Fraude

Una vieja costumbre antiperonista y algunos cálculos para desasnar crédulos

 

“–¡Fraude! –gritó el señor Porcel–. Si el cuarto es oscuro, no puede estar iluminado”.

La cita corresponde a la crónica del voto del señor Porcel en la elección del 28 de julio de 1957 publicada por Landrú en Tía Vicenta.

Se elegían convencionales constituyentes para dar algún viso de legitimidad al bando militar que derogó la reforma de 1949. El peronismo, proscripto, propició el voto en blanco. Ganó el voto en blanco. La convención igual se reunió y sancionó la incorporación del artículo 14 bis.

Analizar la disparatada crónica –cuya lectura recomiendo– da para más de una reflexión histórica.

 

 

Más allá de las ocurrencias del señor Porcel, es habitual que el antiperonismo grite fraude antes de cada elección. Siempre, infundadamente. La derecha ve la paja del ojo ajeno pero omite que desde 1853 sólo Mauricio Macri puede ser calificado como un Presidente de ese espacio electo por el voto popular de modo transparente. Justamente, en una elección donde el peronismo era gobierno en la provincia de Buenos Aires y en la Nación, y perdió ambos. La presidencia en balotaje, por pocos votos. Sin reclamos, como corresponde. Obviando sutilezas, podría incluirse a Fernando De la Rúa como el otro Presidente de derecha electo irreprochablemente. El resto, hasta 1916, lo fue sin voto secretos ni participación de las mujeres. En la década del ‘30 se habló del fraude patriótico. Hasta 1947 no votaron las mujeres. Entre 1955 y 1973 el peronismo estuvo proscripto. Entre 1930 y 1983 abundan los surgidos de golpes de Estado. No parece que el antiperonismo esté en condiciones de dar clases de transparencia electoral.[1]

El pasado lunes 27 de septiembre gritó ¡fraude! el periodista Carlos Pagni. Refirió que se podía estar preparando para las elecciones de noviembre. Descalificó sin dar razones al jefe de gabinete Juan Manzur [2] y al ministro Aníbal Fernández. El método sería la compra de fiscales del partido opositor (Juntos). Citó como fuente dos dirigentes peronistas no kirchneristas, uno de Buenos Aires y otro del interior, que le dijeron que era posible modificar fraudulentamente hasta un 4% de los votos emitidos. No dijo sus nombres.

En democracia, la imputación de fraude es de la mayor gravedad moral y política. Desde los atenienses, la violación de las normas vinculadas a la legitimación del poder conlleva la afectación de la soberanía.[3] Si mediante el voto se expresa la soberanía del pueblo, tergiversar esa voluntad socava la base del sistema.

Aunque muchas veces no coincida, Pagni realiza análisis fundados, desarrollando un discurso racional.[4] El fraude no es una picardía. Es un delito grave. Su referencia debe ser analizada si merece respeto la fuente.

Habló del 4% en la provincia de Buenos Aires. Intentaré hacer un cálculo con números aproximados para ver si la trampa denunciada es realizable.

La provincia de Buenos Aires tiene unos 12,7 millones de electores. Supongamos que vota el 80%, es decir, unos 10,16 millones. El fraude del 4% requeriría tergiversar la voluntad de aproximadamente 406.400 electores. ¿Es posible?

El ardid consistiría en tomar control absoluto de algunas de las mesas para incorporar votos no emitidos. Dicho control supone la complicidad del presidente de mesa, de los fiscales de Juntos, de la izquierda y otros partidos y del Frente de Todos.[5] También la complicidad –o ineptitud– de los fiscales generales de todos los partidos y de las autoridades de los comicios presentes en todas las escuelas (ejército, policía, etc.). Parece difícil.

¿Cuántas mesas?

Cada mesa tiene unos 350 empadronados. Suponemos que vota el 80%, es decir, unos 280. Para modificar el voto de 406.400 electores (el 4%) los defraudadores deberían tener el control absoluto de más de 1.451 mesas en toda la provincia.

Digo más de 1.451 mesas porque el objetivo delito es tergiversar la voluntad del votante ajeno, no la de los propios. Si un tercio vota el oficialismo, sólo hay dos tercios de votos por mesa susceptibles de ser falseados. Por ello, para llegar el 4%, hay que sumar al menos un tercio de mesas, y así serían 1.929 mesas que deberían controlar.

Esas mesas deberían dar resultados del 100% de los votos a favor del oficialismo. Esas mesas no existen. Y si existieron alguna vez son excepcionales o la demostración de que algo raro ocurrió. Así, para llegar al 4 % y que no se note, debe haber votos de las otras listas de un modo sutil, para que no llame la atención ante los resultados de otras mesas de la misma escuela o circuito electoral. Que, a su vez, varían por sección y circuito electoral. Esto exige no sólo aumentar el número de mesas a controlar, sino contar con un sistema de cálculo de asignación de resultados falsos para cada mesa, que disimulen el fraude.

