Con gran discreción, Netflix sumó a su grilla uno de los contenidos más peculiares de la producción audiovisual de este tiempo. Un programa que se llama Famous Last Words, o sea Famosas últimas palabras. Consiste en la entrevista a una personalidad —hasta aquí nada especial, pero escuchen— que grabó esa charla bajo la premisa de que sólo se la difundiría después de su muerte. El último tramo del envío consiste en el personaje a solas, hablando a cámara y expresando a conciencia el mensaje que desea que perdure como su comunicación póstuma — las últimas palabras a las que alude el título, a la manera de un testamento digital.
El primer programa en ser emitido (pero no el primero en ser grabado) fue consagrado a la antropóloga Jane Goodall, la mayor experta mundial en chimpancés, que murió el 1º de octubre de 2025. (Su entrevista apareció en Netflix 48 horas después.) El segundo estuvo dedicado al actor Eric Dane, enfermo de lo que se denomina ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica, un mal degenerativo de tipo neuromuscular), que murió el 19 de febrero de este año. El 2 de septiembre —la semana pasada— murió Gloria Steinem, la periodista y ensayista que durante décadas fue una de las líderes del feminismo. Pocas horas después, el programa que protagoniza quedó a disposición del público.
Las entrevistas se graban sin certeza de cuándo saldrán al aire. Pueden demorar meses o años, lo que le tome al o la protagonista alcanzar la muerte. Por eso es imposible determinar cuándo se estrenará el próximo. (Existen otros cuatro programas que ya están grabados, pero la identidad de los protagonistas se mantiene oculta. Dadas las características del envío, antes de su realización se firman NDAs, Non Disclosure Agreements, documentos que vuelven mandatorio cierto secretismo.) Como dice el periodista del New Yorker Michael Schulman, ni los productores del programa tienen claro el calendario de estrenos: “Eso depende del jefe de contenidos que mora en el Cielo”.

Cada capítulo comienza con la voz en off del co-productor y entrevistador Brad Falchuk, explicando la premisa general: “Imaginen si tuviésemos la posibilidad de escuchar a un ícono de la cultura después de su muerte”. Falchuk aparece entonces, acompañando a la (o el) protagonista hasta el set: una discreta base circular con dos sillones, en medio de una estructura también circular. La escenografía fue diseñada de modo que pudiese desarmarse y transportarse donde haga falta. (Goodall y Dane grabaron en Los Angeles, Steinem en Nueva York.) No hay camarógrafos a la vista, sólo cámaras manejadas por control remoto. Y el contenido de la conversación —esto es, el sonido de la charla— no sale del set circular: nadie puede escucharlo durante la grabación, más allá de Falchuk y de su entrevistado/a.
La televisión danesa creó el modelo original, que se llamó Det Sidste Ord (La última palabra) y hacía lo mismo, pero con personajes conocidos en Dinamarca. Falchuk se agenció un socio danés, Mikkel Bondesen, y juntos adaptaron el formato para un público internacional. Tipo interesante, este Falchuk. Co-creador con Ryan Murphy de series como Glee y American Horror Story, actual marido de la actriz Gwyneth Paltrow, hay que concederle que hace bien su extraño trabajo. El periodista del New Yorker lo define así: “Mezcla de Oprah Winfrey, Parca de las celebridades y doula de la muerte”. (Se llama doula a la persona profesional que asiste física y emocionalmente durante el embarazo y el parto. En este contexto, Falchuk sería alguien que, en vez de facilitar el nacimiento, facilitaría el tránsito hacia el final de la vida.)
Uno imagina que cada sesión de grabación debe estar preñada por una emoción extraña, desde que los entrevistados saben que lo que digan entonces lo oirá el mundo, y en particular sus seres queridos, una vez que ya no estén allí, a modo de mensaje post-mórtem. Pero Falchuk surfea la situación con elegancia. Se hace cargo del tema delicado con franqueza que elude el subrayado dramático. Fuera de cámaras, claro, cierto morbo se vuelve inexorable. Imagino que al equipo de producción no le queda otra que armar listas de figurones que ya son ancianos o que, a causa de alguna enfermedad, están más cerca del arpa que de la guitarra.

