Ganadores y perdedores de la pandemia

Los beneficiados de la catástrofe y las reglas que habilitan la avaricia global

 

El balance transitorio de la pandemia muestra una inmensa cantidad de víctimas y un reducido número de beneficiados. La actual crisis exhibe de manera obscena las reglas de un sistema global instaurado para favorecer a una elite minúscula y castigar a las grandes mayorías de la humanidad. Este orden internacional se convirtió en la condición de posibilidad de una triple ampliación de las desigualdades: la referida al incremento de las brechas sociales al interior de los países, las que provocaron la profundización de la distancia entre Estados centrales y periféricos, y las que generaron mayores condicionamientos a los Estados respecto a las corporaciones trasnacionales, los organismos multilaterales de crédito y los fondos de inversión.

La pandemia ahondó un esquema previo que debilitó a los más vulnerables y fortaleció a los más poderosos. Pero también dejó un poco más al descubierto el entramado que habilita la maximización de esas iniquidades. Dentro de esas coordenadas, durante la pandemia,  existieron entidades gubernamentales, como la argentina o la alemana que se abocaron, desde el inicio de la emergencia sanitaria, a reducir el daño. Sin embargo sus esfuerzos no lograron detener el proceso de concentración que la lógica neoliberal promueve y fomenta desde hace más de cuatro décadas.

Un mes atrás el Institute for Policy Studies, un prestigioso centro de investigación con sede en Washington, difundió un estudio sobre las secuelas sociales generadas por el Covid-19 y las políticas que acompañaron su propagación. En uno de sus capítulos, dedicado a la situación internacional, describe cómo fue posible que mil millones de personas –un cuarto de la población económicamente activa a nivel mundial– hayan perdido su trabajo. Ese guarismo supone que alrededor de un 40 % de la población mundial ha caído en la pobreza. El relevamiento detalla, además, cómo un reducido grupo de billonarios se ha visto inmensamente beneficiado  gracias a la  pandemia. Las 50 personas más ricas del mundo aumentaron sus ingresos este año en U$D 413.000 millones, un monto equivalente al PBI actual de la Argentina.

Los beneficiarios no son más que una docena de empresas entre las que se encuentran BlackRock, Amazon, Facebook, Alphabet (Google) y Microsoft, pertenecientes a dos sectores: el de la especulación financiera y el de la economía de plataforma. Ambos universos son tributarios de la minería de datos y la Inteligencia Artificial (IA) –con la cual monitorean y condicionan la demanda–, la reducción extrema de lo que denominan como costos laborales y la elusión tributaria. Desde el 18 de marzo hasta el 17 de noviembre, la fortuna personal agregada de sus titulares se incrementó en un 42 %. Jeff Bezos, titular de Amazon, sumó 188.3 mil millones de dólares,  un monto cercano al total de la deuda externa de la Argentina.

El contexto que autoriza la actual inequidad sistémica se funda en la aquiescencia de las autoridades gubernamentales respecto a sus mandantes (o socios), encargados de instaurar un modelo de gestión global en el que el egoísmo y la mercantilización de la vida se han institucionalizado como virtud. Las reglas del juego vigentes convierten a las entidades soberanas en agencias protectoras de los acaudalados beneficiarios. En ese contexto, guiado por los apotegmas flexibilizadores, sobrevino la calamidad sanitaria que redujo aun más los empleos, incrementó obligadamente el endeudamiento y produjo una rápida reversión de los flujos de capitales desde la periferia hacia los países centrales. Este último hecho, además, motivó una amplia inestabilidad monetaria entre las economías de los países periféricos.

Para que esa situación no colisionara contra el sentido común, fue necesario inculcar –durante las últimas cinco décadas– un mantra neoliberal replicado por difusores activos e interiorizado por receptores indiferentes o pasivos. Algunos de los pilares de su discursividad,  que aún hoy se difunde como verdad revelada, reside en la desregulación del sector financiero, la privatización de servicios sociales –que incluye el desmantelamiento de los sistemas públicos de salud–, los recortes fiscales a las empresas (y a sus grandes accionistas), la flexibilidad laboral y el libre acceso a la explotación ilimitada de los recursos naturales, al límite de la aniquilación de especies y de la destrucción del medio ambiente.

 

 

Datos del Banco Mundial a 2017.

