Como dijo Elías Canetti, “nada es más enigmático e incomprensible que la masa”. La masa abierta, sin cabecillas ni detonadores, pero henchida de pasión. Hay determinados acontecimientos que tienen la capacidad de sincronizar las emociones, de poner en marcha las pasiones bajas secretadas. Los hechos violentos en las últimas semanas, después de cada triunfo de la selección argentina, generan perplejidad y preguntas: ¿Qué está pasando? ¿De qué se trata esa violencia? ¿Quiénes fueron sus protagonistas? Se dirá que siempre hay episodios violentos y aislados. Pero esta vez los hechos tuvieron lugar en todos lados, de día y de noche, tanto en las grandes ciudades como en las intermedias. Hechos que se repitieron, que tuvieron una coreografía y muchas notas comunes.
2022
El 20 de diciembre de 2022 la selección argentina de fútbol masculino volvió a consagrarse campeona del mundo después de 36 años. El triunfo en Qatar convocó multitudes a lo largo de todo el país, pero el epicentro de los festejos fue la ciudad de Buenos Aires y el camino hacia el aeropuerto internacional de Ezeiza, donde también se ubica el predio de la Asociación Argentina de Futbol.
Las especulaciones sobre el recorrido que harían los jugadores generaron que el público se acercara hasta las inmediaciones de Plaza de Mayo, a la espera de la salida de los jugadores por el balcón de la Casa Rosada, y también hasta el Obelisco, por donde pasaría el micro destechado de los jugadores, tras el recorrido desde el aeropuerto por las autopistas que lo conectan con el centro porteño.
Se estima que 5 millones de personas salieron a la calle en el área metropolitana de Buenos Aires a festejar el éxito de la selección, un día de 32° de calor durante muchas horas. Los rumores sobre el rumbo que tomarían los jugadores llevaron a la gente a ocupar la traza de las autopistas, en una peregrinación sin rumbo cierto. Durante los festejos no se registraron heridos de gravedad y ninguna persona falleció; ni el calor, ni la duración de la jornada o los consumos de drogas y alcohol trajeron grandes complicaciones sanitarias. La postal es muy recordada: los jugadores debieron sobrevolar la multitud impedidos de llegar por tierra hasta el centro.

Ese mismo año, durante la peregrinación a la meca en la celebración del Hajj, se movilizaron alrededor de 1,7 millones de personas. La ola de calor produjo una cifra de 1.300 personas muertas según el Ministerio de Hajj y Umrah de Arabia Saudita.
A priori parecen dos circunstancias incomparables, pero lo que tienen en común es la presencia de millones de personas con un rumbo compartido, lidiando con el calor y los amontonamientos. La pregunta obvia es ¿por qué una movilización como los festejos de 2022 no dejaron víctimas fatales?
En su libro El jazz en acción, Howard Becker se pregunta cómo es posible que los músicos de jazz improvisen durante una jam sin haber tocado juntos en otras oportunidades. Su respuesta es que los ejecutores comparten un lenguaje, pero sobre todo un repertorio, algunas decenas de canciones de música popular que han escuchado a lo largo de los años y cuyas variaciones han interiorizado en cada ocasión. Se trata de música que se aprende y se incorpora, se hace cuerpo, formando un acerbo sensorial disponible para ser ejecutado con destreza.
Tomando prestada la idea de “repertorio” del sociólogo norteamericano, podría pensarse que existe un repertorio argentino de aglomeraciones urbanas. Usualmente toman la forma de marchas, protestas, conmemoraciones, peregrinaciones religiosas; pero también el ingreso y salida de estadios de fútbol, bailes o mega recitales. Es cierto que ese repertorio también incluye una serie de eventos trágicos como la puerta 12 de la bombonera o la tragedia del boliche República de Cromagnon.
