FASCISMO Y LIBERALISMO NEO

Reminiscencias de un siglo atrás en la cumbre empresarial del Sheraton

 

Esta semana se llevó a cabo el festejo del 20° aniversario de la Asociación Empresarial Argentina (AEA). La prensa ha hecho mención al mismo situando la razón de la formación del agrupamiento corporativo en la defensa articulada de los intereses del gran empresariado frente a la reorganización económica luego de la crisis de 2001. Pero la AEA, tanto en sus integrantes como en sus ideas, evoca a su antecesor el Consejo Empresarial Argentino (CEA), en el que bajo la presidencia de Martínez de Hoz se construyó el plan que dio génesis al neoliberalismo en la Argentina y se articuló el apoyo del empresariado concentrado al Terrorismo de Estado establecido en 1976.  En su libro Bases para una Argentina Moderna 1976-1980 decía el superministro de Videla que “en una economía avanzada, insertada en un sistema político de libertad, debe haber un sistema objetivo que premie el esfuerzo y la iniciativa individual, el trabajo ordenado y disciplinado, el ahorro y la inversión como base de la capitalización. A la inversa, cuando el Estado absorbe y elimina los riesgos propios de la actividad económica, se incentivan conductas contrarias al interés general, se renuncia al crecimiento global”. Más adelante sostenía que “la eficiencia global del país depende de que su esfuerzo se concentre en aquéllas actividades con mayor productividad relativa, ya sean industriales, primarias y de servicios”. El aniversario que se festejó esta semana recibió el título de “El sector privado es el actor clave para el desarrollo” y su presidente actual Jaime Campos dijo que el único camino para el crecimiento es el de «la movilización de energías del sector privado”. Suena un mismo rumbo.

El coro de empresarios que intervino con posterioridad se repitió con los slogans típicos del repertorio neoliberal. No faltó quien dijera que los últimos 40 años del país fueron de retroceso, lo que parece hacer mención —como punto de partida del estancamiento nacional— al período final de la dictadura donde hizo crisis el plan del referente del CEA, Martínez de Hoz. Federico Braun, quien confesó que su actitud frente a la inflación es remarcar los precios todos los días, hizo hincapié en que la opción del país estaba entre el capitalismo y el modelo socialista o comunista al que definió como aquel en que los medios de producción estarían en poder del Estado. Dijo que tal vez se podría llegar al mismo lugar por ambos caminos, pero el del capitalismo era por la libre decisión y el otro por imposición. Constituye una reivindicación ideológica que pregona que la economía libre es la que está excluida de la decisión ciudadana y en manos de un puñado de empresarios, como ocurre en Argentina hoy, mientras que la participación activa del Estado sería de carácter totalitaria al extender la voluntad general a los ámbitos donde debería reinar exclusivamente el derecho de propiedad. Este enfoque resulta consistente con la filosofía elitista que predominó en el encuentro. Así se entiende la cuidadosa omisión de la palabra democracia que hizo Jaime Campos en su apertura, cuando se extendió en la reivindicación de la fe republicana adjetivada con todas las características del liberalismo.

Los empresarios explicitaron que ningún país socialista o comunista fue exitoso y que los procesos de la revolución cultural y de la construcción del nuevo hombre habían fracasado, todo en un clima de fin de la historia, característico de los libros y artículos apologéticos de la globalización que hegemonizaban el pensamiento predominante  hace dos décadas.

Héctor Magnetto, referente central de AEA, se ocupó de definir que la Argentina debería encaminarse a afirmar una democracia capitalista. Se centró en propiciar el descenso del gasto y de los impuestos, o sea del tamaño del Estado, arguyendo que su exceso alteraba las decisiones de inversión y distorsionaba las productividades. En tal sentido destacó la necesidad del despliegue de sectores con alta productividad como el de la alimentación y el energético.

