GESTIONAR DESDE LA CONFIANZA

Reponer la dimensión política de la Gendarmería para conjurar las violencias

 

Se acaba de publicar la investigación que Sabina Frederic, actual Ministra de Seguridad de la Nación, realizó en la Universidad Nacional de Quilmes durante casi quince años. El libro se llama La gendarmería desde adentro. De centinelas de la patria al trabajo en barrios, cuáles son sus verdaderas funciones en el siglo XXI y fue editado por —otra vez— Siglo XXI. Un libro provocador, con preguntas difíciles de formular y más difíciles de responder, que nos corren de lugares comunes, que nos enfrentan a revisar muchas respuestas aprendidas, algunas dogmáticas y otras demagógicas.

 

 

La confianza y la paciencia

Me gustaría empezar por la confianza, porque es una palabra que escuche pronunciar varias veces en boca de Frederic, primero en la oficina de la Universidad, cuando todavía estaba muy lejos del Ministerio, y recientemente en un par de entrevistas. Dice Frederic: “Parto de la confianza”. Lo dice también en el libro: “Agradezco a los y las gendarmes que me confiaron su palabra”. Es decir, la pregunta por la Gendarmería es una pregunta también por la confianza. No hay investigación sin confianza pero tampoco hay gestión. Dicho esto me apresuro a aclarar que la confianza no es una aptitud individual ni un cheque en blanco. La pregunta por la Gendarmería es una pregunta que encuentra en la construcción de relaciones de confianza un marco para desplegar las investigaciones y gestiones, de encontrar otras respuestas complejas para las preguntas recurrentes con las que nos medimos todavía.

La palabra confianza nos habla de las estrategias de campo de los antropólogos. Frederic se acerca a su objeto de estudio confiando en la palabra del otro. Es imposible encarar una etnografía desconfiando de las personas que se quiere comprender. Eso es algo que suele llamar la atención a los que llegamos a estos temas desde la izquierda o el progresismo, que militamos en derechos humanos, es decir que hicimos de la desconfianza un punto de partida. Porque para los organismos la policía se dispone para ser desconfiada. Eso no tiene nada de malo: estas organizaciones están para ejercer la desconfianza, para guardar una reserva de desconfianza que permite tramitar judicialmente las violencias desplegadas al margen del estado de derecho.

Partir de la confianza entonces implica hacer de la escucha un punto de apoyo. No es fácil escuchar al otro, no sólo porque es algo que lleva tiempo sino porque hay que estar preparado para escuchar lo que no queremos oír. La escucha atenta del otro suele corrernos de las respuestas aprendidas.

Empiezo por acá porque la pregunta que se han hecho colegas y militantes es: ¿por qué Sabina Frederic? ¿Por qué Frederic es la ministra de Seguridad? ¿Cómo llegó al Ministerio? Pienso que entre las cualidades que el Presidente debe haber tenido en cuenta a la hora de elegir a Frederic para la cartera hay que nombrar la paciencia, es decir esa capacidad para la escucha, la importancia de trabajar desde la confianza, con la confianza. La paciencia construye otra temporalidad, otras maneras de entrarle a los problemas. Implica por empezar no pensar con la urgencia o las alertas de la televisión, con las noticias de último momento y la agenda que imponen sus nuevos expertos. Y eso no significa que haya que renegar de las noticias, implica abordar los acontecimientos con otro temperamento y responsabilidad.

Ahora bien, partir de la confianza, pensar una gestión desde la confianza, supone también pensar las reformas en cuestión con la perspectiva de los actores involucrados. Y subrayo esto también porque las reformas que se han realizado en el país o provincias como Buenos Aires se han realizado casi siempre sin escuchar a los y las policías, desconfiando de sus integrantes. Fueron reformas urgentes, impacientes, que pendularon entre el punitivismo y el progresismo para remar crisis coyunturales. Y me parece que esas desconfianzas que definieron a esas gestiones forman parte del problema. No puede ignorarse a los protagonistas y –también– destinatarios de muchas de esas reformas. El policía fue destratado en muchas de esas reformas. Y que conste que cuando digo “policía” no estoy pensando precisamente en sus cúpulas sino en sus integrantes, es decir en aquellos actores que, como nos enseña Frederic, son dueños de saberes específicos, tienen habilidades y destrezas especiales fruto de sus experiencias y trayectorias pero también de la capacidad para adaptarse a los nuevos desafíos que se le van presentando en una sociedad cada vez más compleja y con gestiones tan volubles.

No ha sido este el caso de Frederic, que llegó al Ministerio no sólo sin hacer pantomimas por TV sino escuchando a las y los policías y gendarmes. Y prueba de ello es este libro pero también las investigaciones que dirigió y fueron publicadas en otros libros: De armas llevar (UNLP), De la desmilitarización a la profesionalización: un estudio etnográfico sobre la formación básica de la PFA (UNQ) y el más reciente Deudas, consumos y salarios: usos y sentidos del dinero en las fuerzas de seguridad (EDUVIN). Eso sin contar las varias tesis doctorales que dirigió, algunas de las cuales fueron publicadas también.