Según dijo Falchuk a Michael Schulman, muchas celebridades rechazaron la oferta de participar. “La mayor parte de la gente no está preparada para algo así”, declaró al New Yorker. La negociación entraña un primer encuentro entre Falchuk y los aspirantes, durante el cual se prevé la forma del capítulo. Gloria Steinem sugirió los temas de los que quería hablar. Eric Dane aceptó porque tenía una motivación clarísima: quería que el programa ayudase a sus hijas Billie y Georgia —de 16 y 14 años— a conocerlo más profundamente.
Jane Goodall se aseguró de que no faltasen referencias a la situación mundial. Con esa carita de vieja buena que portó hasta el final, dijo que nada le gustaría más que subir a Elon Musk a uno de sus cohetes, sumarle a Trump, Putin, el Presidente de China, Netanyahu y el gobierno de Israel, y enviarlos a todos en busca de ese otro planeta que Musk está tan convencido de que encontrará.
El programa de Schrödinger
En esencia, Famous Last Words constituye un documento interesantísimo, a través del cual íconos de la cultura no sólo reflexionan sobre su legado, sino que además obtienen agencia para ponerles el broche de oro que prefieran. Una suerte de: “¿Qué querría decir, qué me gustaría que se considerase respecto de mi persona, cuando ya no pueda decir más nada?”
Hasta el momento, todos los entrevistados fueron muy educados. Ninguno hizo uso de la posibilidad de incluir en su mensaje final algo así como: “Y a vos, Tal y Cual, que me estás mirando, ándate bien a la X de tu W”, o bien: “Me lo guardé hasta ahora, pero ya no más. Soy la hija secreta que Marilyn tuvo con JFK”. Aunque Jane Goodall parece tentada durante un instante: “Estoy muerta, así que no sufriré repercusiones”, reflexiona, pero finalmente calla el nombre del único hombre al que dice haber amado de verdad.

Más allá de las bromas, el resultado exhibe una cualidad única, digna del célebre Gato de Schrödinger, ese que —teóricamente, al menos— estaba vivo y muerto a la vez. “Un concepto extraño con el que lidiar”, piensa en voz alta Eric Dane, delante de Falchuk. “Vos y yo estamos hablando acá, ahora mismo, y ambos estamos muy vivos. Y, al mismo tiempo, cuando esto exista —si es que alguna vez existe— yo no voy a estar más aquí”.
En los capítulos que ya se conocen, la muerte y lo que ocurre o no después se convierten en temas expresos. A Gloria Steinem le basta con creer que estará viva cada vez que alguien la recuerde o la lea. Eric Dane es taxativo: “Cuando se apagan las luces, ya no hay nada más”. Jane Goodall fantasea con reencontrarse en otra vida con su madre, con el perro de su infancia y con algunos de sus chimpancés. (Significativamente, no ansiaba retomar el contacto con sus dos maridos, de los que parece haber tenido suficiente — ninguno de ellos fue ese hombre al que admitió amar con locura.)
El capítulo más conmovedor es el de Dane, porque a diferencia de Steinem y de Goodall, que ya eran mujeres de edad provecta —92 y 91—, el actor era un tipo aún joven: murió a los 53. Se trataba de un grandote con físico y rasgos de Adonis, que se hizo famoso a través de un papel de galán en la serie Grey’s Anatomy y brilló con un rol dramático en otra serie, llamada Euphoria. Verlo confinado a una silla de ruedas, sin dominio de sus brazos y con los músculos de la fonación ya comprometidos (“Sueno como una rana”, bromea), resulta shockeante por comparación con su imagen tradicional. Y por eso impresiona como lo que era entonces: una persona aún llena de vida, a la que una enfermedad malvada le estaba robando parte de sus derechos.

Confieso que no le tenía fe, al pobre Dane. Lo hacía víctima de mis prejuicios, que me mueven a desconfiar de los tipos lindos y atléticos, a quienes prejuzgo poco inteligentes. (Son para mí lo que las rubias a otra gente.) Pero Dane me impresionó de la mejor manera. En primer término, por la honestidad con la que abordó temas delicados como el suicidio de su padre, que padeció con apenas 7 años, o sus propios problemas con las drogas y la depresión. También por la lucidez y la elocuencia con que se expresó. (Me encantó la forma en que definió a su madre, a quien describió como una persona que “en materia de negación, tenía un cinturón negro”, en alusión al distintivo que las artes marciales otorgan a quien alcanza un nivel magistral.)
Lo más notable, sin embargo, es la entereza con que enfrenta su situación. Dane consagra el tramo final a un mensaje a sus hijas. Es obvio que está leyendo lo que quiere decir, pero eso no resta poder a la circunstancia. ¿Podría haber memorizado el texto para interpretarlo, como el actor que era? Probablemente. Pero la lectura sugiere que privilegió el rol de padre al de artista. Se trata de un texto al que debe haberle dedicado tiempo y energía, meditadísimo, y del que no habrá querido apartarse ni en una coma. El suspiro que suelta antes de encararlo te parte el alma.
Lo primero que dice —cómo no sentirse identificado— es: “Lo intenté”. Después resume lo que querría legarles, a partir de lo aprendido durante su enfermedad: la importancia de vivir en el presente, de enamorarse —no sólo de una persona sino de una pasión, de algo que las impulse a levantarse cada mañana—, de elegir amigos sabiamente y de luchar siempre, hasta el final, con dignidad e integridad. “Heredaron resiliencia de mí: ese es mi superpoder”, dice. Para concluir de este modo: “Buenas noches. Las amo. Esas son mis últimas palabras”.

