"Esta vez es distinto": Una superproducción en materia represiva

La mujer se frenó adelante de las vallas. Alguien había escrito a las apuradas un mensaje, con letras gigantes: Maldito sea el soldado que vuelve las armas contra el pueblo. “¡Te va a pasar!”, dijo ella, Nilda Teresa Gonzalez, 74 años, vestida de batón. “¡No vas a llegar a viejo! ¡Recapacitá, todavía estás a tiempo!” Detrás de las vallas la observaba un pelotón de uniformados. ¡La verdad es que son traidores a la Patria! ¡Estos son los traidores! ¡Tenés 22 años, más de eso no tenés! ¡No sé si saben tirar o no saben tirar, pero seguro que sí: saben tirar!”

Cerca de las dos de la tarde, con las calles laterales del Congreso totalmente tabicadas y esa mujer sacándose la furia, los teléfonos acercaban noticias del comienzo de la represión. Miles de ciudadanos habían corrido convocados en menos de veinticuatro horas a reclamar a los diputados la suspensión del debate por la reforma previsional. Para entonces, el gobierno había transformado el Congreso en territorio militarizado. Las organizaciones calcularon unos dos mil efectivos en un despliegue inédito de todas las fuerzas de seguridad federales: un despliegue que los que saben dicen que fue bestial y extraordinario. Hubo Policía Federal en la primera línea y Policía de Seguridad Aeroportuaria detrás de los vallados centrales y atrás de ellos estuvo Gendarmería Nacional, en un esquema que sumó: unidades de infantería, de antidisturbios, bastoneros y escopeteros de cada fuerza.

El operativo desplegó un cordón impenetrable sobre avenida Entre Ríos entre Hipólito Yrigoyen y Rivadavia, convertida de allí en adelante en campo de batalla contra los miles que permanecieron en la Plaza sabiendo que iban a ser reprimidos. Los pocos escopeteros encargados de las balas de goma usualmente desplegados en los doce años de kirchnerismo con lógica defensiva, aquí se convirtieron en un batallón compuesto por líneas enteras de escopeteros que no usaron la defensa sino el “ataque para la dispersión”. Hubo gendarmes y policías completamente desatados tirando con escopetas como si fuera una batalla. Disparos de balas de goma sin descanso durante cuatro horas por fuera de los protocolos que obligan a tirar al piso o hacia arriba. Hubo dispararos de cartuchos de gas lacrimógeno vencidos en 2011, gases tóxicos cuya potencia se sintió a más de 300 metros.

El despliegue impactó sobre la Plaza y la calle pero también contra los diputados de la oposición, marca de una nueva escalada represiva. Un jubilado fue trasladado al Santa Lucía luego del impacto de una bala en un ojo. Un diputado del Frente para la Victoria quedó inconsciente por el golpe de un gendarme. A Mayra Mendoza le quemaron la cara con un cartucho de gas vencido. Y, entre decenas de heridos, el fotógrafo Pablo Piovano recibió once impactos de bala de goma cuando lo vieron con su cámara. Tras la desconcentración volvieron las redadas: al caer la noche había un número de 41 detenidos. (Ver el artículo titulado Abogados organizados contra la cacería.)

Pese a todo, las imágenes que parecieron escenas de 2001 lograron frenar el debate en Diputados por falta de quórum. “A diferencia de otras marchas, en esta militarizaron toda la zona de Congreso”, dijo Alejandro “Coco” Garfagnini, coordinador de la Tupac Amaru cuando caía la tarde. “La cantidad de policías y efectivos desplegados convirtió a la zona de Congreso prácticamente en estado de sitio”. Lo que en realidad sucedió en el Congreso fue la orden de despliegue de un megaoperativo dispuesto por el ministerio de Seguridad que al parecer muestra el diseño de un nuevo paradigma de época: el accionar conjunto de las fuerzas de seguridad como otrora lo hicieron las Fuerzas Armadas.

Pese a todo todavía estoy acá

—¡Estoy acá por mi Patria! —dijo Nilda, todavía frente a la valla. “Para que no robe más este sinvergüenza. Eso. ¡No quiero que me roben más! Ni diputados. Ni legisladores, ni senadores, que son una manga de sinvergüenzas, todos juntos”. Pasó un hombre. Gritó: ¡Traidor! Y se quedó en esa esquina. Pasó una mujer. Abrazó a Nilda para contener sus gritos. ¿Sabés como vas a terminar ustedes?, dijo otra, sin bandera, como de paso. ¡Van a terminar como Videla, que la última persona que lo vio fue un guardiacárcel, sentado en un inodoro, cagando, descompuesto, y ese era el verdadero poder que tenía: ¡y a ustedes los usan para eso! A unos metros, Fabio Wasserman buscaba una calle de salida, transpirado por el susto. Tenía los ojos irritados y a su compañera desesperada porque a él una de la balas le pasó raspando. “Iba caminando por Perón, de Uruguay a Callao buscando a mi compañera —dijo—, pasó un camión con policías de la Federal y con Itakas tirando balas de goma que cayeron al lado mío”. En ese escenario, con bronca, dijo que todo le hacía acordar a 2001. Pero esta vez es distinto, explicó: Acá ahora hay legitimación para la tragedia. Una pareja quedó parada en otra esquina. A cien metros de la Plaza. Ni entraba ni salía. Quedaron ahí, donde las calles exhalaban en masa a quienes salían corriendo desesperados a respirar algo de aire mientras caían bombas de gas picante. Salían y volvían a la Plaza cuando menguaban los gases.

