Fue una llama muy grande

En el aniversario de la muerte de Evita, el recuerdo de su sobrina nieta Cristina Álvarez Rodríguez

 

A 70 años del fallecimiento de Eva Perón, alguien compartió en redes sociales: “Cada vez que mi mamá miraba el reloj y eran las 20:25, decía que había que pedir un deseo, porque a esa hora Evita había entrado en la inmortalidad”. Este comentario, tan chiquito como un destello, apenas el perfume que queda en el aire cuando alguien ya pasó, guarda en sí el misterio de lo que Eva es para esta Nación: una mujer que trascendió lo político, lo económico, lo sindical, que atravesó lo más terrenal y se metió en el corazón, en lo deseos y hasta en los milagros del pueblo.

Dejé atrás el Jardín Botánico, crucé la Avenida Las Heras y apenas pisé la calle Lafinur vi sus fotos con el rodete y el traje sastre en esa casona antigua de Buenos Aires. El día estaba frío y radiante. En el Museo me esperaba Cristina Álvarez Rodríguez, sobrina nieta de la Señora o, como le decían quienes la amaron, Evita. La primera pregunta brilló por su falta de originalidad, pero era inevitable:

—¿Cómo se lleva tener su sangre?

—Desde muy chica en mi casa me formaron con una conciencia de que la sangre no era solamente la sangre, el ADN, los genes, sino que en el caso de Evita, por el amor que le profesaba el pueblo y por la integración que ella tenía con esa comunidad organizada que crearon con Perón, su sangre también la tenían los que no eran familia directa. Y la verdad es que como adulta yo fui comprobando eso que de niña me decían, porque una llega a una casa y la ve a Evita en el pequeño relicario familiar de otra familia, con una velita, con una flor, con el relato de lo que ella hizo por ese grupo familiar. Entonces ahí te das cuenta de que en esa casa Evita también es un poco tía, un poco madre y un poco hermana de esos otros que no conocíamos. Entonces yo siento que la familia de Evita es el pueblo argentino que la ama, que trasciende una familia sanguínea, aunque por supuesto en casa la homenajeamos y la honramos mucho porque fue una luz, una llama muy grande.

Hay una imagen que nadie ha visto pero que sin embargo está en el imaginario colectivo argentino: es Evita de niña, junto a su madre y sus hermanos, llegando al entierro de su padre, sin que los dejen entrar por ser la familia extraoficial del difunto. En un punto algo de esta idea se anudó a la interpretación sobre la acción política posterior de Eva, como si ese rechazo hubiese sido la génesis de algo. Conversar con Cristina Álvarez Rodríguez y ver el amor con el que habla sobre su familia es echar por tierra esa teoría. Sin dudas las infancias de las personas inciden de manera determinante en lo que harán en el futuro, pero los primeros años de Evita fueron mucho más que ese día gris.

 

Evita con su madre, su hermana Erminda y su nieto Justo Álvarez Rodríguez.

 

—Era una familia trabajadora, sencilla, muy alegre, se querían mucho, se cuidaban mucho entre ellos, se decían “hermano” y “hermana”, no se llamaban por los nombres. Juan, el varón, era la luz de los ojos de todas, el único, el del medio. Vivieron una infancia de mucho juego, estaban impecablemente vestidos por Juana pero no tenían grandes juguetes, jugaban con cosas simples. Siempre recordaban que un día, para Reyes, Juana le compró a Evita una muñeca, que venía con una sola pierna, por eso estaba a un precio tan accesible en la Casa del Juguete. Cuando Eva la vio dijo “uy, pero, tiene una sola pierna”, y dicen que Juana le respondió: “Justamente, es a la que más hay que cuidar, es una muñeca especial”. Y entonces toda la familia cuidaba a esa muñeca, le hacían vestidos largos, la tenían como alguien súper importante, Evita la amaba con locura, era su muñeca. Jugaban en la calle, con caballos, Los Toldos era un pueblo chiquito. Escuchaban la radio alrededor de la mesa familiar, era una casa pequeña, había una pieza donde dormían todos los chicos y otra que era el comedor, y la cocinita chiquita, hoy de hecho este espacio se puede recorrer. Así vivían, con mucho amor, y creo que Juana les transmitió eso: capacidad de trabajo y mucha solidaridad con los vecinos, con todo aquel que tenía una necesidad, ahí estaban ella y sus hijos.

