Furiosas

En la mitología, las que hacían justicia eran las Furias

 

Estoy viendo una serie nueva que estrenó Disney+. Acá la rebautizaron Furia, lo cual neutraliza su título original. Porque no tiene por nombre un sustantivo sino un adjetivo: Furious no es la furia en abstracto sino la furia encarnada, actuante. Y en este caso significa furiosas, en femenino, porque sus protagonistas son mujeres. Viendo la serie uno puede preguntarse cuál está más furiosa, si la presunta heroína o la presunta villana. Pero lo que importa aquí es entender que quien está en su derecho de mostrarse furioso es la totalidad del género femenino, sin excepciones.

A simple vista, Furia es apenas un policial, que en su procedimiento no se diferencia de infinidad de otros que vimos o leímos. Hay un asesino serial, hay un detective que trata de atraparlo. Pero en este caso, el asesino serial es una mujer. Lo cual constituye un rasgo de singularidad, porque la mayoría de los asesinos seriales son hombres. En los exponentes del género masculino suele primar el sadismo. Fogoneados por sus traumas y frustraciones, usan la violencia para establecer dominancia —necesitan subrayar quién detenta el poder—, y sus obsesiones suelen girar en torno de lo sexual. (Tan pronto escribí esta frase me di cuenta de que también aplicaba a otro tipo de criatura masculina, que produce daños aún más considerables. Ya volveremos sobre este punto.) Los contados casos femeninos apuntan hacia otro orden de motivaciones. Suele tratarse de mujeres que fueron víctimas de abusos y usan su compulsión a la violencia para vengarse (de sus abusadores originales, o de hombres que evocan su memoria), o bien para sacar rédito económico. En los últimos tiempos se habló mucho de la serie Viudas negras que creó, co-escribió y protagoniza Malena Pichot. De hecho, Furia está inspirada por una película de Bob Rafelson que se estrenó en el '87 y se llama, precisamente, Black Widow.

 

 

Al igual que en ese film, aquí no sólo la asesina es mujer: también la detective. Al comenzar la historia, Alice Black (Emmy Rossum) se encuentra en un momento precario de su existencia. Ha renunciado a su puesto en el Departamento de Homicidios de Nueva York para alejarse de su ex pareja, un colega detective que la golpeaba sistemáticamente; y en la actualidad trabaja como soldado raso de una agencia federal, respondiendo llamadas al call center (una tarea indigna, ya que significa lidiar con —como lo define su jefe— "la gente loca que googlea FBI"), mientras espera que le concedan ser asignada a la división de Crímenes Sexuales.

Los elementos en común entre un crimen reciente y un caso en que Black intervino cuando era policía hacen que Homicidios reclame su colaboración al FBI. Y así vuelve a cruzarse con sus viejos colegas — lo cual incluye a su ex pareja, Marshall (Jake Lacy), a quien no denunció formalmente pero sobre quien pesan los rumores de su proclividad a la violencia doméstica.

Como le ocurre a todas las mujeres, la vida de Alice Black está condicionada por la dinámica de poder entre los géneros. Pero además trabaja en un medio híper-machista, como también lo son la política y los negocios. Imagino que se enteraron de que el Ministro de Guerra de los Estados Unidos, Pete Hegseth, no sólo está boicoteando el desempeño de mujeres, homosexuales y lesbianas en las fuerzas armadas, sino que además acaba de implementar un examen mandatorio para medir el nivel de testosterona en los soldados y determinar, así, si están en condiciones de "funcionar en condiciones óptimas". (Parafraseando a Alfonsín: "¡Un psicólogo, ahí!") En 2026, cualquier mujer que trabaje en las fuerzas de seguridad o armadas —y particularmente en los Estados Unidos— la tiene tan complicada como sus precursoras de hace medio siglo.

 

Alice Black (Emmy Rossum): una "Furia".