Pero el capítulo que más me marcó fue el de Jane Goodall. Tal vez porque el estudio de la vida natural la proveyó de un prisma para contemplar la conducta humana que no estaba por debajo de la sabiduría.
Cuando habla del cohete al cual subiría a Trump & Co., distingue entre dos categorías de machos alfa: “Uno que hace todo a partir de la agresión, y que porque tiende a pelear, no dura mucho; y otros que apelan a sus cerebros, como el joven que no desafía al macho de más rango si no cuenta con la ayuda de un amigo, que a menudo es su hermano. Esos viven mucho más”.
Goodall llegó al final de sus días con escepticismo respecto de nuestras posibilidades de sobrevivir como especie. “¿Tenemos tiempo? No lo sé. Esta es una época realmente sombría”, dijo. Pero aun así, llamó a no perder la esperanza. “Sin esperanza —le dijo a Brad Falchuk—, caemos en la apatía y no hacemos nada. Y en tiempos como los que estamos viviendo, si la gente no tiene esperanza, estamos condenados. ¿Cómo vamos a traer niños a este mundo oscuro que creamos, para dejarlos rodearlos de gente que se ha rendido? Aun si este es el fin de la humanidad tal como la conocimos, luchemos hasta el último segundo”.
El contingente de las nubes
Si me ofreciesen la posibilidad de grabar un testimonio como el de Goodall, Steinem y Dane, yo aceptaría de una. Eso sí, no lo asumiría desde la discutible relevancia social como escritor, periodista, etcétera. (Aunque una de mis hijas insiste en que yo necesito guionarlo todo, y por ende apreciaría la chance de guionar también mi reaparición post-mórtem. Qué se le va a hacer. Los hijos nos tienen calados.) Por el contrario, asumiría el desafío desde mi condición de mortal común y corriente, ávido de aprovechar una oportunidad preciosa.
Se trataría de un ejercicio hipotético. Imaginarse en los umbrales de la muerte —ubicarse allí, de forma mental– y mirar hacia atrás y hacia adelante.

Mirar hacia atrás supondría contemplar lo vivido. Evaluar lo que uno ha sido y hecho. A partir de la premisa de que uno se encontraría al final del camino, sólo quedarían dos opciones. O sentís una satisfacción general —la tranquilidad de haber disfrutado de la experiencia de vivir, producido cosas bellas y dejado un buen recuerdo–, o la angustia de advertir que tenés pendientes cosas bravas. El ejercicio sería positivo en ambos casos, pero particularmente en el último, porque dado que todavía dispondrías de tiempo —no tenés 90 ni te picó el boleto una enfermedad mortal—, la posibilidad de saldar esas cuentas todavía estaría a tu alcance.
Mirar hacia adelante, hacia la nada o el misterio en el que estaríamos zambulléndonos, ayudaría a dejar de pensar en uno –porque ya no tendríamos margen para hacer nada más– para pensar en los que quedan detrás: los afectos, la humanidad. Eric Dane pensó en sus hijas. Jane Goodall, en las generaciones que la sucederían. Traspasado el umbral, los únicos que todavía pueden hacer algo positivo son los que siguen vivos. Por eso es pertinente pensar en ellos, comunicarles la sabiduría que hayamos obtenido, por las buenas y también por las malas, en virtud de nuestra experiencia vital.
Me pregunto si el Indio hubiese aceptado prestarse al ejercicio. Mi primera reacción fue pensar que no. Por una parte, porque siempre le cobró a la vida al contado. Fue libre, hizo lo que quiso, disfrutó de todo — de lo sano y de lo otro. El Indio entendió desde muy joven —cosa inusual— que la vida era lo que llamaba “un puto negocio del corazón… La única manera de que te den ganas de vivir la vida es respetarte a vos mismo y a la gente a la que querés. Que te guste a vos mismo lo que sos. Eso es elemental”.