Una muñeca con una sola pierna puede ser algo inútil o puede ser un tesoro familiar, todo depende del relato y las acciones que la rodeen. ¿Cuántos hogares hay que cuentan con los juguetes pero no la predisposición de usarlos? Son tantos los niños que salen a la vida sin una mirada amorosa que los sostenga. La fortaleza de haber crecido en un hogar donde primaban el amor y la alegría es un verdadero privilegio.

—Indudablemente creo que no fue el resentimiento lo que la movió a Evita; sí la búsqueda de la igualdad y de que no haya ricos tan ricos ni pobres tan pobres, que hubiera una sociedad un poco más armónica, eso sí, pero no venganza sino todo lo contrario: ella trajo el amor a la política, un condimento que hasta ese momento la política no tenía.

Cuando una persona brilla demasiado, una buena pregunta es acerca de quienes la rodean y preceden:

—¿Cómo fue Juana Ibarguren, la mamá de esta mujer tan amada?

—Juana es inmensa. De muy chiquita, a los 16 años, tuvo a su primera hija, Elisa. En ese momento vivía en el campo con su madre, Petrona, que era puestera en la estancia “La Unión”. Allí lo conoció a Juan Duarte, se enamoraron de una manera única y tuvieron una relación de 10 años hasta la muerte de Juan. A lo largo de ese tiempo tuvieron cinco hijos a los que ella amaba locamente y a los que les dedicó su vida. Los llamaba “la pequeña tribu” porque vivían cerca del cacique Coliqueo, por los pagos de Los Toldos. Las primeras hijas, Elisa y Blanca, mi abuela, habían nacido en Bragado, pero ya Juan, Erminda y Evita nacieron en Los Toldos. Fue una relación muy fuerte la que tuvieron. Con la muerte de él en 1926 a Juana le cambió la vida totalmente porque tuvo que sostener sola a su familia. Así que agarró la máquina de coser y no paró más. Tenía una habilidad innata para la costura, para el diseño, más adelante llegó a poder coser cuellos, puños y ojales, que en esa época se hacían a mano para las casas de Buenos Aires, así que se venían desde el pueblo en tren para entregar los pedidos.

¿Quién no recuerda las miles de máquinas de coser que Evita entregó desde su Fundación? Es evidente que la fortaleza y determinación de su madre fueron inspiración.

—Una mujer muy fuerte, yo llegué a conocerla, tenía cuatro años cuando falleció. Y para ella mi nacimiento fue una alegría enorme porque en ese momento Juana venía de haber perdido a tres de sus hijos: Elisa que falleció muy joven, luego Evita y al año siguiente Juan. Recuerdo que a mí me permitía todo lo que nunca le había permitido a nadie, porque era una mujer dura, pero me dejaba saltar sobre la cama, comer con las manos, hacer todas las cosas que al resto no. Vivíamos en la misma casa así que tengo un recuerdo de un amor muy grande. La verdad es que tenemos en ella una referencia, un ejemplo y alguien muy presente. Sí, definitivamente Evita es hija de Juana.

En aquellos años lo usual era que las mujeres se fueran de sus hogares porque se casaban o porque se hacían monjas. Pero Eva decidió hacer otra cosa con su vida.

—Cuando Evita empezó a sus 14 años a decir que su vocación era ser artista y que se quería venir a Buenos Aires, Juana no quería, le daba pánico lo que le pudiera pasar a su hija más chiquita en la gran ciudad. Y ahí aparece en la historia José Álvarez Rodríguez, que era un personaje muy interesante en esa época de Junín, porque era el rector del Colegio Nacional, era un orientador de la conciencia de los jóvenes y a la vez era el hermano de mi abuelo, Justo Álvaro Rodríguez. Resulta que después del año ’30 Juana y sus hijos se habían mudado a Junín y ella, para poder mantenerlos, había empezado a dar de comer en la casa, es decir cosía y cocinaba. Y al pueblo habían llegado desde Chivilcoy y estos hermanos Álvarez Rodríguez, que habían puesto un buffet de abogados y como buscaban comida casera iban a comer los mediodías a lo de Juana. En esos almuerzos que compartían en la época en que Evita decía que se quería ir, José le dijo claramente a Juana: “Mire, usted no tuerza la voluntad de Evita porque no se lo va a perdonar nunca. Si ella quiere ser, usted la tiene que acompañar. Deje que pruebe en la radio, que total por ahí ni queda y vuelve con usted al pueblo”. Entonces fueron a la prueba en Radio Belgrano y Evita quedó contratada. Así que después Juana no le perdonaba nunca eso a José, le decía “mira lo que me hiciste hacer”, y bueno, Evita se había quedado en Buenos Aires en la pensión de una familia de Los Toldos, los Bustamante, que era donde paraban cuando iban a llevar los encargos de costura, y ahí estuvo un tiempo hasta que se asentó en Buenos Aires.