 

 

Frederic en un destacamento de Gendarmería, días después de asumir como ministra.

 

 

 

La palabra, la política y el policiamiento

En las últimas décadas la Gendarmería se ha convertido en el comodín de los funcionarios de turno, lo cual hizo que la agencia se expandiera, que no sólo posea cada vez más integrantes y reciba más presupuesto sino que tenga más funciones, y no sólo policiales sino también políticas. La centralidad no le salió gratis a sus integrantes. Por un lado sabían que la mayor exposición implicaba que iban a ser llamados a rendir cuentas regularmente; por el otro iban a sufrir los vaivenes de la conducción civil. Porque en la última década los funcionarios han estado pendulando de un lugar al otro, jugando de a ratos con el paradigma progresista y en otros con el paradigma punitivista. Esos vaivenes nos hablan de la incapacidad o las limitaciones de los funcionarios para pensar en tiempos largos, del bacheo electoral que organiza muchas veces la labor de los funcionarios, sobre todo cuando la seguridad se convierte en la vidriera de la política.

Esos vaivenes repercuten en la institución pero también en el trabajo de sus integrantes y en la vida privada de sus integrantes, que a veces se sienten meros peones en un tablero que no eligieron y de movimientos que tampoco controlan.

Sabemos que la Gendarmería es una institución que está a mitad de camino entre el ejército y la policía. Pero no es una fuerza militar y tampoco una fuerza policial. Ahora bien, el emplazamiento en la gran ciudad, en los conglomerados urbanos, lejos de las fronteras, del monte, las sierras, la selva o la cordillera, la fue transformando en otra cosa. Lo voy a decir muy rápidamente: la Gendarmería se fue desmilitarizando a medida que se fue politizando. Más aún, la politización llegó con secularización, puesto que los viejos insumos morales perdieron capacidad de interpelar y generar pertenencia. Ya no hay misión o la misión que alguna vez tuvo la Gendarmería no contiene ni emociona a todos sus integrantes. Los gendarmes, en los nuevos destinos, encontraron en el consumo encantado otros horizontes y aspiraciones, nuevas formas de status alejadas de las camadas más viejas.

Frederic nos dice que cuando escuchamos a los gendarmes, reconocemos estas mutaciones. Por un lado la dimensión política que pusieron en juego para moverse en este nuevo escenario. Por el otro la descolectivización de las relaciones de subordinación, las transformaciones del contrato moral de subordinación entre los superiores y los subordinados. La centralización del dinero –lo que la autora llama la monetización– fue descolectivizando a la gendarmería y licuando su capital moral. En la vida en la gran ciudad, la valorización del consumo convierte al dinero en la vía de acceso a los bienes encantados.

El pasaje de la frontera a los barrios de la gran ciudad no es tampoco gratuito. La Gendarmería se ha ido transformando. Y lo que hace Frederic es mapear esas transformaciones, que son también el reflejo del desmantelamiento del Estado social y el impacto de las subjetividades neoliberales. Ya no son solamente los centinelas de la patria con una misión trascendental, sino también los consumidores endeudados que quieren cuidar a sus familias, trabajadores con derechos que denuncian a sus jefes por maltrato o destrato. La monetización y denuncia son la expresión de la individuación que fue descompaginando las relaciones al interior de la agencia.

Pero me quiero detener en la política. Si es cierto que la política es el lugar de la palabra, entonces el policiamiento implica un trabajo político. Cuando pensamos a las policías desde su quehacer cotidiano, nos damos cuenta de que su principal herramienta no es el arma que llevan en la cintura sino la palabra, que el policiamiento no necesariamente es agresivo. Decir que la palabra es la herramienta principal implica sostener que sus prácticas están hechas de diálogo. Para conversar hay que escuchar y para comprender al otro no sólo hay que desarrollar la empatía con el eventual interlocutor, sino que hay que aprender a ponerse en el lugar del otro. El policiamiento depende de la capacidad de aproximarse, de acercarse, de construir un vínculo, de escuchar y hacerse entender por medio de la palabra. No hay negociación sin mediación, y no hay mediación sin escucha, sin diálogo y sin confianza. La palabra se sostiene en la confianza, la política se hace con confianza. Si los policías no son confiables, su palabra estará devaluada y difícilmente podrán tramitar los conflictos a través de la negociación.

En otras palabras: la política no es patrimonio de los políticos. Frederic nos dice que hay una dimensión política en el trabajo policial. La Gendarmería pendula entre la represión y la negociación, y esa negociación cuando se mira de cerca, con el punto de vista de los y las gendarmes, está hecha de otras estrategias, necesita de la política. De hecho me atrevería a decir que la tesis central del libro es la siguiente: El policiamiento redefinió a la fuerza militar hasta politizarla. El policiamiento que implicaron los operativos Centinela, Cinturón Sur y Barrio Seguro transformó a los gendarmes. Porque para realizar sus tareas tuvieron que desarrollar otras destrezas, nuevas habilidades vinculadas ahora a la palabra, al diálogo.