 

Alice Black surfea un mar de actitudes machistas a diario. La misoginia de su superior en el FBI, que la conmina a "no salirse de su carril" —es decir, el carril donde se confina a las mujeres en la agencia— y pretende que haga mandados para la tropa. La impiedad de sus compañeros del FBI, que se burlan de las mujeres alteradas que se comunican por teléfono. La agresividad de sus ex compañeros de Homicidios, que en lugar de solidarizarse con ella como víctima la culpabilizan por poner en riesgo la carrera de Marshall. Y hasta su ex suegra, que prácticamente la crío (porque la madre de Alice la abandonó, y ella conocía a Marshall desde que ambos eran chicos), la acusa de perjudicar a su hijo, en vez de responsabilizarse por la violencia del tipo al que engendró y educó.

Pero al menos no está del todo sola. Cuenta con un amigo, el detective Danny Kelly (Scott McNairy), que hasta el momento es lo único parecido a un hombre decente que existe en la serie. (Digo hasta el momento porque Disney sólo estrenó tres capítulos de ocho totales, el cuarto se estrena mañana lunes.) Pero ante todo cuenta con Nora (Quincy Tyler Bernstine), la jefa de la unidad de Crímenes Sexuales a la que Alice aspira sumarse. Nora es un gran personaje. Una afro-americana que, cuando Alice se le acerca, le pregunta por qué quiere integrarse a su unidad y a continuación arriesga la respuesta que le parece más lógica: "¿Te odiás a vos misma?" Una tipa de aspecto sencillo que disimula que ha ido a una escuela cara y adquirió una educación superior. (No hay muchos agentes masculinos en condiciones de citar a Balzac de memoria.) Y una mujer, ante todo, que lidia como puede con los horrores que confronta a diario: tráfico de menores, abuso infantil. Antes de visitar en el hospital a la piba de 15 con quien contaba como testigo pero a la una paliza dejó vegetativa, Nora le entra al tequila como la mejor. Cuando Alice la critica implícitamente, por no recordar un caso que tuvo lugar hace 16 años, Nora le dice: "Si todo me sale bien, no me voy a acordar ni de la piba a la que mataron a golpes la semana pasada". Y enciende la radio, para echarse a cantar una canción romántica de K-Ci & JoJo como si tuviese 15 años.

Igualmente reveladora es la explicación que despliega ante Alice sobre la manera inadecuada en que el sistema, tributario de leyes concebidas por hombres, da a la clase de problemas con los que se enfrentan. "¿Tenés idea de lo que cuesta que avance una acusación por tráfico humano?", le dice. "Nuestro sistema legal demanda que todo esté planteado en orden cronológico. Quieren una historia con pies y cabeza. Pero estas pibas no tienen idea respecto de fechas, horas y lugares. Han estado encerradas en un cuarto de hotel o en un salón de masajes. Les sacaron los documentos y casi siempre están drogadas. Están enamoradas del tipo que les hizo eso, lo cual es peor que estar drogadas. Y una vez que aceptaste dinero a cambio de sexo en este país, aunque seas una adolescente, sos un criminal. Menos que humana, un cacho de basura. ...No tienen una casa ni otra forma de ganarse la vida y por eso, aun cuando quieran salvarse, terminan regresando a manos de quienes las traficaron".

 

Alice y Nora (Quincy Tyler Bernstine).

 

 

 

La Era de los Machos Tóxicos

El otro personaje deslumbrante es la villana, cuyo verdadero nombre aún es incierto. (De momento, llamémosla Catherine.) Interpretada por Lola Petticrew, es una chica menuda, que parece menor de lo que es —la actriz inglesa tiene 30 años— y explota esa frescura aparente como un arma. Que ella es la asesina queda claro desde los primeros minutos del relato. Lo que va apareciendo de a poco es su historia personal, y el modo en que esa experiencia informa las decisiones que está tomando.

Todo indica que Catherine fue víctima de trata y que la primera persona a quien se cargó —un crimen del que Alice estaba al tanto, poco antes de dejar Homicidios— sería el proxeneta a quien servía. El relato arranca con la muerte de un ex juez, Caleb Easton, y se prolonga con el asesinato de un abogado llamado Oliver Charles. Aparentemente ambos fueron clientes de aquel proxeneta y abusaron de Catherine cuando era una criatura.