 

 

Al inicio de la pandemia, sólo 26 de los 158 países relevados por un estudio de Oxfam y el Development Finance International (DFI) invertían un 15 % de su PBI en salud pública, el porcentaje considerado básico para atender a sus poblaciones. En Argentina, para el año 2017 –último dato oficial disponible– la inversión en salud representó el 9,4 % del PBI, habiéndose reducido durante el macrismo un 20% desde 2015, el último año de gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. El mismo contraste que se observa en relación con los ganadores y perdedores globales se aprecia en la programada distribución futura de las vacunas. Las naciones con el PBI más alto, que representan al 14 % de la población mundial, se aseguraron la mitad del total de dosis a ser producidas durante el año 2021. Se especula que más de las dos terceras partes de la humanidad –sobre todo los habitantes de los países más pobres– deberá esperar a 2022 para inocular a sus habitantes. Alrededor de 70 países pobres solo podrán vacunar a una de cada diez personas contra la Covid-19, el próximo año. Las naciones más ricas han comprado suficientes dosis para vacunar a toda su población casi tres veces antes de que se inicie el 2021. Canadá encabeza la clasificación con suficientes dosis para vacunar a cada canadiense cinco veces. Su gobierno se agenció  152 millones de vacunas para un población de 38 millones. Los países centrales han comprado el 53 % de todas las vacunas aprobadas o en proceso de certificación.

 

 

Las ocho guaridas fiscales con mayor cantidad de depósitos. Fuente: Citizens for Financial Justice.

 

 

Quienes se han visto favorecidos gracias a las cuarentenas y los distanciamientos sociales obligatorios venían acumulado riquezas desproporcionadas antes de la pandemia. Sus agraciados no son más que una docena de empresarios que valorizaron sus acciones a expensas de los trabajadores, los consumidores y la dificultades generalizadas. La crisis no hizo más que acelerar un proceso de concentración cuyas reglas han sido previamente impuestas y legitimadas por variadas instancias gubernamentales. Un aspecto central de esa normativa global, funcional al interés de la concentración creciente, ha sido la reducción de la fiscalidad. Esta mengua nunca ha generado mayores niveles de inversión, como prometen las propaladoras del ultraliberalismo anárquico. Por el contrario, ha incrementado los flujos especulativos, provocando más desigualdad, concentración de la riqueza y volatilidad en los mercados emergentes. En lo que sí han invertido estas elites globales fue en la adquisición de medios de comunicación, periodistas y think tanks, cuyo rol fundamental consiste en presionar a los gobiernos, las instituciones multilaterales y la sociedad civil para darle continuidad a su legitimación. También se han involucrado en campañas políticas y de formación de operadores judiciales, con el único objetivo de impedir que accedan a puestos gubernamentales quienes se oponen a esta lógica impúdica, reproductora de la miseria y la pobreza.

Desde 1980, el 1 % más pudiente disminuyó un 79 % su aporte tributario y se han flexibilizado los controles sobre los flujos derivados hacia las guaridas fiscales. En 2017 se consideraba que el 10% del PBI mundial se encontraba oculto en guaridas fiscales, y una porción considerable de ese exorbitante monto incluía 32 billones de dólares de las 100 fortunas más significativas del mundo. Las empresarios más acaudalados de la Argentina fugan cada año –desde la década del ’80– entre un 5 y un 20 % del PBI de su país, abultando un monto similar a un PBI completo. Las guaridas fiscales son posibles porque los Estados centrales las avalan y las protegen. Un pormenorizado listado de sus sedes muestra que dos terceras partes poseen dependencia soberana de los Estados Unidos y/o del Reino Unido. Salvo tres guaridas –Chipre, Mauricio y Hong Kong–, las restantes son vigiladas y custodiadas por Washington y Londres.

La pandemia vuelve a poner sobre la mesa la necesidad de rediscutir las reglas de juego que rigen la economía y las finanzas internacionales. Eso supone ampliar los impuestos al patrimonio y a la renta. Un impuesto anual del 1 % sobre las fortunas del 0,1 % de la humanidad, poseedor de fortunas superiores a los 20 millones de dólares, generaría un ingreso estimado de 1.899 billones de dólares durante la próxima década. Si se le suma un progresivo impuesto a la herencia, se lograría gravar la abultada riqueza testamentaria, debilitando las peligrosas dinastías globales. Las necesarias reformas de la arquitectura económica internacional exigen la eliminación de las ingenierías contables que permiten a las trasnacionales crear sociedades fantasmas para ocultar sus fugas. Requiere, además, la reducción de las ayudas de los gobiernos a las corporaciones, derivando esos recursos hacia los sectores más vulnerables. Esas medidas, se especula, permitirían expandir la inversión pública en servicios sociales básicos (educación, salud, protección social a la tercera edad), promover los derechos laborales y planificar rentas básicas para la población.

El economista español José Luis Sampedro, fallecido en 2013, aportó algunas sentencias que debieran ser enseñadas en las prominentes escuelas de economía locales, donde suelen dar cátedra los tecnócratas que se olvidan de las necesidades de sus congéneres: “Que la gente acepte los recortes y los vea casi necesarios se debe a una de las fuerzas más importantes que motivan al hombre; el miedo. Gobernar a base de miedo es eficacísimo. Si usted amenaza a la gente con que los va a degollar, y luego no los degüella, pero los explota, los engancha a un carro… Ellos pensarán; bueno, al menos no nos ha degollado”. Sampedro insistía en que “hay dos tipos de economistas: los que trabajan para hacer más ricos a los ricos y los que trabajamos para hacer menos pobres a los pobres”.

 

 

 

 

 

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