El tiempo de Eva como actriz no es lo más recordado porque suele quedar eclipsado por la obra monumental que años después llevó a cabo a la par de Perón. Sin embargo, en ese tiempo sucedieron cosas formidables que la pintan de cuerpo entero.

—Fueron años muy duros esos del comienzo. Era el año ’35 y Evita con 16 años estaba sola, viviendo en Buenos Aires. Justo ahora para los 20 años del Museo la familia La Rocca nos donó el film La luna de miel de Inés y Fernando Peña lo restauró. Era una propaganda para cine, que cuatro años después de haber llegado a la capital para Evita fue una consagración. Hasta ese momento trabajaba en las giras de teatro, con Pierina Dealessi y tantos grandes de la época, hasta que llegó el cine. Ahí ella pudo hacer cuatro películas y finalmente tuvo la oportunidad del radioteatro, que fue realmente donde brilló y llegó a ser cabeza de compañía. Después, habiendo sido afiliada a Actores, crearon el Sindicato de los Artistas de Radio y ahí fue secretaria general, todo esto antes de conocer a Perón. Es decir, hay unos diez años de Evita en Buenos Aires que son apasionantes, Noemí Castiñeiras los narra muy bien en El ajedrez de la gloria, y es bien fascinante porque muestra cómo se sustentó, todas las giras que hizo, todos los esfuerzos, de hecho ella llegó a comprar su propia casa antes de conocer a Perón, y todo ayudando a la familia de Junín. Por supuesto Juana nunca aceptó esa ayuda, al punto que muchos años después, revisando sus cosas, mi abuela y mis tías encontraron los sobres con la mitad del sueldo. Juana nunca había gastado un peso.

Cristina habla de tías, hermanas, primas, una comunidad de mujeres fuertes y compinches, sólidas en su amor y en sus valores. Esa trama feminista, aunque no se nombrara como tal, ocurría en un tiempo de patriarcado feroz, tal es así que cuando Eva falleció su cuerpo fue secuestrado, robado, abusado y maltratado hasta límites insospechables. Pero esa parte de la historia quedará para otro texto. Lo que queda para este es qué hicieron esas mujeres cuando recuperaron el cuerpo de la hermana amada, de la hermana herida, y lo que hicieron fue justamente lo que sabían hacer: coser, estar juntas, protegerse:

—Hay una anécdota que está en el libro Mi hermana Evita, escrito por Erminda, que a mí me conmueve mucho, de cuando le devuelven a Perón el cadáver de Eva en Puerta de Hierro. En su momento Perón las llama a las dos hermanas que estaban vivas, Blanca y Erminda, ya Juan había muerto, y les pide que vayan a Puerta de Hierro para estar con él al momento de recibir el cuerpo, y así lo hicieron. Ellas ven entonces el estado en que la entregan, un cuerpo ultrajado y profanado. Y en ese dolor inmenso comienzan a coserle a Eva una mortaja nueva. Y es justamente mientras cosen que Erminda empieza a escribir la historia de la infancia de ellas, le viene esa necesidad de plasmar todo lo que habían vivido.

“Y en ese dolor inmenso comienzan a coserle a Eva una mortaja nueva”, como si con esas puntadas pudieran redimir un poco de tanto dolor, como si coser fuera la forma de acariciarla, de darle toda la paz que le faltaba. Coser una mortaja nueva para refundar esa muerte, para entrar en la inmortalidad y empezar a cumplir deseos.

 

 

 

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