El modus operandi de la asesina es particular. Seduce a esos hombres, que no la reconocen como su víctima de años atrás, y entabla una relación con ellos, cuidándose de exponerse lo menos posible. (Post-pandemia, colabora con ella la integración de los barbijos a nuestro vestuario. Hoy en día nadie se sorprende si ve a una chica caminar por la calle con la cara medio tapada.) En este nuevo rol, no tiene prurito en entregarles nuevamente su cuerpo. Hasta que, sintiendo que ganó su confianza, los reduce primero y mata más tarde, mediante drogas y jeringas que transporta en una caja de metal llena de brillitos y pegatinas, digna de la cartera de una teenager.

 

Catherine (Lola Petticrew), con una de sus múltiples pelucas.

 

En la acción, Catherine es implacable. No siente compasión por esos hombres, ni siquiera cuando los ve convertidos en despojos que reclaman piedad entre mocos y baba. Pero jamás incurre en sadismo. Al contrario, se podría decir que apela a algo parecido a un instinto maternal, porque en sus últimos minutos trata a sus víctimas como niños a los que ayuda a conciliar el sueño. (Aunque se trate, en este caso, del sueño eterno.) Catherine parece relacionarse con el resto de la humanidad de un modo utilitario: la gente —parece pensar— está ahí para que uno la use. Lo cual no dejaría de ser una actitud comprensible, en una persona que ha sido usada y abusada toda su vida. La forma en que se aprovecha de una chica que trabaja en un refugio para mujeres y luego la descarta es fría hasta lo clínico, fruto de un cálculo costo-rendimiento. Pero eso no significa que Catherine no sienta nada.

Mientras finge ser otra en el refugio para mujeres, ofrece consejo desinteresado a una víctima de violencia doméstica. Le sugiere que piense que cada parte de su cuerpo que ha sido golpeada, y por ende le duele, no es suya, no le pertenece; para, finalmente, convencerse de que no le ha pasado lo que le pasó: "Podés fingir que no es real, nomás. Que nunca ocurrió". (Nótese el parentesco entre esta forma de lidiar con el dolor y aquella que practica Nora, la responsable del departamento de Crímenes Sexuales: ambas necesitan bloquear la experiencia, mediante el olvido o la negación, para seguir adelante.) También muestra consideración ante la hija adolescente de una de sus víctimas. Y se pone en acción, movida por la angustia, cuando descubre que una piba más chica a la que creía haber rescatado de la trata dejó a su familia adoptiva para volver a los brazos de su proxeneta, que se hace llamar —predeciblemente— Big Man.

Tal vez la única relación honesta de Catherine sea la que tiene con Alden, un hombre con distrofia muscular a quien brinda asistencia profesional durante las noches. (Lo interpreta Steve Way, un actor que padece de la misma enfermedad y que ya destacó en una comedia llamada Remi.) Alden sabe que Catherine —que para él es Vanessa— lo está usando, pero al menos es consciente de que él también la usa. Por lo que paga, obtiene mucho más que cuidados nocturnos. La chica es lo más parecido que tiene a una amiga. Además se presta a que Alden la trate como su novia aunque no lo sea, no la molesta ser la protagonista de sus fantasías sexuales.

 

Catherine, ayudando a una de sus víctimas a conciliar el sueño eterno.

 

Según lo que la serie cuenta hasta el tercer capítulo, Catherine es una mujer rota, sí, pero que no ha perdido del todo su humanidad. A diferencia del prototipo de asesino serial de género masculino, que suele ser incapaz de sentir empatía por nadie. (El Norman Bates de Psicosis sólo se relaciona con una persona embalsamada. Hasta la irrupción de Clarice Starling, Hannibal Lecter sólo ve a sus congéneres como potenciales ingredientes de un futuro menú.) Catherine puede incurrir en actos monstruosos pero no se ha convertido por completo en un monstruo. Todavía discrimina entre lo bueno, lo malo y lo que considera necesario, todavía puede sentir algo positivo por alguien que no sea ella misma.

