GRACIAS PELUSA

La nota que Verbitsky le dedicó a Maradó después de su debut en el mundial de 1994

 

La corrida del festejo fue todavía más hermosa que el remate que colocó desde el borde del área grande en el ángulo imposible entre el palo y el travesaño, después de la pared de lujo de Redondo y Caniggia.

En el mundial del ’90 jugó todos los partidos pero no hizo un solo gol. Con el de ayer alcanzó a Guillermo Stábile como el mayor goleador argentino en campeonatos del mundo. Habría que preguntarle a Batatareli cuánto hace que en partidos oficiales o amistosos no sacudía la red en una jugada sin pelota detenida y cuántos jugadores de su edad anotaron en su cuarto mundial.

Desde que volvió a la selección jugaba parado, poniendo unos pocos toques perfectos por partido para que otros corrieran y patearan. Ayer entró varias veces al área antes del gol y se le notaba en la cara que se quería comer el arco. Pero su alarido desahogaba otras frustraciones que las de la estadística deportiva. No fue un saludo para la Tota que lo veía desde Buenos Aires ni para los millones de hinchas enchufados a los televisores de La Quiaca a Ushuaia.

Desde siempre se anota en todas. Fue el primer reo en ponerse el arito en la oreja y el tapado de piel. Se hizo amigo de Fidel Castro y repitió a quien quisiera oírlo su simpatía por la acosada sociedad cubana. A Basile le dijo que se había mareado con dos copas, y la tribuna lo puso de prepo en el equipo la tarde del zaino de Colombia. Vivió con Claudia sin libreta y recién se casó cuando quiso y como quiso. A las nenas les eligió los nombres más lindos que conocía, dos para cada una, y en la concentración las lleva a pasear en el carrito eléctrico porque todo lo que tiene no le importa si no puede compartirlo con ellas. En Italia representó a los negritos del sur discriminado y sumergido frente a los blancos del norte rico y prepotente. Protesta por los viajes en aviones berreta como el colectivo 60, por las giras japonesas de recorrer el mundo en una semana para tres partiditos amistosos contra nadie, por la bestialidad de los dirigentes y el negocio de la televisión que hacen jugar a mediodía en el solsticio de verano.

Fuera de la cancha le han cobrado todo esto pegándole más fuerte y con menos lealtad y respeto que el grandote griego que lo agarraba de la camiseta para poder contar que lo había tocado, pero que aunque lo tuvo todo el tiempo cerca no se animó ni a pedirle un autógrafo. Un político patadura lo usó para lucirse a su lado en las fotos y volvió a usarlo para esconderse detrás suyo con cuñados y valijas. Se bancó todo sin chillar, se mató entrenándose en dos turnos para llegar al primer partido sin dar lástima y en la cancha a la hora de la verdad saldó todas las cuentas con las armas más nobles.

Sigue siendo el atorrante más auténtico de Villa Fiorito, pero también aprendió cómo funciona el mundo y sabe mejor que nadie dónde tiene que gritar como un descosido después del golazo, con la boca dentro de la cámara, para que lo escuchen Sofovich, Neustadt, Sanfilippo y el mismísimo Mufa que a Dios gracias desistió de pisar Boston el sábado. Por eso, humildemente, gracias Pelusa.

 

 

 

 

 

Publicada el 22 de junio de 1994.

 

 

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