Luis Pagani, de ARCOR, se dedicó a destacar las bondades del despliegue de su sector, a partir de la invitación del empresario de Clarín a centrarse en la cuestión agroindustrial. El minero Carlos Miguens reivindicó la Ley de la minería de Menem –que tenía incorporada la retrógrada estabilidad fiscal—, no dejando de destacar el papel de la seguridad jurídica, que no es más que la renuncia a las potestades del Estado de hacer cambios en la política económica sectorial. Planteó su preocupación por la pobreza, opinando que la única salida era la generación de empleo privado, mientras se amargaba diciendo que cada generación le dejó a la subsiguiente un país peor. El empresario dell software Martín Migoya promovió administrar el gasto público como si fuera el del propio hoga, conceptualización reveladora de la pobreza intelectual de la mayoría de las intervenciones. Reivindicó el mérito, concepto que promueve una sociedad con desigualdad real, bajo la bonita consigna de la “igualdad de oportunidades”. O sea, ley igual para todos sin compensaciones a las diferencias de acceso a bienes que cubren necesidades para atender a derechos económicos y sociales básicos. Con la consigna “no hagan nada” y “dejen el arco quieto” promovió un Estado ausente, y se encargó de subrayar que el mérito precedía como valor al respeto de la oportunidad, como versión extremista de la propuesta de una sociedad de desiguales. La fiesta podría haber estado precedida por el retrato del supremo Rosenkrantz, negando el carácter de derecho a la atención a las necesidades básicas, soportada en una tácita negativa a quitar algo a los ricos para entregarlo a los vulnerables.

 

 

Un soldado de la Guerra Fría

Paolo Rocca, titular de Techint, fue la voz estratégica del encuentro y salió de la mediocridad de los lugares comunes del discurso neoliberal ya caído en desuso. El empresario que fue actor y promotor de una descarada insensibilidad en los momentos de la pandemia, está al tanto de sus intereses como los del capital concentrado de la financiarización internacional. Actualizó el diagnóstico del liberalismo neo diciendo que la globalización había terminado como época y se ingresaba en los tiempos de una regionalización de la economía mundial, situando a la guerra ruso-ucraniana como el momento bisagra. En tal sentido, menos pesimista que otros, proponía la atlantización del país. Es decir la incorporación de la Argentina a la lógica de hegemonía militar estadounidense-europea en esta nueva fase de la economía mundial. Arguyó el cuento fantástico verseando sobre el rol que podría jugar la Argentina en la necesidad de “Occidente de prescindir de Rusia”.

Ese cuento de hadas es el de la sustitución energética con el gas de Vaca Muerta a la provisión que los rusos por medio de gasoductos a Europa Occidental. En tal sentido planteó que ese desafío se debía asumir con un papel central de la iniciativa privada, advirtiendo el riesgo de que es altamente inconveniente que la cadena de valor quede expuesta al riesgo político, señalando que la seguridad jurídica es un ingrediente que supera la propia importancia de la rentabilidad. El hombre de los miles de millones de dólares de riqueza reconoce así que no se trata de la declamación de Hayek y Friedman respecto a la autonomía de la economía sobre la política sólo como principio, sino como una realidad concreta y pesada que convierta al empresariado concentrado en el poder real, velado por la democracia formal vaciada hasta la ausencia de ser nombrada, como lo hizo el disciplinado Campos cuando abrió el festejo.

El atlantismo del capo de AEA resulta un juego a varias bandas. En principio liquidar el proyecto de unidad y autonomía de América Latina de los primeros años de este milenio, que fue un nuevo intenso intento de construcción de una política continental de colaboración política, económica y social entre los pueblos que trascendiera las necesidades mercantiles de las empresas trasnacionales que operan en la región. Por otra parte, la afirmación de una “sociedad de mercado”, concepto con el que equivocadamente insistió el Ministro de Economía del gobierno nacional cuando le llegó el turno de cerrar el evento. Porque el Frente de Todos es una fuerza democrática cuyo principio fundamental es que el destino estratégico de la Nación la define el pueblo, no el mercado.

Por lo tanto, puede disponerse la existencia de diferentes tipos de mercados con estructuras particulares de funcionamiento. Pero no es la democracia una organización político-social-económica de la clase “sociedad de mercado”, en donde el destino económico del pueblo lo definen los actores concentrados de la economía en un espacio de desigualdad real –aunque de igualdad formal— como es el mercantil. Por eso el republicanismo de Hayek, Popper y AEA no se enraíza en la democracia si esta no es entendida como procedimiento sino como sustancia. El Ministro tampoco acertó cuando adhirió a la idea que presidió la reunión celebrada en el Sheraton Hotel, repitiendo la agitación del slogan sobre la sinergia público-privada. Un plan de un proyecto nacional, popular y democrático es una decisión de la ciudadanía, y el rol del capital privado es determinado por el mandato y la participación popular en las decisiones y no por esa pretendida sinergia cacareada en las reuniones del G20. La tercer cuestión del intento de Techint es la reivindicación del panamericanismo, que poniendo al país bajo la égida de los Estados Unidos construya un escudo protector de la propiedad privada articulando a la Argentina en las alianzas militares con las potencias occidentales.

