Gente de (mala) palabra

Tengo mil diferencias con Beatriz Sarlo, pero nunca imaginé que la oiría mentir

 

Una palabra no dice nada

Y al mismo tiempo lo esconde todo.

Me gustan las palabras. Lo que significan en su más absoluta literalidad. Y las infinitas acepciones que pueden tener en conjunto con otras palabras. Me gusta cómo suenan. Y como una apenas perceptible inflexión de la voz o el tono en el que son dichas puede cambiar lo que significan. Una palabra grosera puede ser una declaración de amor o de deseo que puebla el cielo de juegos de artificio. Y una palabra de las que consideramos bellas puede ser una puñalada en el corazón, doliendo hasta el final de los tiempos y después de ellos también.

Por eso admiro a quienes construyen mundos con las palabras. El talento alquímico de la poesía, donde las palabras son seres vivos que adoptan las formas y los sentidos no solo de quien las escribió, sino de quien las lee o las recita. Palabras bailando en el aire y adoptando las formas infinitas de lo posible o de lo imaginable.

Hace muchos años, en una película hermosa, uno de los personajes dice sobre sí mismo: “Soy poeta, pero cuando necesito dinero me prostituyo y hago publicidad”. Porque también están los que tienen el talento de crear con palabras y deciden crear nadas. Son opciones validas y carezco de autoridad para juzgar qué hace cada uno de nosotros con los talentos que le son dados. Y debo reconocer que algunas publicidades me han hecho reír, o pensar o llorar conmovida.

En mi mundo imaginario, hay una cofradía de los que aman las palabras. Existen los amantes eximios, exquisitos, soeces y también los crueles. También, los que, como yo, amamos las palabras sin el talento de tejer universos con ellas y muriéndonos de envidia y admiración por quienes hacen urdimbres de palabras maravillosas.

El enorme poder de las palabras es que construyen sentido. Instalan ideas. Las combaten. ¿A qué le temeríamos más? ¿A la espada o a la pluma? Intuyo que la espada es más aterradora en lo inmediato, pero el poder de las palabras es que perduran en el tiempo, atravesando los límites de la propia –y ajena– mortalidad. Conozco pocas cosas con ese poder. El amor, el odio y la memoria, tal vez. Emociones que requieren como sustrato a las palabras para subsistir.

Ya lo explicó Neruda, uno puede amar los silencios pero son las palabras las que le dan forma a lo real. A veces una palabra o una sonrisa bastan, para se rompa el silencio y lo real sea real. O no lo sea, pero que  sea algo. Porque ese es el poder de las palabras. Hacen.

“Palabras que pueden lastimar…” En voz alta digo que respeto a Beatriz Sarlo. Descarto la catarata de abucheos que me dedicarán después de decir esto. Los escucho, pero continúo con lo mío. El respeto se basa en reconocer las mil diferencias que tengo con las premisas de las que parte su discurso. Y puedo leer el desarrollo de su lógica, que suele ser correcto, aunque como parte de premisas equivocadas –en lógica formal las llamaríamos falsas— solo pueden arribar a conclusiones equivocadas.

No me asustan sus premisas equivocadas, porque creo poder identificarlas y seguir el desarrollo lógico para ver adónde llega. Y de alguna forma me divierten los resultados a los que arriba. Sospecho que ella debe pensar las premisas con honestidad y que hace el desarrollo con la misma honestidad –prejuiciosa y sesgada— con las que esboza sus premisas iniciales. La conclusión será también prejuiciosa y sesgada, pero honesta desde quien lo enuncia.

Lo que nunca imaginé es a Beatriz Sarlo mintiendo. Y lo que pasó respecto al ofrecimiento de vacunarla, o mejor dicho, lo que dijo Sarlo respecto a que le habían ofrecido “vacunarse por debajo de la mesa”, fue una mentira.

Para evitar confusiones, acá está el mail que recibió Sarlo.

 

 

 

Quien se lo envía es Carlos Diaz, editor de Siglo XXI, editorial que publica las obras de Beatriz Sarlo y las de Soledad Quereilhac. Soledad es doctora en Letras de la Universidad de Buenos Aires, escritora y docente, amén de investigadora del CONICET. Y para mayor detalle, es la esposa del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof. Fue alumna de Sarlo y nadie lo va a decir, pero una alumna brillante, rememoran en la Facultad de Letras.

Verán que no hubo ningún ofrecimiento por debajo de la mesa ni clandestino. En el marco de la campaña por la concientización a favor de la vacunación contra el Covid-19 se buscaba sumar a personas reconocidas personalidades que hiciesen publica su vacunación. Artistas como Moria Casan, periodistas como Mauro Viale y otras figuras recibieron el mismo ofrecimiento.

Lo que queda claro es que el ofrecimiento no era clandestino. De hecho, estaba destinado a su difusión pública. Precisamente por tratarse de vacunas que, en esos días estaban siendo sometidas a una campaña feroz por parte de sectores opositores al actual gobierno. Al punto que personas como Elisa Avelina Carrió y Mónica Frade  —gran promotora del prohibido dióxido de cloro como tratamiento medicinal— denunciaron al Presidente de la Nación por “envenenamiento” a la población.

