

Los venenos
El enclave exótico donde ocurre esta película que estamos imaginando en equipo supo ser un territorio libre durante miles de años, hasta que algún tiempo atrás —tres o cuatro siglos son un suspiro, en parámetros de la Historia— fue conquistado por un imperio de ultramar, que luego cedió el látigo a otro. En un momento la colonia se rebeló y declaró su independencia, pero nunca la alcanzó del todo en términos económicos. Durante el siglo XX estuvo cerca en dos oportunidades. La Embajada de un Tercer Imperio fue decisiva a la hora de abortar esos intentos. La primera vez se apeló a la aviación nacional para bombardear el corazón de la ciudad-capital, en un día hábil, durante horario laborable. (Yo sé que resulta difícil de creer, porque ningún país "normal" se bombardea a sí mismo. Pero nosotros no somos normales. Somos esperpéntico-absurdo-pornográfico-horrorosos, para empezar.) La segunda vez apelaron a la totalidad de las fuerzas armadas nacionales, convirtiéndolas en un ejército de ocupación dedicado al secuestro, la tortura, la violación y el genocidio.
Pero todo esto sería material para una prequel, en caso de haberla. La película de nuestra realidad comienza hace nada, a comienzos del siglo XXI, cuando la misma Embajada interviene para frenar el tercer intento del país / planeta exótico de alcanzar la independencia económica. Persuadido de que los viejos métodos —el bombardeo, el genocidio— se han vuelto impracticables, el Tercer Imperio apela a uno incruento pero tanto o más efectivo y envenena las mentes de gran parte de la población.

(Aquí habría que hacer un aro aro, para reconsiderar la cuestión del género narrativo. Porque ese envenenamiento podría ser descripto de muchas formas, que remiten a géneros diversos. Si se tratase del encantamiento producido por un hechicero maligno, como el Saruman de El señor de los anillos, nos arrimaría al fantasy. Si se tratase de una invasión extraterrestre, cuyos alienígenas dominan mentes o directamente ocupan cuerpos, estaríamos en territorios de la ciencia-ficción. Si se tratase de sugestión hipnótica y condicionamiento mental, nos encontraríamos en un thriller político-especulativo, al estilo El mensajero del miedo [The Manchurian Candidate, 1962.] Si se tratase de un virus que ataca la lucidez, podríamos estar en medio de un thriller paranoico a lo Contagio [Contagion], la película que Steven Soderbergh dirigió en 2011. Pero a esta altura de nuestro relato, no es imprescindible tomar una decisión. Cómo se produce el envenenamiento es una cuestión menor, todavía. Lo importante es su efecto concreto: la niebla que invade las mentes de millones y los deja en situación vulnerable, pasibles de ser sojuzgados nuevamente.)
La ponzoña del Tercer Imperio afecta, pues, el buen juicio de parte de la población. La induce a despreciar la tranquilidad y prosperidad en las que vivió más de una década —que no sería un paraíso pero sí fue inédita, porque nunca antes había gozado de nada semejante, tanto tiempo seguido— y a poner su destino en manos del menos indicado para seguir garantizando calma y bienestar: un empresario inescrupuloso de méritos inexistentes, mero heredero de fortuna y estatura social.
Su victoria es la primera prueba de la eficacia del veneno. Porque a pesar de que el pueblo se tiene en alta estima y parte de él se considera, incluso, superior a sus hermanos latinoamericanos, cae en el engaño y no advierte que el candidato no es el adecuado para fabricar bienestar general. El tipo no sabe leer, no puede hablar, tiene el carisma de un cenicero, el humor de una lija y la sensibilidad social de un torpedo, pero además es un perfecto inútil: como consagrar Presidente a Isidoro Cañones, el personaje de Dante Quinterno que sólo tenía talento para la joda y la timba. Y sin embargo, el veneno es tan poderoso que gran parte de la población lo ve como admirable y elegante, un modelo a seguir — una suerte de Kennedy local, cuando en palabras del coronel Cañones, tío de Isidoro, nunca fue otra cosa que un botarate, un pelafustán, un badulaque, un tarambana, un tirifilo.