El panamericanismo atlantista de Rocca, Magnetto y la AEA tiene su raíz en la historia. Como caracteriza Juan José Llach, el Plan Pinedo (Desarrollo Económico 92) intentaba mantener abierta la economía argentina al comercio exterior contra viento y marea; y para lograr un crecimiento aceptable, bregaba oficializar la industrialización exportadora y especializada en materias primas nacionales, que sólo podría llevarse a cabo con un fuerte acercamiento con los Estados Unidos. Se trataba de un plan pro-aliado en materia de política internacional, y de un intento de integración a una nueva división internacional del trabajo liderada por Estados Unidos.

El tono del encuentro en el Sheraton y las propuestas de orientación productiva y modelo social tienen la misma impronta. Y, corresponde decirlo, también lo tiene el actual proyecto de Ley de producción agroindustrial.

El proyecto del peronismo de los ’40 enfrentó al de la reconversión pinedista y levantó los objetivos de independencia económica y soberanía política, que lo llevaron a establecer una economía más cerrada por la situación económica mundial producto de la guerra, apuntando a un Estado con suficiente poder como para establecer sus objetivos, dice Llach. La propia acumulación económica sería dirigida por el Estado. La potencia del mercado interno fue el eje del proyecto económico peronista. Los intentos liberales neo que se propusieron, posteriormente, la restauración autoritaria o institucional del proyecto pinedista, fracasaron y fueron los que provocaron el estancamiento y la agudización de una alternancia entre programas y bloques de poder que retrasó el despliegue nacional e interrumpió la dinámica de la sustitución de importaciones y las políticas que apuntaban a su profundización y a la superación de los límites que tenía.

El proyecto nacional y popular se ha articulado desde sus orígenes en un enfoque de unidad latinoamericana y anti-panamericanista. El discurso pronunciado el jueves por el Presidente Alberto Fernández se alinea en la misma dirección: reivindicación de la CELAC, crítica de la OEA intervencionista, condena a los bloqueos de los países con regímenes económico-políticos antiimperialistas, reprobación a la exclusión de participantes en la reunión organizada por Biden y la retoma de la disyuntiva unidos o dominados. Cierre de la brecha social, y de la existente entre países pobres y ricos, justicia social y desarticulación de lógicas de dependencia.

Tal vez el contraste entre el pensamiento esbozado por el discurso y el desafío plutocrático a los objetivos de un programa popular del festejo de AEA, muestra hasta cual punto es desentonada la participación del gobierno en esos eventos, como así de frustrante el intento por articular con esos sectores del poder, hoy definidos por un proyecto antagónico.

 

 

Palabras prohibidas

El encuentro empresarial estuvo nutrido con economistas de la corriente principal y ligados con Juntos por el Cambio. Lo que muestra una fuerte articulación política del empresariado concentrado con las fuerzas mayoritarias de la oposición que profesan el liberalismo neo.

Hubo muchas palabras ausentes en el festejo y otras demasiado trilladas. La más nombrada fue confianza, además se repitieron equilibrio fiscal, reducción del gasto público, exceso de impuestos, derecho de propiedad, ambiente propicio para la inversión, generación de empleo privado, disminución de la pobreza.

Las innombradas fueron, distribución del ingreso (sólo planteada por Alberto Fernández y Guzmán), igualdad social, desconcentración de la economía, diversificación productiva, recuperación del salario real, derechos económicos y sociales, acceso igualitario a la salud, vivienda y educación. Tampoco se habló de la deuda, de la fuga y del FMI. O sea se abstuvieron de discutir los problemas fundamentales del país. Se dedicaron a hablar con el lenguaje del Fondo, que les viene muy bien para huir de los compromisos sociales que tienen los poderosos con los postergados argentinos.

El festejo no compartió sino que fustigó el impuesto a la renta inesperada, que grava las ganancias producidas por la suba de los commodities agudizada por la guerra. Ese tributo es leído por los ortodoxos del mainstream como expropiatorio de los frutos de la propiedad, que para ellos es parte de la propiedad como el propio cuerpo y la propia vida. Como pregonan los liberautoritarios a lo Milei, o sus aliados de Juntos por el Cambio, quienes se aprestan a favorecer que los superbeneficios obtenidos por rentas que abultaron durante la guerra se los guarden los propietarios que participan de las cadenas de producción agroalimentaria, minera y energética.