Si por cada mesa deben ser partícipes por lo menos cuatro personas, estamos hablando de unas 8.000 directamente involucradas. A lo que deben sumarse las de organización y cálculo, financiación, reparto del dinero, etc.

Hay más dificultades. El método consistiría en que el fiscal opositor (que puede ser más de uno) se ausente un rato. En ese período se llenarían las urnas con sobres –que tienen firmas ológrafas al menos del presidente de mesa– con votos que no corresponden a votantes. De un momento a otro esa mesa pasa a tener una concurrencia, por ejemplo, del 40% al 60% del padrón. Si así ocurriera, llamaría de inmediato la atención de los fiscales generales de los partidos chicos que, como no tienen la capacidad de poner un fiscal por mesa, designan generales que rotan por las escuelas y mesas con dos misiones: a) controlar que en los cuartos haya boletas de su partido, y b) verificar el volumen de votantes: justamente para evitar que se llenen las urnas con votos falsos.

Acá no acaban los impedimentos. Si en un momento de los comicios se ingresaron –supongamos– veinte votos falsos, esos deben correlacionarse con electores empadronados [6], que pueden aparecer a votar. Y es probable que lo hagan, porque vota un porcentual alto. A ese elector, ¿qué le dicen? «¿Ya votaste?» La maniobra necesita que la complicidad se extienda al momento del recuento, cuando se abre la urna, para eliminar los votos que sobran, porque con ese plan habrá más sobres que votantes, una inconsistencia inocultable. En el recuento es también habitual que los fiscales generales ingresen y controlen.

Obtener la complicidad de varios miles fiscales opositores, exige tentar a un número mayor, pues cabe pensar que son más los honestos que rechazarían con indignación la indecencia, y aun que filmarían la tentativa, etc. Dar por sentada la venalidad de los militantes opositores, no es justo ni razonable.

El mismo cálculo puede hacerse para un municipio concreto, y el resultado será igual. Y si el prejuicio corresponde al Conurbano, la cantidad de mesas sobre las que debería haber control absoluto es aún mayor, porque allí el voto peronista aumenta. Y, como vimos, no es plausible denunciar fraude sobre el voto propio.

Lo expuesto es suficiente para que cada uno saque sus conclusiones.

Personalmente, creo que el sistema argentino, en elecciones nacionales, masivas, es seguro. En la Argentina, en Buenos Aires y en el Conurbano han ganado y perdido oficialistas y opositores indistintamente en los últimos años. Que hay cosas a mejorar, como cuando faltan boletas, etc., es innegable. Pregunto: ¿hay muchas cosas que funcionen en nuestro país como este sistema que permite controles cruzados, la expresión popular con alta participación, donde oficialistas y opositores ganan y pierden aceptando los resultados?

¿Puede haber errores? Sin dudas. ¿Puede haber bobos que se crean vivos por falsear algún voto? También. Pero de la magnitud necesaria para tergiversar una elección masiva, creo que no es posible.

[1] Un detalle reciente, de las PASO de 2017. Se retrasó la carga de votos del Conurbano bonaerense. Eso permitió al oficialismo encabezado por Macri, Vidal y Bullrich festejar en los medios un triunfo falso. Más aún, en el escrutinio provisorio la lista oficialista ganó, pero cuando se hizo el definitivo la lista más votada en la categoría senadores fue la del peronismo que encabezaba CFK. Siempre por pocos votos. Es cierto, en las PASO se eligen candidatos, como ocurrió en las recientes. En las generales ganó Bullrich. No recuerdo que se hayan rasgado las vestiduras. No creo que haya sido tentativa de fraude sino manipulación del conteo para el uso en los medios en el momento de mayor atención del día de la elección.
[2] Hubo imputaciones por la elección de 2015 en Tucumán, respecto de las cuales se expidió en forma unánime la Corte Suprema en Fallos 340:914, “Acuerdo para el Bicentenario c/Provincia de Tucumán s/amparo”.
[3] Montesquieu cita a Libanio para recordar que la intervención de extranjeros en la asamblea del pueblo era severamente castigada, porque usurpaba el derecho de soberanía: El Espíritu de la Leyes, L. II. Cap. 2. Hoy merecería algunas reflexiones.
[4] Al punto de explicar la política argentina con citas de Wittgenstein.
[5] Suponer a priori que el militante peronista es un inmoral dispuesto a robar la elección es ofensivo.
[6] Los fiscales de mesa van punteando en su copia del padrón los que ya votaron.

 

 

 

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