Además hizo buen uso de su arte para examinar las luces y sombras de la existencia. La experiencia psicodélica lo ayudó a contemplar la muerte a los ojos desde temprano. “Yo entendí entonces que esta vida era la única que había, que en un momento Carlitos ya no iba a estar más”, me dijo mientras concebíamos Recuerdos que mienten un poco, el libro que contiene su biografía. “Y esas experiencias me ayudaron a apostar distinto: a vivir apasionadamente, a conmoverme, a creer que hay que hacerse cargo del dolor de los demás”.
El tema era recurrente en sus canciones. Sin necesidad de prestarse a algo como Famous Last Words, llevaba tiempo sacando cuentas, pasando balances en limpio, pagando lo que creía adeudar o siendo generoso, nomás — desprendiéndose de lastres.
Ahora que no está, entiendo que una de las formas en que me negué a considerar que su muerte podía estar cerca fue poner freno a la escritura del documental sobre su vida. Lo trabajamos durante meses —yo leía páginas, él acotaba o recordaba nuevas anécdotas—, hasta que en un momento lo puse en pausa. Vaya contradicción. Yo quería brindarle la oportunidad de que volviese a ver su vida, de repasar esa experiencia deslumbrante en la pantalla grande y disfrutar del replay. Ese era mi principal motivación. Pero hoy resulta evidente que me negué a llegar al final, porque no quería que se consumase.
Aun así, con Guido Berenblum pasamos meses grabando al Indio mientras volvía a contarme su vida entera. Lo hicimos con el propósito de que su voz fuese el hilo conductor del documental. De ese modo, antes que un film “sobre” el Indio sería el film a través del cual el Indio mismo compartiría su aventura vital. Hoy contamos con una tonelada de horas de grabación del Indio refiriendo su historia, que permanecen inéditas — por lo menos, hasta la realización del documental.

Por eso me digo que, a nuestro modo, hicimos con él una suerte de Famous Last Words, aunque sin cámaras: con su voz —esa voz— como única guía.
Todavía no junté coraje para escuchar el material. Pero el programa de Brad Falchuk ha sido de gran ayuda. Ahora sé que lo haré pronto, y que poner play será como volver a tenerlo cerca, a sentirlo vivo aunque no esté — siempre será el Indio de Schrödinger para mí.
En el primero de sus discos con Los Fundamentalistas está esa canción llamada La muerte y yo, donde dice: “Me he puesto grande, ya ves, sólo le pido a la vida que no me duela”, para concluir con un verso que acepta la proximidad del final: “Me va alumbrando la luz de los que no respiran”.
En el cierre del libro cuenta cómo deseaba irse: “A la manera de Leonard Cohen. Levantándome en mitad de una partida de poker, sin llamar la atención… Irme callado, sabiendo que llegó el momento de perder y sin distraer al resto de los jugadores, que merecen seguir adelante. ¡Con lo que cuesta armar un full…!”
Esa voluntad se cumplió. Desde el borde del abismo que los demás no queríamos ver, pronunció sus famous last words, al menos por escrito: “Sólo aspiro a que la muerte me encuentre vivo”. Así termina el libro, y así fue. Llegó lúcido y creativo hasta el final. Y en plena madrugada, cuando los otros jugadores estábamos distraídos, se levantó y se perdió de vista.
Al final del capítulo que le dedicaron, Jane Goodall recuerda que, tras la muerte de su madre, ella y su hermana la imaginaban velando por ambas desde arriba, como parte de lo que llamó “el contingente de las nubes”. El Indio no contaba con la existencia de otra vida, aunque aclaraba que, de haberla, prefería el cielo por el clima pero el infierno por la compañía. En cualquier caso, él también se ha integrado ya al contingente de las nubes. Desde donde espero que vele por nosotros, como Jane Goodall, porque está claro que necesitaremos de toda la ayuda que podamos conjurar.

Saltar por encima del miedo para arrimarse a la idea de la muerte clarifica al pensamiento y las emociones. El programa Famous Last Words es una demostración práctica de esa idea. Sobre el final del capítulo que protagonizó, en un gesto involuntariamente solariano, Jane Goodall invitó a Brad Falchuk a brindar con un shot de whisky. (Como Falchuk, yo tampoco era bebedor de whisky hasta que el Indio me abrió las puertas de ese cielo.) De ese modo eligió despedirse, la vieja: brindando por “el contingente de las nubes, y la salud del planeta, y por nuestros hijos y nietos, y por el futuro”.
No el futuro que llegó hace rato (“como vos no lo esperabas”, dice la canción), sino el todavía pendiente: aquel que soñamos y deseamos y por el cual, en consecuencia, estamos dispuestos a vivir y morir.
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