Lo que hace la Frederic en este libro es reponer la política, nos llama a estar atentos a la dimensión política del trabajo de los gendarmes. El despliegue de los gendarmes en la gran ciudad no militarizó la seguridad sino que por el contrario terminó politizándolos. Prueba de ello es –también– la protesta de 2012 que la autora repasa minuciosamente. Cuando se piensa a la Gendarmería desde adentro, es decir con el punto de vista de los y las gendarmes, con sus vivencias, encontramos otras cosas, se nos caen unos cuantos prejuicios y nos damos cuenta que la Gendarmería realiza un trabajo político que se nos escapa cuando la miramos desde afuera y muy lejos, es decir, cuando la enfocamos con otras tradiciones teóricas que creen que basta la sanción de un paquete legislativo y “la lapicera” para reformar y encuadrar a sus integrantes.

 

 

Las violencias y el miedo

El libro está organizado a través de distintos episodios de violencia protagonizados por gendarmes en la última década: la represión del móvil antidisturbios a los manifestantes reunidos en la plaza del Congreso cuando los legisladores estaban tratando la reforma previsional en el gobierno de Cambiemos; la muerte del bagayero Gerardo Tercero en la localidad de Orán en 2013; la represión a la murga Los Auténticos Reyes del Ritmo en la villa 1-11-14 en enero de 2016; la desaparición de Santiago Maldonado en el sur, en el marco de un procedimiento de represión muy poco profesional; y la protesta de los gendarmes de 2012 que muchos funcionarios en aquel entonces se apresuraron a nombrar con categorías que ponían las cosas en un lugar donde no se encontraban.

Para Frederic estas violencias fueron puntos de inflexión donde se anudaban distintos procesos y fenómenos que han estado transformando a la Gendarmería. Porque para la autora la violencia es algo más que mera violencia. Es la expresión de un malestar, un indicador de fracasos, errores y desvíos. La violencia de los y las gendarmes, estos hechos de violencias que se repasan en el libro, son una violencia que pide ser desentrañada y para eso hay que aprender a escuchar a sus protagonistas.

Frederic no se apresura a certificar en estas violencias los viejos prejuicios que pesan sobre las fuerzas de seguridad; no concluye que la gendarmería es el “aparato represivo del Estado”. Cuando la Gendarmería reprime —en democracia, en una democracia que lleva 40 años— algo anda mal. Es una violencia que quiere comunicar algo. Para la autora la violencia no es una esencia, pero tampoco es la función que define a los gendarmes en democracia. Si usan la violencia algo no está andando bien, está fracasando la política.

Cuando terminé de leer el libro me vino el recuerdo de un viejo ensayo escrito por Hannah Arendt a fines de los ’60: Sobre la violencia. Arendt decía que la violencia es lo que se opone a la política. Donde hay violencia no hay política, cuando se acaban las palabras o las palabras son impotentes es cuando la tentación de la violencia se hace más evidente. La violencia llega cuando el poder ha desaparecido o se ha debilitado. La violencia no es una expresión del poder, de su fortaleza, sino todo lo contrario: la manifestación de su debilidad. Se usa la violencia porque el poder está flaqueando. No sólo el poder de sus conductores (civiles y profesionales), sino de los propios gendarmes. Esas violencias entonces no sólo son la expresión del debilitamiento o la desautorización de la política de los funcionarios sino del debilitamiento de la dimensión política de los gendarmes. De allí que las preguntas que se hace Frederic apuntan en dos direcciones, no sólo involucran a los funcionarios sino a los gendarmes: ¿Por qué usaron las violencias?, es decir ¿cómo evitar que sus integrantes deriven hacia las violencias? ¿Cuáles son los problemas que están detrás de las violencias?

Las violencias tienen factores externos vinculadas al contexto general pero también factores internos vinculados a la vida de los gendarmes, con su propio trabajo y trayectoria, con las condiciones laborales, el destrato y maltrato de los jefes, y con los vaivenes de la gran política.

Para Frederic estas violencias, además de actualizar el miedo que reactivan las comunidades morales de militancia talladas en la lucha contra la última dictadura, encienden luces de alarma que actualizan las desconfianzas hacia las fuerzas de seguridad.

La violencia no sólo nos habla de la ausencia de la política sino de aquello que licúa las confianzas. Por eso volver sobre la confianza, hacer de la confianza un punto de apoyo, es reponer la dimensión política o dialógica de la Gendarmería para conjurar las violencias de las que pueden ser protagonistas y que tan caro suele costarles también a los propios gendarmes.

 

 

 

*El autor es docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor entre otros libros de Vecinocracia: olfato social y linchamientos y Yuta: el verdugueo policial desde la perspectiva juvenil.

 

 

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