El momento político del país asume los mismos rasgos preocupantes que en el resto del mundo actual. Emergencia de derechas fascistas en el marco de un nuevo cuerpo de ideas sociales para la continuidad del neoliberalismo. En general se tiende a leer los fascismos como populismos de derecha con ideas integristas y de estatismo económico. Los intelectuales de Mont Pelerin tendieron a diferenciar autoritarismo de totalitarismo, planteando que las democracias podían caer en totalitarismos si abandonaban el liberalismo. Por eso aprobaban el autoritarismo (pinochetismo, Terrorismo de Estado argentino) si el mismo tenía como propósito la restauración de la democracia liberal (democracia capitalista, en el lenguaje de Magnetto).

Sin embargo, se puede remontar la búsqueda y el análisis a los primeros años del fascismo, para encontrar los puentes de este pensamiento con el liberalismo extremo. La corriente marginalista —que separó la economía de la política más de medio siglo antes que los neoliberales friedmanianos—, tuvo varias vertientes. Jevons en Inglaterra, la versión austríaca de Menger y Von Bawerk –ultraliberales—, Marshall y la síntesis neoclásica y la escuela de Lausana, una versión extremadamente matematizada, centrada en el equilibrio general y la ambición de una economía pura —en la que se reemplazan los entes económicos concretos y sus relaciones ordinarias, por entes y relaciones abstractas—, lo que al cabo permite razonar como en la ciencias exactas. Así lo expresa Manuel Fernández López en Recepción del pensamiento de Pareto en Argentina. La escuela de Lausana tuvo sus dos exponentes máximos en León Walras y Wilfredo Pareto.

 

 

Los liberales de Mussolini y el diario La Nación

Pareto fue el creador de la llamada economía del bienestar. El concepto fundamental de esta última es un punto de equilibrio que luego fuera bautizado como óptimo de Pareto. Definido por el autor como el lugar que ofrece el más alto grado de bienestar porque ningún miembro de la sociedad puede mejorar sin que otro empeore. O sea, que para Pareto la distribución del ingreso no mejora el bienestar porque alguno cede. En cambio el crecimiento que derrama es el camino adecuado. Una manera refinada de plantear el tortazo, la torta se agranda, entonces las porciones son más abundantes y todos felices. Pareto fue así un enemigo del salario mínimo, en su lugar, para aliviar situaciones extremas promovía las entregas de dinero a los sectores vulnerables, pero siempre manteniendo precios libres para llegar a un nuevo equilibrio sin supuestos perdedores. En cambio con los salarios mínimos perderían los empresarios. Quien fuera el exponente destacado del marginalismo de la economía pura también practicaba la sociología, sin permitir que contaminara a la economía. En política adhirió al partido fascista italiano y fue admirador y colaborador de Mussolini. La coincidencia entre fascismo y liberalismo no termina en la posición intelectual y militante de Pareto. El diario La Nación, tradicional tribuna de doctrina liberal, lo tuvo como columnista. En febrero de 1923 Wilfredo Pareto escribía el artículo El fenómeno del fascismo, donde decía: “El fascismo no se enreda en teorías; muchos de sus adeptos proclaman que es una acción y no una ideología. Bajo este aspecto su formación entra en un orden de hechos muy conocidos. Uno de los fines principales de todo gobierno es el de proteger las personas y los bienes; si los descuida, de la población misma surgen fuerzas que suplen sus desfallecimientos”. Tan liberal y defensor de la justicia por mano propia como Milei y Bullrich. El economista liberal completaba el folclore ultraderechista con el toque de oscurantismo místico: “Los hombres interpretan la voluntad de los dioses; esa interpretación no es todavía muy explícita para la divinidad fascista, y eso es lo que ha contribuido a acusar a ese partido de falta de programa… El fascismo no oculta ser una reacción antidemocrática; por eso mismo es también antiparlamentario” (Los partidos políticos, La Nación, mayo de 1923).

Fascismo y liberalismo económico encuentran momentos y tendencias de una raíz común. La democracia liberal de Magnetto y Rocca es un velo que encubre ese curso histórico que no resulta contradictorio. La democracia sustantiva, popular, nacional, latinoamericanista, enérgica y sublevada no es liberal, porque no separa la política de la economía ni a esta de la sociología. Tampoco la antítesis Democracia o fascismo es una formulación independiente de los vientos de liberación que vuelve a cantar la juventud cuando sale a la calle.

 

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 250/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 500/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 1000/mes al Cohete hace click aquí