—Una amiga me dio limón, como en los ‘70 —dijo una mujer, compañera de un hombre con gorrito de Carta Abierta. En Montevideo y Rodriguez Peña ardía un tacho de basura y humo tóxico. Gabriel Mariotto corrió con los ojos inyectados de rojo, entró y salió de la Plaza después de cargar a una adolescente en estado de convulsión y llevarla al Patria. Un tipo lo paró. Le dio medio limón. Mientras otros respiraban con la nariz tapada por pañuelos, remeras o lo que tenían a mano.

“Fuimos y vinimos durante toda la tarde porque reprimían y se hacía imposible sostener el nivel de gas que había en Avenida de Mayo”, dice Coco. “Hubo muchísima cantidad de gas lacrimógeno y muchísima cantidad de balas de goma: fue una tirada de gas permanente desde las dos de la tarde hasta las seis. Y para darte una idea, el gas se olía en la 9 de Julio. Entonces, replegábamos a la 9 de Julio y volvíamos. Pero lo importante es que después de cada repliegue en ningún momento la gente se fue a la casa. Al revés, cada vez hubo más gente, cada vez que volvía éramos más. Esto le paso también a ATE. Nos íbamos y volvíamos de nuevo. Y quedó claro que la 9 de Julio fue la retarguardia. Todo el mundo lo manejó así”.

Luis Zamora repitió el mismo esquema desde Rivadavia y Saenz Peña. Bocas de agua abiertas en las veredas de Avenida de Mayo permitieron algún fresco. Todas las organizaciones siguieron ahí, preparadas con 24 horas porque la sesión estaba prevista originalmente para el día 20. Estuvieron las agrupaciones de la Corriente Federal de la CGT; hubo agrupaciones de la CGT del triúnviro, pocas, pero estuvo Pablo Moyano con Camioneros, la UOCRA, UOM Capital y Quilmes. Desplegaron banderas las agrupaciones nucleadas en la CTA, ATE, el PTS, el PO, el Frente de Izquierda, La Cámpora y los movimientos sociales como el Frente Milagro Sala y la Dario Santillán. ¡Lo de hoy es un verdadero triunfo!, dijo Zamora. Es que de a poco todo el mundo iba confirmando los datos: Diputados no dio el quorum. “No los votes más”, decía una pancarta. Garcas, otra. Una bandera de músicos organizados. Un viejo que se puso la bandera argentina atada al cuello y levantó su propio cartel: la vida de los jubilados vale más que sus ganancias.

No pasarán

El esquema de seguridad usó recambio de tropas y lógica de refuerzos y desbordes que sólo corrieron por parte de las fuerzas de seguridad. Al comienzo, ante el vallado central, se ubicó una primera línea de Policía Federal seguida por Gendarmería. Luego se sumó la PSA. En la primera línea, estuvo el cuerpo de infantería de la Federal: personal sin escudo, sin armas, sin bastones y reteniendo las vallas. Atrás, el grupo antidisturbios más conocido como cascarudos y bastoneros. Y mas atrás, escopeteros, como supuesto último refuerzo y con munición de goma. Pero todavía más atrás la Gendarmería desplegó también a sus tres líneas. Ese fue uno de los datos que definió como extraordinario el operativo. “Hay que tener en cuenta que estaban todas las fuerzas federales desplegadas por la OMC pero esto fue como haber puesto todo arriba de la mesa”, señaló uno de los expertos. A la mesa también subieron a la PSA, llamativo porque no tienen unidad antidisturbios, por lo menos hasta antes de este año. “Cambiaron”, dicen cuando explican qué sucedió. “Esto da la idea de un trabajo integrado con el paradigma de las Fuerzas Armadas en un contexto en el que no estoy seguro si hubo práctica para esa integración y donde no existe un estado mayor conjunto de las fuerzas de seguridad”. Por eso, a las seis de la tarde los uniformados todavía tenían fuerza y seguían a la caza: “Acá la orden fue: no pasarán, y si no te tiran perros y balas”.

Quienes se movilizaron sabían qué podía pasar. Había pasado el día previo. Y durante el día corrieron mensajes con tips y consejos para la marcha: llevá pañuelo para taparte la cara si lanzan gases, llevá limones y agua, llevá una muda de ropa-remera por si te marcan y la recomendación del documento como en dictadura.

“Es un operativo que yo no veía desde el 2001”, dijo Myriam Bregman del Frente de Izquierda por la noche. “Estuve en el Congreso el 20 de diciembre de 2001, me reprimieron y me tiraron gases, pero esto no lo vi desde ese momento. El despliegue pero también la represión a los diputados. Eso me parece un salto importante: por lo general hasta ahora se cuidaban pero hoy nos dieron con los escudos, nos pegaron, agredieron. Hubo un salto y no es aislado. Hace una semana balearon a mi compañero Raúl Godoy: está en silla de ruedas, tiene que ser intervenido y tiene un mínimo de dos meses sin caminar. A Leonardo Grosso le tiraron un perro deliberadamente encima para morderlo. Creo que estamos viendo un crecimiento muy importante de la represión, no sólo de los sectores populares sino que se direcciona a los diputados. Cayó el diputado de Tierra del Fuego en la parte interna del corralito y no había ambulancia. Después estuve con Mayra Mendoza que le quemaron la cara y usaron gases vencidos que además son peligrosos”.

A la noche, cuando aumentaba el número de detenciones, Coco dijo algo más. “Pero más allá de la represión, estoy feliz porque se dio una situación inédita: hubo militancia resistiendo las leyes de saqueo y adentro hubo diputados con voluntad política de frenarlo. Creo que es la combinación para frenar estas cosas. La calle y los diputados tomando la iniciativa. Después está el tema de Bullrich: es la hora que es y el Congreso sigue estando bajo estado de sitio: acaban de detener a dos personas en este momento”.

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