Sin embargo, el 20 de diciembre de 2022 fue un día festivo donde ese repertorio de movilización de masas, que en su gran mayoría no alcanzaron a ver a los campeones del mundo, dejaron otra gesta heroica: el autocuidado de la multitud. Independiente de cualquier forma de organización estatal, fue la propia multitud la que garantizó que todas las personas ejecutasen sus partituras a la perfección, apelando a aquel repertorio de movilización sin dejar muertos en el camino, pero también sin peleas, sin saqueos colectivos. No solo en Buenos Aires sino también en el resto de las ciudades del interior, donde también se congregaron multitudes a celebrar el triunfo de la selección.
2026
Cuatro años después, y con el diario del lunes y el martes, las cosas resultaron distintas. No porque la selección no pudo retener el título, sino porque cada uno de los festejos estuvieron empañados con hechos de violencia que circularon por las redes sociales a la velocidad de la luz. En efecto, como sucede en todos los mundiales después de cada triunfo de la selección argentina, la gente salía a la calle a festejar. Se encontraba en puntos neurálgicos, históricamente referenciados para celebrar lo que haya que celebrar, pero también para protestar. Fueron manifestaciones locales, en pequeñas y grandes ciudades de todo el país, de distinta envergadura, sin la masividad ni el calor de aquella jornada de diciembre de 2022. Pero a diferencia de los festejos del mundial pasado, en estos encuentros hubo incidentes violentos: peleas individuales y colectivas, saqueos a comercios, rompimientos de vidrieras, quemas de vehículos, roturas intencionales de luminarias, escaparates y otra infraestructura urbana, destrucción de patrulleros, enfrentamientos con la policía, y quemas intencionadas de motos en la vía pública. Todos acontecimientos festejados por importantes grupos de jóvenes que miraban y avivaban a los protagonistas de aquellas violencias. Incluso, en alguno de los eventos hubo que lamentar personas heridas con armas blancas y una serie de víctimas fatales.
A juzgar por las imágenes, la gran mayoría de los disturbios fueron protagonizados por jóvenes, varones y mujeres, de menos de 25 años. Pudimos observar a pibes y pibas trenzados a trompadas, pero también batallas campales entre grupos de jóvenes. Vimos cómo muchos jóvenes llegaban al festejo con sus motos “tirando cortes”, acallando o tapando los típicos cantos de tribuna que caracterizan este tipo de festejos, para después descartarlas o prenderlas fuego, a la vista de vecinos y autoridades. Imaginamos también que se trataba de motos provenientes de robos. Vimos cómo se trepaban y caían de los monumentos, cómo se subían a los escaparates o luminarias hasta que se venían abajo.
Ante los disturbios, en algunas de las ciudades, las autoridades apelaron a la fuerza pública para contener y después dispersar a la multitud. Lo cual, como suele suceder en esos casos, generaba su efecto contrario: los jóvenes se juntaban todos contra la policía, arrojando piedras y haciendo otros desmanes. La represión no la dispersaba, sino que le daba cohesión.
Ménades
¿Qué ha pasado? La respuesta a esta pregunta necesita tiempo y seguramente otro tipo de exploración, pero arriesgamos algunas respuestas a modo de interrogación, apelando al cuento Las ménades de Julio Cortázar, publicado en 1964 en su libro Final de juego.
Cortázar narra un concierto de música clásica que tiene lugar en el teatro Corona, para despedir a su director de orquesta, quien se retira después de tantísimos años. Una celebración que poco a poco se transforma en un violento ritual dionisíaco, donde el público —una masa de espectadores pacíficos— pierde la razón y se transforma en una turba salvaje. Se trata de una multitud que fue tomada por las ménades, por una emoción exacerbada. Saben lo que hacen, pero sus actos están despojados de sus contenedores habituales. No hay freno, no hay autocontrol, y cada uno de los asistentes dará rienda suelta a las pasiones bajas. Ahora los espectadores se transforman en actores que, si no fuera por las consecuencias de sus actos, no dudaríamos en señalar que se trata de auténticos figurones o comediantes. No les alcanza con llamar la atención, quieren ser protagonistas, incluso más actores que los propios actores.