Una vez en el poder el tipo hace mierda todo, hasta que su impericia ya indisimulable termina por voltearlo de su pedestal. Pero el pueblo no escarmienta, porque aunque el Tercer Imperio modera la distribución de veneno, la carga ya inoculada tiene poder residual. Y tan pronto advierte que, lejos de recuperar la lucidez, el pueblo y muchos de sus representantes siguen obnubilados, vuelve a abrir el grifo y libera más veneno que antes. (Esta trama conoce iteraciones en la saga de Batman, donde el Joker envenena Ciudad Gótica a través del suministro de agua.)
A consecuencia de esta nueva intoxicación, surge un candidato todavía más impresentable que el discípulo de Isidoro: agresivo, racista, más ordinario que ataúd con calcomanías, francamente delirante. Su victoria es la segunda prueba del rendimiento del veneno, porque el Isidoro de Barrio Parque tuvo el tino, al menos, de mentirle a la gente que iba a vivir mejor; pero este esperpento nuevo anuncia a los cuatro vientos que va a hacer mierda todo lo que aún queda en pie. Y sin embargo, lo votan igual.
En esta instancia irrumpe algo que los guionistas llamamos plot twist: un giro tan brusco como inesperado de la trama. Todo indicaba que el Tercer Imperio tenía margen para disfrutar de su triunfo y explotarlo en términos económicos. Nadie estaba en condiciones de ofrecer resistencia: parte del pueblo estaba convencida de asistir a la segunda venida de un Mesías celulítico, mientras la otra no superaba el shock de ser presidida por un personaje que daría vergüenza ajena hasta en una película de Francella. Pero, en lugar de relajarse, el Tercer Imperio decide dar un zarpazo y lleva al acto una vieja amenaza. Entonces secuestra a la líder de la oposición: la encierra, amordaza y tira la llave.

Lo hace desde la convicción que no habrá reacción. Porque el pueblo continúa embotado, incapacitado para pensar bien. Y por eso no interpreta lo ocurrido como lo que es: un golpe de Estado, gestado desde el Tercer Imperio pero llevado adelante por las instituciones locales. Con el argumento de "hacer justicia", proscriben a la líder del movimiento popular y la sacan de la cancha del juego electoral. De ese modo, el sistema condicionado económicamente pasa a estar condicionado también en lo político. Y nadie parece advertir la gravedad de lo ocurrido: impedir que la gente elija a quien quiere —aunque se trate de alguien que no es santo de tu devoción— degrada el sistema, hasta desvirtuarlo por completo. De un día para el otro, todos los habitantes del país / planeta exótico —de derecha, de izquierda, prescindentes— pasan a vivir en otro territorio institucional, en un estado de excepción... ¡ y sin darse cuenta!
Este plot twist supone un volantazo digno de un genio del crimen. Porque, al mismo tiempo que maniata a su líder, pone en un brete a su movimiento político, enfrentado a una disyuntiva en apariencia insoluble. La lógica indica que el movimiento reafirmará su respaldo a la líder encarcelada por razones políticas, antes que judiciales. Eso significaría apartarse voluntariamente de la contienda democrática, negarse a participar de las elecciones subsiguientes por saberlas amañadas, condicionadas; volver a estar proscriptos, como en el siglo anterior.
La otra opción pasaría por seguir participando. Pero en ese caso, todo aquel que pretenda liderar el movimiento in absentia de su conductora histórica debería contar con su apoyo, so pena de que la nueva conducción nazca desprovista de la autoridad que necesita. Esa es la trampa que el Tercer Imperio tiende en ese punto. Sabe que todo aquel que se le presente como opositor, sin demandar la liberación de la líder como condición sine qua non para proseguir con el juego democrático —todo aquel, en suma, que siga actuando como si la situación fuese normal, haciendo campaña en busca de un puesto político— estaría jugando en favor del régimen. Porque antes que dirimir una elección habría que resolver la crisis institucional del país / planeta exótico, sin la cual toda representatividad política será condicional — nacería manchada, indigna y por ende débil.

Tremebundo, ¿o no? Uno de esos momentos del segundo acto de toda película en que parece que la cosa es irreversible, que los malos ganaron por paliza y no queda nada que hacer.
Pero nosotros, que crecimos viendo películas con tramos así de inquietantes, sabemos que siempre puede ocurrir algo con lo que no habíamos contado. Y no sólo porque necesitamos un happy ending, como cualquier hijo de vecino. También porque estamos en sintonía con el fenómeno de la vida y su inagotable energía creativa.
Si la vida encuentra siempre un camino para seguir adelante, aun en las condiciones menos auspiciosas, ¿por qué no podría hacerlo también en el país / planeta exótico? Como digo en Kamchatka, cuando las primeras formas de vida surgieron sobre la Tierra fueron víctimas del oxígeno, ese elemento las envenenaba — como si hoy respirásemos monóxido de carbono o fosgeno. Hasta que surgieron formas de vida que modificaron su estructura química y, en lugar de sucumbir al oxígeno, empezaron a usarlo en su favor, a surtirse de él.
¿Podrán hacer lo mismo los héroes de nuestra película, con el veneno que hoy los mata a cuentagotas?
Que la Fuerza esté con nosotros
Si me apuran, creo que a esta altura del argumento nos calzaría el género superhéroes —ante todo, por sus archivillanos siempre al borde del ridículo— o el de las óperas espaciales a lo Star Wars. Ahí también hay un imperio opresivo y una resistencia encarnada por gente que es común y corriente, hasta que aprende a usar lo que George Lucas bautizó La Fuerza.
El escenario parece pintado para una superproducción. El Emperador ególatra, de boquita cruel y peinado a lo Liberace. Los traidores malísimos, capaces de apalear viejos, abandonar a los enfermos terminales, imponer la esclavitud y malvender todas las riquezas de la tierra. (¡Hasta el agua!) El símbolo del país / planeta democrático y próspero, encerrado y silenciado. Y el pueblo de mente enviciada, al punto de recibir con aplausos o con indiferencia las mismas medidas que lo conducen a la miseria.

