Mi querido Roberto Selles, investigador de fuste en los estudios del tango, antes de saltar al otro reino me dejó como herencia una montañita de ejemplares de los años ‘20 de la revista El alma que canta, que los Bucchieri, padre e hijo, le habían obsequiado. Desde entonces, alumbran mi casa como pequeñas lámparas de papel.
Hablarte de El alma que canta ocuparía un reguero de tiempo y páginas. A manera de anticipo, te cuento que hace unos meses vino a casa Lidia, nieta de Vicente (su fundador), hija de Pedro, el continuador de esta maravillosa revista que nació en 1916 y dio su último tiraje en 1960/61. Pronto habrá nota sobre ese encuentro.
Pero hoy quiero detenerme en un ejemplar de aquellos años que, entre imágenes de artistas de tango, cine y folclore, versos y noticias de la vida porteña, lanza la convocatoria a un certamen que buscaba al nuevo poeta de Buenos Aires. El premio: la grabación de la obra interpretada por alguna de las orquestas en boga con sus respectivos cantores.

¿Quién se tira un lance y envía sus versos? Un tal Homero Manzione, muchachito gordito, adolescente todavía, que parece andar distraído por la vida, pero que va recogiendo los misterios de los barrios de Pompeya, Boedo, Parque Patricios, en fin, de una ciudad del sur porteño que todavía no sabe cuánto le deberá. Los versos que presenta llevan por título El ciego del violín, pero su definitivo nombre será Viejo ciego. De solo pensar que los escribe a sus 18/19 años, dan ganas de llorar de emoción. Tu corazón y el mío merecen paladearlos:
Con un lazarillo llegás por las noches
trayendo las quejas del viejo violín
y en medio del humo parece un fantoche
tu rara silueta de flaco rocín.
Puntual parroquiano tan viejo y tan ciego
al ir destrenzando tu eterna canción,
ponés en las almas recuerdos añejos
y un poco de pena mezclás al alcohol.
El día en que se apaguen tus tangos quejumbrosos
tendrá crespones de humo la voz del callejón
y habrá en los naipes sucios un sello misterioso
y habrá en las almas simples un poco de emoción.
El día en que no se oiga la voz de tu instrumento
cuando dejés los huesos debajo de un portal.
Los bardos jubilados, sin falso sentimiento
con una canzonetta te harán el funeral.
Parecés un verso del loco Carriego,
parecés el alma del viejo violín.
Puntual parroquiano tan viejo y tan ciego,
tan lleno de pena, tan lleno de esplín.
Cuando oigo tus notas me invade el recuerdo
de aquella muchacha de tiempos atrás.
A ver, viejo ciego, tocá un tango lerdo,
muy lerdo y muy triste que quiero llorar.
Toda vez que pienso o hablo de esta letra de Viejo ciego me aguijonean las mismas preguntas: ¿Por qué Gardel, que se le animaba a todo, no la grabó? ¿Le resultó demasiado retórica? ¿Muy avanzada para la época? ¿O simplemente demasiado profunda, incluso para el cantor más grande de todos? Preguntas… preguntas…
Lo cierto es que este tesoro del cancionero popular argentino está cumpliendo cien años de vida. Fue estrenada el 6 de noviembre de 1926 por Roberto Fugazot en el sainete Patadas y serenatas en el barrio de las latas, de Ivo Pelay. Un mes después la orquesta de Juan Maglio Pacho la graba en formato instrumental.
Su primer registro fonográfico:
El tema
Homero encuentra la inspiración de sus versos en Alejandrín, un músico ciego que recalaba con su instrumento en una de las fondas del barrio: el Café del Carpintero de la esquina de San Juan y Loria, donde desfilaban obreros, chorros de poca monta, poetas y mujeres golpeadas por la noche. Entre ellos andaba este muchachito espiando los pliegues de la existencia, pero también otro de sus amigos: Cátulo Castillo, quien le pide que retire la letra del concurso. Aquellos versos no debían medirse con otros ni disputar un premio. Había que hacer algo más importante: ponerlos en manos de otro pibe, el pianista Sebastián Piana: “Cátulo me había anticipado que había una letra de un muchacho que quería que yo lo conociese, que se llamaba Homero Manzione, y que había hecho una letra que le había llamado poderosamente la atención y que consideraba que a través de esa letra había un hombre de talento y que tenía mucho interés en que yo lo conociera. Entonces una mañana se presenta con Homero en mi casa. Vinieron desde luego con la letra para que yo la leyera y, al mismo tiempo, presentarme a Homero. Yo leo la letra y me pareció buena, y me pareció tan buena y tan musical que le propuse a Cátulo, como él me había traído a Homero y tenía tanto interés, y él era un buen músico, hacer la música en colaboración. Le dije a Cátulo: ¿Por qué no haces la primera parte y yo hago la segunda?”
El otro milagro
Pero la historia de Viejo ciego (H. Manzi / S. Piana / C. Castillo) guardaba otro milagro. Para conocerlo, llamé a Roberto Goyeneche (h), con quien compartimos no hace mucho la celebración del Centenario de El Polaco en la Academia Nacional del Tango. Quería, contando con su generosidad, que para esta nota me volviera a narrar los pormenores de aquella grabación conmovedora que reunió al Polaco con el violín de Antonio Agri y la guitarra de Esteban Morgado. Lo que sucedió en el estudio quedó registrado para siempre en las cintas del sello Melopea de Litto Nebbia. Lo que nadie podía imaginar entonces era que aquella sesión se convertiría en el último registro artístico de Roberto “El Polaco” Goyeneche.
–Contámelo todo.
–Esto pasó a cuatro días de internarlo a papá. A papá lo internamos el domingo 10 de julio de 1994 y esto fue el jueves 6, estábamos en casa y ya no estaba bien. Llama Litto Nebbia contando que en el estudio estaba grabando Antonio Agri, y me dice si queríamos ir. Papá me dice: ¡vamos!
–¿Y entonces?
–Entramos al estudio, Antonio estaba grabando. Papá se sentó en la consola con Mario Sobrino, el técnico. Antonio, al terminar de grabar, le pregunta desde adentro de la sala: “¿Cómo salió?”, y lo empieza a chucear con la melodía de Viejo ciego, tango que habían hecho durante dos temporadas seguidas en Mar del Plata, y lo hacían los dos solitos sin micrófono y sin nada, ¡era un golazo!
–Tu viejo, emocionado, ¿no?
–Papá se para, entra a la sala, y ahí le dije a Mario: “Grabá lo que salga porque dos veces no lo grabás”. Y ya vez, salió esa versión que, perdón que lo diga, nunca se logrará jamás la interpretación que se logró en ese tema.
–¿Hay otros registros de ese día?
–No, ese fue el último tango que grabó El Polaco en vida.
Prepará el pañuelo:
Elogio de un corazón
Al escuchar hoy esta versión hay algo más que letra y música: hay una de las despedidas más conmovedoras que haya dejado la historia del tango. El registro de un artista en el umbral de su propio silencio. La voz del Polaco, apenas sostenida por el aliento, se desnuda, se quiebra (incluso en un pasaje de la canción, tose), se detiene, y en esos silencios hay algo que duele. El violín de Agri lo entiende y por eso llora con él. Morgado, inteligente, sabe acompañarlos. ¿El Polaco lo sabe? Sí, lo sabe. Se está despidiendo de este lado del mundo. Y vos bien sabés que cuando la voz no alcanza para decir una verdad, alcanza el corazón… el hermoso corazón.
Cuatro días después, sería internado. Ya no volvería a salir.
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