Esto colabora a que la atención se vaya desplazando hacia los verdaderos villanos del relato. Esto es, los hombres blancos, ricos y poderosos que han hecho uso sistemático de las menores de edad atrapadas por la red de trata. Lo cual arranca la serie del género policial y la deposita en medio de nuestra realidad palpable. Porque, aunque uno tienda a olvidarlo, vivimos en un mundo cuyo país más dañino está presidido por un señor que ha sido acusado de inconducta sexual por al menos 28 mujeres, en causas que van desde la violación, sexo con menores, asalto sexual, besos y manoseos sin consentimiento y hasta por meterse en el salón donde las participantes de un concurso de belleza estaban desnudas. Que fue encontrado culpable y condenado por abusar sexualmente de la escritora E. Jean Carroll, a quien debió pagarle cinco palos verdes. Que viene bloqueando sistemáticamente la difusión de los Archivos Epstein, que probarían su asociación de años con el infame proxeneta que apareció suicidado en una celda policial. Y cuyo hijo menor, Barron Trump, sostiene relación con los hermanos Tate, detenidos en Miami días atrás para ser juzgados por violación, tráfico humano, pornografía infantil y evasión de impuestos.

Es una noción tan demencial que, como hacen Nora y Catherine, tendemos a olvidarla o minimizarla para seguir viviendo, o la confinamos dentro del dominio de las ficciones que nos gusta consumir. Pero, en los hechos, todo indica que no pocos de los hombres más poderosos de Occidente —y cuando hablo de poder no me limito al político, el económico está tanto o más involucrado— forman parte de redes de tráfico de alcance internacional o como mínimo han abusado de sus víctimas, que incluyen a menores de edad de ambos sexos. Por favor, consideren esta idea detenidamente: nuestras vidas están en manos de (o al menos dependen en muchos aspectos de) gente que participa de estas prácticas, como proxenetas, socios, clientes, habilitadores y/o protectores. Ya sea en una capacidad u otra, muchos de los nombres que circulan por las noticias del mundo a diario participan o forman parte del crimen organizado. Que algunas de sus andanzas hayan quedado al descubierto no es tanto obra del descuido, como de la impunidad de la que creen gozar.

 

Andrew Tate: un líder de la "machosfera".

 

El caso de Andrew Tate es paradigmático. Ex profesional de kickboxing, Tate es un misógino de extrema derecha, que se define como libertario y fue bautizado "el Rey de la Masculinidad Tóxica". De identidad sexual dudosa, vocifera sus ideas espantosas por las redes y está acusado por delitos vinculados a todas las formas concebibles de la explotación carnal. Aun así es ídolo de infinidad de pibitos inseguros, uno de los líderes de lo que se llama manosfera. (Por manosphere, la comunidad internacional que milita contra el feminismo, pero ante todo contra las mujeres en general. En nuestro idioma existe otra traducción, que me parece más apropiada: machosfera.) Tate cuenta con diez millones de seguidores tan sólo en Twitter. Pobrecitos: en estos días no pueden leer otra cosa que los lloriqueos que postea Tate, quejándose de las condiciones de su detención.

Las redes sirvieron de plataforma al veneno que distribuye, con más eficacia de la que tendría vertir arsénico en el suministro de agua potable. Nunca disimuló las porquerías en las que se embarcaba, "porque —lo declaró abiertamente— tengo una cantidad de guita que me permite decirte fuck you y nadie me la puede quitar". Una de sus iniciativas digitales, War Room, incluía cursos para proxenetas — enseñaba a explotar mujeres, incluyendo la violencia dentro de sus técnicas. Al ser arrestado, alardeó de sus conexiones con los Trump. Antes que preocuparse tanto por la comida que le dan en prisión, debería cuidarse de no terminar como Epstein — que se topó con la mudez definitiva justo cuando podía empezar a hablar.

Que esta calaña haya llegado tan lejos significa que Occidente normalizó conductas que hasta no hace tanto eran aberrantes. Más allá de los ocasionales traspiés en tribunales, siguen gozando de impunidad, entre otras razones porque aquellos que deberían juzgarlos también suelen ser hombres poderosos y de mucha guita. (Que ni siquiera hacen el esfuerzo de intensificar las investigaciones para diferenciarse de ese colectivo siniestro. Lo cual induce a que uno se pregunte qué tendrán que ocultar también jueces y fiscales. El de Trump no es, claramente, el único apellido que esconden los todavía censurados Archivos Epstein. ¿Ustedes creen que es casual que las víctimas de Catherine sean abogados y ex jueces?)

