GENTE FULERA DE AYER Y DE HOY

Más de medio siglo de trajín argento en las pinceladas satíricas y trágicas de Carlos Bègue

 

No todas las fieras son tan fieras. Hay fieras bellas, más de lejos que de cerca. Hay fieras mansas o, más bien, amansadas. Fieras feroces, cacofónicas, fieras de feria, fauna escueta y sin embargo intensa que nutre ese poblado inmenso en su pequeñez que Carlos Bègue (Buenos Aires, 1935) atrapa dentro de una cotidianeidad dispersa. Historia pueblerina la de Así son las fieras, novela que, a partir del momento en que una locomotora se lleva la vida de Renzo Casamonti, pater familia y veterano jefe de estación, deriva hacia los vagonetas del pueblo y, de ahí, se arboriza en otras situaciones convergentes, atravesando el tiempo y el espacio.

Armada a partir del ferroviario final del jefe de estación, la trama se teje desde el diálogo de El Lunarejo y Poca Vida, parroquianos del desolado boliche a la vera de las vías. Personajones que entroncan sus propias atorranteadas con las de los habitantes de un pueblo que a duras penas resiste el abandono producido por el avispado divo riojano que asoló los años ’90. Solteros, atascados en el sur bonaerense, sin tren, mirándose las caras de aburrimiento, pendulan entre sus dos vidas: “Una la soñamos, la otra la vivimos. Aquí las aventuras se limitan a cambiar de mujer, los ricos; de bebida, los pobres. Resignación. Vos y yo somos la pelusa en el ombligo de este pueblo”. Cada tanto, el lenguaje de ambos parroquianos juguetea con el fugaz retorno a una gauchesca, como ellos, burlada por el tiempo. Melancolía y pintoresquismo son solo dos de las tantas fieras que también hociquean desde una oscuridad próxima sin llegar jamás a acertar sus dentelladas. Gambeta narrativa con que Bègue alcanza al saltar por encima de un contexto opresivo y fijar la retina en un mosaico de pequeños detalles que, al conjugarse, bocetan un mural cinético de lo ocurrido por estas costas en el último siglo. Fragmentos que operan, más que como metáforas, al modo de breves piezas teatrales, o cortometrajes, a veces en son de tragedia, más al ritmo de sátiras.

 

Carlos Bègue, el autor.

 

Paradigma de ese método sarcástico, no menos que de la escritura del autor, resulta la descripción de dos tías siniestras, las gemelas “Finímona y Modubena, por mote las Caranchas (…) nombres nunca oídos y que parecen sacados, uno del nomenclador botánico, el otro de sustancias químicas. De cutis amarillento similar al membrillo, menos chuecas que hoy, pero ya en el camino de la amargura, piden a gritos (…) un sátiro con quien revolcarse bajo el claro de luna en torpes entreveros, friéndose juntos al calor de las fogatas. En rigor, no se les puede acertar un pellizco porque la tenaza de los dedos resbala sobre la piel, cáscara sin pulpa. Ninguna de las dos ha sido raspada jamás por bigote alguno; menos saboreada por lengua de varón ni menos propuesta formal de ensortijarse, y no por falta de ganas, de eso y de mucho más (…). Si algún valiente se hubiera atrevido a la conquista, por más que vistiera andrajos podría haberse llevado las dos al precio de una. El día que consigan morderse el codo tal vez se le presente el príncipe azul a una, el blanco a la otra, solía lamentarse don Renzo, su padre”.

Son chispazos, pinceladas raudas que a Bègue le sirven a fin de redondear situaciones rotundas, encadenadas. Para seguir con el modelo de las Caranchas, rama independiente del tronco Lunarejo/ Poca Vida, devoción y piedad bifurcan a su vez hacia otras frondas narrativas: “Cómodas en una fe heredada, ante el altar beben con los ojos las lágrimas de un Cristo macilento, y sus querellas ante Él abarcan desde el ayuno de la carne hasta los sofocones. Creen amar a Dios porque a nadie aman aquí abajo, y su piedad se confunde con el ritmo de los golpes en el pecho. Aleccionadas por modelos religiosos más bien contables, que le ponen precio a la salvación, no tienen espacio para la misericordia. ¿Por qué Dios debería ayudarlas precisamente a ustedes, yeguas viejas, si al pasar delante del soldado de Malvinas, a la entrada del templo, prefieren volverle la cara para ver cagar un perro?” La variante sacra deriva hacia el cura del pueblo, la iglesia donada por el usurero local, la oligarquía sojera, su ruta. En la vía anunciada a través del deteriorado veterano del Atlántico Sur, de nombre Ulises, se desliza el reemplazo del concepto guerra por el de extensión extracontinental del terrorismo de Estado, el de héroes por víctimas y de ahí a la escena donde el derrotado comandante de las tropas en aquellas islas es agasajado por ancianos oficiales nazis en una oculta posada cercana a Bariloche.

Escenario argento por antonomasia, vibra a través de ese fervor por el lenguaje que caracteriza la escritura de Bègue, cocinada en el caldero que conjuga el ritmo periodístico con el eco poético de una métrica cuyo resultado es una prosa a borbotones, sabrosa, nutricia. Mujeres virtuosas y de las otras, nobles caballeros que no lo son tanto, viajeros inoportunos, artistas que siempre pintan el mismo cuadro, sinvergüenzas, renegados; algún héroe de verdad, de los que no pretenden serlo, cada uno de los personajes cuenta con personalidad, facha y jerga propia. En su momento, cada uno se topa con el desafío de la Historia, grande o pequeña, sin lograr escabullir el cuerpo, aún huyendo. Es en tamaños cruces donde el lector se encuentra con la historia, toda vez que se permita quedar atrapado en una narración que incluye a todos. También a Las fieras…, que así son.

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Así son las fieras

Carlos Bègue

 

 

 

 

 

 

 

Buenos Aires, 2021

186 páginas

 

 

 

 

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