Forever Malvinas

Estragos actuales por la extensión ultramarina del terrorismo de Estado, las islas que Galtieri nos legó

 

Galtieri (Leopoldo Fortunato), no perdura en la historia sólo como dictador genocida, sino en tanto sinécdoque: manifestación ejemplar de la parte por el todo. Máscara detrás de la cual se esconde la plana mayor castrense –económica y eclesiástica— responsable de aquel estertor de setenta y cuatro días iniciado el 2 de abril de 1982, destinado a prolongar una tiranía que se desmoronaba. Costó 649 muertos en el territorio, 323 en el mar y más de medio millar de suicidios posteriores. Contabilidad imprecisa, toda vez que se reduce a encuadrar la situación tanto histórica como actual en ese archipiélago del gélido Atlántico Sur, Malvinas. Para pensar sobre esas islas que los súbditos británicos denominan Falklands es imprescindible evaluar qué sucede hoy y compararlo con las distintas etapas que allí se sucedieron desde comienzos del siglo XIX.

 

 

El autor, Sebastián Carassai.

 

 

Es el recorrido que propone el sociólogo e investigador Sebastián Carassai (Belle Ville, Córdoba, 1972) en Lo que no sabemos de Malvinas, uno de los estudios retrospectivos más rigurosos hasta la fecha, con la peculiaridad de desenvolver una suerte de antropología contrastada entre las posiciones argentinas y lo que en paralelo se desarrolla entre los habitantes de las islas. Singular perspectiva, otorga un panorama donde interactúan trazos históricos, diplomáticos, económicos, sociales y políticos con una representativa paleta de colores particulares, atinentes a los personajes involucrados. Especialista en inmersiones dentro de las representaciones generadas en comunidades específicas en delimitados momentos históricos, el autor se zambulle en la vida cotidiana de las islas para encontrar las líneas de fuerza que organizan el pensamiento de la población isleña, factor preponderante en tanto prevalece como el principal argumento sostenedor de la soberanía británica. Cierto o falaz, nada desdeñable si se consideran las seis generaciones que muchos islanders lucen en su genealogía, antecedentes que —por cierto— poquísimos argentinos podemos enarbolar.

Temas delicados tanto al abordar las fuentes como al interactuar con funcionarios y pobladores del archipiélago, obligan al investigador a comprometerse “con lo que se estudia, sin dejarse arrastrar por el compromiso”. Muestra de ello es cómo resuelve el nada usual correlato entre honestidad intelectual y epistemológica, en fuerte riesgo cuando se abordan temas en controversia, donde la pasión avasalla el raciocinio. En las primeras páginas, aclara: “Dado que la comunidad de las islas es pequeña, importan los nombres propios y el análisis pormenorizado de hechos y situaciones en apariencia nimios. Pero al estar atravesado por una disputa territorial que involucra al Reino Unido y a la Argentina, a veces es preciso alejar la lupa y examinar un mismo fenómeno desde una perspectiva más amplia. Así los cambios de escala son frecuentes y, espero, complementarios. Dependiendo del contexto y de quien hable, o a quién se esté refiriendo, escribo Malvinas o Falklands; lo mismo vale para nombres en las islas. Creo que el texto perdería claridad y coherencia de otro modo”. Mediante la nitidez expositiva triunfa el respecto al lector por sobre la necedad chauvinista.

 

 

Puerto Stanley, hoy.

 

 

Carassai cumple con las reglas del arte. Parte de una reseña histórica anterior al 2 de enero de 1832,  cuando el delegado argentino en la Comandancia Política y Militar en Puerto Egmont, advertido de la ostensible inferioridad en la capacidad de fuego, se rinde ante la corbeta Clío, olvidando disparar un cañonazo al agua en señal de desacuerdo, según las normas diplomáticas de la época. Revisa casi dos siglos de entredichos en los que contrapone los hechos ya ampliamente conocidos con ignorados entretelones acerca de cómo repercutían en los habitantes, los Falkland islanders. Se encarga de enmarcar cada acontecimiento dentro de las variables sociales, económicas y políticas oscilantes en cada momento, mediante testimonios directos e indirectos, libros, periódicos, documentación oficial y privada, estadísticas, investigaciones e informes. Completísimo material, capaz de dar cuenta de la situación en el correr de las décadas. El detalle incluye un colorido capítulo dedicado a las canciones alegóricas registradas antes, durante y después del conflicto armado, que abarcan de lo chauvinista a lo kitsch, de lo melodramático a lo épico.

Interesa en forma preponderante la estratificación social tradicional. Hasta 1982 la élite estaba compuesta por el puñado de funcionarios oficiales y ejecutivos de la Falkland Islands Company (FIC), británicos de origen, que permanecían allí entre cuatro y seis años. Luego  los oriundos —llamados kelpers—, si bien podían participar de los consejos consultivos, no eran ciudadanos plenos del Reino Unido. Hacia 1968 eran 1.450 de una población total de 2.079. Finalmente, los peones rurales y trabajadores eventuales con permanencia ocasional, sin rango ni derechos.