 

 

 

Los Nuevos Monstruos

A veces me pregunto, leyendo las noticias, si el culto a los anti-héroes, monstruos y asesinos seriales que alimenta películas y series no colaboró —a su pesar, no lo discuto— a la normalización de las conductas perversas que hoy se toleran. Porque los asesinos seriales son tipos traumatizados o abusados que dan rienda suelta a su compulsión a la violencia. Y la sensación de inadecuación, impotencia y confusión respecto de su propia identidad suele conducir esa violencia hacia la agresión sexual. (La Catherine de Furia manipula a sus víctimas como Paganini al violín, porque sabe bien qué necesitan para sentirse seguras. "Quiero que seas mi dueño", dice ella, a sabiendas de que eso es lo que el abogado Charles —otro violín– desea oír. Y el muy cretino entra por el aro, convencido de que es natural que una jovencita bella se deje hacer cualquier cosa por un forro con poder como él. Por eso le ordena que, en su ausencia, limpie la casa como una sirvienta mientras está desnuda, y la controla a través de las cámaras que instaló en su casa.)

 

Catherine, jugando a la mujercita sumisa.

 

A partir de la figura del asesino serial, las sociedades del siglo XXI han engendrado una suerte de instancia superadora. Porque el alcance de esos criminales suele ser limitado, sólo torturan y matan a un puñado de mortales. Pero en la actualidad Occidente eleva a posiciones eminentes a tipos ostensiblemente perturbados, que se expresan de modo violento, y particularmente a través de alusiones sexuales. Tipos que, si bien no matan con sus propias manos, están en condiciones de producir daño a más gente que el más prolífico de los asesinos seriales — y las aprovechan a full.

A comienzos de abril, Trump declaró con su cara de piedra habitual que "no hay plata" para Medicare y Medicaid —servicios públicos de salud— ni tampoco para cuidados infantiles, porque "estamos peleando guerras". Guita para matar, sí. Guita para cuidar, no. (Al mejor estilo Milei, pretende que sean los Estados/provincias los que se ocupen de velar por la gente, en vez del Estado nacional.) Esto le permite multiplicar víctimas que se van acumulando en una doble columna: las que mata con bombas en guerras que declaró en forma unilateral y caprichosa y a consecuencia de la represión que llevan adelante los parapoliciales de ICE, y las que mata al privarlas de cuidados esenciales. Trump & Co. no serán asesinos seriales en términos formales, pero al desproteger a vastos sectores de la población de sus países, matan sistemática y sostenidamente de todos modos. De lo cual, no les quepa duda, son perfectamente conscientes. Y aun así, perseveran en su compulsión destructiva. Todavía no hay un término que los defina, pero ya surgirán propuestas más temprano que tarde.

Todos tenemos claro que el género femenino fue reprimido y condicionado desde los albores de la historia. También entendemos que, durante milenios, los hombres de poder abusaron de su posición para desfogarse con una población que no tenía cómo defenderse. Pero me pregunto si este tiempo no constituye la primera vez, desde que la humanidad se irguió para caminar, en que los destinos de Occidente están conducidos por gente que de un modo u otro participa de la explotación sexual, en condiciones de algo más que clientes. Eso es lo que no puedo dejar de plantearme y de plantearles: ¿estamos gobernados por una camarilla de hombres que, entre otras fuentes de ingresos, lucran con la esclavización de mujeres y menores, a los que además usan para su propio placer? ¿Significa esto que, en vez de avanzar hacia la igualdad entre géneros, Occidente está institucionalizando la trata y, por extensión, la servidumbre femenina?

 

Andrew Tate, confiado en su impunidad.