Beatriz declina el ofrecimiento con un cuestionamiento moral respecto a que eso significaría aceptar un privilegio en razón de ser una persona pública. El motivo por el cual declina el ofrecimiento es válido. Lo que resulta inadmisible es que luego declaró en un canal de televisión que le habían ofrecido las vacuna por “debajo de la mesa”. Tiñendo de ilegalidad un ofrecimiento que no era ni delictivo, ni clandestino ni con vocación de serlo.

¿Por qué tachar de ilegal o clandestino aquello que no lo era? De hecho, el editor le explicita con toda claridad que “es todo por derecha, nada trucho”. El mail no ofrece muchas interpretaciones posibles. Y sin dudas es imposible interpretarlo como un ofrecimiento “por debajo de la mesa”, con todas las acepciones posibles que se le quiera dar al término. No es clandestino. No es trucho. No es delito.

Las palabras pueden lastimar. En este caso lastimaron porque se usaron para ello. Así, un periodista de lo más servicial realizó la denuncia en Comodoro Py. Y cuando tomó nota de que no avanzaba la denuncia, procuró facilitar el domicilio de Sarlo a la Fiscalía para que la llamase a declarar.

Imagino el dilema que debe haber atravesado Sarlo. ¿Mentir o decir la verdad? Debo ser justa, aun despotricando creo que Beatriz optó por decir la verdad. sesgada y prejuiciosa, pero la verdad al fin. Y aportar las pruebas. E incluso ensayó alguna explicación pública a sus dichos. Aun cuando interpretando mails Sarlo demostró carecer de talento, parece haber comprendido la endeblez de su argumento respecto a que al decir “por debajo de la mesa” refería a lo que no refería. Y concluyó finalmente diciendo: «Me autocritico fuertemente, no debí decir ‘por debajo de la mesa’”.

En un mundo donde las palabras construyen realidad, a veces no alcanza la verdad. Sobre todo, si se la dice a regañadientes. Y eso fue lo que pasó.

Uno de los principales diarios del país publicó en su tapa la noticia como si en efecto hubiese sido un ofrecimiento espurio y clandestino. Y no lo que fue, un ofrecimiento destinado a formar parte de una campaña de concientización pública.

Pero el daño no terminó ahí. Uno de esos sujetos que aman denunciar para obtener algo de visibilidad publica, presentó hace horas una denuncia contra Soledad Quereilhac imputándole el delito tipificado por el 246 del Código Penal que dispone: “Será reprimido con prisión de un mes a un año e inhabilitación especial por doble tiempo: 1. El que asumiere o ejerciere funciones públicas, sin título o nombramiento expedido por autoridad competente…”

Se ve que el prometedor denunciante, bastante próximo a convertirse en serial, tampoco sabe interpretar textos. Porque no puede interpretar siquiera el modo en que comienza el mail de acompañó Sarlo y que dice: “Me llamó Soledad Quereillac porque está colaborando con la campaña de concientización para que la gente se vacune. Me pidió una mano para contactar alguna gente, empezando por vos”.

Nótese que el contacto fue para lograr contactar personas que estuviesen interesadas en participar. Pero por si quedaran dudas, el segundo mail que el editor le envía a Sarlo las despeja por completo. Véase acá:

 

 

 

Verán que Soledad no podía aprobar a quienes recibían o no las vacunas, solo podía proponer nombres. Dice el mail: “Ya aceptaron un montón de nombres y creo que Soledad lo que quería aportar era riqueza y diversidad, y por eso a la lista de actores, deportistas, etc., quería sumar figuras de la academia o del campo intelectual”.

Verá que ninguna atribución publica ejercía la esposa del gobernador, que no vacunaba ni aprobaba a quienes recibían las vacunas. Nótese que no asumía función publica alguna ni la ejercía. Y en este sentido voy a señalar, el nombre de quienes participarían de la campaña solo podría proponerlo oficialmente su marido, gobernador de la provincia.

Señalo que la denuncia efectuada contra Soledad podría ser encuadrada en más de una figura penal, aunque en mi opinión es inoficiosa. Es eso exactamente lo que buscan ese tipo de denunciantes, notoriedad. Pero ya lo explicó Andy Warhol, no voy a venir a explicarlo yo. Fucking 15 minutos por los que tantos pierden el sueño y que a mí no me estimulan siquiera a perder el apetito… cosa que me vendría decididamente bien.

No quiero terminar sin señalar que allí donde las palabras dichas desde el prejuicio o la mala fe política intentan construir una realidad falsa y artificiosa, hay otras palabras que sin ser de personas famosas dan testimonio de una realidad bien diferente. Es la de cientos de miles de personas que ya están vacunadas en la provincia de Buenos Aires.

Hace muchos años un tejedor de palabras bellas que se llamaba Paco Urondo escribió un poema estando preso en Devoto, que concluía diciendo:

Aunque parezca a veces una mentira, la única

mentira no es siquiera la traición, es

simplemente una reja que no pertenece a la realidad.

Contra esa realidad no pueden nada las palabras engañosas, las declaraciones absurdas y las denuncias ridículas. Porque la realidad se construye con palabras que son dichas por personas, Y vividas por personas, que son reales y no las prisiones que intentan construir las palabras que vociferan desde las tapas de los diarios y los canales de televisión. Ojalá que a las rejas que intentan construir con palabras agraviantes, les gane la realidad de millones de vacunados, que le ganan al agravio y sobre todo a la muerte.

 

 

 

 

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