 

 

Puerto Stanley, vista aérea.

 

 

En el libro de un veterinario argentino que por aquellos años vivió en Malvinas, se distinguen cuatro grupos. El primero, isleños que “por propio razonamiento se oponen a una administración argentina”; el segundo que “sin juicio propio, repite lo que dice el anterior, con la seguridad que da al mediocre contarse entre la mayoría”; un tercer apartado que, “con reservas, considera que les resultaría ventajoso anexarse al territorio argentino”; y un cuarto compuesto por “oportunistas irresponsables” con los cuales dialogar “es peligroso… porque podría conducir a actos demagógicos”. Sin ingenuidad, Carassai tamiza tales opiniones en función de los distintos momentos y fuentes. Registra el impacto en la población de la solitaria patriada de Miguel Lawier FitzGerald, que aterrizó con un pequeño avión en 1964, y del Operativo Cóndor, cuando 18 jóvenes peronistas conducidos por Dardo Cabo desviaron un avión de línea y tomaron tierra en septiembre de 1966. También las crónicas periodísticas de enviados de revistas argentinas; plumas de la talla de Germán Rozenmacher e imágenes tomadas por Raymundo Gleyzer, entre otros. Hace hincapié en el paulatino acercamiento entre la Argentina y las islas, con un servicio aéreo regular, abastecimiento de combustibles y algunas mercaderías, servicios educativos en las islas y en el continente, etc.

Esfuerzo derrumbado cuando todo cambió con el conflicto de 1982. Al concluir, se estableció una “zona de protección” de 150 millas en derredor del archipiélago, estableciéndose una dotación militar permanente cercana a los 1.700 efectivos, sin contar las fuerzas navales —adscriptas a la OTAN— con presunto arsenal nuclear. Los habitantes pasaron a la condición de ciudadanos plenos del reino Unido, suplantándose el término “colonia” por el de Territorio Británico de Ultramar; se reforzó la comunicación aérea y marítima, desarrollándose una poderosa industria pesquera, con creces alternativa a la tradicional economía basada en la lana de oveja; iniciándose asimismo la prospección de yacimientos de gas y petróleo. Una reforma agraria multiplicó el número de estancias productivas, reemplazándose el régimen de propietarios ausentes por una de propietarios residentes, reduciéndose el poder de la otrora omnipresente FIC.

Las condiciones de vida de los malvinenses se optimizaron en forma drástica. Mil kilómetros de caminos, un ferry que conecta las dos islas principales, servicio de taxis aéreos de cabotaje, televisión satelital, Internet, combustible y nuevos sistemas de calefacción, un centro deportivo con pileta de natación, banco, hospital completo, boom inmobiliario que triplicó el número de casas. Educación primaria y secundaria gratuita y obligatoria, becas especiales para estudios terciarios, motivan que se haya invertido la tendencia a la emigración, duplicándose la población con inmigrantes de 59 países que, fijando la residencia por más de siete años, obtienen la ciudadanía británica. Consecuencia de todo ello es que una nueva élite política y económica se desarrolla en Malvinas. “La sociedad de castas de la era colonial —consigna el autor— ha sido reemplazada por una sociedad de clases, a la vez dinámica y estratificada”. Y agrega: “Todos los habitantes, es cierto, tienen un buen pasar (…) Pero algunos, sobre todo los que se evolucionaron como capitalistas en el negocio de la pesca o de los hidrocarburos, son millonarios”.

Evidencias incontrastables, desatadas por la trágica improvisación belicista de la última dictadura militar argentina, ratifican que bajo el pretexto de la reivindicación soberana, tuvo lugar una extensión ultramarina del terrorismo de Estado para los combatientes argentinos y población en general. Para el archipiélago y la geopolítica, los efectos son una base aeronaval con el poder de la OTAN en el Atlántico Sur, el desarrollo potencial y efectivo del territorio malvinense y, por ende, la instalación de un poder en condiciones de permanecer. Cualquier intención de revertir la situación y recuperar las islas se aleja en proporciones geométricas. Lo que no sabemos de Malvinas, la prolija investigación de Sebastián Carassai, emerge como un documento indispensable al momento de pensar, rever o planificar todo movimiento. Y antes que nada, un material insustituible para discernir una realidad tan oculta como ocultada, que ninguna buena intención por sí sola puede suplantar.

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Lo que no sabemos de Malvinas, las islas, su gente y nosotros antes de la guerra

Sebastián Carassai

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Buenos Aires, 2022

304 páginas

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 250/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 500/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 1000/mes al Cohete hace click aquí