 

Lo indiscutible es que, durante los últimos años, Occidente se re-machirulizó. Y uno de los signos más evidentes es la prisión y proscripción de Cristina, de repercusión mundial. Ella misma lo subrayó en su carta abierta de esta semana: "Ser la única mujer electa y reelecta Presidenta de la República Argentina y, al mismo tiempo, con los desastres que se han hecho a lo largo de la historia en nuestro país… ¿ser la única ex Presidente condenada por la Corte Suprema? ¿En serio alguien puede pensar que eso es una casualidad? Cuando una mujer es perseguida con un nivel de violencia, de estigmatización y de arbitrariedad que excede cualquier límite razonable, llegando al extremo de funcionar como un incentivo para que atenten contra mi propia vida (como sucedió el 1 de septiembre del año 2022), no estamos simplemente frente a una injusticia individual. Estamos frente a una manifestación del profundo machismo que aún sobrevive en instituciones que deberían garantizar igualdad, imparcialidad y respeto por la dignidad humana".

¿Con qué creen ustedes que nos encontraríamos, si un par de cerebritos como Alice Black y Nora se pusiesen a investigar la vida privada, los consumos y los ingresos reales de la cadena de tipos que se conjuraron para neutralizar a Cristina? Apostaría lo que no tengo a que la mayoría de ellos no saldría indemne de semejante escrutinio.

En una escena de la serie, anticipándose a la fiebre por la cultura griega que detonó La Odisea, Nora le cuenta a Alice la historia de Medusa. Según la versión de Ovidio, Medusa era una doncella bellísima, de cabellera deslumbrante, a la que Poseidón violó en un templo de Atenea. Tal vez por envidia de su belleza, Atenea no impidió el crimen. Peor aún, después de consumado cambió el cabello de Medusa por serpientes; y a partir de entonces, cada hombre que la miraba a la cara se volvía de piedra.

Entiendo por qué Nora saca a colación esa historia. Sugiere así que Catherine, como Medusa, es una víctima, pero que eso no significa necesariamente que sea una buena persona. Pero las figuras de la mitología que me evocó la serie fueron otras, anunciadas desde el título: las Erinias, a quienes los romanos llamaban Furias. Eran deidades pre-olímpicas, diosas aladas consagradas a vengar los crímenes. Me gusta este detalle de su historia: que lejos de contentarse con castigar a los criminales en el inframundo, empezaban a perseguirlos y atormentarlos en vida.

 

Orestes perseguido por las Furias, según el pintor William Adolphe Bouguereau.

 

En la tragedia de Esquilo que se llama Las Euménides, las Furias persiguen a Orestes por haber matado a su madre Clitemnestra. (Parte de esta historia solapa con La Odisea: Orestes mata a Clitemnestra porque ella mató a su padre, Agamenón. Pero Clitemnestra tampoco mató a Agamenón porque sí: lo asesinó porque Agamenón sacrificó a la hija común, Ifigenia, para que Artemisa le concediese el viento que necesitaban sus naves para alcanzar Troya.) La compleja naturaleza del drama —porque Orestes tenía derecho a vengar a su padre, tanto como Clitemnestra a vengar a su hija— hace que, sobre el final, las Furias suspendan su castigo y lo pongan en manos de la justicia humana, encarnada por el tribunal de Atenas llamado Areópago. Esta es otra muestra de la sabiduría que ya aquilataban los griegos de la Antigüedad: la obra de Esquilo dramatiza el paso de la dinámica del ojo por ojo y su violencia interminable a la civilización que asume la responsabilidad de juzgar, sopesando la totalidad de la evidencia.

Veinticinco siglos más tarde, no contamos con una justicia como aquella en la que Esquilo confió. Buena parte de nuestro sistema judicial —en particular, aquella que se aposenta en lo más alto de su estructura— es tan cruel y caprichosa como Agamenón. Por eso me temo que haya que confiar nuevamente en las Furias, que al menos hacían su trabajo. Si fuese verdad aquello que sugirió el dramaturgo William Congreve en 1697, de que "ni en el infierno existe una furia como la de una mujer despreciada", todavía podríamos alentar esperanzas. Porque existen más de 4.000 millones de mujeres en este mundo de hoy, y la mayoría cuenta con motivos sobrados para rugir y desmelenarse por verdadera justicia.

 

 

 

 

 

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