La multitud escucha con devoción a la orquesta, admirando cada uno de los movimientos que ensaya su director. Con cada pieza musical, la multitud se va hinchando de emoción. No puede más, no pueden creer que éste sea su último recital, que el maestro se esté jubilando. Por eso bastó a que una dama vestida de rojo trepara al escenario para ser imitada por el resto de los espectadores. Primero fueron los que estaban sentados en la popular, pero enseguida fueron acompañados por el resto de las plateas.
De ahí en más lo que sigue se vuelve confuso: La multitud arremolinada les arrebata los instrumentos a los músicos para destruirlos contra el piso, las sillas vuelan por el aire, se ve a algunos concertistas que son llevados en andas, con expresiones de desconcierto y pánico en sus rostros. Los gritos se confunden con los aplausos, y el miedo con la euforia. En otras palabras: la multitud se devora al maestro. La escena es un gran torbellino.
Semejante a las bacantes de la mitología griega, Cortázar explora la delgada línea entre lo racional y lo irracional, mostrando la metamorfosis de los asistentes en criaturas violentas que pierden por completo su capacidad de autocontrol. No hay cambios paulatinos sino un gran salto cualitativo y la fiesta se convierte en un catalizador de histeria colectiva.
Enfiestados
Toda fiesta termina con un sacrificio que complace al grupo. No hay fiesta sin sacrificio, sin derroche, sin desborde. La fiesta abre un carnaval y con el carnaval se pone entre paréntesis el orden. La fiesta introduce el desorden, corre los límites, los pone entre paréntesis. Mientras dure la fiesta muchos tendrán la oportunidad de “desconocerse” y ponerse fuera de sí. La multitud o parte de ella se declarará en crisis. El éxtasis abre una querella que permite separar las partes del todo. La multitud se vuelve informe para execrar o retirar lo sagrado, para apartarse de los valores que organizan el resto de la vida cotidiana, que suele quedar al margen de los zócalos de la TV.
¿Acaso las jornadas de festejo durante el Mundial no estuvieron envueltas en una atmósfera de pasiones exacerbadas, donde el júbilo cedía a la ira, donde los festejos se confundían con una suerte de revancha social? “Revancha” porque cada una de esas celebraciones fue también la oportunidad para que los pibes y las pibas de la periferia, los mismos que suelen emputecer el tránsito con sus caravanas bullangueras, que suelen sacar de quicio a los vecinos de su barrio con los cortes de sus motos, irrumpan en el centro de la ciudad para decir “yo existo”. Curioso, son jóvenes que seguramente no forman parte de ninguna organización social, que se mantienen escépticos de la política, pero tienen la capacidad para coordinar sus encuentros y ensayar pantomimas. El vestuario es conocido, las poses y sus gestos también, la energía puesta en juego es evidente. No hay partitura, pero tienen una coreografía. La misma que fueron ensayando cuando eran perseguidos por las patrullas municipales, la misma que subían a las redes cuando despedían a un amigo, cuando había que descartar una moto que habían arrebatado un rato antes. No se sabe qué incidente era el desencadenante de cada desmadre, y tampoco importa. Tampoco había nadie que hiciera un llamamiento. ¿Cuánto de aquella violencia estará vinculada al aburrimiento con el que se miden los jóvenes, a las ganas de divertirse, de correr los límites, de hacer ver? ¿Cuánto de esas violencias estará vinculada a la lucha por el reconocimiento, una lucha cada vez más ingrata y desigual, donde los jóvenes, sobre todos los jóvenes que viven en barrios plebeyos, están en una situación desventajosa?
Sabemos que la violencia ejerce una atracción dionisíaca. Sabemos, como dijo François Dubet, que la rabia, el resentimiento y el odio son maneras de tramitar las desigualdades y las humillaciones. Y sabemos finalmente que la violencia motoriza a la grupalidad, y es una manera de expresarse. Habrá que estar atentos para desentrañar su mensaje y no dejarse llevar por la indignación.
* Los autores son docentes e investigadores del Departamento de Ciencias Sociales de la UNQ, integrantes de su Laboratorio de Estudios Sociales y Culturales (LESyC).
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