Parece una exageración, pero no lo es. Nuestra realidad es peor, incluso. Un posteo del abogado y docente Pablo Serdán graficó días atrás el sinsentido al que se nos somete y toleramos hoy. Esto decía:
. A partir de marzo, un niño de 14 que robe un gorro puede ir a la cárcel, pero alguien que evade hasta 100 millones de pesos es inimputable.
. Los trabajadores seguirán pagando ganancias, pero quien compre un yate de lujo no pagará impuestos.
. Si no podés pagar el agua porque te endeudaste te la van a cortar, pero si tuviste 15 años a una persona trabajando en negro esa deuda se extinguió mágicamente.
. Si sos industrial pyme tenés que competir de igual a igual con China, pero si venís de afuera y hacés extractivismo, entrás al RIGI, no pagás impuestos y te la llevás toda.
. Si sos jubilado, te van a seguir licuando la jubilación porque "no hay plata", pero van a usar la ANSES para subsidiar despidos a las grandes empresas y así seguir licuando tu jubilación en loop.
Y mientras tanto, el pueblo argentino no sale de su marasmo. Con la cabeza envenenada por los medios que responden al poder. Demonizando a la líder a quien tuvieron que meter presa, para hacer posible este desbarajuste. Con una imagen de sí mismo distorsionada por completo, al punto de que —como decía John Steinbeck— no se considera "como un proletariado explotado, sino como millonarios en dificultades momentáneas". Entregando a sus jóvenes y niños a las redes y pantallas, que entretienen al mismo tiempo que los alejan de la conciencia de la realidad profunda y de toda posibilidad de explicarse —y por ende cambiar— lo que pasa. (Hay un meme que muestra a una maestra preguntando en clase: "¿Quién puede nombrar las tres ramas del gobierno?" Una niña se apresura a responder: "¡Las corporaciones!" Otra agrega, insegura: "¿Los pedófilos?" Y el tercero remata: "¡Los medios!" Triste, pero real.)

Estamos profunda, terriblemente alienados. Todavía no estábamos curados del todo de la experiencia de los '70, que usó el terror físico para disgregarnos como sociedad (cuando uno tiene miedo de que lo maten, se esconde, se aisla — prescinde de todo lazo que no sea "seguro"), y ahora nos disgregan mediante el terror económico: el miedo a morir como ente productivo, a volverte insolvente, precipitando una carrera desesperada para salvarte a cualquier precio — la pelea por el bote salvavidas en medio del naufragio, mientras los demás se ahogan a tu alrededor.
Otra forma de contar la Argentina actual sería a través de una persona que entró en depresión profunda, que es víctima de un episodio psicótico que no termina de identificar como tal, o que se niega a tratar. Esta semana, como todos los años a esta altura, asistí al acto de inicio del ciclo lectivo de mi hijo menor. Cuando llegó el momento de entonar el Himno, me quedé pasmado. Nunca escuché una versión más apagada, desganada, tentativa de la canción nacional. Sentí que los padres, madres y docentes apaleandos estábamos dramatizando nuestra crisis de identidad como nación, nuestra falta de certezas a las que aferrarnos, nuestra pérdida de toda voluntad de construir un mañana. Pero la película no puede terminar con esa escena. No cuando está protagonizada por un pueblo que, a pesar de que en esta oportunidad metió la pata hasta el caracú, se ha sobrepuesto a las peores vilezas una y otra vez, elevándose por encima de sus propias limitaciones.
Me encantaría incluir aquí el final de la película de la Argentina, pero no puedo hacerlo: porque aún no ha sido escrito, y porque yo no podría escribirlo solo. Sea el final que sea, lo escribiremos a muchas manos. Ojalá no le chinguemos en el género elegido. (Yo apuesto siempre por la épica, ya me conocen.)
Esta sociedad necesita tratamiento psiquiátrico. Y también una revolución.
Parafraseando a Star Wars: que La Fuerza esté con nosotros.
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